Crucero de Verano, la novela olvidada de Truman Capote

En 1966, Truman Capote comenzaba a ser reconocido, los beneficios económicos dejaban hacerse sentir y el entonces joven escritor se mudó; por alguna razón abandonó en su piso de Brooklyn una caja con papeles, fotografías, apuntes y una novela inconclusa, Crucero de Verano, que comenzó a escribir en la década de 1940, anterior incluso a Desayuno en Tiffany’s y de la que hablaba de cuando en cuando como un proyecto que nunca cuajó. El conserje del edificio intuyó que esa caja no era basura y la guardó durante años; su hijo la dio a subasta a Sotheby’s. Advertida por el abogado de Capote, la casa de subastas advirtió que se subastaban los escritos pero no los derechos de autor; eso, sumado al alto precio de apertura que tuvieron los documentos en la subasta, hicieron que la caja no se vendiera y pudiera ser adquirida por la Biblioteca Municipal de Nueva York y que ahora podamos conocer esta casi opera prima.

Si bien es cierto que no es su mejor obra y que no se trata de un trabajo de madurez (bien mirado tiene incluso algunos saltos narrativos), también lo es que se adivina ya el estilo trabajado, estricto y limpio de Capote, la fuerza de sus temas y, por sí misma resulta una novela de singular encanto.

Sírvase usted de nuestro fraseario:

Lo atestiguaba la lozanía impecable de su cara limpia,  de facciones agraciadas; y de corte de pelo reciente le prestaba ese aire de inocencia indefensa que sólo puede dar un corte de pelo.

Estaba pensando – dijo él, con un parpadeo -, estaba pensando si, al fin y al cabo, la impopularidad no será una recompensa.

Era verdad que Peter nunca había sido popular, ni en la escuela ni en el club ni con la gente que los dos estaban, como él decía; condenados a conocer; y, sin embargo, esta condena misma era lo que les había unido..

Una de las muchas magias que existen es la de observar cómo duerme alguien a quien amamos: sin ojos e inconsciente, por un momento te adueñas de su corazón; indefenso, es entonces, por irracional que sea, todo lo que esperabas que fuese: puerro como un hombre, tierno como un niño.

Le temblaron los párpados y Grady, sintiendo que el corazón del joven se le resbalaba entre los dedos, aguardó tensa a que se abrieran.

Grady se sorprendía de lo mucho que ella misma se preocupaba en realidad por Janet: una persona insignificante, acojo una concha de mar que alguien recoge y que conserva para admirar su barroca perfección nacarada, pero no la coloca entre sus tesoros serios de coleccionista.

La gente solía mirarla, algunos porque encarnaba a la joven encantadora que les gustaría que les hubieran presentado en una fiesta, y otros porque sabían que era Grady McNeil, la hija de un hombre importante. Unos pocos la miraban por un motivo distinto: porque, con su aura de encantamiento privilegiado e intencional, intuían que era una chica a la que le iba a suceder algo.

Fue como si los detalles más nimios de la cocina atrajeran de repente la atención de Grady: el tiempo que transcurría en un reloj invisible, la vena roja de un termómetro, un desplazamiento ligero como una araña en las cortinas suizas, una lágrima de agua suspendida del grifo y que no se decidía a caer: con todo esto levantó un muro, pero era tan delgado, tan endeble, que no anuló la voz de Clyde.

No tenía miedo de decir: “Soy rica, resido en una isla llamada dinero”, pues conocía con exactitud el valor de aquella isla, sabía que sus raíces se hundían en aquel suelo, y que gracias al dinero podía permitirse reemplazar casas, muebles, personas.

Hacia media tarde, cuando el calor se cerraba como una mano homicida sobre la boca de la víctima, la ciudad se revolvía y retorcía pero, amordazada su protesta, frenada su prisa, entorpecidas sus ambiciones, era como una fuente seca, un monumento inútil, y se sumió en un coma.

Estaba convencida de que había sido entonces, y era con mucho lo mejor: acostada a salvo de la lluvia fría y oscura, y Clyde que retiró las mantas a patadas para reunirse con ella con una suavidad más suave que un párpado que se cierra.

Cuando cambiamos nuestra marca de cigarrillos, nos mudamos a otro vecindario, nos suscribimos a un periódico distinto, nos enamoramos o desenamoramos, estamos protestando de un modo tan frívolo como profundo contra el tedio indisoluble de la vida cotidiana. Por desgracia, nuestros espejo es tan pérfido como cualquier otro, y refleja en algún punto de cada trayectoria la misma cara vanidosa insatisfecha, y por eso cuando Grady se pregunta ¿qué he hecho?, en realidad quiere decir, como nos suele ocurrir, ¿qué estoy haciendo?

Un lirio arrancado de un tallo, cerca del sendero, se desgarró en las manos de Grady y sus pétalos de colores se desperdigaron como entradas de teatro desechadas.

Porque cuando surge el pánico la mente se atasca como el cordón de apertura de un paracaídas: y uno sigue cayendo. Al doblar a la derecha en la Cincuenta y nueve, el coche entró derrapando en el puente de Queensboro; allí, más alto que los pitidos huecos del tráfico fluvial, y cuando la mañana que nunca habría de ver despuntaba en el cielo, Gump gritó:

– Maldita sea, vas a matarnos.

Pero no pudo despegar el volante con que Grady lo aferraba; ella dijo:

– Lo sé.