El lector parroquial

Uno no es nadie salvo las cosas que recuerda y las personas que la suerte le permite conocer;las primeras por cuanto forman nuestra conciencia y nuestra percepción del mundo, las segundas, porque nos permiten abrir los ojos frente a la grandeza de los demás y, desde nuestra limitación aspirar a seguir el ejemplo de quienes nos precedieron.

No podemos vanagloriarnos de la gente grande que, como cometas, coincidieron en nuestro cielo, porque no depende de nosotros y, aunque podemos embelesarnos con la belleza de la luna, ella no puede enorgullecerse de su fulgor porque depende del sol que brilla con luz propia; del mismo modo, poco podemos presumir de nuestros logros porque son, en gran parte, el reflejo de nuestros maestros y ejemplos. Emmanuel Carballo me enseñó el valor del lema de Alfonso Reyes: entre todos, lo sabemos todo.

 

El día que Emmanuel Carballo falleció, los lectores seguíamos bajo la sombra de la partida de García Márquez; su funeral coincidió con el homenaje que rindió Bellas Artes al Gabo, y Carballo fue despedido con demasiada discreción. Muchos no lo sabían, pero acababa de partir un hombre grande, muy grande; no lo sabían porque realizó por décadas un trabajo feroz y entregado, pero silencioso y sedimentario: la crítica y la difusión de la literatura. Fue una luna fantástica como la de su tierra, Guadalajara, que diseminó la luz del sol y lo hizo con espectacular belleza.

Tengo una profunda deuda de gratitud con Emmanuel, de él aprendí cómo en Alfonso Reyes la bondad es una función de la literatura; una deuda de gratitud muy profunda, aquella que no se paga ni con la memoria, aquella que se tiene por quien confía en uno mucho antes de que uno mismo pueda confiar en sus propias fuerzas. Cuando supe de su partida, revisé mis viejos papeles y me encontré con una notita que me dio para que la entregara a Huberto Bátiz en propia mano, la nota dice, entre otras cosas: Maestro: … Si quieres entrar en el mundo de las letras debes conocer a Bátiz – le dije. Te lo envío y te mando un abrazo, Emmanuel; acompañaban a esa nota mis primeros artículos. El 19 de mayo, esa pequeña carta cumplirá veinte años.

Para muchos, Carballo fue el gran maestro y el impulsor desinteresado; para todos quienes leemos en español, Emmanuel fue un guía y un facilitador impresionante; por su pluma pasaron todos los grandes de nuestra literatura, nos ayudó a entenderlos y a leerlos desde la óptica no sólo informada sino también sensible de la crítica. De él mismo, decía que su lectura era parroquiana, que se dedicaba a las letras hispanoamericanas porque ya muchos se dedicaban a Joyce, y nos trajo a la mesa de lectura el sentido de las novelas de Carlos Fuentes, la renovación de Villaurrutia, la presencia constante de Alfonso Reyes, cuyo cultivo y admiración no hicieron sino mantenerlo vigente en el gusto y la conciencia de miles de lectores.

Por coincidencia, tres días antes de su partida, había comprado en Palacio de Bellas Artes el que sería el último de sus libros, que lleva el título premonitorioPárrafos para un libro que no publicaré nunca; y aunque mi experiencia personal de contacto con Carballo no sea ni muestra estadística ni ejemplo de nada, si son de agradecer el reguero de frases y presentes que me quedaron de las charlas que sostuvimos, sobre todo porque al igual que a mi, a miles de lectores nos dejó una concepción clara y profunda de la literatura en español y una muy seria y alegre visión de la vida; que es necesario escribir bien, se publique o no y se trate de una novela o un recado de cocina, que hay que leer por gusto y sólo por gusto, que la literatura no es telegrama y que no tiene porqué mandar mensajes pues se basta a si misma, que no hay mejor ejemplo que los hombres del renacimiento a los que todo les interesaba y, sobre todo, que hay un enorme mundo allá fuera pero que para vivir bien y nutrirse generosamente, nos basta la cocina de nuestro propio idioma que posee todas las exquisiteces.

En su casa tenía dos escritorios, en uno escribía sobre el siglo XIX y en otro sobre el XX y esa fue tal vez su mayor lección: que para describir nuestro presente es completamente necesario tener un buen observatorio desde el pasado.