Lea ud. “Ante la silla eléctrica. La verdadera historia de Sacco y Vanzetti”, de John dos Passos

El proceso de Sacco y Vanzetti, como el de Dreyfuss, son dos parteaguas en la historia judicial de occidente; las más claras manifestaciones del conflicto entre la legalidad y la justicia, entre los intereses de los individuos y los del Estado, pero sobre todo, la lectura sobre los valores, la visión del universo de la política y los valores sociales. En estos casos, se desvela con claridad la narrativa jurídica como proyecto de quien detenta el poder, frente a la narrativa de quienes viven bajo el imperio de normas que no siempre alcanzan a comprender. John Dos Passos, enfrenta ese dilema a través de la vivencia literaria, el reportaje y la militancia.

Disponga usted de nuestro fraseario:

Vista de una nueva solicitud de reapertura de la causa. Seis han sido denegadas hasta ahora. Sacco y Vanzetti llevan seis años en la cárcel. Esta vez no hay guardias con armas antidisturbios ni policías estatales patrullando los alrededores de los juzgados. No hay agitación de ningún tipo. Todo el mundo se ha olvidado de los grandes días de la Conspiración Roja, de la pasión por salvaguardar la ley y el orden de los embates del radicalismo, contra los extranjeros y <<las ratas morales que roen los cimientos de Estado>>, de las que con tanta elocuencia hablaba el fiscal general Palmer. En este juzgado no hay presos enjaulados, ni testigos histéricos, ni crédulos miembros del jurado bajo el signo del águila ululante. Silencio, dignidad; casi como en una clase en una facultad de Derecho. La causa se ha abstraído hasta convertirse en una especie de matemática.

 

La sala de vistas se convierte en un diminuto agujero a través del cual se atisba un mundo de descomunales fuerzas destructoras en conflicto.

 

La gran oleada de atracos que se produjo tras la guerra estaba en su punto álgido. Los líderes de la sociedad habían pasado tres años proclamando que la vida humana no tenía ningún valor. ¿Acaso resulta sorprendente que los delincuentes se lo tomasen al pie de la letra?.

 

El 3 de junio de 1919, una bomba explotó frente a la casa del fiscal general A. Mitchell Palmer en Washington. En los meses anteriores, varias personas habían recibido por correo paquetes bomba, uno de los cuales destrozó las dos manos de la desafortunada sirvienta que abrió el envoltorio. Nadie, y menos aún los agentes federales, parece haber descubierto nunca quién cometió esos atentados ni por qué se cometieron. Pero el resultado fué que provocaron el pánico de todos los servidores públicos del país, especialmente del fiscal general Palmer. Nadie sabía donde caería el próximo rayo. La firma de la paz había dejado insatisfecho el odio tan hábilmente despertado durante los años de la guerra. Para algunas personas, muy conscientes de lo que hacían fue fácil transformar los miedos de los funcionarios y la desconfianza inconsciente del ciudadano medio ante los extranjeros en una gran cruzada de odio contra rojos, radicales y opositores de todo tipo. El Departamento de Justicia, apoyado por la prensa, aclamado frenéticamente por el ciudadano de a pie, se inventó una revolución inminente. Todos los horrores del bolchevismo ruso estaban a punto de desatarse en nuestras pacíficas costas. Aquel otoño empezó la cacería. Todo el mundo tenía el oído pegado a la puerta del vecino. La primera cruzada culminó al zarpar el Buford, el <<arca soviética>>, cargado de <<anarquistas>> extranjeros, y elaborarse la famosa lista de ochenta mil radicales de los que había que deshacerse.

 

Pues bien, este grupo de ciudades industriales de los alrededores de Boston proporciona el telón de fondo para el caso de Sacco y Vanzetti. No hay ninguna duda de que el público nativo estadounidense de estos municipios simpatiza con las actividades de la policía. La región ha sido durante muchos años escenario de una de las batallas industriales más encarnizadas del país. La gente se iba a dormir sintiéndose más segura al pensar que todos aquellos italianuchos agitadores y terroristas, con su apestoso olor a ajo, y todos aquéllos rusos mal lavados estaban encerrados a cal y canto en Deer Island.

 

La población del este de Massachusetts se divide en tres clases, que viven en su mayoría de la manufactura de tejidos y zapatos y otros artículos de piel. Con el declive de la industria naviera y de la agricultura, los viejos ejemplares de pura raza de Nueva Inglaterra, de religión congregacionalista y filiación política republicana, se han visto prácticamente sepultados por una marea de inmigrantes: primero los católicos irlandeses, demócratas congénitos y lectores de la prensa de Hearst, actualmente ya asimilados y respetables; y a continuación los italianos, polacos o eslovacos, campesinos europeos trasplantados a quienes los lectores de periódicos denominan cariñosamente la escoria del Mediterráneo o la escoria de Centroeuropa. Las dos primeras clases no se adoran una a la otra, pero están en el mismo bando en lo tocante a los apestosos italianos. Las redadas de enero, la actitud de la prensa y del púlpito – con sus diatribas sobre las atrocidades perpetradas, la civilización (palabra que suele significar <<las cuentas bancarias>> en peligro o la nacionalización de las mujeres – crearon un estado de ánimo tal entre los ciudadanos biempensantes, que en cuanto percibían un toque de ajo en el aliento de un hombre aceleraban el paso por miedo a ser apuñalados. Una sala llena de gente hablando con una lengua extranjera equivalía con toda certeza a una conspiración para derribar al Gobierno. Lean los artículos que publicaba en aquella época el Boston Transcript sobre la conspiración soviética y verán el tipo de forraje con el que se estaba cebando incluso al sector más culto e inteligente de las clases asentadas.

 

El 3 de mayo, al amanecer, el cuerpo de Andrea Salsedo, impresor anarquista, apareció estrellado contra el pavimento de Park Row en Nueva York. Había saltado o le habían arrojado desde las dependencias del departamento de Justicia en el piso catorce del edificio de Park Row, donde él y su amigo Elia llevaban ocho semanas encerrados. Saltaba a la vista que le habían torturado sin descanso durante todo aquel tiempo; los agentes de Palmer estaban <<investigando>> actividades anarquistas. De algún modo, alguien había conseguido sacar a escondidas una nota, y pocos días antes Vanzetti había estado en Nueva York como delegado de un grupo italiano para intentar conseguir que dejaran a los dos hombres en libertad bajo fianza. Tras la muerte de Salsedo, Elia fue trasladado apresuradamente a la isla de Ellis y deportado. Murió en Italia. Pero desde aquel momento la furia santa por la cacería roja se atenuó. Aquel cuerpo torturado que apareció muerto y sangrando en unos de los lugares más céntricos y concurridos de Nueva York devolvió de golpe la sensatez a los hombres.

 

Cuando Sacco y Vanzetti fueron detenidos en el vagón del tranvía de Brockton el 5 de mayo por la noche, Sacco llevaba en el bolsillo el esbozo de un póster que anunciaba una reunión de protesta contra lo que consideraban el asesinato de su camarada. Iban a avisar a los restantes miembros de su grupo de que escondieran cualquier prueba incriminatoria, como libros y escritos <<radicales>>, para que no fueran detenidos en la nueva redada que, según sus informaciones, era inminente, y no sufrieran el destino de Salsedo.

 

En el seno de un pueblo que no reconoce o, mejor dicho, no admite la fuerza y el peligro de las ideas, es imposible perseguir de forma directa a quienes abrigan ideas impopulares. Además, existe una tradición latente de libertad que hace sentirse culpables a quienes los persiguen. Al fin y al cabo, todos nos aprendimos de memoria la Declaración de Independencia y el <<Give me Liberty or Give me Death!>> en el colegio, y por muy superficiales que se hayan vuelto estas palabras, han dejado una débil impresión infantil en las mentes de la mayoría de nosotros. De ahí el arma característicamente estadounidense de la falsa inculpación. Si un policía quiere detener a un hombre que, según sus sospechas, esta vendiendo marihuana, se las arregla para encontrar un arma al registrarle la ropa y le detienen en virtud de la ley Sullivan. Sin un hombre está organizando una huelga de un modo que resulta peligroso, se intenta poner en marcha una falsa acusación contra él atendiendo a la ley Mann o se busca una mujer que le denuncie por incumplimiento de una promesa de matrimonio. Si un diputado vota contra la guerra, se le detienen por comportamiento indecoroso en el arcén de una carretera de Virginia. Si dos italianos distribuyen propaganda anarquista, se les encierra por asesinato.

 

Es natural que los habitantes de esos montes escarpados desde los que se divisa el mar de un azul perpetuo hayan mantenido inflamada en sus corazones la imagen de la ciudad perfecta, donde el fuerte no oprime al débil, donde todos los hombres viven de su propio trabajo y en paz con sus vecinos, la Comuna blanca donde el hombre puede alcanzar su plena estatura, libre de las viejas obsesiones rabiosas del dios y el amo.

 

Esta imagen interior es la que forma el núcleo de sentimiento que subyace a todas las teorías y doctrinas anarquistas. Muchos italianos situaron la ciudad perfecta de su imaginación en Estados Unidos. Cuando llegaron a este país, o bien mataron el sueño en sus corazones y se sometieron a la ley de la selva, o bien se descubrieron anarquistas. Ha habido terroristas entre ellos, como en cualquier otro grupo oprimido y despreciado desde que el mundo es mundo. Por lo general, las gentes de bien han sostenido que anarquismo y terrorismo eran la misma cosa, un error torpe y normalmente malintencionado que han fomentado en gran medida los detectives privados y los artificieros de la policía.

 

La suya es una posición absurda para cualquier hombre: la de alguien que no conociera las reglas de ajedrez e intentara jugar con los ojos vendados. El mundo real ha desaparecido. Nada nos une ya a nuestro mundo de lluvia y calles y tranvías y chicas y huertas y plantas de calabacín. Éste es un mundo de palabras y locuciones: fiscalía, defensa, prueba, escrito de solicitud, desestimada, incompetente, inmaterial. Durante seis años este hombre ha vivido en la Ley, atrapado con más y más fuerza por los pegajosos filamentos de la jerga jurídica, como una mosca en una tela de araña. Y el conjunto equivocado de palabras equivale a la silla eléctrica. Otros hacen por él todos los movimientos del juego, lo único que el puede hacer es quedarse sentado, impotente, y aguardar, depositando sus esperanzas en un conjunto de frases tras otro. En todos estos libros de leyes, en toda esta terminología de secretarios del juzgado y letrados de la defensa hay un movimiento que le salvará, entre un millón que significan la muerte. Si hicieran el movimiento correcto, si utilizaran las palabras correctas… Pero, a estas alturas, el persistente tormento de la esperanza ya casi ha cesado, ni siquiera la idea de sus mujer y sus hijos, allá afuera, en le mundo, inalcanzable, puede torturarle ahora. Ya se ha insensibilizado, puede reírse y examinar con curiosidad la pesada maquina que le ha atrapado y despedazado. Ya apenas le importa si logran arrancarle de entre los engranajes, y el conjunto equivocado de palabras equivale a la silla eléctrica.

 

Y durante los seis últimos años, trescientos sesenta y cinco días al año, ayer, hoy, mañana, Sacco y Vanzetti se despiertan en sus catres carcelarios, comen comida carcelaria, disponen de una hora diaria de ejercicio y conversación, se sientan en sus celdas y se devanan los sesos sobre este o aquel tecnicismo, depositando todos sus esperanzas en sus coartadas, en el testimonio pericial sobre el tipo de cañón de la pistola de Sacco, en la confesión de Madeiros y la corroboración de Weeks, en la apelación al Tribunal Supremo de Estados Unidos; y día tras día los apoyos se van volatilizando bajo sus pies y sienten que están siendo empujados inexorablemente hacia la silla eléctrica por el odio ciego de miles de ciudadanos bienintencionados, por los mecanismos sobrehumanos,intrincados, insidiosos y desalmados del Derecho.

Maynard Freeman Shaw, niño prodigio de catorce años, estaba detrás de un árbol y vio pasar corriendo al hombre de la escopeta a cuarenta y cinco metros de él. Fue uno de los que <<identificaron>> a Vanzetti. Admitió que sólo había visto la cara del atracador durante unos segundos.

– Supe que era extranjero por su forma de correr- testificó el joven Shaw en el juicio.

– ¿Qué clase de extranjero? – pregunto la defensa.

– Italiano o ruso.

– ¿Los italianos y los rusos corren de forma diferente a los suecos o los noruegos?

– Sí.

– ¿Cuál es la diferencia?

– La inestabilidad.

 

<<Así que se marchó usted de Plymouth para eludir le servicio militar ¿no?>> fu la primera pregunta de Katzmann al interrogar a Vanzetti. <<¿Amaba usted a su país en la última semana de 1917? ¿Su amor por Estados Unidos es proporcional a la paga semanal que puede obtener en el país? ¿Pretendía usted condenar a la Universidad de Harvard?>>: fueron varias las preguntas que se le hicieron a Sacco, muchas de las cuales eran ene realidad una invitación a la controversia. Y Sacco fue inducido, cosa que el juez permitió, a pronunciar un largo discurso sobre sus hirientes opiniones políticas. El alegato final de Katzmann al jurado concluyó con las palabras: <<¡Permanezcan unidos, hombres del condado de Norfolk!>>. y las instrucciones del juez Thayer se iniciaron con las palabras siguientes: <<Señores del jurado, la commonwealth de Massachusetts le ha convocado a prestar un servicio de la mayor importancia. Aunque sabían que dicho servicio sería arduo, desagradable y tedioso, ustedes, como auténticos soldados, respondieron a la llamada con espíritu de lealtad estadounidense>>. Tras tres páginas de este tenor, continúa: <<Una vez desterrado cualquier resquicio de simpatía o prejuicio que pudiera nublarles las mentes, y sustituido éste por buena fe y por una atmósfera más pura, de imparcialidad inflexible y justicia absoluta, repasemos algunos de los derechos que las leyes conceden a los acusados […]>>

 

Los hombres del condado de Norfolk se mantuvieron unidos como mejor sabían para defender sus instituciones contra rojos, desertores y agitadores extranjeros. Doce soldaditos estado-unidenses juzgando a un espía alemán hubieran pronunciado el mismo veredicto. <<Que se vayan al diablo, deberían colgarlos de todos modos>> era la opinión del presidente del jurado.