JULIO CORTÁZAR O LA LITERATURA COMO JUEGO

De entre los millones de ocupaciones a los que puede dedicarse un ser humano, jugar es una de las más nobles; en la infancia, constituye una necesidad tan apremiante como dormir o comer, tan gratificante como el cariño de la madre y el encuentro con los hermanos. Al jugar, el niño experimenta el mundo, lo conquista desde la potencia más humana y también la más encantadora: la imaginación. Al contrario de lo que sucede con algunas de las actividades que realizamos en la infancia y que andando el tiempo, devienen absurdas y ridículas, jugar es una necesidad y un placer que no desaparece nunca y aunque en la medida en que envejecemos toma formas y manifestaciones muy diversas, el hecho es que permanece siempre constante porque, en esencia, su función es aligerar la vida, hacerla más liviana y por lo tanto, más habitable.

Nunca he podido creerme aquello de mantener vivo al niño que llevamos dentro; creo que no es más que una metáfora manida y un lugar común que puede pronunciarse con mayor o menor fortuna pero que resulta ridículo y patético en los cartelitos de autoayuda y motivación. Volver a la infancia, a ratos y generalmente sin previo aviso, no es señal de tener un resquicio de infancia viviendo solapadamente en los pliegues de nuestra conciencia, sino un momento de cierta sublimidad en que nos permitimos reinterpretar el mundo con la liviandad en la que suponemos que hacen los niños.

En un juicio moderadamente sano, no  podemos resucitar la infancia, y bien visto, quién querría revivir sus angustias, sus terrores nocturnos, la humillación de mojar la cama o las penalidades de ser el más gordo, el más bajo o el más débil de la clase. Olvidamos todas aquellas penurias de la infancia y nos quedamos únicamente con lo mas hermoso, con lo que más vale y que será siempre la más sutil causa de nuestra nostalgia, la levedad absoluta que solo el juego puede darle a la vida. Para convertirnos en adultos debemos matar lo poco que del niño nos deja los dramáticos años de la adolescencia; si somos afortunados despedimos con honores al niño que fuimos, con gratitud inmensa y afinando todo aquello que fue ingrato, maduramos así, en la dulce nostalgia de un mundo que se fue y no volverá. Pero el juego persiste.

Jugar es pues, cosa seria; fortalece y anima, es opiáceo y también revitalizante, compromete lo mejor de cada uno porque implica una naturaleza desinteresada; es fascinante porque es aleccionador y, al mismo tiempo divertido; nos anula en el mundo que construye pero nos hace mejores en el cerrado universo de sus reglas sin consecuencias; podemos seguir viviendo y manteniendo la cordura gracias al juego porque irrumpe en el espanto y en el drama de la vida suspendiendo el tiempo en tanto dura su ejercicio. Además de la limpieza y maestría de su ejecución, las letras de Julio Cortázar son inmensas porque son: fundamentalmente un juego.

Para muchos lectores el primer encuentro con Julio (lo llamo así, con el cariño y la intimidad con que se puede tratar a un amigo que nos ha acompañado desde los 16 años) es un antes y un después; no es mi caso y no porque no fuera el primer autor que leí, ni siquiera el primero que despertara mi admiración o mi pasión por su obra, sino porque con Alfonso Reyes, a quien descubrí al mismo tiempo, me reveló el gigantesco poder de las palabras para hacer más plena y más intensa la vida y se convirtió en santo y seña de mi mundo de obsesiones, goces, placeres y equívocos anhelos. Fue en 1986 cuando abrí por primera vez la primera pagina de Bestiario, en la sencilla edición de Nueva Imagen que compré con el dinero que me dio mi madre, en la vieja librería del Parque que aún existe cerca de la fuente de los espejos de Polanco.

Meses antes, Alfonso Reyes me había mostrado la grandeza que encierran las letras; pero ese día en la banca del parque que aún puedo identificar, Julio puso en mis manos algo distinto, un artefacto que no sólo era literatura, era un juego para asombrarse a costa de la vida. El pequeño volumen gris, con una tipografía acaso demasiado sencilla y un papel que de puro humilde no daba sino para, de veras, sentirse estudiante latinoamericano, no era sólo un libro, era un instrumento, un transformador que, luego lo supe, era más bien un juguete construido por su autor para el inmenso juego de la literatura que construye uno de los miles de mundos posibles.

Si Julio no fue el primer autor que leí, si puedo afirmar con certeza que fue el primero que releí y lo hice en el mismo instante que leí lo primero de sus gigantesco Bestiario, pues La Casa Tomada la leí tres veces seguidas, la segunda para salir del pasmo y la tercera por puro gusto. Así, la suerte estaba echada y unos días después andaba con Glenda del brazo, el juego infinito había comenzado y aún continúa. Cuando un par de años después leí por primera vez Rayuela, la lectura no volvió a ser para mí nunca lo mismo; de ahí y hasta nuestros días leer sería un placer absoluto o no sería nada.

En ese año brutal de mis dieciséis, apenas unos meses después del terremoto de la Ciudad de México, había saltado de Verne, Gibrán y Salgari a la literatura de verdad, no a la de los manuales que determinaban la letras casi infantiles, sino la que uno se fabrica sólo en los anaqueles de la librerías. También en ese año había fallecido Borges, que se me reveló como un dios enorme pero hierático que me arrojó en brazos de Alfonso Reyes; así en ese año descubrí a Cortázar gracias a un profesor de literatura, al que no guardo rencor pero tampoco particular agradecimiento y que tenía a Julio como lectura obligatoria en un programa del que no quería, ni podía despegarse un milímetro.

Así apareció Julio en mi vida, en ese entonces tenía dos años de habernos dejado pero la casi infantil tertulia de los viernes cafeteros con los amigos, aún sin alcohol ni mujeres reales, lo daba aún por vivo y más aún porque lo invocábamos con la fascinación que sólo puede experimentarse cuando se conserva intacta la capacidad de asombro. Julio me lanzó a la poesía de Ernesto Cardenal, de tal manera que el día en que la fortuna quiso regalarme uno de los días más hermosos de mi existencia, estuve a su lado en una lectura de poesía que ofreció a los alumnos de la Facultad de Derecho de la UNAM con motivo de la imposición de la Medalla Isidro Fabela, en el año 2006.

Justo veinte años después de mi primer encuentro con Julio, en aquel 2006 cuando ya no era un niño que soñaba con los personajes de Rayuela y de todos los juegos, pero que la vida quiso que esa tarde me sentara junto a uno de los más grandes poetas de nuestro tiempo, un hombre ejemplar en su bondad y que para mí era, en ese momento, un personaje de Julio que se había escapado de Apocalipsis en Solentiname y al que le pregunté su opinión sobre la poesía revolucionaria, no porque me preocupara, sino por el placer de escucharlo y que me respondió con casi las mismas palabras que usó Julio en su curso de literatura en Berkeley: la poesía, para ser revolucionaria, primero debe ser autentica poesía.

Estos alucinantes accidentes de la vida sólo tienen sentido cuando alcanzamos a atisbar el hecho fundamental de que lo mejor de la existencia, como las letras de Cortázar, es el juego y el sentido lúdico con que hacemos las cosas que en realidad llamamos valiosas; por eso en tu cumpleaños, grandísimo cronopio, no puedo sino reírme de que hayas dictado un alucinante curso de literatura justo en Berkeley, aquella universidad americana a la que Alfonso Reyes dedicara uno de sus libros mas juguetones y divertidos, Berkeleyana.

Y así, como siempre, como cada vez que mi viejo ejemplar de Rayuela me lo reclama, vuelvo a las paginas de Julio, temeroso y ansioso al mismo tiempo de descubrir cual es la siguiente jugada que me depara este cronópico divertimiento al que llamamos vida y también literatura.

Gracias Julio

El libro nuestro de cada martes… La obra de Julio Cortázar

Feliz cumpleaños Grandísimo Cronopio. No una, sino muchas recomendaciones hoy, una mirada a los libros de Cortázar. Que pase un gíglico día.

1938: Presencia, (sonetos, con el seudónimo de Julio Denis).

http://mx.casadellibro.com/ebook-presencia-ebook/9788415614135/1986997

1945: La otra orilla (obra póstuma, publicada en 1995)

http://www.puntodelectura.com/es/libro/la-otra-orilla/

1949: Divertimento 

http://www.alfaguara.com/es/libro/divertimento/

1949: Los reyes (con el seudónimo de Julio Denis).

http://www.alfaguara.com/es/libro/los-reyes/

1950: El examen 

http://www.alfaguara.com/es/libro/el-examen/

1951: Bestiario

http://www.puntodelectura.com/ar/libro/bestiario-3/

1952: Imagen de John Keats 

http://www.alfaguara.com/es/libro/imagen-de-john-keats/

1956: Final del juego

http://www.alfaguara.com/cl/libro/final-del-juego-4/

1959: Las armas secretas 

http://www.alfaguara.com/es/libro/las-armas-secretas/

1960: Los premios

http://www.alfaguara.com/es/libro/los-premios/

1962: Historias de cronopios y de famas

http://www.alfaguara.com/mx/libro/historias-de-cronopios-y-de-famas-9/

1963: Rayuela

http://www.elpais.com.co/elpais/cultura/noticias/cinco-razones-para-volver-leer-rayuela-julio-cortazar

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/06/24/actualidad/1372090801_508996.html

1966: Todos los fuegos el fuego

http://www.alfaguara.com/es/libro/todos-los-fuegos-el-fuego-13/

1967: La vuelta al día en ochenta mundos

http://www.sigloxxieditores.com.ar/fichaLibro.php?libro=978-987-629-104-0

1967: Buenos Aires, Buenos Aires

http://www.jornada.unam.mx/2014/08/26/index.php?section=cultura&article=a04n1cul&partner=rss

1968: 62 Modelo para armar

http://www.alfaguara.com/es/libro/62-modelo-para-armar-8/

1969: Último round 

http://www.sigloxxieditores.com/libros/Ultimo-round-Tomo-I/9788432313554

1970: Viaje alrededor de una mesa

http://www.bn.gov.ar/abanico/A60904/cortazar-mesa.html

1971: Pameos y meopas

http://www.escribirte.com.ar/obras/653/-pameos-y-meopas.htm

1972: Prosa del observatorio

http://www.revista.unam.mx/vol.10/num5/art31/int31.htm

1973: Libro de Manuel

http://www.alfaguara.com/ar/libro/libro-de-manuel-1/

1973: La casilla de los Morelli

http://bibliotecapopulardeltren.blogspot.mx/2010/07/la-casilla-de-los-morelli-julio.html

1974: Octaedro

http://www.alfaguara.com/ar/libro/octaedro-1/

1975: Fantomas contra los vampiros multinacionales

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/index.php/rum/article/view/2383/3443

1976: Estrictamente no profesional

http://www.lecturalia.com/libro/8243/estrictamente-no-profesional

1977: Alguien que anda por ahí

http://www.alfaguara.com/es/libro/alguien-que-anda-por-ahi/

1978: Territorios

http://www.sigloxxieditores.com/libros/Territorios/9788432314148

1979: Un tal lucas

http://www.alfaguara.com/es/libro/un-tal-lucas/

1980: Clases de literatura. Berkeley, (publicada en 2013)

http://www.alfaguara.com/es/libro/clases-de-literatura-1/

1980: Queremos tanto a Glenda

http://www.alfaguara.com/es/libro/queremos-tanto-a-glenda/

1982: Deshoras

http://www.alfaguara.com/ar/libro/deshoras/

1982: Los autonautas de la cosmopista

http://www.alfaguara.com/es/libro/los-autonautas-de-la-cosmopista/

1983: Nicaragua tan violentamente dulce

http://niunsololibro.blogspot.mx/2012/03/nicaragua-tan-violentamente-dulce-julio.html

1984: Salvo el crepúsculo

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1984: Alto el Perú

http://www.quelibroleo.com/alto-el-peru

1984: Silvalandia

http://www.alfaguara.com/es/libro/silvalandia/

1986: Diario de Andrés Fava (capítulo desprendido de El examen).

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1995: Adiós Robinson y otras piezas breves (obra póstuma).

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2009: 1940-1984: Papeles inesperados

http://www.alfaguara.com/es/libro/papeles-inesperados/

José María Gallegos Rocafull o la Filosofía como Resurrección

El día en que José María Gallegos Rocafull perdió su cargo diplomático, asistió a misa a la capilla reservada al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Apenas terminaba de amanecer cuando salió a dar el paseo de cada mañana, bajó la escalinata de la Piazza de Spagna, tomó la mesa habitual en el Café Greco y pidió los periódicos de costumbre. No era que lo esperara, de hecho, las cosas en España no parecían presagiar nada bueno a últimas fechas, pero era un irredento creyente en la esperanza.

Lo decían todos los periódicos. La República española se había venido abajo; sin gobierno a quien representar, sin patria que defender lo único que le quedaba eran los resquicios de la esperanza. No lo imaginaba, pero jamás  podría volver a ver la costa gaditana donde nació en el año de 1899, o 1895, es un dato que nunca quiso aclarar.

Muchos años antes de aquel 1939 en que Roma le pareció más grande, no menos magnífica, pero también más solitaria; había sido un joven maravillado por la religión que había descubierto entre las ruinas de una tradición cada vez más ajada. Las beatas enlutadas que llenaban los templos apenas le decían nada, la jerarquía le parecía un inconveniente menor que había que tolerar porque después de todo, por muy místico que fuera, se trataba de un cuerpo con todas las limitaciones y también, ¿por qué no decirlo? con toda la belleza y posibilidades de su naturaleza. En el Seminario Diocesano de Cádiz, pasó como un magnífico estudiante, como un religioso mediano y como un estudiante disciplinado aunque de ideas peculiares.

La Iglesia en la que Gallegos Rocafull creía era la de la esperanza, la de la posibilidad de crear en la tierra el reino de Cristo. Sus compañeros lo recordarían como un orador encendido, recurrente en su tema favorito: la justicia. Se ordenó sacerdote, sirvió en algunas parroquias, pero su inquietud intelectual no le permitió estar fuera del ala académica de la Iglesia y así, en una sucesión rápida pero no vertiginosa, ocupó el cargo de canónigo lectoral de la catedral de Granada.

La estancia en Granada lo marcó, como lo marcaron las catedrales de Puebla y de México; de algún modo, le parecía irresistible la combinación entre espiritualidad y belleza, como si no pudiera el individuo entenderse con lo eterno sino a través de la experiencia estética. Ahí adquirió esa costumbre que no dejó hasta que el médico lo confinó a la cama en sus últimos meses de 1963. Al pasear por los jardines de la Alhambra, la mezcla perfecta entre las herencias españolas le parecía tan natural y tan indivisible como su carácter español. En el español contemporáneo no había manera de diferenciar al celta, al romano, al moro, al judío, al cristiano viejo, al gitano o al indiano. La noción de la catolicidad, de la universalidad, lo habituaron pronto a las ideas complejas, eliminaron sus prejuicios ancestrales y, como pudo constatarlo en México, no dejaron espacios en los que no pudiera caber el hombre como concepto y como realidad viviente.

Los vinos del Duero, las plazas de toros, particularmente la suerte de matar, la compañía de Picasso y de las bandas de gitanos bailaores y cantaores; placeres que no se negaba en los años de mocedad y que tampoco se negó en México, le formaron un carácter poco hábil para el llanto y muy resistente a la desgracia, a la postergación. Un espíritu que poco frecuentaba la pasión y que estaba construido para la resurrección.

Entre esta contradicción (resurrección y muerte) transitaba su pensamiento y su vida. Por un lado, la idea de dominar el mundo, de sacar de el todo cuanto pudiera como atributo del hombre desde la creación, a menudo pensaba en que Dios había dicho hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó…; amo de la creación, no podía negarse a los placeres y al descubrimiento del universo; pero por el otro lado, la Creación le parecía como algo interminado, como algo que corregir, a fin de cuentas, decía también Dios:

Y saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el espíritu de Yahvé; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Yahvé… juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra: y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío… Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará: el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos y un niño los pastoreará…

Ahí estaba el trabajo de resurrección en la tierra que se propuso.

Al terminar su doctorado en filosofía, cuando tuvo que elegir un tema para la tesis de grado, la opción le pareció natural: el orden social según la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Todavía estaban lejos los días de la teología de la liberación, de hecho, muchas de sus ideas serían después doctrina de la Iglesia de Roma una vez terminado el Concilio Vaticano II, pero él ya no estaría para saberlo.

Su tesis doctoral, se distanciaba de los trabajos habituales que las universidades pontificias estaban habituadas a recibir. Si bien se mantenía dentro del rigor exigido, su discurso entraba y salía con comodidad de fuentes filosóficas antiguas y modernas; siguiendo el hilo de la argumentación no despreciaba la experiencia literaria y en conjunto representaba una exigencia de libertad y justicia, una especie de clamor, filosóficamente fundamentado, pero llamado a la justicia social de su tiempo y de su país.

Aunque dicha tesis pasó desapercibida en los anales académicos de la Iglesia española, tuvo un efecto interesante dentro del ambiente intelectual republicano. No era la primera vez que publicaba algo de ese tenor, su libro Una causa justa.Los obreros de los campos andaluces, había aparecido ya en 1929, apenas dos años antes de su texto doctrinal El misterio de Jesús. Ensayo de cristología bíblica, en ambos casos, por distintas rutas, su inconformidad con el estado de cosas en la España de la dictadura y de Alfonso XIII, lo colocaron como un miembro sui generis de la vanguardia republicana.

Así fue como llegó a Roma, el gobierno de la república lo llamó para representar sus intereses ante la Santa Sede. Cargo diplomático por demás complicado, le produjo tensiones en la jerarquía religiosa, sobre todo cuando la cuestión de los cultos y publicitación de algunos excesos cometidos durante la guerra civil, quisieron presentar el rostro de la revolución en España y la Guerra Civil, como una guerra sobre todo anti religiosa; más de algún malintencionado le decía Vivaldi en los pasillos de la Curia romana, después de todo, a los dos por distintos motivos les iba el mote de il cura rosso.

Ese día, desempleado, retiradas sus licencias para ejercer el ministerio sacerdotal, cortesía del Obispo de Cádiz, echó a caminar  con rumbo a la que fuera la oficina diplomática de la República, guardó los papeles que le parecían más importantes y se ocupó de lo que le resultaba más urgente: huir del fascismo que una vez muerta la República se le presentaba como la primer amenaza en contra suya y en contra de la civilización occidental.

En esos días, vuelve al estudio de los clásicos; años después recordará que su pensamiento volvía con insistencia a preguntas como: ¿de dónde sacó fuerzas Sócrates para desafiar e imponerse a los treinta tiranos de Atenas?, ¿quién hubiera podido obligar a Cano a que venerara a un Calígula?, la filosofía lo salva, igual que a Boecio. Recurre a ella del mismo modo que recurre a cierta parte de su fe religiosa que se retrotrae a la inocencia de la infancia, a los primeros días del conocimiento en que la fe es suficiente para el conocimiento. Porque emprender el conocimiento filosófico, para Gallegos, es entrar en las profundidades de la conciencia, donde no hay corrupción, donde no hay violencia, donde todo puede resolverse de acuerdo al orden universal y, en todo caso donde toda la consolación está presente, porque al pensar, al razonar, el hombre se encuentra con lo más característico, lo más íntimo y lo más profundo de sí mismo.

El principio estoico de ser dueño de sí mismo, se encuentra constante en su personalidad y en su obra; responde a Ortega y Gasset liberando al hombre de la circunstancia, no porque pretenda que las circunstancias no determinan cierta forma de actuar, sino porque desde su punto de vista, es el hombre el que ordena la circunstancia y le da sentido, es el hombre y no la circunstancia la que da coherencia a la vida y permite a cada hombre, mantenerse firme en la adversidad y en la prosperidad, dueño siempre de sus actos que va, en la medida que se domina a sí mismo, armonizando con sus propios propósitos y con su fin trascendente.

Ciertamente, hay un eterno volver a la idea de Dios, pero esa voluntad suprema, esa conciencia omnisciente, hacedora de todo, deja en libertad al individuo que sólo tiene para fortalecer el diálogo consigo mismo: intimidad y recogimiento como Gallegos le llama siguiendo a Loyola. Ahí reside y gobierna su único lazo con la voluntad creadora de la realidad cotidiana, su propio criterio, su propia razón y, en este punto, no deja de hermanarse con los primeros liberales españoles de los cuales es heredero: Gracián, Melchor Gaspar de Jovellanos y Jaime Balmes.

Esta concepción de la razón filosófica lo inspira y lo mueve, le permite resistir los tiempos obscuros de incertidumbre pero sobre todo, le permite actuar en el mundo. Para Gallegos Rocafull la razón es una semilla divina, participación de Dios en la vida individual y colectiva, y en última instancia, raíz de la libertad del hombre; precisamente eso, fundamento, raíz, semilla, pero no actuación determinante. El hombre es quien debe encontrar en la razón la fuerza suficiente para escapar a la necesidad; la vida de la filosofía, la vida del hombre pensante y creyente, es la vida de lo contingente, de lo que se alcanza por decisión y libertad. Sólo el mundo de la naturaleza resulta el mundo de lo necesario, de lo fatal, su signo es la muerte como en el mundo de la libertad humana su signo es la vida y la cultura.

La aceptación de la ley de la naturaleza, en tal sentido es el comienzo de la verdadera libertad: sólo se es libre cuando se puede comprender y aceptar las imposiciones de la naturaleza. No es menos el libre el hombre porque no pueda volar o determinar el tamaño de su estatura, ni siquiera cuando, sin deberlo ni temerlo se queda varado en Italia, sin un gobierno que lo ampare, sin recursos para el viaje de huida y sin puerto a donde llegar. Es libre cuando puede dar la espalda a la fuerza de la naturaleza, la deja correr y emprende la construcción de su futuro a través de sus propias fuerzas.

Después de semanas de espera, de llamadas telefónicas, de contactos afortunados y otros fallidos, algunos intelectuales mexicanos le ofrecieron asilo. Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, que no lo conocían, recibieron varios llamados para rescatarlo y aunque llegando a México, lo hizo no como religioso sino como académico, en poco tiempo pudo volver a ambas actividades simultáneamente.

Al llegar a México, algunos religiosos que compartían su forma de ver la fe y la inteligencia le dieron un primer cobijo, literal si cabe decir, fue a vivir con la comunidad de la Compañía de Jesús en el Distrito Federal y se integró a las actividades del Centro Cultural Universidad Iberoamericana. Desde luego, ello no le devolvió las licencias de su ministerio, pero al menos, le proveyó de comida, techo, papel, tinta y una cátedra para volver a enseñar filosofía.

Sin embargo, siendo tanto no era mucho lo que los jesuitas le podían ofrecer. El Centro Cultural Universidad Iberoamericana, era apenas el embrión de una institución universitaria privada; limitada en recursos, en estudiantes y en perspectivas inmediatas. Si bien nunca dejó de lado su trabajo con la Compañía de Jesús y volvió a proporcionarles textos para publicar y recurrentemente dictó conferencias y cursos en sus aulas, lo cierto es que su espacio ideal lo encontró en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Produjo lo mejor de su pensamiento dentro del claustro académico de la Universidad. Tal vez por la riqueza de enfoques y de maneras de pensar que la Iberoamericana no alcanzaba a poseer o porque la dinámica de la autonomía y la libertad de cátedra se adecuaban más a su estilo; en cierto modo, su convivencia con marxistas, fenomenólogos, abogados, sociólogos y filósofos, le permitían más libertad para explorar su propio pensamiento. Así, cuando se integró a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad, compartía cátedra con Joaquín Xirau, José Gaos, Juan David García Bacca, Juan Roura Parella, Eugenio Ímaz, José Medina Echeverría, Luis Recaséns Siches y Eduardo Nicol, una gama intelectual tan amplia que no podía pasar desapercibida ni para estudiantes ni para colegas profesores.

Tal vez el rasgo distintivo más peculiar del exilio español consistió en la salida de las instituciones de la vida política y cultural de España, tanto como de los individuos. En meses, se había trasladado a México una cantidad considerable de personas dedicadas a los más variados aspectos de la vida peninsular: obreros y campesinos, religiosos y abogados, políticos y artistas, empresarios y nobles venidos a menos (hay que mirar el enternecedor recuerdo que de Joaquín Arderiúz escribió Ricardo Garibay), y con ellos sus instituciones. Gallegos Rocafull fue más bien, un solitario; contra su costumbre y a veces por mera solidaridad y necesidad de encuentro participó en dichas instituciones. Cuando la Segunda Guerra Mundial golpeó París, la Junta de Cultura Española que radicaba en la capital gala hacia 1939, se tuvo que trasladar a México. Al año siguiente, México ya era un núcleo importante del pensamiento y de la vida intelectual republicana en el exilio; al llegar la Junta a México, alentada y procurada por José Bergamín, que solía decir que como era un sujeto estaba obligado a ser subjetivo pues que si fuera un objeto, sólo entonces podría ser objetivo, José Carner, Juan Larrea y Eugenio Ímaz, creó como órgano de difusión “España Peregrina”, donde Gallegos Rocafull participó al lado de Pablo Picasso, Augusto Pi Sunyer, Luis Santullano, Joaquín Xirau, Rodolfo Halffter, Agustín Millares Carlo y Tomás Navarro Tomás entre otros.

Discutía con Max Aub frecuentemente aunque su pasión por la plástica los identificaba y su humor fino y a flor de piel los hermanaba; con el tiempo, se volvió un personaje urbano de la entonces todavía humana Ciudad de México. Cuando el episcopado mexicano no encontró razones para negarle el ministerio, lo autorizó para ejercerlo en la parroquia de la Coronación en la Colonia Condesa, ahí adoptó la costumbre de unas homilías muy peculiares, al igual que sucedía con sus artículos periodísticos, Gallegos tomaba una noticia de actualidad y la comentaba de acuerdo a la filosofía de la Doctrina Social Cristiana; el hecho era que mucha gente se movía desde sus residencias en toda la Ciudad de México para escuchar la conferencia de los domingos, aunque como decía Alfonso Reyes, tuvieran que escuchar al menos parte de la misa.

Es imposible saber qué tanto de las homilías de Gallegos Rocafull estaban movidas por su obligación pastoral y qué tanto de ellas pretendían llevar fuera de la cátedra sus lecciones universitarias; o a la inversa, qué tanto de la cátedra de Gallegos era en realidad un movimiento íntimo de evangelización y, casi pudiéramos decir, una pastoral universitaria. El hecho es que hay una identificación muy profunda entre la Universidad Nacional Autónoma de México y Gallegos Rocafull, en ambas, en la persona moral y en la persona física, hay una necesidad de crecimiento, de contrastar ideas, de llegar hasta las últimas consecuencias del razonamiento y una vocación irrevocable hacia la tolerancia.

El tiempo de Gallegos Rocafull en México fue el tiempo de su mejor producción intelectual; de cierto modo, Gallegos se encuentra consigo mismo en México, en su actividad docente, en su tarea de investigador, en su ministerio y en la plenitud de su fuerza creativa. Su obra, de hecho se va aproximando cada vez más a ese estado de tranquilidad interior que parece permear toda su vida. En la medida que los años pasan, Gallegos se inclina cada vez más por los temas que reúnen tanto su vena místico doctrinal como los elementos culturales, históricos y literarios. De esa última época son: El pensamiento mexicano en los siglos XVI y XVII, Estudios de historia de la filosofía en México, Breve summa de teología dogmática, El hombre y el mundo de los teólogos españoles de los siglos de oro, Crisis de Occidente y Ideas de Fausto para una filosofía de la Historia: Homenaje a Goethe y El Comunismo es esencialmente un materialismo dialéctico.

Gallegos Rocafull no alcanza la fama de otros maestros del exilio español como José Gaos, tal vez porque en el tiempo mexicano que le corresponde vivir su pensamiento tiende a identificarse con la prensa reaccionaria, lenta y desfasada de gran parte de los católicos de su era; esta es sólo una apariencia para quien no lo haya leído. Pero debe reconocerse en Gallegos la coherencia y el valor que le permite mantener en su personalidad, de manera complementaria y correspondiente, las tradiciones que lo animan y le dan unidad: el pensamiento social cristiano, su dominio de la patrística y de la escolástica, su contacto y diálogo con los existencialistas (tanto ateos como cristianos), su manejo de la fenomenología de Husserl, su filiación liberal y republicana. No hay fisuras en la personalidad de Gallegos Rocafull, no hay contradicción e incluso, si seguimos su línea de razonamiento, aún en las épocas más difíciles de la guerra y el exilio, tampoco hay sufrimiento que no alcance a ser mitigado por la esperanza.

Gallegos permite que el sentimiento de unidad de su personalidad fluya hacia su obra y hacia su concepción histórico filosófica; se interesa por el pensamiento colonial mexicano, por sus escritores, en particular Sor Juana Inés de la Cruz, por la obra de Fray Bartolomé de las Casas y el pensamiento político de Quiroga; en ellos ve la continuación del espíritu hispano y su fructificación en América, no hay fronteras y en él el océano no divide sino comunica.

En su relación con México, Gallegos Rocafull tendía a destacar la continuidad histórica, refiriéndose sobre todo, al aspecto filosófico y cultural, así como lingüístico y literario que podía situar por encima de las veleidades de la política y de la historia militar. En tal sentido, el aspecto que destacó de mejor manera fue la relación del pensamiento humanista mexicano, derivado de las leyes de Indias y cuyo origen encontraba en el pensamiento teológico de los españoles del siglo XVI que, además de establecer las grandes tesis de la Contrarreforma, fijaron los principios del derecho internacional y dieron nueva dimensión al ser humano dentro de la concepción jurídica de lo que posteriormente sería la organización estatal. Incluso, en su razonamiento, fiel al pensamiento escolástico, percibe una línea de continuidad en la cultura occidental, hay un hermanamiento entre las obras de Séneca, del cual fue estudioso y las de Theilard de Chardin, del que fue primer difusor en México.

Sin duda el principal libro de Gallegos Rocafull es El pensamiento Mexicano en los siglos XVI y XVII, publicado en 1951 en ocasión del IV centenario de la Fundación de la Real Universidad de México. Su reflexión se fundamenta en una acuciosa investigación de archivo que lo llevó a consultar muchos documentos de esa época, recatando, entre otros, diecinueve manuscritos de Diego Marín de Alcázar, que hacían referencia al pensamiento teológico mexicano, dando una nueva dimensión a los estudios coloniales. Su visión del encuentro entre América y Europa deja ver un momento dramático en el que los personajes son en realidad tres: el pensamiento importado, el medio en que se refracta y la desviación, matiz o tendencia que consiguientemente adquiere aquél, y en los que ya está el germen de su futura evolución. Gallegos Rocafull no ve triunfo ni derrota, sino una nueva realidad, no comprende la existencia de una continuación del pensamiento español en México, sino la generación de un nuevo miembro de la familia hispana; por así decirlo, Gallegos encuentra la posibilidad del pensamiento propiamente mexicano que se gesta a partir de la conquista y la colonia. Esta forma de entender la historia casa con la idea de la mexicanidad que persiguieron algunos mexicanos como Samuel Ramos, Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Octavio Paz entre otros.

Dentro de la evolución de esa primera etapa del pensamiento mexicano, Gallegos descubre varios problemas que fueron resolviéndose en este período de gestación: por una parte el problema antropológico, referido a la controversia sobre la naturaleza de los naturales de América, controversia cuyas voces principales fueron la de Ginés de Sepúlveda y la de Bartolomé de las Casas, problema que se resuelve favorablemente en el sentido del reconocimiento de la naturaleza humana de los indígenas, tema que resulta de especial interés en su tiempo pues marca la diferencia con otros procesos de conquista y colonización como los que protagonizaron Inglaterra, Francia y Holanda, que no se formulan la pregunta o la resuelven en sentido negativo, justificando auténticos genocidios. Por otra parte, estudia el problema de la incorporación de los indios a la nueva cultura, en donde se confrontan Las Casas y Toribio de Benavente, los problemas jurídicos de la Conquista y la colonización en torno a la legitimidad de la soberanía española, donde ocupa un lugar preponderante Francisco de Vitoria y Francisco Suárez en referencia a la licitud de la guerra de conquista y el justo régimen de su gobierno.

En su cátedra de Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de la UNAM, expuso muchas de las ideas de Theilard de Chardin, de hecho, fue el primero en América Latina en emprender su traducción y su difusión en ambientes universitarios. A través de libros como Un aspecto del orden cristiano: aprecio y distribución de las riquezas, La doctrina política del Padre Suárez  y La visión cristiana del mundo económico, expuso de diversas maneras la idea central de su desarrollo filosófico: la libertad no es un don que gratuitamente haya concedido la fortuna, o Dios, al hombre, sino el resultado de toda su actividad moral. De ahí que si bien se encuentra inscrita en la dignidad de cada individuo, sólo la experimenta aquel que ha penetrado su interior para descubrir en él un mundo donde la única ley es precisamente esa, la libertad.

Para la generación de escritores, abogados y politólogos que se formaba en México a mediados del siglo XX, Gallegos Rocafull fue una presencia que refrescó su percepción del pasado clásico hispano; una especie de reminiscencia de un tiempo histórico que no era suficientemente apreciado o que la vorágine revolucionaria había hecho pasar de moda. Entre los estudiantes, resucitó la vigencia de San Juan de la Cruz, de Góngora y de Quevedo; su lectura de los autos de fe, de los misterios y del teatro alegórico, inflamó la imaginación de mucho y ayudó a moderar los impulsos líricos de muchos adolescentes que luego, como Ricardo Garibay, se volverían excelentes escritores.

La tarea de Gallegos Rocafull es silenciosa. Su legado queda sobre todo en los educadores que formó. Entre quienes nos formamos con maestros que fueron a su vez alumnos suyos, la referencia a Gallegos estaba siempre dotada de cierta nostalgia por un hombre bueno, sin conflictos en su carácter de religioso y de filosofo, de español y de mexicano como alcanzó a concebirse. Con una pasión intensa por la libertad en la cual fundamentaba su sentido religioso.

José María Gallegos Rocafull da un nuevo sentido a la idea del transtierro, para el filósofo y el religioso no hay tal, porque se sitúa en la universalidad del pensamiento que es a fin de cuentas, su patria.

El libro nuestro de cada martes: La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth

De la experiencia lectora, una de las novelas fundamentales del siglo XX, la lucha del hombre contra la desesperanza y contra el abandono. Una visión de la decadencia del mundo y la terca voluntad de la supervivencia.

 

http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN___6

Los perros de Padura, o la historia como novela

En algún momento de nuestras vidas, todos estamos llamados a testificar la grandeza y la miseria de nuestro tiempo; pero sólo unos cuantos tendrán la fortaleza de asumirlo, y nadie fuera de la perspectiva del tiempo que pasa, tendrá la capacidad de comprenderlo. Acaso los más geniales, los protagonistas y los privilegiados puedan atinar algunas conclusiones certeras, pero ninguno podrá entender del todo el magnífico y abigarrado mosaico de causas y azares al que llamamos realidad y al cabo del tiempo, denominamos historia. Es ahí donde la literatura se vuelve reconstrucción y supera a la historiografía en sus posibilidades totalizadoras.

No resulta extraño que el lector, frente a una buena novela histórica se sienta más cómodo que ante el libro de historia; no es raro que asuma como vivientes a los personajes y tampoco lo es que demos por cierta la historia que en realidad sólo lo es en parte.

1948, de Yoram Kaniuk y El hombre que amaba a los perros (http://www.tusquetseditores.com/titulos/andanzas-el-hombre-que-amaba-a-los-perrosde Leonardo Padura, por citar un par de magníficos ejemplos, enfrentan una paradoja habitual para quienes narran hechos enmarcados en la corriente general de la historia; el de la libertad del creador que aún siendo enorme, se encuentra limitada por hechos que van más allá de su deseo y voluntad.

Si el autor transgrede esos límites; cruza los linderos de la narración histórica, renuncia a la reconstrucción y recupera su absoluta facultad de novelar; si lo hace en el ámbito de lo ya sucedido, se ubica en la ucronía. Si es en lo inédito, en el de la novela en la más amplia de sus acepciones. En ambos casos, lo que parece desmitificación no es sino la creación de nuevos mitos; donde parece haber claridad y sinceridad histórica, lo que hay es intención literaria y oficio de escritor.

La libertad del autor nunca es absoluta, está ceñida por la lógica y por la naturaleza que él mismo ha creado para sus personajes. Ha de ser absolutamente fiel al mundo que ha creado, pero al tratarse de la reconstrucción histórica; debe ser fiel al destino de los personajes, de los incidentales que él mismo ha creado, como de los centrales cuyos hechos están determinados por la historia que lo precede. En el primero de los casos se comportará como el Dios del Antiguo Testamento, y en el segundo, como el coro de una tragedia griega, disipará las grujas del destino, pero no podrá alterarlo.

En la lucha por reconstruir el tiempo pasado y dotarlo de sentido, en ese esfuerzo por quebrantar la presencia de los espejos para entrar lisa y llanamente en la contemplación directa de lo sucedido; el autor no permanece insensible frente a la realidad que ha escogido y de la que se ha apropiado. Lo que el lector no puede olvidar es que la realidad reconstruida por el novelista vuelve a surgir y a ocurrir conforme la pluma va recreándola en el papel, una realidad a la que el propio autor no puede someterse sino de la cual se vuelve partícipe; por eso, la reconstrucción nunca es fiel ni aspira a serlo, pero siempre ha de ser convincente, y ante todo:creíble.

Es innegable, necesitamos la fidelidad del historiador para conocer los hechos, tanto como la narración para creérnosla y hacerla nuestra.

El libro nuestro de cada martes… Disparo al corazón, de Mikal Gilmore

Gary Gilmore fue el primer ejecutado en los Estados Unidos después de la moratoria de pena de muerte de los años de 1970. Asesino confeso, Gilmore transcurrió más de la mitad de su vida en instituciones de reclusión, desde reformatorios adolescentes hasta la prisión donde encontró la muerte. Disparo al corazón es la historia de su casa y su familia narrada por su hermano menor. Un libro fundamental para comprender el fenómeno de la pena de muerte, la violencia y los tiempos que corren.

Feliz lectura

http://www.turnerlibros.com/Ent/Products/ProductDetail.aspx?ID=189

 

Lea ud. Para ocultar nuestros terrores, en Excélsior, el periódico de la vida nacional

Reflexione este domingo sobre la sombra de nuestros prejuicios y temores en el análisis de la realidad. Una visión sobre nuestra reacción ante el conflicto de Medio Oriente. Para ocultar nuestros terrores en Excélsior, el periódico de la vida Nacional.

http://www.excelsior.com.mx/opinion/cesar-benedicto-callejas/2014/08/10/975414

 

El derecho como pedagogía

Mucho se habla en nuestro tiempo de pérdida de valores; siendo serios, debemos más bien referirnos a un cambio profundo de valores. Hoy, precedidos por la violencia, por las miles de maneras en que se presiona al Estado y loa grupos de interés manejan importantes sectores de la vida púbica, son muchos los que prefieren la astucia al cumplimiento del deber, la riqueza al trabajo y la aventura a la inteligencia. Sin embargo, eso no quiere decir que la sociedad participe de ese fenómeno, existe un movimiento ciudadano, silencioso y constante, que exige el respeto a sus derechos y trabaja constantemente para lograr un futuro mejor.

La civilización es un prolongado proceso de toma de conciencia en el que cada uno de los elementos del cuerpo social aprende a articularse con los demás obteniendo el mayor grado de funcionalidad, de beneficio colectivo y de desarrollo personal. Para llegar a un estado de convivencia así se requiere un grado suficiente de seguridad que permita a la población pensar a futuro, sentir confianza en su presente y acumular memoria histórica libre de resentimientos y desencuentros; un nivel de aceptable de servicios públicos de modo que los egresos de la población no se conviertan en subsidios al Estado para suplir sus deficiencias y una administración de justicia confiable que sea un punto de equilibrio en las relaciones políticas entre los poderes del Estado y un promotor de la dignidad, la libertad y la justicia entre los miembros de la sociedad que entren en conflicto.

Aparentemente, una sociedad debería poseer las reservas morales suficientes para generar este régimen de seguridad, confianza y desarrollo, a partir de sus propias fuerzas y experiencias. Sin embargo, la realidad es que una cultura puede permanecer cerrada en sí misma, recurrente en sus propias contradicciones durante largo tiempo mientras no ocurra en ella ya un cambio de actitud que provoque cambios profundos en la estructura social y política interna.

La tipología histórica de este fenómeno es variada, pero en cada caso, un elemento fundamental ha sido la transformación de los modelos educativos que acompañan a los grandes proceso de cambio y crecimiento. Como respuesta a los retos derivados del cambio histórico y como única forma de consolidar los nuevos valores, la educación cumple el doble servicio de incentivar y fijar cambios de conducta y actitud deseables y de promover y defender los valores de la convivencia social.

Existe un periodo en el que la sociedad avanza con mayor celeridad que sus instituciones políticas y jurídicas; durante ese interregno suceden fenómenos de dispersión y atomización, división en los grupos que no comparten del todo los nuevos modelos, resistencias y hasta oposición al cambio y reacciones que retrasen los procesos de transformación. No es sino hasta el momento en que nuevas normas de observancia obligatoria recogen los equilibrios del poder y los acuerdos sociales mayoritarios, en que el cambio social se afirma definitivamente.

Visto desde este ángulo y tomando en consideración el hecho de que entre las funciones básicas del Derecho se encuentra la prevención y represión de conductas indeseables para la comunidad y la promoción de conductas y actitudes consideradas deseables en un momento histórico determinado, la construcción y aplicación de las normas jurídicas es, por sí mismo, un proceso pedagógico.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

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Tablaturas de mis pasos

Espacio para mostraros con palabras y fotos los lugares que voy conociendo y que me hacen feliz

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

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A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

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El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

Cynthia Briones

Letras en el mar.

Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

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