José María Gallegos Rocafull o la Filosofía como Resurrección

El día en que José María Gallegos Rocafull perdió su cargo diplomático, asistió a misa a la capilla reservada al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Apenas terminaba de amanecer cuando salió a dar el paseo de cada mañana, bajó la escalinata de la Piazza de Spagna, tomó la mesa habitual en el Café Greco y pidió los periódicos de costumbre. No era que lo esperara, de hecho, las cosas en España no parecían presagiar nada bueno a últimas fechas, pero era un irredento creyente en la esperanza.

Lo decían todos los periódicos. La República española se había venido abajo; sin gobierno a quien representar, sin patria que defender lo único que le quedaba eran los resquicios de la esperanza. No lo imaginaba, pero jamás  podría volver a ver la costa gaditana donde nació en el año de 1899, o 1895, es un dato que nunca quiso aclarar.

Muchos años antes de aquel 1939 en que Roma le pareció más grande, no menos magnífica, pero también más solitaria; había sido un joven maravillado por la religión que había descubierto entre las ruinas de una tradición cada vez más ajada. Las beatas enlutadas que llenaban los templos apenas le decían nada, la jerarquía le parecía un inconveniente menor que había que tolerar porque después de todo, por muy místico que fuera, se trataba de un cuerpo con todas las limitaciones y también, ¿por qué no decirlo? con toda la belleza y posibilidades de su naturaleza. En el Seminario Diocesano de Cádiz, pasó como un magnífico estudiante, como un religioso mediano y como un estudiante disciplinado aunque de ideas peculiares.

La Iglesia en la que Gallegos Rocafull creía era la de la esperanza, la de la posibilidad de crear en la tierra el reino de Cristo. Sus compañeros lo recordarían como un orador encendido, recurrente en su tema favorito: la justicia. Se ordenó sacerdote, sirvió en algunas parroquias, pero su inquietud intelectual no le permitió estar fuera del ala académica de la Iglesia y así, en una sucesión rápida pero no vertiginosa, ocupó el cargo de canónigo lectoral de la catedral de Granada.

La estancia en Granada lo marcó, como lo marcaron las catedrales de Puebla y de México; de algún modo, le parecía irresistible la combinación entre espiritualidad y belleza, como si no pudiera el individuo entenderse con lo eterno sino a través de la experiencia estética. Ahí adquirió esa costumbre que no dejó hasta que el médico lo confinó a la cama en sus últimos meses de 1963. Al pasear por los jardines de la Alhambra, la mezcla perfecta entre las herencias españolas le parecía tan natural y tan indivisible como su carácter español. En el español contemporáneo no había manera de diferenciar al celta, al romano, al moro, al judío, al cristiano viejo, al gitano o al indiano. La noción de la catolicidad, de la universalidad, lo habituaron pronto a las ideas complejas, eliminaron sus prejuicios ancestrales y, como pudo constatarlo en México, no dejaron espacios en los que no pudiera caber el hombre como concepto y como realidad viviente.

Los vinos del Duero, las plazas de toros, particularmente la suerte de matar, la compañía de Picasso y de las bandas de gitanos bailaores y cantaores; placeres que no se negaba en los años de mocedad y que tampoco se negó en México, le formaron un carácter poco hábil para el llanto y muy resistente a la desgracia, a la postergación. Un espíritu que poco frecuentaba la pasión y que estaba construido para la resurrección.

Entre esta contradicción (resurrección y muerte) transitaba su pensamiento y su vida. Por un lado, la idea de dominar el mundo, de sacar de el todo cuanto pudiera como atributo del hombre desde la creación, a menudo pensaba en que Dios había dicho hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra… Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó…; amo de la creación, no podía negarse a los placeres y al descubrimiento del universo; pero por el otro lado, la Creación le parecía como algo interminado, como algo que corregir, a fin de cuentas, decía también Dios:

Y saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el espíritu de Yahvé; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de temor de Yahvé… juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra: y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío… Morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará: el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos y un niño los pastoreará…

Ahí estaba el trabajo de resurrección en la tierra que se propuso.

Al terminar su doctorado en filosofía, cuando tuvo que elegir un tema para la tesis de grado, la opción le pareció natural: el orden social según la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Todavía estaban lejos los días de la teología de la liberación, de hecho, muchas de sus ideas serían después doctrina de la Iglesia de Roma una vez terminado el Concilio Vaticano II, pero él ya no estaría para saberlo.

Su tesis doctoral, se distanciaba de los trabajos habituales que las universidades pontificias estaban habituadas a recibir. Si bien se mantenía dentro del rigor exigido, su discurso entraba y salía con comodidad de fuentes filosóficas antiguas y modernas; siguiendo el hilo de la argumentación no despreciaba la experiencia literaria y en conjunto representaba una exigencia de libertad y justicia, una especie de clamor, filosóficamente fundamentado, pero llamado a la justicia social de su tiempo y de su país.

Aunque dicha tesis pasó desapercibida en los anales académicos de la Iglesia española, tuvo un efecto interesante dentro del ambiente intelectual republicano. No era la primera vez que publicaba algo de ese tenor, su libro Una causa justa.Los obreros de los campos andaluces, había aparecido ya en 1929, apenas dos años antes de su texto doctrinal El misterio de Jesús. Ensayo de cristología bíblica, en ambos casos, por distintas rutas, su inconformidad con el estado de cosas en la España de la dictadura y de Alfonso XIII, lo colocaron como un miembro sui generis de la vanguardia republicana.

Así fue como llegó a Roma, el gobierno de la república lo llamó para representar sus intereses ante la Santa Sede. Cargo diplomático por demás complicado, le produjo tensiones en la jerarquía religiosa, sobre todo cuando la cuestión de los cultos y publicitación de algunos excesos cometidos durante la guerra civil, quisieron presentar el rostro de la revolución en España y la Guerra Civil, como una guerra sobre todo anti religiosa; más de algún malintencionado le decía Vivaldi en los pasillos de la Curia romana, después de todo, a los dos por distintos motivos les iba el mote de il cura rosso.

Ese día, desempleado, retiradas sus licencias para ejercer el ministerio sacerdotal, cortesía del Obispo de Cádiz, echó a caminar  con rumbo a la que fuera la oficina diplomática de la República, guardó los papeles que le parecían más importantes y se ocupó de lo que le resultaba más urgente: huir del fascismo que una vez muerta la República se le presentaba como la primer amenaza en contra suya y en contra de la civilización occidental.

En esos días, vuelve al estudio de los clásicos; años después recordará que su pensamiento volvía con insistencia a preguntas como: ¿de dónde sacó fuerzas Sócrates para desafiar e imponerse a los treinta tiranos de Atenas?, ¿quién hubiera podido obligar a Cano a que venerara a un Calígula?, la filosofía lo salva, igual que a Boecio. Recurre a ella del mismo modo que recurre a cierta parte de su fe religiosa que se retrotrae a la inocencia de la infancia, a los primeros días del conocimiento en que la fe es suficiente para el conocimiento. Porque emprender el conocimiento filosófico, para Gallegos, es entrar en las profundidades de la conciencia, donde no hay corrupción, donde no hay violencia, donde todo puede resolverse de acuerdo al orden universal y, en todo caso donde toda la consolación está presente, porque al pensar, al razonar, el hombre se encuentra con lo más característico, lo más íntimo y lo más profundo de sí mismo.

El principio estoico de ser dueño de sí mismo, se encuentra constante en su personalidad y en su obra; responde a Ortega y Gasset liberando al hombre de la circunstancia, no porque pretenda que las circunstancias no determinan cierta forma de actuar, sino porque desde su punto de vista, es el hombre el que ordena la circunstancia y le da sentido, es el hombre y no la circunstancia la que da coherencia a la vida y permite a cada hombre, mantenerse firme en la adversidad y en la prosperidad, dueño siempre de sus actos que va, en la medida que se domina a sí mismo, armonizando con sus propios propósitos y con su fin trascendente.

Ciertamente, hay un eterno volver a la idea de Dios, pero esa voluntad suprema, esa conciencia omnisciente, hacedora de todo, deja en libertad al individuo que sólo tiene para fortalecer el diálogo consigo mismo: intimidad y recogimiento como Gallegos le llama siguiendo a Loyola. Ahí reside y gobierna su único lazo con la voluntad creadora de la realidad cotidiana, su propio criterio, su propia razón y, en este punto, no deja de hermanarse con los primeros liberales españoles de los cuales es heredero: Gracián, Melchor Gaspar de Jovellanos y Jaime Balmes.

Esta concepción de la razón filosófica lo inspira y lo mueve, le permite resistir los tiempos obscuros de incertidumbre pero sobre todo, le permite actuar en el mundo. Para Gallegos Rocafull la razón es una semilla divina, participación de Dios en la vida individual y colectiva, y en última instancia, raíz de la libertad del hombre; precisamente eso, fundamento, raíz, semilla, pero no actuación determinante. El hombre es quien debe encontrar en la razón la fuerza suficiente para escapar a la necesidad; la vida de la filosofía, la vida del hombre pensante y creyente, es la vida de lo contingente, de lo que se alcanza por decisión y libertad. Sólo el mundo de la naturaleza resulta el mundo de lo necesario, de lo fatal, su signo es la muerte como en el mundo de la libertad humana su signo es la vida y la cultura.

La aceptación de la ley de la naturaleza, en tal sentido es el comienzo de la verdadera libertad: sólo se es libre cuando se puede comprender y aceptar las imposiciones de la naturaleza. No es menos el libre el hombre porque no pueda volar o determinar el tamaño de su estatura, ni siquiera cuando, sin deberlo ni temerlo se queda varado en Italia, sin un gobierno que lo ampare, sin recursos para el viaje de huida y sin puerto a donde llegar. Es libre cuando puede dar la espalda a la fuerza de la naturaleza, la deja correr y emprende la construcción de su futuro a través de sus propias fuerzas.

Después de semanas de espera, de llamadas telefónicas, de contactos afortunados y otros fallidos, algunos intelectuales mexicanos le ofrecieron asilo. Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, que no lo conocían, recibieron varios llamados para rescatarlo y aunque llegando a México, lo hizo no como religioso sino como académico, en poco tiempo pudo volver a ambas actividades simultáneamente.

Al llegar a México, algunos religiosos que compartían su forma de ver la fe y la inteligencia le dieron un primer cobijo, literal si cabe decir, fue a vivir con la comunidad de la Compañía de Jesús en el Distrito Federal y se integró a las actividades del Centro Cultural Universidad Iberoamericana. Desde luego, ello no le devolvió las licencias de su ministerio, pero al menos, le proveyó de comida, techo, papel, tinta y una cátedra para volver a enseñar filosofía.

Sin embargo, siendo tanto no era mucho lo que los jesuitas le podían ofrecer. El Centro Cultural Universidad Iberoamericana, era apenas el embrión de una institución universitaria privada; limitada en recursos, en estudiantes y en perspectivas inmediatas. Si bien nunca dejó de lado su trabajo con la Compañía de Jesús y volvió a proporcionarles textos para publicar y recurrentemente dictó conferencias y cursos en sus aulas, lo cierto es que su espacio ideal lo encontró en la Universidad Nacional Autónoma de México.

Produjo lo mejor de su pensamiento dentro del claustro académico de la Universidad. Tal vez por la riqueza de enfoques y de maneras de pensar que la Iberoamericana no alcanzaba a poseer o porque la dinámica de la autonomía y la libertad de cátedra se adecuaban más a su estilo; en cierto modo, su convivencia con marxistas, fenomenólogos, abogados, sociólogos y filósofos, le permitían más libertad para explorar su propio pensamiento. Así, cuando se integró a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad, compartía cátedra con Joaquín Xirau, José Gaos, Juan David García Bacca, Juan Roura Parella, Eugenio Ímaz, José Medina Echeverría, Luis Recaséns Siches y Eduardo Nicol, una gama intelectual tan amplia que no podía pasar desapercibida ni para estudiantes ni para colegas profesores.

Tal vez el rasgo distintivo más peculiar del exilio español consistió en la salida de las instituciones de la vida política y cultural de España, tanto como de los individuos. En meses, se había trasladado a México una cantidad considerable de personas dedicadas a los más variados aspectos de la vida peninsular: obreros y campesinos, religiosos y abogados, políticos y artistas, empresarios y nobles venidos a menos (hay que mirar el enternecedor recuerdo que de Joaquín Arderiúz escribió Ricardo Garibay), y con ellos sus instituciones. Gallegos Rocafull fue más bien, un solitario; contra su costumbre y a veces por mera solidaridad y necesidad de encuentro participó en dichas instituciones. Cuando la Segunda Guerra Mundial golpeó París, la Junta de Cultura Española que radicaba en la capital gala hacia 1939, se tuvo que trasladar a México. Al año siguiente, México ya era un núcleo importante del pensamiento y de la vida intelectual republicana en el exilio; al llegar la Junta a México, alentada y procurada por José Bergamín, que solía decir que como era un sujeto estaba obligado a ser subjetivo pues que si fuera un objeto, sólo entonces podría ser objetivo, José Carner, Juan Larrea y Eugenio Ímaz, creó como órgano de difusión “España Peregrina”, donde Gallegos Rocafull participó al lado de Pablo Picasso, Augusto Pi Sunyer, Luis Santullano, Joaquín Xirau, Rodolfo Halffter, Agustín Millares Carlo y Tomás Navarro Tomás entre otros.

Discutía con Max Aub frecuentemente aunque su pasión por la plástica los identificaba y su humor fino y a flor de piel los hermanaba; con el tiempo, se volvió un personaje urbano de la entonces todavía humana Ciudad de México. Cuando el episcopado mexicano no encontró razones para negarle el ministerio, lo autorizó para ejercerlo en la parroquia de la Coronación en la Colonia Condesa, ahí adoptó la costumbre de unas homilías muy peculiares, al igual que sucedía con sus artículos periodísticos, Gallegos tomaba una noticia de actualidad y la comentaba de acuerdo a la filosofía de la Doctrina Social Cristiana; el hecho era que mucha gente se movía desde sus residencias en toda la Ciudad de México para escuchar la conferencia de los domingos, aunque como decía Alfonso Reyes, tuvieran que escuchar al menos parte de la misa.

Es imposible saber qué tanto de las homilías de Gallegos Rocafull estaban movidas por su obligación pastoral y qué tanto de ellas pretendían llevar fuera de la cátedra sus lecciones universitarias; o a la inversa, qué tanto de la cátedra de Gallegos era en realidad un movimiento íntimo de evangelización y, casi pudiéramos decir, una pastoral universitaria. El hecho es que hay una identificación muy profunda entre la Universidad Nacional Autónoma de México y Gallegos Rocafull, en ambas, en la persona moral y en la persona física, hay una necesidad de crecimiento, de contrastar ideas, de llegar hasta las últimas consecuencias del razonamiento y una vocación irrevocable hacia la tolerancia.

El tiempo de Gallegos Rocafull en México fue el tiempo de su mejor producción intelectual; de cierto modo, Gallegos se encuentra consigo mismo en México, en su actividad docente, en su tarea de investigador, en su ministerio y en la plenitud de su fuerza creativa. Su obra, de hecho se va aproximando cada vez más a ese estado de tranquilidad interior que parece permear toda su vida. En la medida que los años pasan, Gallegos se inclina cada vez más por los temas que reúnen tanto su vena místico doctrinal como los elementos culturales, históricos y literarios. De esa última época son: El pensamiento mexicano en los siglos XVI y XVII, Estudios de historia de la filosofía en México, Breve summa de teología dogmática, El hombre y el mundo de los teólogos españoles de los siglos de oro, Crisis de Occidente y Ideas de Fausto para una filosofía de la Historia: Homenaje a Goethe y El Comunismo es esencialmente un materialismo dialéctico.

Gallegos Rocafull no alcanza la fama de otros maestros del exilio español como José Gaos, tal vez porque en el tiempo mexicano que le corresponde vivir su pensamiento tiende a identificarse con la prensa reaccionaria, lenta y desfasada de gran parte de los católicos de su era; esta es sólo una apariencia para quien no lo haya leído. Pero debe reconocerse en Gallegos la coherencia y el valor que le permite mantener en su personalidad, de manera complementaria y correspondiente, las tradiciones que lo animan y le dan unidad: el pensamiento social cristiano, su dominio de la patrística y de la escolástica, su contacto y diálogo con los existencialistas (tanto ateos como cristianos), su manejo de la fenomenología de Husserl, su filiación liberal y republicana. No hay fisuras en la personalidad de Gallegos Rocafull, no hay contradicción e incluso, si seguimos su línea de razonamiento, aún en las épocas más difíciles de la guerra y el exilio, tampoco hay sufrimiento que no alcance a ser mitigado por la esperanza.

Gallegos permite que el sentimiento de unidad de su personalidad fluya hacia su obra y hacia su concepción histórico filosófica; se interesa por el pensamiento colonial mexicano, por sus escritores, en particular Sor Juana Inés de la Cruz, por la obra de Fray Bartolomé de las Casas y el pensamiento político de Quiroga; en ellos ve la continuación del espíritu hispano y su fructificación en América, no hay fronteras y en él el océano no divide sino comunica.

En su relación con México, Gallegos Rocafull tendía a destacar la continuidad histórica, refiriéndose sobre todo, al aspecto filosófico y cultural, así como lingüístico y literario que podía situar por encima de las veleidades de la política y de la historia militar. En tal sentido, el aspecto que destacó de mejor manera fue la relación del pensamiento humanista mexicano, derivado de las leyes de Indias y cuyo origen encontraba en el pensamiento teológico de los españoles del siglo XVI que, además de establecer las grandes tesis de la Contrarreforma, fijaron los principios del derecho internacional y dieron nueva dimensión al ser humano dentro de la concepción jurídica de lo que posteriormente sería la organización estatal. Incluso, en su razonamiento, fiel al pensamiento escolástico, percibe una línea de continuidad en la cultura occidental, hay un hermanamiento entre las obras de Séneca, del cual fue estudioso y las de Theilard de Chardin, del que fue primer difusor en México.

Sin duda el principal libro de Gallegos Rocafull es El pensamiento Mexicano en los siglos XVI y XVII, publicado en 1951 en ocasión del IV centenario de la Fundación de la Real Universidad de México. Su reflexión se fundamenta en una acuciosa investigación de archivo que lo llevó a consultar muchos documentos de esa época, recatando, entre otros, diecinueve manuscritos de Diego Marín de Alcázar, que hacían referencia al pensamiento teológico mexicano, dando una nueva dimensión a los estudios coloniales. Su visión del encuentro entre América y Europa deja ver un momento dramático en el que los personajes son en realidad tres: el pensamiento importado, el medio en que se refracta y la desviación, matiz o tendencia que consiguientemente adquiere aquél, y en los que ya está el germen de su futura evolución. Gallegos Rocafull no ve triunfo ni derrota, sino una nueva realidad, no comprende la existencia de una continuación del pensamiento español en México, sino la generación de un nuevo miembro de la familia hispana; por así decirlo, Gallegos encuentra la posibilidad del pensamiento propiamente mexicano que se gesta a partir de la conquista y la colonia. Esta forma de entender la historia casa con la idea de la mexicanidad que persiguieron algunos mexicanos como Samuel Ramos, Alfonso Reyes, José Vasconcelos y Octavio Paz entre otros.

Dentro de la evolución de esa primera etapa del pensamiento mexicano, Gallegos descubre varios problemas que fueron resolviéndose en este período de gestación: por una parte el problema antropológico, referido a la controversia sobre la naturaleza de los naturales de América, controversia cuyas voces principales fueron la de Ginés de Sepúlveda y la de Bartolomé de las Casas, problema que se resuelve favorablemente en el sentido del reconocimiento de la naturaleza humana de los indígenas, tema que resulta de especial interés en su tiempo pues marca la diferencia con otros procesos de conquista y colonización como los que protagonizaron Inglaterra, Francia y Holanda, que no se formulan la pregunta o la resuelven en sentido negativo, justificando auténticos genocidios. Por otra parte, estudia el problema de la incorporación de los indios a la nueva cultura, en donde se confrontan Las Casas y Toribio de Benavente, los problemas jurídicos de la Conquista y la colonización en torno a la legitimidad de la soberanía española, donde ocupa un lugar preponderante Francisco de Vitoria y Francisco Suárez en referencia a la licitud de la guerra de conquista y el justo régimen de su gobierno.

En su cátedra de Filosofía del Derecho en la Facultad de Derecho de la UNAM, expuso muchas de las ideas de Theilard de Chardin, de hecho, fue el primero en América Latina en emprender su traducción y su difusión en ambientes universitarios. A través de libros como Un aspecto del orden cristiano: aprecio y distribución de las riquezas, La doctrina política del Padre Suárez  y La visión cristiana del mundo económico, expuso de diversas maneras la idea central de su desarrollo filosófico: la libertad no es un don que gratuitamente haya concedido la fortuna, o Dios, al hombre, sino el resultado de toda su actividad moral. De ahí que si bien se encuentra inscrita en la dignidad de cada individuo, sólo la experimenta aquel que ha penetrado su interior para descubrir en él un mundo donde la única ley es precisamente esa, la libertad.

Para la generación de escritores, abogados y politólogos que se formaba en México a mediados del siglo XX, Gallegos Rocafull fue una presencia que refrescó su percepción del pasado clásico hispano; una especie de reminiscencia de un tiempo histórico que no era suficientemente apreciado o que la vorágine revolucionaria había hecho pasar de moda. Entre los estudiantes, resucitó la vigencia de San Juan de la Cruz, de Góngora y de Quevedo; su lectura de los autos de fe, de los misterios y del teatro alegórico, inflamó la imaginación de mucho y ayudó a moderar los impulsos líricos de muchos adolescentes que luego, como Ricardo Garibay, se volverían excelentes escritores.

La tarea de Gallegos Rocafull es silenciosa. Su legado queda sobre todo en los educadores que formó. Entre quienes nos formamos con maestros que fueron a su vez alumnos suyos, la referencia a Gallegos estaba siempre dotada de cierta nostalgia por un hombre bueno, sin conflictos en su carácter de religioso y de filosofo, de español y de mexicano como alcanzó a concebirse. Con una pasión intensa por la libertad en la cual fundamentaba su sentido religioso.

José María Gallegos Rocafull da un nuevo sentido a la idea del transtierro, para el filósofo y el religioso no hay tal, porque se sitúa en la universalidad del pensamiento que es a fin de cuentas, su patria.