Los diez que han dejado marcas en mi vida

Hace unos días, mi amiga Belinda López Aguirre, me hizo favor de enviarme una de esas encuestas que nos llegan de cuando en cuando; me pide, y se lo agradezco, que diga diez libros que hayan marcado mi vida. Con su grato humor me pide que solo sean diez. No había respondido porque en apariencia la pregunta es inocente, pero en realidad no lo es; si acaso me  hubiera invitado a decir los diez libros que más me han gustado, la prevención de solo mencionar diez tendría sentido (son muchísimos los han ejercido algún tipo de fascinación sobre mí) así, por ejemplo, diría que El buen soldado Schveijk de Jaroslav Haszek, me ha infatuado por décadas, pero no podría afirmar que ha marcado mi vida de alguna forma.

Pocos  libros me han subyugado de tal manera como El hombre de los hongos de Sergio Galindo, subyugado en serio, por su belleza casi dolorosa, pero tampoco pienso en el como un hito en mi vida. No hay ingratitud con ellos, son libros que me acompañan en la memoria y en el corazón pero, para ser sinceros, pensar en las marcas que los libros han dejado en la vida, es reflexionar tanto de la manera que nos vemos a nosotros mismos como de dibujar la imagen ideal que nos hemos construido de nuestro propio rostro e identidad. Hablar de ellos es decir a todos la manera en que aspiramos a que nos vean y asumir el riesgo que implica la distancia que media entre lo que somos y lo que los demás observan cuando nos miran. Se trata pues de una cuestión que no puede tomarse a la ligera. Tanto monta, como preguntar que mujeres me han gustado en la vida, lo que equivale a preguntar cuál es el tipo de mujer que me gusta y preguntar cuáles fueron los amores que me construyeron mi vida.

Por eso no he podido responder tan pronto como quisiera y he preferido ampliar la respuesta sobre un asunto que no me ha dejado ni a sol ni a sombra en los últimos días. Lo hago ahora, un tanto obligado porque me lo han preguntado.

Lo primero que me pregunto es qué se necesita para afirmar que un libro nos ha marcado la vida; segundo, cómo apreciamos aquellas marcas en el transcurso de nuestra vida, y por último,cómo discriminamos solo diez de ellos. Comienzo respondiendo la ultima por ser la más sencilla: esforzándome en encontrarlos porque para ser francos, con la edad, las heridas más leves desaparecen y las cicatrices más superficiales se borran dejando lugare solo a los golpes que van labrando nuestro rostro.

Por lo que hace a las otras; diré que un libro marca nuestra vida cuando provoca en el lector un cambio en su forma de ve el mundo, de comprenderlo y apropiarlo, esto es, cambios en su manera de  estar en la realidad; conforme el tiempo pasa, nuestra manera de apreciar esos cambios también es variable; por una parte, aspectos que nos parecieron que revolucionaban nuestra existencia, en realidad eran parte de nuestro crecimiento o respondían a circunstancias peculiares de nuestro tiempo y nuestro entorno, son pocos los que, andando la existencia se quedan como signosdenuestraidentidad,resumendenuestrosvaloresycódigosdenuestraconducta.NuncafuíelmismodespuésdeleerBella del Señor de Albert Cohen, ni he vuelto a ver a mis semejantes igual después de leer En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

Tampoco me preguntaron cuáles eran los diez mejores libros que he leído, la prevención de ser solo diez también habría sido pertinente; sin embargo, salta a la vista que las tres listas probables no estarían compuestas por los mismos libros; ni los favoritos son los mejores, ni los mas influyentes son los preferidos; no me atrevería a volver a leerA sangre fría de  Truman Capote que,  aun siendo de  lo mejor  que  he leído,  no puedo  decir que  fuera enteramente placentero o  hubiera marcado  mi vida.

Así pues llega el momento de desnudar la memoria, que como dice Angelina Muñiz Huberman, es la primera muestra de amor,mientras que la segunda y definitiva es entregarla:

1.- Bella del Señor, de Albert Cohen. Un encuentro desgarrador  con mi visión de la belleza, con la experiencia del encuentro y el contraste  que  representa  el encuentro  con  el otro; particularmente, en el sentido de cuánto vale para la existencia la plenitud del amor y la vivencia de la belleza.

2.- En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Dediqué un año a la lectura de la colosal novela. Después de ella supe que no podría representarme el mundo sino mediante palabras; comprendí, o he tratado de comprender la belleza y la miseria de la desnudez humana frente al mundo, a la sociedad y la cultura.

3.- Rayuela, de Julio Cortázar. El primer gran libro de mi vida; no solo porque  Oliveira me  contagiara el hábito de fumar  o  porque pensara que la maga era la mujer ideal, todo eso pasó como pasan las fiebre sde la primera juventud; sino porque me enseño que la literatura es juego,  el gran juego de la existencia y el poder  más absoluto sobre la realidad.

4.- La leyenda del Santo Bebedor”, de Joseph Roth. Símbolo de la persistencia frente a la desgracia; nuevo mundo frente a la cualidad de la expresión y puerta de entrada al mundo fascinante de culturas que antes no había conocido

5.- Resurrección, de León Tolstoi. Por el asombro frente al dilema ético, por la llamada al fracaso de lo heroico que, sin embargo, permanece como una demanda de la moralidad frente a la existencia, y

6.- Haré trampa, porque lo que más me ha marcado en la vida no ha sido un libro sino un autor: Alfonso Reyes.

Lo siento, he leído por placer, las marcas más fuertes en la vida me las han hecho las situaciones y las personas; pero esas marcas me han resultado más profundas y hasta más deliciosas sólo por haberlas sazonado con letras.