Zola y Proust en busca de la verdad perdida. Derecho y literatura, universos narrativos contextualizados.

De entre los momentos en que la literatura y la sociedad se aproximan, casi diríamos peligrosamente, en que las instituciones públicas muestran sus costuras e inexplicablemente se vuelven contra sus creadores, hay uno en particular que resulta de singular importancia para la historia del Derecho, estrictamente relacionado con la administración de justicia y el estado democrático de derecho, la literatura y la historia intelectual de occidente; el conocido Affaire Dreyfus, específicamente por la actuación política y literaria de dos de las principales plumas de la Francia decimonónica: Emile Zola y Marcel Proust. Sobre este punto versan las páginas siguientes.

Momentum

La anécdota, los hechos siendo por sí dramáticos, palidecen frente a las dimensiones simbólicas y frente a la trascendencia histórico-cultural que el Affaire Dreyfus tuvo y ha tenido desde su acontecimiento a finales del siglo XIX y principios del XX. Josep Picó, lo caracteriza de la siguiente manera:

El caso más paradigmático, considerado por muchos como el momento fundacional de los intelectuales como grupo social y espacio autónomo, fue el affaire Dreyfus (1894-1906); la intervención y movilización de un grupo de intelectuales franceses, que emprenden una campaña (cartas, súplicas, artículos, fundación de asociaciones) para que se revise un error judicial, desata una de las crisis más fuertes de la III República y se convierte en una batalla por la verdad y la justicia. En realidad, lo que estaba en juego detrás del affaire Dreyfus era la consolidación o la muerte de los valores defendidos por la República, como dice Picó en El estudio de los intelecuales: una reflexión.

Desde luego, el Affaire Dreyfus, fue mucho más que eso, como el estallido del antisemitismo moderno, por oposición al clásico o católico y también la inauguración de la figura del intelectual como elemento actuante en la vida política y social del Estado. En los hechos, la acusación y juicio injustamente condenatorio de Alfred Dreyfus, (militar judío francés de origen alsaciano) de haber traicionado al ejército francés transmitiendo información secreta al gobierno alemán, representa un momento crucial en el que los operadores de las normas jurídicas deben enfrentar a quienes detentan el poder de la opinión a través de la creación literaria; en otras palabras, por primera vez, la colisión entre ambos lenguajes es capaz de lograr una crisis profunda en las instituciones políticas y pondrá de manifiesto tanto la coexistencia y retroalimentación de sendos ámbitos, como las distintas ópticas y formas de encarar los problemas en cada uno de dichos lenguajes.

Si la literatura se vuelve militante y el Derecho debe aprender a lidiar con potencias ajenas a su propia dinámica, esto se traduce en la configuración de nuevos operadores, de nuevos sujetos y también de inéditas maneras de lograr la contención y el control social. Volviendo a Picó:

Con el affaire Dreyfus el intelectual francés se configura como un grupo autónomo, sin dependencias políticas o institucionales que le aten a intereses espurios; se presenta con la imagen del hombre comprometido solamente con los valores humanos, capaz de ejercer la crítica frente al poder establecido y de influir en la opinión pública, la política y las instituciones del Estado. De allí nace la Liga de los Derechos del Hombre y el reconocimiento de los derechos del ciudadano, y se convertirá en un modelo de acción y concienciación para las movilizaciones que posteriormente se emprenderán en otros países.

Y es que, en efecto, los operadores del lenguaje literario permanecen en su carácter de escritores, más o menos comprometidos, pero irrumpen con potencia cuando las circunstancias así los apremian; es decir, el contacto permanente entre las narrativas jurídica y literaria es un flujo constante y sereno, que sólo cuando se agita y pone de manifiesto problemas profundos, afirma su presencia. De igual modo, mientras los operadores jurídicos pueden mantenerse dentro de su valladar terminológico, expropiando a la sociedad la solución de los conflictos con consecuencias externas, es decir, los propiamente jurídicos, su fuente nutricia, no es evidente, pero debe ser enfrentada cuando se convierte en un poder que acusa, desprestigia o violenta; digamos pues que cuando el lenguaje de lo jurídico se ve invadido por la fuerza de la intelectualidad, habitualmente en términos y palabras con mayor grado de alcance social, si bien restringido a ciertas élites o clases lectoras y activas como ciudadanas, se ve forzado a modificar actitudes y parámetros para asimilar las expresiones vertidas generalmente en su contra. En relación con el caso Dreyfus, Pierre Bordieu,lo expresa de la siguiente manera:

El intelectual es un ser paradójico, que sólo puede ser concebido como tal cuando se lo aprehende a través de la alternativa obligada de la autonomía y el compromiso [engagement], de la cultura pura y la política. Y es así porque él se ha constituido, históricamente, en y por la superación de esa oposición: los escritores, los artistas y los científicos se afirmaron por primera vez como intelectuales cuando, en el momento del caso Dreyfus, intervinieron en la vida política en calidad de tales, es decir, con una autoridad específica basada en la pertenencia al mundo relativamente autónomo del arte, de la ciencia y de la literatura, y en todos los valores asociados a esa autonomía — desinterés, competencia, etc.”

Personae

Tal vez el aspecto más trascendente del affaire Dreyfus haya sido, conjuntamente con el fenómeno del antisemitismo moderno y su respuesta por la intelectualidad organizada, el aspecto de la universalidad; si para Zola y para Balzac, el elemento judío de Dreyfus deviene fundamental, también lo es que en el condenado está representada la Francia traicionada y sometida. Este hecho resulta todavía más claro en Proust, que dará notas más universales a los hechos y se manifestará por retratar un mundo decadente explotando en los opositores a Dreyfus, los elementos retardatarios y que conspiran contra la evolución de la sociedad.  En su artículo La polémica en la ficción de Marcel Proust, Julio César Morán, hace un recuento del uso que dio Proust al affaire Dreyfus dentro de su obra literaria:

Es conocida la posición de Proust a favor de Dreyfus y en Jean Santeuil Proust narra los hechos de un modo directo, al presentar sesiones en los tribunales y declaraciones diversas. Pero aún aquí, en esta novela juvenil, donde ha descubierto las reminiscencias pero no ha desarrollado todavía su concepción narrativa plenamente, todos los hechos mostrados aparecen vistos desde la perspectiva del arte. En la Recherche sólo asistimos al caso Dreyfus por los comentarios, gestos y rituales de los personajes de la aristocracia decadente y de la burguesía Kitsch, es decir, de la configuración de los salones.

Desde luego, la irrupción del nuevo antisemitismo, en cierta forma lejano del viejo antisemitismo mítico, religioso, confundido con leyendas poco creíbles en un contexto que tendía más a dar credibilidad a la ciencia y a la observación, transmutará el crimen ritual, el pacto satánico y la profanación de la eucaristía, en la dominación universal, en el pacto masónico – comunista – sionista y en el apatridismo natural de los judíos; dicho de otro modo, nuevos rostros para viejos prejuicios.

Evidentemente, ello toca a Proust, no sólo por cuanto le parece irreal e injusto, sino porque le remite al retrato de una sociedad decadente, dispuesta a sacrificar sus avances éticos y morales en aras de leyendas absurdas que benefician sólo a las artistocracias igualmente decadentes, ello con el agravante de que en la situación de la III República francesa, el poder estaba en transición del ejercicio popular al ejercicio aristocrático. Esto es, el secuestro del poder de una clase por otra, de la minoría a la mayoría, en suma una crisis profunda de valores y una duda expansiva sobre la credibilidad del sistema en general. De hecho, las valoraciones jurídicas, menos en Zola que en los demás y más claramente en Proust que en Balzac, son menos importantes que las valoraciones éticas y morales que se traducen, no sólo en demanda de justicia, sino también de vocería de valores generales en términos de vida política. Por boca de su narrador, en Le côté de Guermantes, dice Proust de las opiniones de Saint-Loup:

– Oh! el no es como Saint-Loup, es un energúmeno, me dijo mi nuevo amigo; no es de tampoco de buena fe. Al principio, decía: “No hay a qué esperar, hay un hombre que conozco bien, de toda delicadeza, de bondad, el General Boisdeffre; se podría, sin vacilar, aceptar su visión”. Pero cuando supo que Boisdeffre proclamó la culpabilidad de Dreyfus, Boisdeffre no valía ya nada; el clericalismo, los prejuicios del estado mayor le impidieron juzgar sinceramente, aunque nadie es o por lo menos también fuera clerical, antes de lo de Dreyfus, como nuestro amigo. Entonces, nos dijo que en todo caso se sabría la verdad, porque el caso iba a estar en manos de Saussier y éste, soldado republicano (nuestro amigo es una familia de ultra-monarchiste), era un hombre de bronce, una consciencia inflexible. Pero cuando Saussier proclamó la inocencia de Esterhazy, el encontró en ese veredicto explicaciones nuevas, desfavorables no a Dreyfus, sino al general Saussier. Era el espíritu militarista que cegaba a Saussier (y remarcaba que el era tan militarista como clerical,o al menos que lo era era, porque no sé que pensar de él). Su familia está desolada al ver estas ideas allí.

La metáfora que identifica al anti-dreyfusismo con una enfermedad infecciosa y mortal, permite exhibir los vicios de las vieja y nueva aristocracia en defensa de sus intereses a contramano de de los intereses generales y, sobre todo, con los términos abstractos como el honor de Francia y aún, en términos de Zola, la salvación de Francia.

La carga de caballería no se dirige contra alguna ley en particular, contra algún dispositivo jurídico específico, es todavía más grave porque supone la existencia de una ley emanada de la historia y voluntad de los franceses que se ve suplantada por el capricho grosero, ambicioso e injusto de quienes detentaban el poder (aún del constitucional) en ese momento. Esa reivindicación de la ley auténtica, de la verdadera voluntad popular, es un elemento que identifica con frecuencia a las ideologías que aspiran, no sólo a la recuperación de los espacios de legalidad-credibilidad (inherentes al sistema), sino que plantean una revaloración, a partir de prácticas que se consideran si no ancestrales, por lo menos sí idénticas a la auténtica manifestación de la voluntad pública manifiesta en la historia con lo que aspiran a la creación de nuevos espacios políticos.

Como se decía, la mayor parte de las veces este fluido de material normativo y valorativo circula entre los lenguajes sin mayor contratiempo y sólo salta a la vista cuando una crisis exige definiciones personales; si para los enemigos de Dreyfus todo era cuestión de silenciar y de aplicar la ley a rajatabla, para los dreyfusards, era más bien una cuestión de principios que afectaba a la colectividad y no sólo a los poderes constituidos y en juego: el ejército, la presidencia de la República y la judicatura. El punto del debate debía, en tal sentido, exceder los lazos de la comunidad judía a la que Dreyfus pertenecía y también al teatro de los involucrados, la sociedad en su conjunto debía manifestarse y proclamarse en favor de dos elementos incontrovertibles: la justicia y la igualdad. De ahí pues que, el J’accuse de Zola, se enfile como un alegato histórico y de conciencia sobre la base de los elementos legales y jurídicos duros e incotrovertibles; se puede decir que en cuanto se refiere a las función ancilar, como la llamaba Alfonso Reyes, a la relación de lo literario con lo no literario, J’accuse es un ejemplo de singular valor. Respecto a la amplitud de su acusación, dice Zola:

Esta verdad, esta justicia, que hemos querido apasionadamente, ¡que angustia verla así golpeada, menos conocida y más obscurecida!Dudo de la crisis que debe haber tenido lugar en el alma del Sr. Sheurer-Kestner, y creo con seguridad que terminará por experimentar remordimientos, aquel de no haber agitado revolucionariamente, el día de la interpelación en el Senado, en lanzar toda la carga, para echar todo por tierra. Él era el gran hombre honesto, el hombre de una vida leal, el que creía que la verdad era suficiente por sí misma, sobre todo cuando ella aparecía deslumbrante como el mediodía. ¿Quién puede sublevarse, porque de pronto brillara el sol? y es esta serenidad confiada en la que fue duramente castigado. Lo mismo para el teniente coronel Picquart, quien por un sentimiento de alta dignidad, no quiso publicar las cartas del general Gonse. Sus escrúpulos lo honraron, mientras que el permanecía respetuoso de la disciplina, sus superiores le hicieron cubrir de barro, instruyeron ellos mismos su proceso, de la manera más inesperada y más escandalosa. Hay dos víctimas, dos hombres valientes, dos corazones sencillos, que dejaron hacer a Dios mientras que el diablo trabajaba. Y uno ha visto lo mismo, para el teniente coronel Picquart, aquella cosa innoble: un tribunal francés después de haber dejado al instructor hacer un testimonio público, lo acusan de todas las faltas, lo hacen a puerta cerrada, cuando ese testigo se había introducido para explicarse y defenderse. Yo digo que esto es un crimen más y que este crimen soliviantará la consciencia universal. Decididamente, los tribunales militares tienen una singular idea de la justicia. (La traducción es propia).

Apelar a la conciencia universal es: transportar el mundo de lo legal al mundo de lo jurídico en el más amplio de los sentidos. La utilización de aparatos críticos distintos permite a Zola y a Proust, invadir el campo de lo exclusivamente jurídico para proclamar modelos interpretativos que se traducen en cambios de actitud y de proceder entre los actores del poder; se trata pues, de un problema aplicativo de las normas, que se traducen a la larga, en la invalidez de las propias normas y su posterior necesidad de cambio.

En La Recherche, Proust tiende a poner de manifiesto, a través de los caminos de la ficción, situaciones límite en las que involucra personajes de todos los estamentos sociales, pero todos sacudidos por la corriente eléctrica que representaba el affaire en su momento; procede, no sólo denunciando los hechos, sino más bien, demostrando sus efectos de división social y enfrentamiento político, situando a la sociedad como una más de las víctimas, junto con la dignidad y el honor franceses, junto con Dreyfus y su familia. Al respecto otra observación del narrador en Le côté de Guermantes:

Desgraciadamente, desde el punto de vista armado, Roberto estaba preocupado sobre todo en ese momento por el affaire Dreyfus. Había hablado poco porque en su mesa sólo él era dreyfusard; los otros eran violentamente hostiles a la revisión, excepto mi vecino de mesa, mi nuevo amigo, al que las opiniones le parecían más bien ligeras. Admirador convencido del coronel, que había sido un notable oficial que había marchitado la agitación contra el ejército en diversos órdenes el día que se hizo pasar por antidreyfusard, mi vecino había aprendido que su jefe había dejado escapar algunas afirmaciones que habían dejado creer que tanía sus dudas sobre la culpabilidad de Dreyfus y guardaba su estima por Picqart. Sobre este último punto, en todo caso, el ruido del dreyfusismo relativo al coronel estaba mal fundado, como todos los ruidos venidos de quién sabe donde que se producen en torno a todo gran escándalo. Porque, poco después, ese coronel, habiendo sido encargado de interrogar al antiguo jefe de la oficina de información, le trató con una brutalidad y un desprecio que nunca habían sido igualados. Qué y qué no le fue permitido informar directamente del coronel, mi vecino tuvo la cortesía de decirlo a Saint-Loup – en el tono que una dama católica le dice a una dama judía que su cura acusa las matanzas de judíos en Rusia y admira la generosidad de algunos isreaelitas – que el coronel no estaba por el dreyfusismo – por cierto dreyfusismo al menos – el adversario fanático, derechista, que uno se había representado. (La traducción es propia).

Relectio

La irrupción de la intelectualidad como entidad actuante en la vida social y política desde finales del siglo XIX y principios del XX, constituye un fenómeno que puso de manifiesto las relaciones del universo de lo jurídico con otros lenguajes que proponen distintas lecturas de la sociedad. Sin embargo, al entender al Derecho como una forma de narrativa en la que se proponen, para un universo limitado de conductas humanas, modelos deseables y conductas indeseables; la literatura aparece no sólo como nutriente de contenidos, sino como una voz en diálogo a través de la cual, mediante sus propios mecanismos de análisis, se permite zaherir los defectos de la normativa e implicar cambios en la conciencia colectiva en el sentido de la credibilidad de la norma. De ahí la presencia de Zola que pasa a la historia no sólo como el novelista por excelencia del naturalismo, sino como el juez de instrucción y sentencia en el primer caso de antisemitismo moderno y al final del día, sobre el destino de la III República francesa.

Algunos autores han tratado de manera extensiva sobre el papel de la intelectualidad a partir del affaire Dreyfus, sin embargo, todavía habría que analizar con detenimiento, la manera en que un juez extra jurídico, oficioso si se quiere, pero con una credibilidad indiscutible, entra a la liza del procedimiento judicial y le permite adquirir en el, dimensiones que el más puro positivismo no podría comprender. Más allá de la presencia de la opinión pública y su posible presión en el contexto social, la figura del lenguaje literario en el análisis de la realidad, se presenta como un operador jurídico interesante que sobre la base de sus conclusiones ofrece también soluciones que tarde o temprano, se traducen en decisiones auténticamente jurídicas. En su trabajo Para una relectura de Zola, María Teresa Gramuglio, propone la siguiente observación sobre el carácter de Émile Zola:

Sería necesario dar un paso más, y releer en los textos programáticos de Zola los pasajes que transforman la objetividad científica del sabio en la creatividad inventiva del genio y le adjudican al novelista naturalista los poderes regeneradores del taumaturgo. “Nosotros novelistas somos los jueces de instrucción de los hombres y de sus pasiones”… “es necesario que produzcamos y dirijamos los fenómenos; ésta es nuestra parte de invención, de genio en la obra”; “estudiar los fenómenos para adueñarse de ellos”; “prever y dirigir los fenómenos”; “hacerse amos de la vida para dirigirla”; “hacerse amo del fenómeno de esta pasión para dirigirla”; y este resumen elocuente: “..desligamos el determinismo de los fenómenos humanos y sociales a fin de que un día se pueda dominar y dirigir estos fenómenos. En una palabra, trabajamos con todo el siglo en la gran obra de la conquista de la naturaleza y el poder multiplicado del hombre. Véase, al lado de la nuestra, la tarea de los escritores idealistas… Nosotros tenemos la fuerza, nosotros tenemos la moral”. En estos enunciados, que en “La novela experimental” puntúan la paráfrasis de los pasajes de Claude Bernard como un subtexto insistente, se percibe algo más que la creencia en el alcance de los usos de la ciencia, algo más que la mera promoción con miras a conquistar un lugar dominante en el campo literario. Hay aquí cierta hybris, cierta desmesura en la construcción de la imagen de escritor, que si por un lado halla su correlato en la fuerza expansiva de la construcción narrativa, por el otro alimentará el imperativo moral que llevó a Zola a intervenir como lo hizo en el affaire Dreyfus, autorizándose en su condición de escritor”.

Este punto de vista, considerado desde la óptica del propio Zola, incide en la idea de la literatura como conciencia de la sociedad y nos plantea un universo jurídico si no completamente abierto, sí en íntima relación con otras formas de narrativa social. Lo dimensiona como un hecho dinámico en transformación constante, en cuyo núcleo se mantienen afirmaciones jurídicas duras e incontrovertibles que están siendo sometidas a análisis y crítica constante por quienes deben ejecutarla y por quienes deben obedecerla; dicho de otro modo, el Derecho aparece no como un hecho en sí mismo, sino como un fenómeno dinámico del que puede afirmarse ser más o menos funcional, pero no absolutamente válido o absolutamente inválido. Las narrativas extrajurídicas proveen a la visión del Derecho de elementos transformadores que no pueden ser obviados y hacen pensar en la idea de los operadores jurídicos como sujetos vivos en los cuales pesa tanto su formación de juristas como sus problemas como ciudadanos o padres de familia y su ascendiente cultural y educativo.

Los escritores, sobre todo los que han alcanzado reconocimiento y cuya voz se transforma en liderazgo de opinión, gozan de una legitimidad que deviene de su propio discurso que es seguido por más o menos ciudadanos; ello no lo convierte en un poder democrático pero sí en un poder de convencimiento. Su peso y calidad depende de la coherencia entre el escritor y su obra, pero también de la coherencia que pueda alcanzar entre su visión y la vivencia colectiva de los lectores; el Derecho carece de un elemento de tales dimensiones, sus análisis son sumamente lentos y podrían no ocurrir si no penetraran en su visión las lecturas de las otras narrativas de la realidad. Un formato jurídico podría repetirse al infinito si es que cumple con la función positiva de ser utilizada en juicio y operar dentro de sentencias susceptibles de hacerse cumplir aún contra la voluntad de los sujetos afectados, ello aún cuando fuera irrelevante para la sociedad o bien estuviera en abierta oposición a las prácticas cotidianas y a los valores compartidos por la comunidad. La presencia de la literatura, aparece como un principio de transformación y de afirmación, revolucionario y también conservador.

Un análisis contemporáneo a los hechos, permite comprender cómo la sociedad francesa procesó el trabajo de los intelectuales de ambos bandos en torno a la figura de Dreyfus; véase, del libro La Révolution Dreyfusienne, de Georges Sorel, publicado en 1909, la visión de la intelectualidad en su momento:

La experiencia del affaire Dreyfus muestra como operan los hombres de letras, cuyo papel es tan importante en las revoluciones. Anatole France había sido alguna vez admirado cuando el coronel del 12º de casadores había prescrito quemar todo ejemplar del Cavalier Miserey, descubierto en el cuartel; en lugar de continuar defendiendo el respeto a la jerarquía, se convirtió en un dreyfusard intemperante; su vanidad buscaba los aplausos que sus tonterías le obtenían en los mitines. Alguna vez había juzgado las novelas de Zola con severidad: en La tierra (las Geórgicas de la chusma) el autor había “colmado la medida de la indecencia y la grosería”; – respecto de Sueño: Si tuviera forzosamente que elegir, entre el Sr. Zola alado, lo preferiría mejor con cuatro patas… cae a cada instante en el absurdo y en lo monstruoso”; – “Jamás ningún hombre había hecho un esfuerzo parecido para envilecer a la humanidad… su obra es malvada, y el es de esos desgraciados de los que uno puede decir que valdría más que nunca hubieran nacido”. El dreyfusismo cambiará todas las apreciaciones de Anatole France sobre Zola: descubrió altas intensiones morales en los libros que le habían parecido tan detestables; sobre la tumba del novelista confesó que había sido injusto con un hombre que “había honrado a la patria y al mundo con una obra inmensa y por un gran acto”. Así la carta: Yo acuso cambió los valores de todos los escritos de Zola, y ennobleció, sin duda hasta “las Geórgicas de la chusma”. Es verdaderamente muy difícil burlarse del público con más audacia que la que tuvo Anatole France, volviéndose dreyfusard.

La crítica de Sorel no sólo es devastadora para France, pone de manifiesto una transformación enorme en el gusto de los lectores de la clásica novela francesa hacia el naturalismo, feo e incómodo pero veraz y comprometido. Si la transformación que acusa en Anatole France era o no sincera, es materia de otro tipo de estudio y posiblemente sea infranqueable (no debe olvidarse que Zola muere como presunto mártir, cuando la verdad del caso Dreyfus ha sido ya desvelada), pero el hecho es que permite visualizar  la intelectualidad francesa de su tiempo, como una comunidad que actuaba y se comprometía mucho más allá de las vitrinas de las librerías y las mesas de los cafés; que su actividad lindaba con la revolución o al menos, era percibida por el público como una voz autorizada para enfrentar, con palabras y razones, el poder inmenso e incuestionable del Derecho.