Muerte súbita, de Álvaro Enrigue. La literatura como imaginario

Disfrute usted del fraseario de una de las mejores novelas de nuestra actualidad. La pluma de Álvaro Enrigue transforma la historia que toca en un ejercicio de imaginación en torno a nuestra identidad y nuestro lugar en el mundo.

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Se arreglaba con un gusto inesperado para alguien con el oficio de ángel asesino: portaba anillos caros, calzones entallados con brocados excesivos, camisas de terciopelo azul real que no correspondían a su condición de hijo de puta, literal en todos los casos. Tenía una melena castaña rajada por trazos claros en la que se trenzaba con gracia de payo las joyitas de poca monta que le estafaba a sus mujeres, sometidas con las distintas sobre armas las que Dios le había dado magisterio.

Ya no era cosa de vida o muerte, sino de victoria y derrota -valores mucho más complejos y duros de llevar porque el que pierde un duelo a espada no tiene que vivir con ello.

Gracias a la saliva el rebote salió raro. El lombardo ni siquiera fue por él a pesar de que claramente lo habría podido alcanzar. Esperó a que la pelota dejara de rodar, la levantó y la secó en sus calzones antes de devolverla, acusando la trampa del español, pero sin quejarse. El gesto surtió efecto: una cosa era faltar a la regla de la caballerosidad como un macho desbocado y otra hacer trampa a escondidillas, como una monja. Al poeta le supo mal ser sí mismo. El duque no cantó el punto. Se repite, gritó.

El 4 de octubre de 1599 fue un día soleado en Roma. No consta que Francisco de Quevedo haya estado ese día ahí, pero tampoco que estuviera en ningún otro lado.

Todo ese aparato para demandar que los Estados Generales coronaran a Isabel Clara Eugenia, cosa que simplemente no podía suceder. Francia no había sido gobernada por una mujer desde que en 1316 se implementó la ley Sálica. Menos si era española, zurda, gorda, padecía un ligero retraso mental y se comía las uñas y de los mocos.

A Osuna ni siquiera hubo necesidad de indultarlo. En los países en que se habla español, nunca le pasa nada a los dueños de grandes apellidos, a menos que se metan con gente de apellidos más grandes que los suyos -no era el caso de los pobres soldados degollados.

Los italianos, perfectamente relajados, se quitaron los sombreros al verlos acomodarse en la galería. Se acercaron todos a saludarse de mano. Aunque los españoles llevaban espadas -el papa le tenía prohibidas las armas a los ciudadanos de Roma-, no sólo fueron cordiales todos con todos, sino hasta cariñosos -a la manera en que lo son los desconocidos que sobrevivieron a una borrachera. Hubo abrazos. Los más fuertes del duque, para contar puñales debajo de las capas.

Juana no recordaba esa segunda parte que su madre enunciaba a carcajadas. La vieja pensó un poco y le dijo que la cláusula “juego con ellas cuando quiero» la había agregado ella, pensando que su padre se refería a las pellas con que solía jugar pelota vasca con otros veteranos de guerra. ¿Y lo extrañas?, preguntó Juana tocándose la barriga en la que ya chapoteaba Catalina, la niña que con los que años se casaría con Pedro Téllez Girón, duque de Osuna. ¿A quién? A papá. Ya me tocó viejo y rico, cuando el pobrecito se sentía un noble de verdad y trataba de comportarse como un caballero. Soltó otra risa un poco histérica para decir: Era un lobo con bonete. ¿Pero te gustaba? La viuda peló los ojos y dejó caer el bordado en su regazo para acentuar el dramatismo de la frase que seguía: A quién no le iba a gustar, era Hernán Cortés, se los xingó a todos.

Ni la viuda del conquistador ni su hija Juana regresaron nunca a México, pero tampoco desarrollaron mucho interés por el entorno peninsular en que pasaron el resto de su vida. Como toda la descendencia de Cortés, encontraban inexplicable que la Nueva España infinita dependiera de ese bodoquito de país en el que los hombres se vestían con medias y se daban de gritos hasta cuando estaban de buen humor. Se hablaban más lenguas en el jardín de la casa de mi padre que en toda la Vieja España, solía decir Juana a manera de ingrata explicación por su poco interés en Europa, donde en realidad había sido recibida magníficamente. No se volvió un florero como su madre, que aceptaba todas las invitaciones para luego no decir nada en los saraos, pero tampoco se distinguió por su entrega a la clase a la que pertenecía peculio y, a partir del parto de su hija Catalina-futura duquesa de Alcalá-, por sangre.

Con el tiempo las Descalzas le vendieron la casa del conquistador a las monjas de una orden irlandesa que la conserva y que, al parecer, ha integrado a las disciplinas de su enclaustramiento el considerable suplicio que representa soportar el asedio nocturno de las cuatro mil almas en pena reventadas a espada, lanza y arcabuz que los sueños de don Hernán dejaron embarradas en los muros.

Tres años después de haberse insubordinado al gobierno de Cuba no sólo era la máxima celebridad de Europa, se convirtió en el príncipe de todos los que le parten la madre a algo sin darse cuenta. Es el santón de los peleoneros, los litigiosos, los incapaces de reconocer su propio éxito. El capitán de todos los que habiendo ganado una batalla imposible pensaron que era sólo la primera y se hundieron en su propia mierda con la espada en alto. El conquistador no era el prohombre que la duquesa de Alcalá le vendía a su hijas, pero era un modelo indiscutiblemente más divertido que los almirantes de pedregales del otro lado de la familia.

Mandó llamar al duque de Osuna el día anterior al comienzo de las fiestas. Le dijo que cuando ella muriera las armas del conquistador iban a ser suyas porque ninguno de los Martines Cortés era tan tonto como para volver a España. Luego le extendió su mano de loca, que por un momento fue el nido en el que descansaban todos los infortunios pasados y futuros de la América inmensa: tenia en el puño un gorrioncito negro mate que enmarcaba una imagen irreconocible por el desgaste. Es el escapulario de Cortés, le dijo: tu regalo. El duque abrió las palmas para recibirlo como si fuera una hostia. No es que creyera el cuento del abuelo infinito de su prometida, pero entendía que la mujer le estaba entregando un alma. Está hecho con el pelo que le cortaron al emperador Cuauhtémoc después de asesinarlo, dijo; que te proteja: mi padre nunca se lo quitó y se murió de puro viejo debiendo más vidas que nadie. Osuna lo vio en sus manos con sensaciones que oscilaban entre el miedo y el asco. Póntelo, dijo la vieja.

Por la noche se sacó el escapulario la camisa para enseñárselo a Catalina. Se despedían después de cenar con los parientes que habían llegado al Palacio de los Adelantados para atender las fiestas. Ella lo vio con sorpresa. Raro que te lo haya dado, le dijo. El duque se alzó de hombros. En realidad es horrible, respondió. Era un rectángulo tejido con un hilo negro finísimo, muy resistente. Tenía incrustada una figura que ya no se podía identificar. Qué es?, le preguntó a su prometida. Una virgen extremeña, la Virgen de Guadalupe; se lo hicieron los indios; si lo pones junto a una vela, brilla solo. Osuna se acercó a un candelero y no notó nada. Movió el escapulario hasta que el golpe oblicuo de la luz lo encendió: reconoció de inmediato la figura de una virgen de manto azul, rodeada de estrellas. La iridiscencia del objeto era tan aguda que parecía que la estampa se movía. Lo soltó, asustado. ¿Quema? No seas bruto, le respondió su futura mujer. Ella lo tomó y lo hizo brillar de nuevo. Se ve así porque está hecho con plumas, le explicó. ¿Plumas? De ave, hacían así las imágenes, para que brillaran.

Se volvió a meter el escapulario bajo la camisa. Tenía que irse para descansar antes de que empezara los banquetes. Hizo una venia. Catalina todavía le preguntó, antes de que se retirara, de qué tanto había hablado con su madre por la tarde. De tu abuelo, de un jardín muy grande, de Cuernalavaca.Te acompaño al corredor, agregó. Bajaron del brazo las escaleras. Fue ya llegando a la puerta: en que se separarían para no volverse a ver hasta que estuvieran casados que Osuna le preguntó con curiosidad sincera y tal vez un poco alarmada: ¿Y tú qué dirías que quiere decir xingar?

Tampoco era que el profesor tuviera grandes pruritos sobre el ejercicio de la sexualidad: le parecía que en términos de textura y presión, no había gran diferencia entre el coño de una borrega madurita y el culo del artista más grande de todos los tiempos, así que igual se lo tiraba en nombre de la experimentación científica.

Cortés le pidió al indio Cristóbal Mexicaltzingo que, antes de acomodar la cabeza imperial en su clavo, le cortara la greña. Juntas todo el pelo y se lo llevas a doña Marina, le dijo al indio, desdoblándose las mangas para sentarse a tomar el desayuno en el jacal del cacique. Le dices siguió, que me teja con él un escapulario con el que me protejan mi Dios, mi virgen y los demonios de Guatemótzin. Se sacó del cuello una cadena de la que pendían un dije de plata que mostraba a la Virgen de la villa de Guadalupe

Un retrato que le hiciera justicia a Pío IV tendría que ser un retrato en la mesa -un cuadro de luz y sombra en el que estuviera presidiendo la gran cena del Barroco. Su párpado fue, después de todo, el aperitivo de todas las hogueras de la modernidad.

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!, Y en Roma misma a Roma no la hallas.

Seguramente afuera los esperaban los demás actores de la pintura, todavía vestidos en personaje. El soplaculos y el tatuador deben haber cruzado la plaza, ya retacada de feligreses y comerciantes, ovacionados por los que se hayan emocionado pensando que lo que estaba sucediendo era de verdad importante -lo era, pero no lo podían saber porque el futuro no puede recordarse.

Cuando seis años después, el martes de carnestolendas de 1525, Cortés le dio al indio Cristóbal la orden de que degollara al emperador encadenado, ya todo se había jodido tanto y todos habían cambiado de cancha tantas veces que le decían Marina a Malitzin y era a él a quien llamaban Malinche. Ya todos hablaban las lenguas de todos y habían fundado sin darse cuenta una tercera nación ciega a su propia belleza que nunca nadie ha podido entender.

La conversación entre mexicanos y españoles siguió más o menos en ese tenor durante toda la primera etapa de la conquista de México, que concluyó con la estancia, ya reseñada un poco más atrás, de Cortés y sus hombres en Tenochtitlán. Es uno de los casos en que mejor se demuestra que a veces un montón de gente puede no entender absolutamente nada, actuar de manera impulsiva e idiota y aun así alterar el curso de la Historia severamente.

Hablaron sentados a la mesa, como los dos enemigos acérrimos que terminan siendo todos los que habiendo cogido mucho y muy bien dejaron de hacerlo.

En esos días, la punta del Sacro Imperio había dejado de ser un arma o un caballo y era el canto superior del ejemplar de Utopia de Vasco de Quiroga: la expansión de Europa llegaba hasta donde él apuntaba con su libro. Vamos a poner ahí un taller de orfebrería, le decía el obispo a los indios, que lo querían tanto que le llamaban Tata -<<abuelo>>-, y señalaba un solar con el canto de su tomo. Ahí nacía, sin que lo supieran los indios tal vez él tampoco, una nueva rama de ese árbol hospitalario que también quiso y supo ser el Sacro Imperio. Pónganme una escuela ahí. Un hospital. El canto de Utopia. Otra rama.

Pero todo esto lo sabemos nosotros, que vivimos en un mundo en el que el pasado y el presente son simultáneos porque las Historias se escriben para que creamos que A conduce a B y por tanto tiene sentido. Un mundo sin dioses es un mundo en la Historia, en las historias como esta que estoy contando: ofrecen el consuelo del orden. Entonces el mundo, el mundo que Quiroga había inventado, era un mundo alucinante y sin dirección, creciendo en la mano de un Dios reconocido y otros clandestinos, todos pujando por el significado de las cosas: la cuenca del lago Pátzcuaro una gota de saliva divina en la que, como en un sueño, los misterios estaban expuestos.

La descripción de una obra de arte, como la de un sueño, detiene y vuelve decrépito un relato. Una obra de arte sólo sería contable si modificara la raya que va dibujando la Historia, y si una obra de arte, como un sueño, vale la pena ser recordada, es precisamente porque representa un sitio ciego para la Historia. El arte y los sueños no nos acompañan porque tengan la capacidad de mover cosas, sino porque detienen el mundo: funcionan como un paréntesis, un dique, la salud.