La importancia de apellidarse Queensberry, o la literatura como acusada ideal

1. Requiem.

En los primeros días de 1895, Oscar Wilde estrenaba en el Theatre Royal de Haymarket, su The Ideal Husband; el éxito fue inmediato, en la obra Wilde lanzó un ataque fino, acerado y certero contra la corrupción política de su tiempo, contra la doble moral victoriana y contra la opresión que la moral pública ejercía sobre los individuos. En la pieza, acosado por su pasado corrupto, un representante de la aristocracia británica debe enfrentar un chantaje; como en todas las obras de Wilde, sus parlamentos ofrecen dos o más lecturas, en este caso, a la crítica política se suma su visión del tiempo y circunstancia a la que pertenecía:

Mistress Cheveley.- En tal caso mi querido Sir Roberto, estaría usted perdido sencillamente. Acuérdese a dónde le ha elevado su puritanismo en Inglaterra. En otros tiempos nadie se creía mejor que su vecino, ni en un ápice. Realmente al que era un poco mejor que su vecino se le consideraba como un ser excesivamente vulgar, muy clase media. En nuestros dais con nuestra moderna manía de la moralidad, cada cual tiene que exhibirse como modelo de pureza, de incorruptibilidad y de las otras siete virtudes mortales. Y todo ¿para qué? Caen ustedes todos como bobos, uno tras otro. No pasa un solo año en Inglaterra sin que se desplome alguien. Antes, los escándalos prestaban cierto encanto a un hombre, o al menos, lo hacían interesante; ahora le aplastan. y el de usted es un escándalo muy sucio. ¡No podría sobrevivir a él!

Un mes mas tarde, en el St. James Theatre, se estrenaba The importance of being Earnest. Wilde se encuentra en su mejor momento de fama y en pleno dominio de su capacidad creativa; durante los años anteriores, el ascenso de Wilde en la escena social y literaria de Londres y París había estado acompañado de una transformación en su actitud frente a la moral colectiva y también frente a la situación institucional en ambas capitales. Si bien Wilde nunca fue conformista, lejos de ser el excéntrico dando, el heredero afortunado y talentoso, se había construido con una carrera de gran peso para convertirse en el primer dramaturgo en lengua inglesa y en uno de los autores más leídos y comentados en ambas riveras del Canal de la Mancha.

En cierto modo, el irlandés había desarrollado un sentido de certeza sobre su influencia, que no sólo partía de su pluma sino de su personalidad y de su actitud, que habían alcanzado en la sociedad de su tiempo al grado de permitirle hacer afirmaciones o tomar posturas que difícilmente habrían sido toleradas en personajes menos célebres; así, por ejemplo, el hecho de colocar dos obras monumentales y exitosas en el lapso de solo un mes, en los mejores teatros de la temporada, hablaba de una aceptación inequívoca que para el propio escritor se presentaba como una posibilidad de presionar a las estructuras colectivas fuera del contexto del poder político, veamos dos ejemplos más. En The Ideal Husband, su crítica social, acre aunque elegante, busca confrontar a su sociedad consigo misma:

Lord Caversham.- Buenas noches, lady Chiltern. ¿Está por aquí la inutilidad de mi hijo menor?

Lady Chiltern.- Me parece que Lord Goring no ha llegado aún.

Mabel Chiltern.- ¿Porqué llama usted inutilidad a Lord Goring?

Lord Caversham.- Por que hace una vida de holganza.

Lady Chiltern.- ¿Cómo puede usted decir eso? Da su paseo a caballo por el Row, a las diez de la mañana. Asiste a la Ópera tres veces por semana, cambia de traje lo menos cinco veces al día, ¿y come fuera de casa todas las noches durante la season! no creo que pueda usted llamar a eso una vida de holganza.

Lord Caversham.- Es usted una muchacha encantadora.

Y aún, más adelante, Wilde confronta a su sociedad directamente:

Mabel Chiltern.- ¡Pues a mi me gusta la sociedad londinense! Ha progresado notablemente. Hoy día está compuesta de guapos imbéciles y de deslumbrantes lunáticos. Que es precisamente lo que debe ser una sociedad.

El irlandés no se propone como conciencia crítica de su sociedad, pero su denuncia, amparada por su fama, la calidad e impacto de su trabajo literario y su lugar prominente en la vida cultural de Europa occidental había extralimitado la potencia de sus capacidades y se había transformado en un desafío para ciertos sectores de  la sociedad que no tendrían posibilidad ni deseo de procesar a un personaje como Wilde. Desde meses atrás el escritor se había embarcado en un modelo de vida que contravenía los valores establecidos, aspirando tanto a una mayor libertad como a un ajuste de cuentas entre la realidad, las decadentes prácticas sociales y las estructuras políticas y jurídicas que la sostenían.

Tres años antes de estreno de The Ideal Husband, Wilde había comenzado los ensayos de su Salomé en el Palace Theatre de Londres, en lengua francesa y con Sarah Bernhardt en el papel principal; la puesta en escena representaba varios desafíos a las inveteradas costumbres de la clase social a la cual el autor pertenecía. Por un lado -desde lo jurídico- había retado a la censura, pues los ensayos se habían adelantado a la resolución que debía autorizar el montaje; por el otro, la lengua materna y la nacionalidad de la protagonista, la francesa, era mucho más que un recurso estilístico, era la afirmación de una libertad que Wilde atribuía a Francia y que negaba constantemente a Inglaterra, que solía manifestar públicamente en expresiones como esta: la gran superioridad de Francia sobre Inglaterra se debe a que en Francia todo burgués quiere ser un artista, mientras que en Inglaterra todo artista quiere ser un burgués. Y por último, el tema mismo de la obra, el asunto bíblico; Wilde sabía -como lo sabían todos los dramaturgos que trabajaban en Londres entonces- de la existencia de un acta del Parlamento que prohibía la representación teatral de cualquier obra que tuviera como personajes a héroes o heroínas bíblicas; así, aunque amparado en la deslumbrante fama de su diva y aún en su propia luminosidad como personaje social y como autor, tuvo que enfrentar la suspensión de los ensayos y la prohibición de la ejecución pública de su trabajo.

Todavía en febrero catorce de 1895, Wilde estrenó con enorme éxito la que sería la más grande de las obras teatrales de su autoría y también la última, The importance of being Earnest; simpático juego de palabras intraducible a otras lenguas, pues lo mismo resulta fonéticamente “La importancia de ser Ernesto” o la forma más recurrente “La importancia de llamarse Ernesto” y también “La importancia de ser solemne” o la habitual “Importancia de ser serio”; con el objeto de mantener la fidelidad del juego de palabras, en su traducción, Alfonso Reyes propuso “La importancia de ser Severo”.

Esta “comedia trivial para gente seria”, constituye uno de los experimentos de crítica social más avanzados de Wilde, es una sátira descarnada de la moral victoriana y de su complejo entramado de conductas, valores y afirmaciones siempre en referencia a los sexual y al matrimonio, a la condición social o a la calidad de la fortuna.

Más allá de sus letras, en lo conceptual, Wilde denunció una crisis de credibilidad de las normas que debían regular la conducta social y en la práctica llevó un estilo de vida que, si bien parecía coincidir con sus convicciones y con su genio -aún dentro de la doble moral de su tiempo-, entraba en franca confrontación con grupos de interés y de presión política y social al interferir con sus prejuicios y su esfera de poder. Todo ello, aunado a la enorme soledad de Wilde, que no representa movimiento ni corriente ninguna, fueron los factores que determinaron su caída.

Bajo las delicias y exquisiteces de su literatura, conforme se desciende al interior de su precioso estilo, el lector debe enfrentarse con el lado más acre de la expresión wildeana, aquel regusto de cinismo de quien sabe que no podrá cambiar el mundo y que aspira, al menos a un espacio diminuto, personalísimo si se quiere, de tolerancia y libertad; el lector debe enfrentar también una potencia expresiva que no por ser menos grandilocuente resulta menos filosa e incisiva, en The Importance of being Earnest, al principio, Wilde propone esta caracterización de las castas al interior de la sociedad británica:

Algernon.- ¿Porqué será que en una casa de soltero son, invariablemente los criados los que se beben el champaña? Lo pregunto simplemente a título de información.

Lane.- Yo lo atribuyo a la calidad superior del vino, señor. He observado con frecuencia que en las casas de los hombres casados rara vez es de primer orden el champaña.

A.- ¡Dios mío! ¿Tan desmoralizador es el matrimonio?

L.- Yo creo que es un estado muy agradable, señor. Tengo de él poquísima experiencia, hasta ahora. No he estado casado más que una vez. Fue a causa de un error entre una muchacha y yo.

A.- No sé si me interesa mucho su vida familiar, Lane.

L.- No, señor; no es un tema muy interesante, yo nunca pienso en ella.

A.- Es naturalísimo y no lo dudo. Nada más, Lane. Gracias.

L.- Gracias, señor.

A.- Las ideas de Lane sobre el matrimonio parecen algo relajadas. Realmente si las clases inferiores no dan buen ejemplo ¿Para qué sirven en este mundo? Como clase, parece que no tienen en absoluto sentido de la responsabilidad moral.

La literatura de Wilde, de acuerdo con su propia comunicación estética, no era sino una muy elaborada estilización de su postura frente al mundo, frente a su tiempo y frente a la cultura y prácticas de su generación. No podríamos decir que Wilde fuera un ideólogo, o que sus textos y actitudes buscaran una modificación de las relaciones sociales, éticas o jurídicas de su tiempo; en cambio, si estamos frente a un hombre de particular talento, de un revolucionario en el ámbito literario y de una manifestación clara de las disyunciones de un sistema jurídico y político cuyas clases dominantes, en tanto que creadoras de las normas jurídicas, habían perdido contacto con la realidad o que, aún teniéndolo no estaban dispuestas a acotar sus privilegios ni sufrían presiones suficientes para hacerlo. No debe olvidarse que incluso Marx, basado en esta misma observación suponía que la revolución proletaria debía comenzar por Inglaterra.

En la medida que su buena estrella se levantaba sobre el horizonte de su sociedad, la conducta de Wilde se volvía más desafiante. En 1884 se había casado con Constance Lloyd, hija de un prominente abogado de Dublín, un año más tarde nace Cyril y para 1886 Vyvyan, el segundo y último de sus hijos. En 1891, comienza su relación con Bosie, Lord Alfred Douglas, hijo del marqués de Queensberry. Días después del estreno y triunfo de The Importance, el drama del poder frente a la libertad, de las convenciones sociales frente al genio y de un sistema jurídico, social y político, que por su duplicidad moral y su represión de conductas, debiera haber estado en crisis pero que por la red de convenciones, creencias firmes y promesas de poder que lo sostendrían , todavía hasta poco después de la Segunda Guerra Mundial, frente a la dignidad, harán colisión de una manera lamentable.

2. Dies irae.

El dieciocho de febrero de 1895, Lord Queensberry dejó abierta una nota para Oscar Wilde en la recepción del Abermarle Club, de Londres; su tono intimatorio y el hecho de que cualquiera hubiera podido leerla, situaba al escritor en una situación agónica. La nota era la siguiente:

Para Oscar Wilde, actuando como un somdomita (sic).

Si el país le permite irse, mejor para el país; pero si se lleva a mi hijo con usted, lo seguiré donde quiera que vaya y le dispararé.

Si bien Wilde enfrenta una disyuntiva de enormes dimensiones personales, en realidad es mucho más que eso, se trataba de una cuestión profunda cuyo sentido no podía escapar a un hombre del talento del irlandés; por una parte, al juzgar a Wilde se juzgaba la expresión del arte moderno en el contexto de su influencia social, y por la otra, se juzgaba la libertad – materializada en la preferencia sexual – dentro del entorno de la represión de la era victoriana. Para el escritor, el centro del litigio no se encontraba en el juicio de sus actos, sino en la calificación que una sociedad decadente y moralmente hipócrita, según sus propios parámetros, pudiera hacer de la expresión de un artista, y consecuentemente de su conducta; su propia cadena argumentativa demuestra que su objetivo principal era defender su postura como hombre de letras, con la moralidad independiente del creador, incluso no de cualquier creador, sino de aquel que desafiando a su sociedad había logrado seducirla. Además, frente a la grandeza del artista se encuentra la diminuta presencia del marginado, del sentenciado aún antes del juicio, aquel que debe enfrentar a una contraparte que representa no sólo la miseria de su tiempo, sino el ejercicio del poder que sostenía al imperio en los cinco continentes. La lucha de Wilde contra Queensberry resulta penosamente desigual. La superioridad del artista no alcanza a tocar la potencia del Marqués, porque aún cuando el último ni siquiera puede escribir la palabra “sodomita” correctamente, no puede ser tocado por los alegatos de Wilde sobre la necesaria inmoralidad del arte y sobre la deseable independencia del escritor; Queensberry, a diferencia de Wilde, ha sabido elegir correctamente sus armas.

En junio de 1894, el padre de Bosie, se había presentado  – acompañado por un campeón de box – en casa de Wilde en Chelsea; el marqués amenazó al escritor, ante sus insultos, el dueño de la casa no tuvo otro remedio que echarlo a la calle con estas palabras: no conozco las reglas de Queensberry, pero la regla de Oscar Wilde es disparar a matar. En realidad el que disparó a matar no fue el autor de De profundis, sino el padre del boxeo moderno que no se avino a la discusión sobre la relación entre arte y moral; no sólo por cuanto la desconocía y carecía de elementos para comprenderla, sino porque prefirió mantenerse dentro de los estrictos límites del marco jurídico que le garantizaba una ventaja que no podía perder. Visto así, la situación de Wilde deviene desastrosa desde el principio, pues se acoge a una narrativa literaria que acepta equívocos diversos, mientras que la del marqués se torna cada vez más fuerte y estable porque está amparada por la narrativa jurídica que es monolítica y no puede aceptar más que una sola lectura, que aunque proviene de razones diversas, conduce a un sólo puerto racional y consensuado.

Literatura y Derecho participan de la naturaleza común de la narrativa; sin embargo, aunque construyen vasos comunicantes y son alimentos recíprocos, el Derecho aspira a crear una narrativa final, aquella a la que llamamos “verdad legal” y también “texto legislativo” o “jurisprudencial”, mientras que la Literatura huye de lo definitivo y se ampara continuamente en la metáfora y la posibilidad. Así, cuando Wilde pretende su defensa, en realidad se desplaza de la narrativa jurídica a la literaria, deja de defenderse a sí mismo y defiende tanto el carácter libre como el libertario de las letra, es decir, su voluntad creativa que, al provenir del genio creativo, deviene absoluta e inmoral, no sujeta a juicio alguno. En ese sentido Wilde triunfa, vence y vencerá para siempre la represión victoriana, doblegará a sus censores y someterá a su tiempo, pero no logrará vencer a Queensberry ni podrá convencer a sus jueces; al primero porque no acusará recibo de una batalla que lo excede y no comprende, y a los segundos, porque en su papel de operadores jurídicos no buscan el sentido de la verdad que se les ofrece, sino la coherencia en el marco narrativo que es su deber preservar.

Al día siguiente del episodio del Abermarle, Douglas, Wilde y Ropbert Hoss consultaron al abogado Travers Humphreys quien acepta seguir la acusación contra Queensberry sólo cuando Wilde le ha protestado que las calumnias del marqués carecen de fundamento; desde luego Humphreys sabía que lo que le estaban ofreciendo era uno de los casos más sensacionales su tiempo. Cursó una orden de arresto contra el padre de Bosie, misma que se ejecutó el  dos de marzo en la estación de policía de Vine Street. Ya como acusadores Douglas y Wilde parten por unas semanas al sur de Francia; estarán de vuelta en Londres para la fecha del juicio. A su retorno, Humphreys, abogado patrono, ha encomendado a Edward Clarke, la dirección de la parte acusatoria, una vez más el poeta declara que las calumnias vertidas en su contra son absolutamente falsas. No son pocos los amigos de Oscar Wilde que han logrado descifrar las estrategias del fiscal y del padre de Bosie; si el marqués logra probar que sus acusaciones son reales y que ha actuado para defender la integridad y el honor de su hijo, la acusación del irlandés será desestimada, el escocés resultará absuelto y el fiscal dispondrá de inmejorables elementos para fundar una causa por conducta indecente. Sólo Wilde y Douglas parecen no caer en cuenta de la trampa en la que voluntariamente han caído; el primero, presionado por su madre y por Bosie, porque entiende que no es a sí mismo a quien defiende, sino a su obra y a la libertad de creación que todo artista auténtico requiere; tal vez porque siente que la admiración general y la enorme potencia de su obra lo protegen. El segundo, porque ciego de ira y resentimiento contra un padre brutal no ve sino la oportunidad de deshacerse jurídicamente del hombre que lo ha sometido desde su nacimiento. Amigos como George Bernard Shaw y como Frank Harris tratan de disuadir a Wilde para que desista de su acción y voluntariamente se exilie en Francia para continuar su vida y su obra. Evidentemente no accede, lo verá contrario a su dignidad y a su honor; por su parte, Bosie se atreve a decir a Bernard Shaw: que le digan que se fugue muestra que no son amigos de Oscar. Wilde coincide y alcanza a decir a sus colegas, no es nada amical de su parte.

El Old Bailey abre sus puertas el tres de abril de 1895, para sustancia la acusación de Wilde contra Queensberry, por el delito de calumnias. Clarke inicia su alegato con una pieza oratoria que impresiona al público, e incluso a Edward Carson, abogado defensor del Marqués de Queensberry.

3. Confutatis, maledictis.

En su discurso de apertura, Clarke dibuja los linderos de su acusación: un libelo falso y malicioso, publicado a través de una tarjeta ab cierta que el acusado había dejado en la recepción del Club del que Wilde y su esposa eran miembros. Firmado por el acusado y manuscrito en su propio papel membretado; la tarjeta acusa a Wilde de comportarse, de dar la impresión de ser sodomita -Clarke omite el hecho de que el acusado no pudiera siquiera escribir correctamente la palabra que señala la conducta que atribuye a Wilde en perjuicio de su hijo-; además, Clarke apela a la fama y magnífica opinión de que Wilde goza en su sociedad. Pero aún desde el lado de Wilde, el abogado está atado por un lenguaje común que llama a la sodomía “la más grave de todas las ofensas”. El abogado del escritor se propuso como objetivo principal, destruir la afirmación de la defensa que señala que las acusaciones contenidas en el libelo no solamente son ciertas sino que, además, han sido hechas del conocimiento público con el afán de proteger a la sociedad de las peligrosas y dañinas prácticas del ahora acusador; en otras palabras, los juicios de Wilde se basaron en argumentaciones de hechos, más allá de posturas y puntos doctrinales o teóricos.

Clarke decide desenmascarar la estrategia urdida por el fiscal y el acusado, que consiste en una solicitud para que sea declarada la preferencia sexual de Wilde coacusándolo con todos los hombres con los que se habría relacionado; solicitud que, al momento de la disertación de Clarke, no había sido hecha del conocimiento del jurado y que, por lo tanto, significaba una conspiración para actuar en contra de Wilde; todavía en ese momento el escritor parecía no haberse percatado de lo que era ya evidente para todos los presentes.

El abogado de Wilde se mantiene firme en su concepto no sólo de la falsedad de las acusaciones contra su cliente, sino aún de la imposibilidad de probarlas pues, como resulta lógico, sólo podrían declarar en una cuestión de esa naturaleza quienes hubieran participado de ella debiendo, necesariamente, declarar en contra de sí mismos por los tales actos indecentes:

Se podría deducir de los términos de la declaración que el Sr. Wilde solicitó, sin éxito, a personas para delinquir con él y que, aunque no se haya alegado que ese delito fuera cometido alguna vez, ha sido acusado de prácticas indecentes. Para aquellos que han tomado la responsabilidad de hacer estas graves acusaciones, deben ofrecer, si pueden, para satisfacerlos, caballeros, testigos creíbles o evidencias dignas de consideración y aún creíbles, de que dichas acusaciones son ciertas. Puedo entender cómo es que estas declaraciones han sido hechas en la forma en que se encuentran, pues son personas, que pueden ser llamadas para sostener estos cargos, son sujetos que necesariamente tienen que admitir en un examen de confrontación que ellos mismos han sido culpables del más grave de todos los delitos…

Así, el abogado apela a la más estricta lógica jurídica y acusa la narrativa de quienes inculpan a Wilde, de una imposibilidad material en un contexto puramente jurídico; además, señala con oportunidad que Wilde no ha sido formalmente acusado de ningún delito y que en tal sentido sólo corresponde a Queensberry y a sus abogados aportar las pruebas suficientes no para acusar al escritor -que es asunto distinto-, sino únicamente para comprobar que las calumnias vertidas por el marqués tienen un fundamento fáctico atribuible a Wilde.

Se hacía necesario, entonces, demostrar la absoluta honorabilidad y solvencia moral de Wilde, de modo tal que la acusación hecha en su contra no pudiera sino considerarse un infundio dirigido a destruir su buena imagen, su tranquilidad y su buen nombre. Para lograrlo, Clarke apela a los antecedentes de Wilde, menciona sus orígenes y los méritos de su padre, el médico irlandés Sir William Wilde, los precoces e importantes méritos académicos del escritor en el Trinity College, especialmente en el área de las letras clásicas, de su paso triunfal por el Magdalen College de Oxford, donde le fue conferido el Newdigate Prize for English Poetry. El abogado dibuja la silueta de un escritor dedicado a su tarea creativa y lejano de la arena de los escándalos sociales, como un autor de grandes méritos que ha logrado conquistar el aprecio y la admiración del gran público y cuya obra Representa una forma de literatura artística que recomiendan muchas de las mentes más destacadas y de las personas más cultivadas…

Clarke no es omiso en manifestarse respecto de los hábitos sexuales de Wilde y lo hace presentando el modelo del esposo y padre moralmente intachable, jugando así con ciertos aspectos del prejuicio contra la homosexualidad y la ignorancia general respecto al tema.

Lord Alfred Douglas, paradójicamente, no será llamado como testigo y menos aún como coacusado, pero a él se referirá Clarke como una más de las amistades del escritor que frecuentaban el hogar familiar de los Wilde en Tile Street en Chelsea; añade Clarke que la amistad de Oscar y Alfred se extendió hasta la madre del joven que, argumenta en un afán de destruir la credibilidad de Queensberry, había ya pedido el divorcio al marqués por su insoportable y violenta conducta. Será insistente en ese punto y señalará las frecuentes y continuas visitas de Wilde a las casas de la marquesa en Wokingham y en Salisbury, con lo que pretende generar la impresión de que Wilde gozaba del aprecio y la confianza dela familia de Douglas salvo, desde luego, de su calumniador a quien sólo habría habría tratado hasta 1893; recuerda sin embargo Clarke, un encuentro entre Douglas, Wilde y Queensberry, en un famoso restaurante londinense en donde todo transcurrió con cortesía.

No puede obviar Clarke el trato de Wilde con Bosie, ni el tráfico de correspondencia entre ellos que, por descuido, al menos en dos ocasiones fue a parar a manos extrañas y que, estuvieron acompañadas de pequeñas extorsiones que el abogado trata de disimular como propinas. Con el fin de minimizar sospechas sobre la interpretación de las cartas y aniquilar su uso desde el principio, el abogado de escritor cita una de ellas:

Enero 1893 , Babbacombe Cliff

Mi niño,

Su soneto es bastante adorable, y es una maravilla que se deben que esos labios tuyos, rojos de pétalos de rosa, hayan sido hechos no menos para la locura de la música y el canto que para la locura de los besos. Tu dorada y fina alma camina entre la pasión y la poesía. Sé que Jacinto, a quien Apolo amaba tan locamente, eras tu en los días griegos. ¿Por qué estás solo en Londres?, y ¿cuándo vas a Salisbury? Ve allí para refrescar tus manos en el crepúsculo gris de las cosas góticas, y ven aquí siempre que lo desees. Es un lugar encantador y sólo le faltas tu; pero ve a Salisbury primero.

Siempre, con amor inmortal,

Tuyo, Oscar

La carta además de hermosa, es indubitable. Sin embargo, el abogado tratará de realizar un desplazamiento en el lenguaje, atribuyendo el significado de su texto no al habla común sino a una literaria que, además, pertenece a la pluma sensible de un artista; esa será la ruta que el propio Wilde seguirá para su propia defensa. Clarke sugiere que la carta puede parecer extravagante para quienes sólo frecuentan la correspondencia comercial, considera la carta como un “soneto en prosa” y que en tal sentido no puede avergonzar a Wilde, sino presentarse como la “expresión de un autentico sentimiento poético”, sin relación alguna con las odiosas y repulsivas implicaciones puestas en el caso.

Clarke hará también una crónica de la creciente animadversión de Queensberry contra Wilde, demostrando tanto su violencia como sus peculiaridades a las que llama, una vez más “extravagantes”; pero lo describirá de tal manera que cualquiera podría atribuir al padre de Douglas un evidente transtorno mental. Así, por ejemplo, describe su intento de sabotear el estreno de The promise of may, de Tennyson, con el pretexto de que hacía mofa del agnosticismo; describe también las medidas que Wilde se vio obligado a tomar para evitar que Queensberry realizara las mismas acciones en el estreno de The importance of being Earnest, pues en efecto, el acusado se presentó al teatro donde no fue admitido y el importe de su boleto devuelto, para dejar un ramo de frutas podridas con las que planeaba atacar al autor dela obra.

Volverá el abogado sobre el asunto de la moralidad y la creación literaria, particularmente respecto de dos obras que la defensa de Queensberry ha acusado de inmorales: The Picture of Dorian Gray, en el que sugiere la descripción de prácticas homosexuales y Phrases and Phillosophies for the use of the young, en el que argumenta se fomentan costumbres antinaturales. Además, en lo que se refiere al segundo de los textos, expone que, en la misma edición se había publicado una noveleta, The Priest and the Acolyte y que atribuía a Wilde; sin embargo, el poeta había negado la paternidad sobre dicha obra, deslindado de cualquier responsabilidad sobre los textos que no fueran de su autoría y exigido el retiro del material.

En realidad, hasta este momento no parecía haberse ensombrecido el horizonte del escritor; pero, es justo en la finísima frontera entre lo jurídico y lo literario donde han sido ya sembradas las semillas de la caída de Wilde.

El proceso estará diseñado para ir minando el poder y la prestancia de Wilde; desde sus primeras declaraciones, el escritor se presentará seguro, incluso desafiante, como si supusiera que el Old Bailey fuera incapaz de juzgar la libertad del artista o las cualidades intrínsecas de su obra; así, por ejemplo, se referirá a uno de los intentos de extorsión de que fue objeto. A la pregunta de su abogado, Wilde explicará su reacción sobre la carta que envió a Douglas y que el jurado ya conocía:

Sentí que este era el hombre que quería dinero de mí. Le dije: “Supongo que usted ha venido respecto de mi hermosa carta a Lord Alfred Douglas . Si no ha sido tan tonto como para enviar una copia del mismo al Sr. Beerbohm Tree, yo con mucho gusto le habría pagado una gran suma de dinero por la carta, ya que la considero una obra de arte” . Él dijo: ” Una construcción muy curiosa se ​​puede admirar en la carta.” Dije en respuesta , “El arte es rara vez inteligible a las clases criminales.” Él dijo: “Un hombre me ofreció £60 por ella.” Yo le dije: “Si usted toma mi consejo vaya donde ese hombre y véndale mi carta £60. Yo mismo nunca he recibido una suma tan grande para una obra en prosa de esa longitud; pero me alegro de encontrar que hay alguien en Inglaterra que considera que una carta mía vale £60. ” Estaba un poco sorprendido por mi actitud, tal vez, y dijo: ” El hombre está fuera de la ciudad ” . Yo le respondí: ” Seguro volverá, y yo le aconsejo que tome las £60. Luego cambió de modales un poco, diciendo que él no tenía un solo penique, y que había estado en muchas ocasiones tratando de encontrarme. Le dije que no podía reembolsar sus gastos de taxi, pero que con mucho gusto le daría la medio soberano. Él tomó el dinero y se fue…

La carta que llevaba el sello del desastre para Wilde, constituye un pequeña obra maestra, el verso it is marvel that those red rose-leaf lips of yours should have been made no less for music of song than for madness of kisses, reúne una peculiar potencia expresiva y está dotado de un ritmo y una musicalidad de muy cuidada factura, es precisamente en esa belleza, que se escuda y en cuya interpretación no oculta la realidad de su nexo con Alfred Douglas, sino que excede ese margen de hechos; su lectura no puede realizarse en un contexto únicamente jurídico, de ahí que sea el abogado quien tenga que ubicarlo en un contexto simbólico pero unívoco, deberá ajustar la expresión, domarla si se prefiere el término para hacerla útil a los fines de una narración jurídicamente válida; en otras palabras, de una verdad poética a una argumentación de hechos.

Para Edward Carson, abogado de la defensa, el reto consiste en no perder el control de la narrativa que se le ofrece; si por un lado sabe que los prejuicios, las estrictas normas culturales y la doble moral de la época le son favorables y que pesarán sobre la credibilidad de Wilde y no de Queensberry; por el otro, sabe que aún en esa coyuntura afortunada, el arte y la belleza gozan de privilegios aún frente a quienes no los comprenden, que el aura que acompaña al escritor se presenta como un misterio indescifrable que genera respeto y aún reverencia. De este modo, debe, para ser consecuente con el papel que ha aceptado, transformar al acusado en acusador, a la víctima no sólo en culpable, sin aún más, en una auténtica amenaza para la sociedad, para Alfred Douglas y para el estatus quo que defiende y procura; debe jugar no sólo con  una argumentación de hechos adecuada para Queensberry, sino con los valores sociales que lleven a la conclusión de que el carácter de Wilde como artista y como escritor no oculta ningún misterio ni virtud ninguna, sino por el contrario, constituye el mal mayor que representa todo lo que no conocemos y que no alcanzamos a comprender.

Desde el inicio de su alegato, Carson, propone la imagen del marqués como un hombre a quien la conducta de Wilde no le habría interesado en lo más mínimo si ésta no hubiera amenazado la integridad de su hijo. Alfred Douglas aparece bajo la expresión de Carson como una víctima, su padre como un desesperado y a Wilde como un peligroso foco de inmoralidad, así comenzó el alegato de Carson:

Al aparecer en este caso por Lord Queensberry no puedo sino sentir que una muy grave responsabilidad recae sobre mí. Por lo que se refiere a Lord Queensberry, sobre cualquier acto que haya realizado, cualquier carta que haya escrito, o en la cuestión de la tarjeta que le ha puesto en la posición actual, él se ha retractado de nada. Ha hecho todas esas cosas con una premeditación y una determinación, bajo todos los riesgos, y contra todos los peligros para tratar de salvar a su hijo. Ya sea que Lord Queensberry esté en lo correcto o si se había equivocado, ustedes tendrán probablemente hasta cierto punto la información sobre la que se pueda fundar una sentencia. Debo decir que para Lord Queensberry, ninguno de los elementos de prejuicio que mi docto amigo, Sir Edward Clarke, ha considerado oportuno introducir en el caso en su discurso de apertura, se sostiene y que la conducta de Lord Queensberry en este sentido, ha sido siempre absolutamente coherente, y si los hechos que se establecen en sus cartas como en lo referido a la reputación del señor Wilde son ciertos, entonces no sólo estaba justificado para hacer lo que pudiera para detener la connivencia más desastrosa para su hijo, sino en la toma de cada paso que siguió para llevar a cabo una investigación sobre los actos y hechos del señor Wilde…

Como se aprecia, Carson apuesta por una ponderación de valores que, sin duda, le resultará favorable; contrapone libertad contra autoridad, no puede olvidarse que Douglas era mayor de edad, pero en el caso de Wilde, el juzgador no puede ponerse de lado de la libertad por temor a socavar los fundamentos de su estructura de poder que lo sostiene; somete también a juicio la confrontación -más profunda- entre el poder social constituido y la irrupción de otras formas de asumir no sólo la sexualidad, sino la visión del mundo; también en ese sentido apuesta sobre seguro pues, al menos en esta ocasión, el papel del juzgador y el del Derecho en la Inglaterra victoriana, aparece como un inhibidor del cambio y como un potenciado explícito del poder imperial.

Siguiendo su línea argumentativa, Carson, que ha presentado los motivos de Queensberry, debe aniquilar los de Wilde. Basado de nuevo en los argumentos habituales en su tiempo, dibuja a un hombre dominado por sus pasiones, ilícitas desde luego, que tanto echa mano de la diferencia de edad como de su posición de figura pública y autor admirado, como le relaciona con los más bajos fondos de la corrupción y la prostitución masculina; así, dice Carson, Taylor fue, de hecho, la mano derecha del Sr. Wilde en todas las orgías en las que participaron artistas y ujieres…, Taylor, a lo largo del juicio, en el que también resultará condenado, aparece como una turbia figura, dispensador de placeres ilícitos a pago, como una muestra de los peores vicios de un sector decadente de la alta sociedad victoriana, si se le mira bien, resulta el gris espejo de la duplicidad moral de su tiempo que se vale de quienes habrían de ganarse la vida procurando el placer de los más favorecidos y que, cuando la honorabilidad de sus amos era puesta en entredicho, resultaba más rentable deshacerse de ellos.

Además, Carson enuncia ya la estrategia de su defensa al desviar la atención del juzgador desde la conducta violenta de Queensberry hacia los aspectos más escandalosos de la vida pública de Wilde; así, en su propio argumento inicial se refiere a un episodio que no había trascendido pero que en el juicio sería considerado un elemento importante para encarnizarse con la vida licenciosa del escritor: Si la oportunidad nos es dada de interrogarlo, tal vez sea posible saber de él al menos algo sobre qué pasó en Fitzroy Square en la redada del año pasado… La referencia al episodio de Fitzroy Square constituía un ataque frontal a la imagen privada de Wilde que contrastaba con su imagen pública de autor y personaje social; dicho de otro modo, al mencionar la presencia de Wilde en un lugar reconocido por la asiduidad de personajes licenciosos de todas las preferencias sexuales, lícitas como prohibidas, y que en varias ocasiones como la mencionada de 1894, terminaron en acciones policiacas para mantener el orden, aunque en ninguna se viera implicado el escritor, daba cuenta de su contacto con los más bajos fondos.

El uso del escándalo y la transferencia de la culpa, materializarían muy pronto los peores temores de George Bernard Shaw y de los demás amigos de Wilde que le habían insistido en que desistiera, serán los mismos que le aconsejen su huída y los mismos también que lo vean, apesadumbrados y estupefactos, asumir su castigo como un sacrificio lustral.

Implacable y consecuente con su línea argumentativa, la defensa fue trasladando a un segundo plano la actitud y acciones de Queensberry, para destacar la conducta de Wilde, hasta el punto de poner en entredicho su calidad de artista; siempre bajo la óptica del prejuicio victoriano que lo obligaba a simular la existencia de un espíritu superior e intachable, más allá de lo que pudiera verse plasmado en sus libros. Combate pues la argumentación del acusador cuestionando sobre la moralidad de quien niega haber enviado una carta sexualmente provocativa para aducir que se trataba de una obra de arte no siempre accesible para el público poco sensible o poco ilustrado. Sin duda esta fue la cuestión que más severamente dañó a Wilde, no sólo en lo jurídico y durante el curso del proceso, sino en su ánimo y por el resto de su vida, situaciones que provocaron su condena y su declive en los postreros años de su existencia; hechos también que se verán reflejados en De profundis y en Balad of Reading Gaol. Wilde se preguntará si en realidad hay un espacio para la libertad creativa, si puede suponerse la voluntad del artista para señalarlo como un caso de particular sensibilidad de la cual depende en gran medida su capacidad creativa y el florecimiento del estilo; se habrá de preguntar, si, ciertamente el arte vale la pena y si tiene un lugar en el mundo real de los hombres. Carso expone la situación de la siguiente manera:

Permítanos contrastar la posición que el señor Wilde tomó en el examen contrastado como respecto a sus libros, que son para individuos selectos y no para personas comunes y corrientes, con la posición que asumía con los jóvenes a los que le eran presentados y con los que él mismo se procuró. Sus libros fueron escritos por un artista para los artistas; sus palabras no eran para filisteos o los analfabetos. ¡Esto contrasta con la forma en que el señor Wilde elegía a sus compañeros! Eligió a Charles Parker, el criado de un caballero, cuyo hermano era siervo de un caballero; al joven Alphonse Conway , que vendía periódicos en el muelle en Worthing; y con Scarfe, también criado de un caballero. Luego, su excusa fue que él ya no estaba morando en las regiones del arte, sino que tenía alma un noble, un alma democrática (Risas), que no hacía distinciones sociales, y que le procuraba tanto placer llevar al chico que barría las calles a almorzar o cenar con él como el mayor literato o artista…

De este modo, Carson propone que la creación literaria de Wilde no es, como el propio autor se ha empeñado en demostrar, la manifestación abstracta de un estado emocional o de una sensación estética, sino la manifestación disimulada de aspectos biográficos, deseos e intenciones del autor; supone Carson que el escritor sólo escribe sobre sí mismo y que su literatura es siempre moraleja o mensaje dirigido, mientras que para el escritor, sometido a la tensión del juicio, la literatura no puede ser interpretada sino en clave estética.

La defensa eligió para su argumentación tanto las cartas de Wilde para Douglas, como The Picture of Dorian Gray y el libelo apócrifo The Priest and the Acolyte, negado éste último por Wilde; para que la expresión literaria pudiera interpretarse como prueba jurídica, la defensa, además de la exégesis de la conducta, se refiere a la intención de Wilde de propagar su visión del mundo -lo cual es inherente a cualquier literatura y sin lo cual no habría necesidad de lectores- convirtiéndose así en un peligro para la sociedad; poco importa si los hechos ahora imputados a Wilde, se han consumado, pues su sola presunción resulta más odiosa que cualquier daño que Queensberry pudiera haber causado con sus calumnias. Veámoslo en las palabras de Carson:

A mi juicio, si el caso hubiera sólo descansado en literatura del señor Wilde, Lord Queensberry habría estado totalmente justificado en el curso que ha tomado. Lord Queensberry ha actuado para demostrar que el señor Wilde ha estado “actuando” como culpable de ciertos vicios. El Sr. Wilde nunca se quejó de la inmoralidad de la historia “El sacerdote y el acólito”, que apareció en El Camaleón. Él no conoce ninguna distinción, de hecho, entre un libro moral y uno inmoral. Tampoco le importa si el artículo es en sus términos blasfemo. Todo lo que el señor Wilde dice es que él no estaba de acuerdo con la historia desde un punto de vista literario. ¿Cuál es esa historia ? es una historia de amor de un sacerdote con el acólito que le asiste en la Misa, exactamente la misma idea que se presenta a través de las dos cartas a Lord Alfred Douglas corre a través de la historia, y también a través del Retrato de Dorian Gray. Cuando el chico es descubierto en la cama del sacerdote, el sacerdote hizo exactamente la misma defensa que el señor Wilde – que el mundo no entiende la belleza de este amor la misma idea se ejecuta a través de estas dos cartas que el señor Wilde llama hermosas, pero que yo llamo una pieza abominable de inmoralidad repugnante.

Si bien la defensa confunde causas y consecuencias -pues no podría Wilde escribir algo pensando en el argumento ideal para una eventual defensa- Carson se ubica más allá incluso del discurso de Wilde pues, como entonces ya se sabía, la historia del cura y el acólito no se debió a la pluma del irlandés y un análisis crítico elemental habría sido suficiente para demostrarlo, la avanzada del juicio ha dejado de ser jurídica, en estricto sentido para convertirse en ideológica. Paradójicamente, tanto los juzgadores como la defensa, se arrogan, en su momento, un papel protagónico en el drama, en la tragedia que se desarrolla frente a sus ojos. Si en el Old Bailey, convertido en el escenario mítico, un dios de la literatura enfrenta un destino fatal, el jurado y la defensa operan como el coro de la tragedia que ven precipitarse lo inevitable y se limitan a confirmar el sino que el otrora acusador y ya entonces acusado, se ha buscado por sus pecados más que por sus crímenes y transforman su sentencia en moraleja.

3. Flaminis acribus adictis

Los dos procesos de Wilde, como acusador y como acusado, no fueron en realidad, como sus protagonistas lo sabían, sino un pretexto para ocuparse de dos temas mucho más profundos; el primero, el íntimo de Wilde frente a su genio, su vocación y su postura frente a la vida, se trata de un combate a muerte en el que el autor lo apuesta todo por la verdad que justifica su existencia y da peso a su obra, por encima de su relación con Bosie; incluso trascendiendo a su impacto en la posteridad de la que, sin duda, Wilde era perfectamente consciente, una postura frente al mundo que le impide huir cuando sabe que ya todo está perdido, aún cuando sus amigos, de nuevo Shaw entre ellos, procuran todo para un glorioso exilio en Francia y que autores como Melissa Knox han llamado, por ejemplo, a long and lovely suicide; el segundo, el implacable juicio político y moral en el que el sistema judicial y la aristocracia se empañaron para demostrar, a través de la desgraciada imagen de la caída de Wilde, el poder de sumisión de sus estructuras, tanto de la judicial como de la de los prejuicios de clase y condición económica.

El desarrollo del juicio, la natural alianza entre la defensa de Queensberry y el tribunal, mostraron la salud de la arraigada escala de valores del victorianismo y del sentimiento imperial, pero además dieron a entender al gran público, al lector y a quienes seguían de cerca a la naciente opinión pública, que no habría tolerancia para la heterodoxia, ni siquiera bajo el halo de la fama o el talento; o bien, como lo expresaría casi cien años después Duncan Kennedy, aún cuando se reconociera que los jueces de hecho influían sobre los resultados distributivos, y que también influían sobre los conflictos entre grupos, en realidad no lo hacían por cuenta propia sino como agentes de un proceso político restringidos en cierto modo a aplicar la ley.

Por eso, la moraleja había de ser implacable, la sentencia brutal y el castigo ejemplar. A Wilde le serán confiscados sus bienes y rematados para cubrir sus deudas, aún las no vencidas, se le prohibirá cualquier contacto con sus hijos, a los cuales en efecto nunca volverá a ver, su descendencia -hasta la fecha- no podrá usar su apellido y aún sus restos deberán reposar en el exilio. El texto de la sentencia es así, lapidario y las últimas palabras de Wilde en el foro, un hórrido lamento, más aún tratándose de un genio que, años después reconocería que la tragedia de su vida había sido poner su genio en la vida y sólo el talento en sus obras. Terminemos pues, con la sentencia y el lamento de Wilde:

Oscar Wilde y Alfred Taylor, el delito por el que han sido condenados es tan malo que uno tiene que poner una restricción severa para evitar, a partir de las descripciones, el uso de un lenguaje que prefiero no utilizar, los sentimientos que deben crecer en el pecho de cada hombre de honor que ha oído hablar de los detalles de estos dos juicios horribles. Que el jurado haya llegado a un veredicto correcto en este caso me impide persuadirme para interponer alguna sombra de duda; y espero que, en todo caso, que los que a veces imaginan que un juez es poco entusiasta en la causa de la decencia y la moralidad porque se cuida de no introducir prejuicios entrará en sus casos, puede ver que es compatible, al menos con el más alto sentimiento de indignación por las acusaciones horribles que les fueron fincados a los dos.

No me sirve de nada dirigirme a ustedes. Las personas que pueden hacer estas cosas deben ser muertos a todo sentido de la vergüenza, y uno no puede esperar que se produzca algún efecto sobre ellos. Es el peor de los casos que he juzgado, que usted, Taylor, mantuvo una especie de burdel masculino es imposible de dudar. Y que usted, Wilde, haya sido el centro de un círculo de extensa corrupción de la clase más horrible, entre los jóvenes, es igualmente imposible de dudar. Voy, dadas las circunstancias, como se esperará, a imponer la pena más severa que la ley permite. A mi juicio es totalmente inadecuada para un caso como este. La sentencia de la Corte es que cada uno de ustedes sean encarcelados y sometidos a trabajos forzados durante dos años .

Wilde.- ¿Y yo?  ¿No puedo decir nada, my Lord?