Toros y literatura, Identidad profunda.

Todo comenzó cuando Ovidio, todavía marcado con la necesidad de los musas, recordó en su Metamorfosis la pasión de Zeus por Europa, la manera en que adoptó la forma de un toro y la raptó, por la ruta del mar para llevarla desde Fenicia hasta Creta, donde engendraron a Minos, a Radamantis y a Sarpedón y, con ello dieron origen a nuestra cultura.

En aquellos momentos fundacionales, el autor, el escritor no habla por sí mismo; lejos tardaría de la conquista de la imaginación y dominado aún por el imperio de la memoria acumulada, es, más bien, un interprete; el mismo Homero recurre en dos ocasiones, en el arranque de la Ilíada y la Odisea a una invocación que le justifica y lo autoriza frente a los hombres: “Canta oh musa”.

Ovidio nos ofrece la imagen del toro como la raíz primigenia de la cultura occidental, como el primer reclamo de nuestro rostro y nuestro lugar en el mundo.

Europa es una princesa fenicia, como el alfabeto, y no es casualidad que, primero nos venga la cultura de oriente, lugar de los orígenes míticos y a donde siempre estamos tratando de volver en busca de explicaciones; tampoco lo es el origen de Europa pues nuestra cultura es fundamentalmente literaria, nuestro mundo esta hecho de palabras y nuestra memoria esta articulada en la forma escrita en las grafías que los fenicios heredaron a los griegos y a los hebreos y que después, a través de la estirpe divinizada de Europa, pasará de griegos a latinos y de ahí a la enorme diversidad de occidente. De hecho, la letra tau de los griegos nace del ideograma que representa la cabeza del toro y su cornamenta, cada que escribimos nuestra letra “t” lo que haces es dibujar la testus del toro que representa la fuerza vital, la violencia que acompaña al hecho de vivir y sobrevivir, pero también la belleza, aquello que hemos dado en denominar el trapío de la existencia.

Pero lo más importante del mito del rapto de Europa, la más profunda de sus fatalidades – en el sentido de su necesidad y no de su dramatismo – es la razón por la que Zeus, dios –toro, se apodera de Europa; esto es, la raíz pasional y fecunda de nuestra cultura.

El toro se alza con la mujer para hacerla suya, para saciar su pasión y engendrar en ella una nueva estirpe. La cultura occidental, nuestra cultura es una larguísima narración de nuestros deseos y nuestras pasiones y de la manera en que debatimos con ella desde lo más profundo de nuestro ser, poniéndole límites mediante la razón y la justicia; por eso no podemos comprender nuestra civilización sino mediante binomios opuestos: apolíneos y dionisíacos, platónicos y aristotélicos, materialistas e idealistas y a fin de cuentas vida y muerte, burel y matador. De ahí, pues, que haya sido un toro y no una águila, un león o un ángel, quien haya procreado nuestra cultura sino un toro.

La propia iconografía cristiana da cuenta del valor que como símbolo fundamental confiere nuestra civilización al toro. En la tradición cristiana, los evangelistas están representados cada uno por una imagen mística; Marcos, el león, el más antiguo, símbolo de la fuerza, de la fe y del origen solitario de la Iglesia primitiva aún unida por lazos de sangre y familia con la Sinagoga; Mateo, también llamado Leví, es el evangelista de los judíos y también de la humanidad de Cristo, de ahí que su icono sea el ángel –mezcla de los humano y lo divino-; Juan el discípulo amado, el más helenizado y el más abstracto, se representa por el águila que mira de frente al sol y es como dice el propio evangelista, la luz del mundo; pero es Lucas, el gentil, el que no es judío y esta llamado a cubrir el universo helenizado, el que resulta simbolizado por el toro tanto por el sacrificio de Zacarías como por el hecho de que el toro es el animal sacrificial por antonomasia, el que representa en Jesús, uno más de los binomios de nuestra cultura: humanidad-divinidad, cuerpo-alma, que se resuelve en Cristo y en el toro por el sacrificio, de ahí que la sangre del toro haya sido desde siempre preciosa y sagrada. Así volvemos una vez más nuestra mirada a Cristo donde esta apunto de nacer el mito de la tauromaquia  y con él uno de los símbolos más poderosos de nuestra cultura.

La batalla entre el hombre y el toro es una metáfora de la lucha del hombre y la naturaleza, una lucha cuyo resultado es la cultura.