Hurbinek, la metáfora del sentido de la Shoah

Si como a toda recta razón corresponde, debiéramos aceptar el principio de Wittgenstein, por el cual: “Lo que se deja expresar, debe ser dicho de forma clara; sobre lo que no se puede hablar, es mejor callar”,  nos veríamos obligados a preguntarnos ¿cómo es que nos atrevemos a hablar, a setenta años de distancia, sobre Auschwitz?, ¿porqué habríamos de decir algo sobre aquello que no puede ser expresado con palabras y que, paradójicamente debe ser resguardado en vocablos? Porque hablar del Holocausto es una responsabilidad moral que adquiere todo ser humano desde el momento en que tiene conciencia de lo ocurrido; rehuir este deber implica un crimen adicional a los ya cometidos en Treblinka, en Bergen Belsen, el de privar de sentido a algo que no puede quedar en el pasado como una gigantesca y macabra ocurrencia.

Al callar, aceptamos que el Holocausto no fue sino obra de locos que habían secuestrado una sociedad culta y civilizada, pero al hablar sobre el hecho, no podemos tampoco permanecer en la mera descripción de algo que, por sí mismo resulta inenarrable. ¿Cómo entonces podemos escapar de esta paradoja? Imre Kertész, dice que de la experiencia del lager puede obtenerse un valor, “porque condujo a un saber inconmensurable a través de un sufrimiento inconmensurable y por eso esconde también una reserva moral inconmensurable”. De ahí también  que sea la literatura, acaso más que la historia, la que revele aquello que podríamos llamar el sentido que emana de la sombra de Auschwitz.

Antes de treinta años no quedarán ya víctimas o testigos presenciales de la Shoah, de la vida en los Lager o, siquiera de la cultura nazi. La situación de los perpetradores es todavía más apremiante; hoy sabemos que hacia el final de la guerra, las SS echaron mano de algunos miembros de las juventudes hitlerianas para el servicio de los Lager ante la presión que representaba, sobre todo, la derrota en el frente oriental; así, pudo darse el caso de un joven que hubiera llegado a algún campo en 1945, con 16 años de edad y aunque los mandos en las fábricas de muerte rondaban los 30 años, este recluta que habría nacido en 1929, en plena efervescencia nazi, tendría ahora 83 años y presumiblemente habrá muerto en los próximos 10 o 15 años y con ello habrá terminado la era de quienes, algún modo vivieron el horror, para dar paso al mundo de los memorialistas y los glosadores que habremos heredado la obligación moral de no olvidar, es decir, del antiguo paradigma “sobreviví para contar”, habremos  andado al de “aprendí para no olvidar”. Porque el sentido del asesinato masivo, del genocidio y de la despersonalización de las víctimas del Holocausto no se puede narrar en tiempo pasado, sino que debe proyectarse hacia el futuro.

Digamos, para comenzar, que el Holocausto no puede expresarse sino en metáforas, porque las cifras, las narraciones y los recuerdos no alcanzan a cubrir la monstruosidad de lo acontecido: la metáfora del violín de León Felipe, del Kaddish por el hijo no nacido, por el tránsito en la noche de Wiesel o la de los náufragos de Améry; pero de entre todas ellas, la que tal vez pueda explicar mejor el sentido de lo acontecido en las largas, larguísimas noches de Sobibor, es Hurbinek, el niño que no era nadie y que sólo es y será para siempre alguien, por el recuerdo escrito de Primo Levi.

Hurbinek es el hijo de la muerte, alguien a quien Levi atribuye la edad de tres años pero del que nadie sabía nada; su propio nombre es una suposición porque deriva, como recuerda el autor de “Los hundidos y los salvados”, de “los sonidos inarticulados que el pequeño emitía de vez en cuando”; sonidos que a pesar de la babel de lenguas que se hablaba en las barracas, nunca nadie supo traducir. Hurbinek dice Levi, “Estaba paralítico de medio cuerpo y tenía las piernas atrofiadas, delgadas como hilos; pero los ojos, perdidos en la cara triangular y hundida, asaeteaban atrozmente vivaces, llenos de preguntas, de afirmaciones, del deseo de des­enca­de­nar­se, de romper la tumba de su mutismo”. Por el contrario, el pequeño tenía una mirada de tal potencia, salvaje y humana, que juzgaba y que nadie podía sostener por la carga de fuerza y dolor que manifestaba. La metáfora de Hurbinek habla de la persistencia de la vida, del horror desencadenado pero, también y sobre todo, de la piedad y la esperanza; porque el autor no lo recuerda solo sino al cuidado de Henek, un joven húngaro, que lo toma bajo su protección, lo arropa y lo alimenta – a costa de su propia exigua y valiosa ración – con el propósito de enseñarle a hablar y, he aquí otra vez la palabra que se esfuerza por expresar lo imposible y añade Levi, que es probable que Henek hubiera logrado su objetivo si la relación se hubiera prolongado al menos un mes más.

La de Hurbinek es también la metáfora de la necesidad de abrirse camino con la palabra que es el único instrumento que tenemos para comunicar los mundos interior y exterior en que vive el individuo, toda la diminuta y esforzada vida del niño se traduce en su lucha por hablar y ser comprendido. Dice Primo Levi, que Hurbinek, el niño que no tuvo nombre jamás, murió en los primeros días de 1945, “libre pero no redimido” y tal vez podamos, en este extremo, disentir de lo dicho por Levi, Hurbinek muere pero no es libre porque sigue preso de la locura que lo ha hecho nacer en el infierno donde la fertilidad resultaba una ofensa y sin embargo, al describirlo y recordarlo muere redimido; Levi y luego quienes lo leímos y lo recordamos, hemos pagado el precio de dolor y memoria que exige el rescate del niño tatuado en un brazo inerme y diminuto. Lo trataré de decir en la lengua original en que lo puso el autor de este recuerdo para conservar la potencia expresiva en que fue escrito: “Hurbinek, il senza-nome, il cui minuscolo avambraccio era pure stato segnato col tatuaggio di Auschwitz; Hurbinek morí ai primi giorni del marzo 1945, libero ma non redento. Nulla resta di lui: egli testimonia attraverso queste mie parole”

Esa es la razón por la que hoy cumplimos el deber de hablar de Majdanek y de la Risiera de San Sabba. Porque al hacerlo damos vida a quienes les fue arrebatada y damos el sentido de la metáfora y la enseñanza a quienes sobrevivieron y a quienes no dispusieron de esa fortuna.

Porque la Shoah se encuentra ligada a nuestra idea de modernidad, de progreso, de velocidad y eficiencia; primero, porque parte de un principio que se cumple a rajatabla en todos los casos de genocidio que conocemos, el partir de la despersonalización de la víctima, de privarlo de su condición humana para hacerlo bien un objeto o bien un subhumano, y así destruirlo sin entrar en la íntima contradicción que encierra el asesinato del otro, sabemos con certeza que las primeras jornadas de exterminio basadas en armas de fuego y ejecutadas a mano por soldados y miembros de los cuerpos paramilitares nazis, debieron suspenderse por las crisis nerviosas y conductas dementes de los ejecutores, que las cámaras de gas nacieron de la necesidad de eficiencia y velocidad; en seguida y como consecuencia de ese primer principio, la autorreferencia del Holocausto como fenómeno que se explica sólo a sí mismo y que no tiene antecedentes ni sucesores, que se desliga de la idea o de la circunstancia bélica y que se instituye como una experiencia inexplicable pero que es consistente en lo íntimo de su diseño y ejecución porque es la experiencia de la supresión absoluta de todo aquello que ensuciaba el principio de identidad racial y por último, la noción de falta completa de culpabilidad individual, basado en el führerprinzip y sobre todo en la creencia compartida de la necesidad de extirpar al judío de la vida del pueblo alemán.

Me refiero especialmente a este último punto que no puede conciliar pero que dinamiza en diálogo a las dos posturas principales frente al comportamiento del pueblo alemán en la época nazi: la de la ignorancia de los hechos y la inutilidad e imposibilidad de la resistencia, eso por un lado y la de la corresponsabilidad culpable por el otro. Autores como Shalom Rosenberg, Kershaw o Bankier, han descrito al nacionalsocialismo más como un sistema de creencias, casi teológico, que como un código político; de ahí que la creencia compartida por grandes sectores de la sociedad alemana de su tiempo, tuvieran como resultado la presencia tanto de colaboradores activos, como de indolentes culpables, opositores ocasionales o interesados y un muy reducido grupo de resistentes, particularmente dentro de las confesiones religiosas.

Esa tal vez sea la mayor enseñanza del Holocausto, que la creencia ciega, el imperio de las verdades absolutas y la sumisión a los principios ideológicos sin sentido crítico, hacen posibles los genocidios; que no es sólo el temor natural de cada ser humano a lo que parece diferente, a lo que se niega a ser fiel a sí mismo y a asimilarse, sino también la expansión de la creencia en lo jurídico y lo político como normas absolutas que suplantan los dogmas religiosos.

Al final del día, hoy, a setenta años, nos quedamos con la afirmación de la vida, la persistencia de la existencia pese a todo, a la expresión dolorosa pero esperanzadora de Imre Kertész que dice: “En mi interior identifiqué un ligero deseo que acepté con vergüenza- porque aun siendo absurdo, era  muy persistente-, el deseo de seguir viviendo, por otro ratito más, en este campo de concentración tan hermoso”.