Viajero al Microscopio: Un escritor en la corte de Nueva Inglaterra o mi primera vez en un Superbowl

Un escritor en la corte de Nueva- Inglaterra, ó mi primera vez en un Superbowl

Cesar Benedicto Callejas

Para Gustavo Callejas, con enorme cariño

Desde que era niño, mi padre sufre de una afección visual que cada año le resta visión, pese a que le han operado ya, el daño macular es irreversible; ver la disminución del hombre fuerte, poderoso y protector, para convertirse en el viejo sabio, dulce y frágil, ha sido la constante en mi vida de adulto, algo que tal vez nunca pueda superar y que sin embargo, me hace sentir parte de la cadena de la vida a la que todos pertenecemos. Antes de que fuera demasiado tarde y aprovechando las ventajas de su más reciente operación, mi hermano y yo decidimos llevar a mi padre a recibir el año en Nueva York, ir a la ópera, el Met ofrecía una espléndida Traviata con la Netrebko; además visitar tanto el MOMA, como el Metropolitano de Arte. El efecto fue fantástico; no sé cuántos hijos puedan afirmar con seguridad haber visto en su padre la mirada que debió tener cuando era niño; así fue mi padre por unas horas frente al escenario de Zeffirelli, a los músicos de Picasso y al San Antonio del Greco; igual que mi hijo de siete años asombrado porque Violeta no terminaba de morirse nunca o como mi hija, con la que me quedé fascinado más de diez minutos admirando un cuadro de Hopper. Así fue mi padre en ese viaje de maravilla.

Cuando menos lo esperaba, la diosa fortuna llamó a mi puerta. Mientras cuidaba de mis hijos y de mis padres en una atestada Times Square, mi teléfono celular sonó y una voz alegre como si estuviera en verbena popular, me grita:

– ¡Sr. César Callejas!, ¡felicidades! ha ganado usted con Visa, un viaje doble todo pagado al Superbowl, en Phoenix Arizona.

Luego un silencio de muerte; primero porque trato de ubicar a todo mi clan antes de que se me pierda alguien; segundo, porque acostumbrados como estamos los mexicanos a las más ingeniosas estafas telefónicas, me he quedado mudo; la alegre voz de la fortuna insiste:

– ¿Señor Callejas? Soy Juan González y le llamo para comunicarle que ha sido el afortunado ganador de un viaje para usted y su acompañante para disfrutar del Superbowl en Phoenix Arizona el próximo primero de febrero.

El silencio se rompe cuando lo único que se me ocurre decir es: – ¡Oiga! no me este jodiendo.

Acto seguido corto la comunicación. Una vez que tuve al alcance de la vista a mis hijos, a mi mujer, a mi hermano y a mis padres, ya seguros en la acera de enfrente, mi primer sentimiento fue de malestar, ¿cómo voy a ganar un boleto de una rifa en la que no participé? y con más sentido metafísico, ¿cómo voy a ganar yo dos boletos del codiciado juego de fútbol americano si apenas y reconozco la pelota, que distingo el juego por los cascos y no podría decir la diferencia entre una pelota de fútbol americano y una de rugby? ya se ve que no hay justicia en el mundo; sin embargo, algo dentro de mí se agita y se rebela, algo me dice, como una pequeña lucecita, no de esperanza sino de aventurero siempre insatisfecho, ¿y si fuera verdad?, ¿qué acaso no sería justo que yo me ganara algo ya que jamás he obtenido un premio en ningún sorteo más allá de algún reintegro ocasional en la Lotería Nacional? que me tocara a mí, parafraseando a mi abuelo, quien decía que la lotería era el impuesto de los imbéciles, yo siempre trato de estar al día al menos con esa obligación. ¿Qué iba a pensar de mi mismo si mañana o pasado me entero por la prensa que le dí con la puerta en las narices a la fortuna?. Mi mujer, que percibe mis estados de ánimo mejor que yo mismo, me pregunta:

¿Quién era?
Nadie, se han equivocado-, contesto yo ya francamente molesto conmigo mismo.

Al amanecer siguiente mi hija me despierta a las siete de la mañana porque le he prometido recorrer en bicicleta Central Park y, volviendo a mi padre, tengo para mÍ que las promesas hechas a los hijos son especialmente sagradas. Me resigno y voy con ella a rentar las bicicletas cuidando que no pueda notar que se trata de un esfuerzo y de un sacrificio de proporciones titánicas. En la puerta del Essex, un simpático muchacho nos ofrece dos bicicletas, hay que caminar con él un par de cuadras y nos encontramos dentro del negocio familiar: una bodega repleta de esos misteriosos artefactos. Se comunica con su madre en ruso y le pide dos para nosotros; yo, como mi padre, no pierdo la oportunidad de impresionar a mi hija y agradezco en ruso, me contestan en la misma lengua y suelto dos o tres frases, las únicas que aprendí en el Instituto de Relaciones México Soviéticas donde estudié justo en el instante en que la Union Soviética se venía abajo y truncó mi carrera de interprete de la lengua rusa.
Llegado al límite de mi exiguo conocimiento, continuamos la transacción en inglés. Cuando arrastramos nuestros instrumentos de tortura hacia el parque, la niña me mira con sus inmensos ojos y me dice con la admiración que solo la infancia conoce:

¿En qué idioma hablaste con los de las bicicletas?

En ruso corazón-, le contesto como si fuera la cosa más natural del mundo-,

No sabía que hablabas ruso.

Pero claro, ¿qué no somos soviéticos?, es más, ¿porqué no cantamos Katyusha?.

En seguida, llegamos al parque cantando nuestra pésima versión fonética de la canción epónima de la Rusia Soviética victoriosa.

El paseo en el parque es una delicia absoluta; mi hija y yo solos, pedaleando como si no hubieran pasado treinta años desde la última vez que monté en una bicicleta; vimos las pequeñas cascadas de roca en la parte norte completamente congeladas, recorrimos juntos el parque y hablamos de la ciudad, de Lennon y de un monumento a Lincoln junto al Museo de Historia Natural al que mi hija ha adoptado como su amigo Abraham. Terminadas las dos horas pactadas para la renta, devolvemos las bicicletas al local y mi hija parece no darse cuenta que he vuelto a emplear mis tres frases sacramentales; aún es temprano para molestar al resto de la tribu y mi niña me pide que le invite a desayunar, elige el Plaza pero me parece que algo así arruinaría el momento, así que escojo una cafetería apenas visible en la 58; una de esas de las películas donde sólo la empleada, que para no variar es de Puebla, habla español; desayunamos bagels y café y entonces vuelve a sonar el teléfono, la diosa fortuna me ha dado otra oportunidad:

¿Señor Callejas, nuevamente Juan González de sorteos Visa.

Después de mi exabrupto de la noche anterior la voz no suena siquiera contenta, sino más bien, me recuerda a las voces que tienen por obligación laboral dar malas noticias.

Señor González, le ruego me disculpe, me encontró anoche en mal momento, dígame, cómo es que me gané ese premio.

Desde luego Señor Callejas, no se preocupe, es normal, la gente no está acostumbrada a ganar premios.

Me ha pillado en falta y lo sabe, así que encajo el golpe con la mayor galanura posible, es decir, guardando silencio; ya se ve, yo soy de esos que nunca se ganan nada si no es a punta de horas de trabajo.

Nuestro sorteo está dirigido a quienes utilizan su tarjeta Visa Internacional en viajes al extranjero y usted pagó con su tarjeta Visa Internacional un consumo en Madrid el pasado 3 de octubre; la otra condición es que el tarjetahabiente se haya dado de alta en el Facebook de Visa y usted lo hizo el 4 de septiembre pasado. Así fue como su compra fue elegida para el premio que le comento, ¿está usted interesado?

Por supuesto, ¿qué tengo que hacer?

Solamente enviar copia digital firmada de los documentos que le enviaré a su correo electrónico y enviar copia de su pasaporte y visa vigentes de usted y de su acompañante, todo esto antes del miércoles a las diez de la noche. Ahora mismo le mando la documentación a su correo electrónico.

Espero su correo y le hago llegar las copias oportunamente.

Muchas gracias, ¿tiene alguna duda?

Ninguna,le agradezco.

A usted, le recuerdo que le llamó Juan González de sorteos Visa. Buenos días.

Siempre me he preguntado porqué las personas que trabajan por teléfono usan frases largas y repetitivas que nunca dirán “su tarjeta de crédito”, sino, “su Tarjeta Visa Internacional”, y ¿cómo es que no pierden la compostura aunque del otro lado de la línea haya un neurótico indignado porque le ha tocado un premio?. El viaje a Nueva York termina con un saldo memorable de dulces recuerdos y complicidades renovadas entre los miembros del clan, y para mí, comienza un lento suplicio del que no puedo decir nada: ¿a quién debo elegir como mi acompañante?

Al tocar tierra en Ciudad de México, antes de cumplir los requisitos que me han impuesto para reclamar el premio, hago un par de llamadas de verificación con mi ejecutivo del banco, el resultado es positivo, el premio existe y yo me lo he ganado. Así que tengo que hacer frente al vendaval. ¿Invitaré a mi esposa que ha sido mi compañera de viaje por veinte años?, ¿a mi hijo que es la dulzura personificada y con quien no he viajado nunca solo?, ¿a mi hija que es campeona nacional de esgrima y que ama todos los deportes?, casi sin pensarlo, de manera automática, me decido por mi hermano menor, mi socio y mi amigo. Gritos y sombrerazos, como decimos en México, en una familia donde nunca se ha visto un programa deportivo, en el que la única afición es el toro, resulta que la máxima ilusión familiar es ir a un Superbowl y que además todos son fanáticos de Seattle aunque, con seguridad, ninguno de los miembros del clan podría identificar el uniforme del equipo en un muestrario. Para no dudar de mi decisión y no dar marcha atrás, de inmediato tomé de mi propio archivo los documentos de mi hermano y los transmití al sorteo. La suerte estaba echada.

La opción por mi hermano me parecía natural; se trata de mi hermano menor y tuve el impulso de caminar con él alguna ciudad como no lo hacíamos desde que él tenia quince años y que, durante su infancia y mi adolescencia había sido una práctica común, es mi socio y los cargos a la tarjeta fueron hechos durante un viaje de negocios al cual él también asistió, por último, de todos los pretendientes al premio, era el único que me pareció le gustaba el fútbol americano y, para mayor seña, le iba a uno de los equipos contendientes, en fin, como pretextos sobran, quise ir con el.

Daniela Huidobro, coordinadora de la entrega de los premios, oportuna y prudente, se comunicó conmigo a través de varios correos electrónicos y de un par de llamadas telefónicas; conocedora de su oficio, centró su trabajo en establecer un canal de confianza y luego, midiéndome con inteligencia y buen gusto, calibró el tipo de invitado que llevaría y las posibilidades de algún conflicto que yo pudiera causar en el seno del grupo de afortunados ganadores. Los boletos, las agendas y toda la información estuvieron en mis manos con mayor precisión y puntualidad de la que suelo esperar cuando, cosa rara, contrato una agencia de viajes.

Tres días antes del juego ya estaba en el aeropuerto de la Ciudad de México, esperando el avión que debía conducirnos a Phoenix.
Daniela se presentó con una sonrisa natural que no desmerecía en su profesionalismo; con el apoyo del equipo de Huidobro, la documentación y el abordaje se hicieron con comodidad y sin contratiempos; un vuelo sin incidencias de ningún tipo nos condujo al aeropuerto de Phoenix que, como era de suponerse, carece de espacios para fumadores y se reducen a confinamientos, esquinas obscuras y lejanas de las puertas de la terminal aérea.

Una de las peculiaridades de viajar en un grupo convocado por la suerte, más que por intereses comunes o por ánimos de viajero es la heterogeneidad; así, al pasar por migración, una mujer nos sorprende a todos cuando pregunta en general y a quien guste contestar, si puede pasar con diez bolillos que lleva para su familia residente en la ciudad; Daniela, con una cara de Santa Mónica, que alcanzó el altar por su paciencia y que le volveré a ver en mas de una ocasión, le contesta con una sabiduría salomónica que no da lugar a réplica:

¿Es indispensable que les lleve los bolillos?
Sí, claro, tienen muchos años que no los prueban.
Entonces, si no le preguntan, no diga nada.

Un entusiasta grupo de adolescentes enfundados en impecables uniformes de Visa nos reciben en el aeropuerto; siempre me ha parecido que esta especie de entusiasmo profesional, tan querido para los norteamericanos, resulta un poco impúdico para el gusto de los latinoamericanos y también de los europeos, pero es de una impudicia inocente y sin consecuencias, uno entiende que les han ordenado sonreír e ir mas allá de las simples reglas de urbanidad y cortesía.

Al igual que el vuelo, el camino al hotel sucede sin contratiempos, estamos demasiado cansados y expectantes como para hacer migas en el grupo y al llegar al hotel, cómodo en pleno centro de la ciudad, nos dan una habitación doble en la que recreo mi propio cuarto en casa de mis padres, el mismo que compartí con mi hermano hasta que me casé. La vida y la naturaleza suele volver a sus cauces en cuanto le es posible y rompe con todas las reglas que la educación y la convivencia van imponiéndole a lo largo del tiempo, en cosa de unos minutos mi hermano y yo hemos vuelto a la rutina de toda la vida, la que rigió nuestra convivencia como compañeros de habitación cuando él era un niño y yo un adolescente; la habitación debe permanecer ordenada e impecable en todo momento, un descuido en el orden puede ser interpretado como una ofensa imperdonable; él se levanta temprano antes que yo, y aunque se vuelva a dormir es responsable de que el café esté listo para emprender la jornada; él debe bañarse primero y yo debo comprender que su ritual de limpieza puede alargarse más que el que habitualmente utilizarían mi mujer o mi hija; antes de dormir, una dosis de carcajadas producidas por las burlas y las bromas del día, los comentarios sobre la gente que hemos visto o sobre nuestros propios errores y defectos, es lanzada con cordialidad asesina para cerrar el día; al igual que sucedía en los lejanos días de nuestra habitación en la casa paterna, se despide con un beso y se duerme, no hará ningún ruido porque sigue mi ritual de leer y escribir hasta que me venza el sueño. Ese primer día es de presentaciones, de instrucciones y nos liberan pronto para explorar la ciudad a nuestro antojo. Antes de que nos demos cuenta estamos ya recorriendo las calles de Phoenix.

La ciudad es un enorme carnaval en el que proliferan los uniformes del equipo de Seattle – razón suficiente para que me ponga del lado de Nueva Inglaterra y apueste doscientos dólares a mi hermano, a favor de los Patriotas -; un laberinto en el que las familias conviven, un gran mercado lleno de puestos de comidas de los orígenes más diversos, con borrachos en distintos grados etílicos pero todos amedrentados por una presencia policial – pública y privada – que a mí, lejos de tranquilizarme me mantiene en un permanente estado de alerta; menudea la belleza americana, tan homogénea y estandarizada que, a diferencia de la europea, más que impresionar o excitar, resulta cómoda y digerible. Me impresiona, sin embargo, un travesti negro, ataviado con un minúsculo bikini y chaparreras rojas que destaca por sus mastodónticas proporciones, su corpulencia y estatura y sobre todo, porque no quiere parecer mujer sino porque aspira y logra parecer justo lo que es, un hombre con busto en ropa de película porno de bajo presupuesto escandalizando a la concurrencia que no puede decir nada a riesgo de parecer intolerante o políticamente incorrecta. Por otro lado, es la diversidad de tipos humanos la característica principal, los habemos de todo el mundo, de todos los rasgos y de todas las formas, veo más diversidad que la que se puede admirar en Ginebra en una época de sesiones de Naciones Unidas, o en los pasillos de transferencia de vuelos en el aeropuerto de Frankfurt o Heatrhow.
Descaradamente la afición se decanta por Seattle y disfruto mi papel contestatario de fanático de Nueva Inglaterra que apenas si merece algunas sonrisas cómplices y algunas miradas de condescendencia. Cenamos en un Hard Rock Cafe, un restaurante estándar, con comida digamos normal, ya se ve que estamos dispuestos a sumergirnos de verdad por unos días en el “american way of life” en la más celebrada de sus pasiones. A dos mesas de distancia se encuentran Daniela y su asistente, si mi hermano y yo debemos vernos un poco vapuleados por el vuelo y el paseo, ellos se ven cansados pero animosos, esa cara que sólo puede descubrirse en aquellos cuyo trabajo disfrutan. Nos vamos a dormir, mañana tenemos cita para conocer las tripas del monstruo, habrán de llevarnos a conocer el estadio antes del partido.

Nos citan a las ocho de la mañana, sorprendentemente estamos a tiempo y abordamos el autobús que nos lleva a conocer un lugar verdaderamente fascinante. Un estadio de fútbol americano no es un centro de deportes, o no es solamente eso, es un campo de alta tecnología, una base de telecomunicaciones y una gigantesca industria que exhibe con orgullo los blasones del capitalismo y del mercado de valores y marcas en que hemos convertido la vida económica. Nada aquí es necesario, todo es superfluo y soberbiamente inútil, todo está dirigido a entretener y ese impulso genera cientos y hasta miles de empleos que giran en torno a un esfuerzo colectivo de estar a la altura de la transmisión global más observada en la televisión mundial. Nada se escapa, ningún detalle, ni la más insignificante minucia; como presididos por una mente maestra, este ejército tiene su objetivo y sus estrategias, todos están en su sitio y los gafetes, de mil y un colores distintos dicen, a lo lejos, dónde puede estar cada portador y qué papel debe cumplir en cada momento de la jornada. Nosotros mismos somos parte de esa enorme tarea y nos tratan como colegas haciendo un trabajo particular, hemos sido contratados – de algún modo -, para testificar la potencia de este esfuerzo, para ser público privilegiado, en un lugar donde todos lo somos y el sistema funciona otorgando diversos grados de privilegio de acuerdo con lo que se esté dispuesto a pagar o con la tarea que se cumpla en la función; en la gran democracia del mercado todos somos iguales, pero como decimos en México, no sin cierto cinismo, habemos algunos más iguales que otros.

Cada cultura tiene su especialidad; así, jugando con los estereotipos, todo el mundo habla de la gentileza y la calidez de los mexicanos, por ejemplo, o del sentimiento de grandeza de París; el pasmo de la belleza en Florencia o la amabilidad británica; los norteamericanos, por su parte, viven en una constante representación de Broadway, todo esta planeado para ir aumentando la impresión del invitado para que llegado el momento entre en el clímax previsto en el momento estelar; sin duda, el corazón del Superbowl, es la cancha del estadio, el sancta sanctorum que muy pocos pueden conocer y cuyo tacto está reservado a muy pocos privilegiados, entre ellos nosotros. La inmensidad del campo, la altura de las gradas, la magnificencia de las pantallas, lo hacen sentir a uno como se debe sentir una joya en un aparador; como si de pronto toda la historia del capitalismo y del mercado le cayera a uno encima para hacerle sentir que uno forma parte de los productos más perfectos y acabados de ese sistema de producción y consumo. No diré que se trata de una sensación agradable o que no esta exenta de contradicciones, pero sí afirmaré sin asomo de dudas que es impresionante. Desde luego, nuestros anfitriones, atentos y educados, superan nuestras expectativas; pendientes siempre a nuestras necesidades, deciden que es suficiente, no hay más que ver porque hacerlo sería romper el clímax que con tanta precisión han logrado; así, nos empaquetan en el autobús, nos retiramos a nuestro hotel sólo para repostar unos minutos y de ahí llevarnos a una comida con algunos jugadores de la liga de fútbol americano. La distancia entre los asistentes comienza a hacerse mayor, no por falta de cortesía, sino porque se acerca el momento de la verdad y no todos tenemos los mismos intereses. Así, mientras yo me dejo llevar por la curiosidad y por el afán de conocer, otros miembros del grupo están cerca del paroxismo; son creyentes y van a conocer a algunos de los sacerdotes del supremo ritual del fútbol americano.

Cuidadosos con lo que ofrecen y siempre conscientes de cuánto pueden lograr, el personal de Visa tiene guardado un as siempre bajo la manga, cumplen lo que ofrecen y un poco más, evitan decepciones siempre poniendo a los invitados en el antecedente de lo que pueden o no esperar. Nadie nos ha dicho que vayamos a comer con los protagonistas de la batalla del domingo, pero secretamente todos lo deseamos. El autobús, en su marcha, sale de la ciudad y en torno nuestro se levantan unas montañas que destacan por sus formas y colores; el desierto, que no por domado deja de ser menos impresionante; las urbanizaciones, hechas con discreción y gusto, ocultan los desarrollos para dejar el escenario tan agreste como sólo el arte permite y recuerdan el principio de Wilde según el cual no hay nada más chocante que ser natural, porque el arte hace que la naturaleza se nos aparezca como la hemos imaginado. Al interior del autobús, para los fanáticos, digamos, para los creyentes, la tensión aumenta sin más fundamento que el deseo; los nombres de los jugadores se barajan y se forman ilusiones, se revisan los plumones con que se harán los autógrafos, las fotografías y los balones que pronto dejarán de ser lo que son para convertirse en artículos de culto, en memorabilia sagrada cuando la firma de un atleta se estampe sobre su superficie. Y a mí, como a Alfonso Reyes, el sol me desnuda, para pegarse conmigo y volverme a la pristina curiosidad de la infancia y me encuentro como en cada viaje en el que visito lugares nunca antes vistos, sin mayor expectativa que el “ya veremos”.

El Chorro es un restaurante ubicado en las afueras de Phoenix, simula tanto un casco de hacienda mexicana como una antigua mansión del lejano oeste, la combinación no es imposible y el ecléctico edificio tiene un efecto dulce y pacifico; en un país inhóspito para los fumadores, los patios donde tenemos cabida guardan encanto y fantásticas vistas a las montañas; después de los discursos, al estilo norteamericano – breves y salpicados del obligatorio buen humor – nos han provisto de fotos y han anunciado a los jugadores que de pronto hacen su entrada triunfal, modesta pero hollywoodesca, en el salón donde disfrutamos de una comida “internacional”, como se suele llamar a la restauración cuyo origen o intenciones son siempre desconocidas. Los tres, afroamericanos, son jóvenes, bien parecidos, irradian la encarnación del sueño americano – uno de ellos incluso trajo a su madre – y se nota que están disfrutando de una fama de la que, lo menos que podemos decir, es que se han ganado con esfuerzo; una especie de admiración elocuente y alegre se siente en el aire, ellos explican su desempeño en la temporada pero, por alguna razón, se niegan a expresar su preferencia para el juego del domingo. Los fanáticos plantean sus preguntas, ellos contestan con soltura, bien entrenados a responder los cuestionamientos habituales de los aficionados mejor enterados en un ambiente festivo. Mientras que yo aprendo dos o tres cosas sobre el fútbol, devoro unas pastas deliciosas preparadas por un simpático chef de Sinaloa. Hacemos fila entre canapés y pastelitos y ellos, los héroes del día se hacen la foto, comentan, firman fotografías y camisetas; nos obsequian con un balón miniatura autografiado y emprendemos el retorno al hotel. El silencio del regreso es de una naturaleza diferente, se trata de la alegría y la satisfacción, casi diría que del recogimiento, la placidez y la sonrisa del gato que se comió al ratón.

Las actividades colectivas han terminado por hoy y solo nos resta el juego final. Nos mezclamos con la multitud, vamos, venimos y aprovechamos los boletos VIP para entrar, sin hacer la larga fila de al menos una hora, a una feria exhibición llamada VISA NFL Experience; para mí suena como entrar al salón de sesiones del parlamento soviético o a una línea de montaje de satélites de reconocimiento y si mi impresión ya era fuerte en la puerta, al ingresar al enorme recinto, no puedo evitar caer víctima de lo que bien puedo llamar el síndrome de Disney y me siento como niño recorriendo la exposición museográfica de los torneos anteriores; los uniformes de los equipos, un campo que mi ignorancia hace ver como una cancha de tamaño oficial y muchos niños jugando con sus padres a un entrenamiento profesional, la tienda de souvenirs es un pequeño pero incesantemente surtido centro comercial donde se vende de todo y donde nada se agota, una especie de Jauja voraz en la que participan todos y en la que cada uno encuentra la pieza de caza que estaba buscando hace mucho. Aprovecho para aprovisionar de ropa deportiva a mis hijos, para mí, adquiero una camiseta de mangas largas con los escudos de Nueva Inglaterra que luego me entero es idéntica a las que usa el equipo de entrenadores; subimos a una subasta de efectos autografiados y personales de jugadores, periodistas y comentaristas y, por un momento, cumpliendo el juramento solemne hecho a mi descendencia de nunca ser aguafiestas, me dejo arrastrar en esta borrachera del credo americano por el que la sonrisa es obligatoria, el pasmo instantáneo y aséptico y existe la obligación fundamental de ser como todos y pasar desapercibido.

Rompiendo una de las reglas fundamentales de mi educación clasemediera y provinciana de México, por la cual uno nunca – jamás de los jamases, diría mi madre -, debe llevarse puesta la ropa o el calzado recién que se ha adquirido; entro a un vestidor, me despojo de mi camisa y visto orgulloso mi nuevo atuendo azul, rojo y blanco. No lo sabía pero los gestos de asentimiento y rechazo me hacen caer en cuenta que he tomado una decisión importante que los americanos no se toman a la ligera, esto de elegir equipo es, para ellos, en esa ciudad y en ese momento, no solo un manifiesto de preferencias sino también un código de honor y conducta de acompañar al equipo en todo momento hasta la conclusión final, única e inapelable del partido estelar. Me he decidido por Nueva Inglaterra por motivos profundos y hasta metafísicos, claro, ninguno tiene que ver con el juego, su desempeño o las estadísticas del colectivo – las que por supuesto ignoro y no tengo deseos de conocer -. La causa principal es que mi hermano resulta aficionado de Seattle, el equipo rival, así que eligiendo al contrario, con un poco de suerte, puedo hacerlo rabiar un poco y esquilmarle unos buenos doscientos dólares; por otra parte, si hay una región de los Estados Unidos – la que injusta y arbitrariamente, basado en mis fueros y preferencias, llamo el verdadero Estados Unidos -, es precisamente la vieja costa este, el espacio de las colonias fundadoras, de Nueva York, de Washington, de la propia Nueva Inglaterra, una razón histórica como se ve; elijo a los Patriotas – a los “Pats”, como afectuosamente le llamamos los seguidores e iniciados -, porque me recuerdan el nombre de los misiles estadounidenses que protegieron a Israel durante la Primera Guerra del Golfo, una razón geopolítica, como se aprecia, y porque el apoyo patente de al menos ocho a uno, favorece a Seattle y, aunque no me necesiten, un fanático más nunca esta de menos; una razón humanitaria como se puede notar. Con mi bastón y mi hato, dice don Alfonso Reyes, estoy listo para salir a la calle convertido en un escritor en la corte de Nueva Inglaterra.

Sin quererlo ni comerlo, hemos gastado buenas cuatro horas en el salón de exposiciones; al salir de ahí nos topamos con esas horas amargas que, de cuando en cuando, padecemos viajeros y turistas por igual: todos los restaurantes están atestados y no tenemos ganas de esperar hora y media con el riesgo de que, llegado nuestro turno no haya en el restaurante más que galletitas para comer, además la multitud se ha multiplicado como las plagas de Egipto, ahora somos miles los que atestamos las calles y aquello ya no parece un carnaval sino un zoco embravecido en el que el alcohol corre a como fuente generosa en los cogotes bravucones de los aficionados que nos medimos unos a otros como miembros de cofradias enemigas o como partes de obscuros y opuestos conciliábulos; no lo niego, me he tomado en serio mi papel y camino entre la multitud como si fuera el legítimo portador de la fama y la gloria de mi equipo, a cada paso de que doy, mientras sostengo la mirada de mis adversarios y siento la presencia solidaria de mis pares, doy gracias infinitas a Dios porque nadie me ha preguntado el nombre de uno solo de los jugadores de mi equipo, porque entonces mi vergüenza habría sido indecible.

Pero, claro, todo tiene un límite y el nuestro, mío y de mi hermano ha llegado; el ambiente está un poco enrarecido y apenas ha llegado la hora que en México correspondería a la de la comida y que en Estados Unidos separa la cena del lunch – esa palabra me agrada por que es la ancestra del mexicanísimo lonche aunque, en sentido práctico no tienen nada en común -. Como estamos cerca del colapso por hambre, cargados además de nuestras mercaderías, nos aproximamos a una de las calles convertidas en muestrarios de las mil y una cocinas que hoy por hoy integran lo que podríamos llamar la comida norteamericana contemporánea, hay de todo y para todos, desde carnitas estilo “Michoacán”, que a mi me parecen mas bien estilo Manhattan, hasta una especie de hot dogs que en lugar de salchicha tienen una cola de langosta de Maine, pasando por delicatessen alemán y delicias libanesas. Nos decidimos por el camión de las langostas de Maine y elegimos unos vasitos de Clam Chowder, muy cercano al mejor de San Francisco o Chicago -lástima del recipiente encerado que no ayuda a disfrutar su sabor- y unos hot dogs de langosta al estilo de Coneccticut que se diferencia de la de Maine por su consistencia mas agreste y por el sabor más especiado de su mantequilla. Entretenida el hambre nos refugiamos en la oficina de turismo de la ciudad en la que – para variar no hay nadie más que unos ansiosos colaboradores que no nos llevan en brazos a nuestro destino porque se vería irregular-, solo los viajeros se atreven a entrar a estas oficinas porque, en lugar de las guías prefabricadas que tienen las preguntas y las respuestas formuladas de antemano, en una oficina de turismo es menester dialogar para encontrar no solo una respuesta sino lo que en realidad uno desea preguntar. Queremos ir a un lugar más amable, con menos gente y, porque no decirlo, donde podamos apreciar un poco del famoso lujo norteamericano. En un castellano macarrónico, en el que se mezcla un español chilango de los años cincuenta, algo que yo creo debió haber sido ladino o algo así como una lengua española del siglo XVI, el inglés y un toque de francés solo para darle coquetería a tan desastrada lengua, una mujer entrada en años nos dice con una seguridad apabullante: “lo que ustedes buscan esta en Scottsdale” y nos da un mapa que es como el del tesoro. Caminamos unas cuantas calles hasta nuestro hotel, descargamos nuestro botín de guerra, nos aseamos y me vuelvo a poner mi hábito de la corte de Nueva Inglaterra, salimos y paramos un taxi que nos lleva hasta Scottsdale.

Como la multitud está congregada en el centro, el camino es rápido y en cuestión de minutos estamos en uno de los suburbios con más encanto en el sur de los Estados Unidos, una especie de Malibú sin playa, un rincón como Santa Mónica pero en el desierto. Un gran centro comercial funcional y enorme, del que irradian varios pequeños centros de consumo con tiendas de lujo, que se miran como museos y como centros de arte contemporáneo y de restaurantes que prestos a saciar el hambre de buenos viajeros con alforjas bien dotadas. Salvo el día del juego, consagrado íntegramente a la batalla, Scottsdale se volverá el centro de nuestras operaciones.

La diminuta ciudad, el barrio, está cruzado por un pequeño canal que, parafraseando el Río de Enero de Reyes, cuando dice que eras río y ya eres mar, aquel pequeño y mimado arroyo era canal y ya es propiamente un río, en cuyas riveras se asientan las versiones americanas de los cafés europeos, o mejor aún, las versiones de lo que los americanos creen que es un café europeo, y se exhibe una sensacional muestra de artistas y artesanos locales entre los que se encuentran auténticas maravillas, yo me alzo con la victoria del día adquiriendo una pluma fuente de madera de la mejor factura acompañada de las orgullosas recomendaciones de su artífice, un chico que apenas hace quince años – poco menos de la mitad de su vida -, llegó de Suecia. Cenamos gratamente y volvemos al hotel, mañana será el gran día.

Aunque creemos habernos levantado temprano, cuando bajamos al Lobby mucho antes de la hora prevista para tomar el desayuno, ya está ahí prácticamente toda la banda de los premiados de VISA; sobre todo, ahí está, profesional y atenta Daniela Huidobro, con una sonrisa natural y suficiente que nos hace saber que todo estará bien y que no habrá fallos de ninguna especie, que nuestra tarea es disfrutar y dejarnos consentir. Poco antes, en una suite acondicionada para el efecto, nos han entregado nuestros boletos, las indicaciones principales, algunos recuerdos más y los mapas para el caso de vernos extraviados, me sorprende la edad promedio de ese eficiente equipo de trabajo que no supera los veintitrés años, son amables, atentos y precisos. Sale a relucir mi yo de abogado de propiedad intelectual, pienso que si VISA se ha propuesto granjearse la buena voluntad de sus consumidores y que realicemos trabajo de difusión entre los amigos, desde luego que lo ha logrado con creces y sin reservas.

Con su sonrisa de anfitriona que sabe que sus invitados lo están pasando estupendamente, Daniela nos lleva a los autobuses, nos da las últimas indicaciones y comenzamos el pequeño peregrinar al campo de batalla; nos escoltan tres motociclistas de la policía que no hacen nada más que darle dramatismo a la escena y hacernos sentir que en realidad vamos a presenciar un ritual épico dentro de la cultura local. El estadio luce como una joya gigantesca y en los jardines de su derredor se monta, como en la Edad Media, una especie de feria con comida, bebida – sólo refresco y cerveza – y gran cantidad de juegos que simulan entrenamientos de equipos profesionales. Nos separamos del grupo para disfrutar el momento solos y en el momento preciso, nos dirigimos a nuestros asientos; yo estoy agradecido de la buena vista que nos ha tocado y de que esté cerca de la comida.

Todo marcha conforme a lo previsto. Renuncio a hacer una crónica deportiva porque mi rudimentario conocimiento del juego lo adquirí ese mismo día en compañía de un buen amigo de Sinaloa que, como también pertenece a la diminuta pero aguerrida corte de Nueva Inglaterra así, esa crónica que nunca escribiré, no sería nada disfrutable; pero me concentro en dos cosas: la primera,en la tensión creciente conforme avanza el juego, el ruido ensordecedor con que el estadio quiere distraer a mi equipo, la estrategia del juego que bien explicada justifica mi metáfora del campo de batalla, la manera en que los miembros de la corte novoinglesa vamos ocupando los espacios y la espasmódica derrota de Seattle que bien sazonada por un poco de alcohol ha dejado a mi pobre hermano fuera de combate; en la camaradería creciente entre quienes marchamos juntos a la victoria y el consuelo solidario de quienes van hundiéndose paulatina y dramáticamente en la derrota; y, la segunda desde luego, en el famoso espectáculo del medio tiempo, que me impresiona por lo perfecto de su ejecución, lo preciso de su montaje y por el ejército de hormigas que en segundos montan escenografías y espacios mejor de lo que podría adivinarse. El público y yo con él, estamos enloquecidos.

El final es dramático, hemos vencido y al grito de “los artículos del campeón están a la venta a partir de este momento”, corro a la tienda de souvenirs arrastrando a mi hermano que entre los efluvios de la cerveza, el acicate de mis burlas y la compasión de sus compañeros de tribu, invoca su más reciente teoría de la conspiración y me amenaza con largarse en ese instante a Las Vegas; pero yo no dejo que escamoteen la victoria; con la calma del triunfador me deslizo entre mis compañeros, compro las chucherías de rigor para mis hijos y mis amigos y apenas a tiempo subimos al autobús. El ambiente es tétrico, solo dos de los asistentes hemos apostado por Nueva Inglaterra y lo celebramos discretamente para no incordiar la decepción de los demás; en el fondo todos sabemos que estamos saliendo de una experiencia irrepetible.

Llegando al hotel nos despedimos de Daniela, no queremos salir de madrugada y menos en el lamentable estado emocional de mi hermano y en su alegre estado etílico; salimos a caminar por el centro de la ciudad que no ofrece ninguna pitanza para los guerreros que vuelven de la batalla, apenas algunos transeúntes, todos novoingleses porque los seattlelinos se han esfumado, rematamos con una pizza en el cuarto del hotel y dormimos como muertos hasta la mañana siguiente. El sueño ha terminado.

A la mañana siguiente comenzamos el paulatino retorno a la realidad, vamos a nuestro refugio de Scottsdale y recorremos ese parque temático en que han convertido el centro de su ciudad; lo han dividido en cuatro barrios: el antiguo, que simula un viejo pueblo del oeste; el de los artistas con galerías de arte contemporáneo no mal surtidas; el de la comida, con una interminable serie de steak houses y hamburgueserías y el de los artesanos, que a esa hora, están creando o dormidos. El día es apacible, mi hermano ha enmudecido salvo cuando trata de hacer algún chiste cortés que resarza los excesos de su entusiasmo del día anterior que, bien lo sabe, dada la victoria le estaban perdonados de antemano y cuando me dice su disposición para pagar su deuda, la cobro con las cosas de compra que me faltan y así, estamos listos para volver a casa.

En el avión que me lleva donde los míos, minuto a minuto vuelvo a ser el yo que no va a estadios y que es rudimentario en lo que se refiere a los deportes, pero como en cada viaje, el que vuelve no es exactamente igual al que días antes se ha ido y, desde esos días sé, para mí, que siempre seré un escritor en la Corte de Nueva Inglaterra.