Viajero al microscopio: Fumando espero

En su novela Neuromante, de 1984, William Gibson, acuñó la palabra ciberespacio; imaginó mundos fabulosos en los que el sueño y la realidad se mezclaban, en la que la interacción entre máquinas y personas ocurría en lugares fabulosos, en la red virtual y más allá de las estrellas; imaginó transportes vertiginosos en los que sus personajes viajaban para encontrarse con su destino.  Lo que no pudo imaginar en que en esos mundos del mañana, en esos rincones de absoluta libertad, no se pudiera fumar. Yo todavía no me lo creo.

Soy fumador, quiero obviar toda discusión sobre la maldad intrínseca del tabaco, tampoco quiero discutir sobre la idoneidad de las reglas que protegen a quienes no fuman; por mi parte, me atengo a los hechos, al mundo como es y a los cada vez más reducidos espacios de que disponemos quienes queremos, todavía, ejercitar el delicioso arte del tabaco. Comparto la suerte de miles de viajeros fumadores que apresurados dan las últimas caladas al cigarrillo antes de instalarse en las entrañas de la bestia por algunas horas; los mismos que bajan azorados del avión y antes de preguntar por el equipaje indagan el lugar reservado para los fumadores; esos, para los que la conquista de la ciudad inicia en una zona reservada o en la acera del aeropuerto, tomando impulso al calor de la brasa del cigarrillo para entrar a sangre y fuego en la satisfacción de su curiosidad.

Los menos jóvenes aún recuerdan los tiempos, ahora míticos, del final del siglo XX, que en los aviones había filas para fumadores; en algunas naves que aún surcan el cielo quedan, como muestras arqueológicas, inútiles ceniceros, huellas de hermosos tiempos pasados; mis hijos, que no vieron aquellos días, se preguntan por el destino de esas inútiles cajitas y hasta llegan a deducir que son compartimientos para guardar el medicamento de quienes sufren de mareos.

Establecidas las primeras restricciones, durante poco tiempo, tan poco que sólo algunos cuantos lo vivimos, algunas aerolíneas dispusieron en la cola del avión de una pequeña habitación casi cerrada, en la que los fumadores podíamos concurrir a saciar nuestro apetito de humo.  El resultado no podía ser más infame para fumadores y para abstemios. Confinados, como especie acorralada, los consumidores perdimos la cortesía a que nos obligaba la estancia compartida con los demás y nos alentaba, rodeados de nuestros iguales, a fumar el doble y el triple lo que habitualmente acostumbrábamos; el humo, así multiplicado y confinado, se desparramaba del deficiente encierro y como una marejada, desagradable aún para el más empedernido de los fumadores, invadía la cabina y generaba así, más quejas de las que hubiera querido evitar. La experiencia de fumar también era lamentable, el fumador satisface una adicción, es decir, una necesidad; pero también un enorme placer, aquellos cuartos improvisados, en los que la densidad de la población era absurda, recordaban más bien un tugurio de los bajos fondos patibularios de la época de los gángsters, que un idílico salón fumador de la era victoriana.

Luego vino la era dela prohibición absoluta. Andando los meses algunos aeropuertos se apiadaron del triste destino de la especie perseguida y crearon, con más ni menos fortuna, reservaciones para satisfacer sus anhelos.

El aeropuerto de Barajas en Madrid, fue un pionero en las zonas reservadas pero con tan mal tino que su área de fumadores incitaba más a la risa que a disfrutar un buen ducado; se trataba de un corralito, sin puertas, muros o ventanas, que pusieran límites al humo frente al aire común; se encontraba frente a las bandas transportadoras de equipaje. La experiencia fue tan mala que nunca más volví a buscar ahí un lugar para fumar  y retome la decadente práctica de fumar mientras aguardaba el taxi.

La práctica se generalizó de acuerdo a la imaginación, presupuesto y patrocinio de cada puerto aéreo; es cierto que  aún quedan en el mundo algunos paraísos que como Xanadú o Shangri-La; están aislados y sólo son accesibles para algunos privilegiados; así, por ejemplo en el aeropuerto regional de Loja, Ecuador, en donde coinciden las fuentes del Amazonas y el nacimiento de los Andes, en un claro de la Cordillera, entre un circo de fantásticas montañas, están fijos en la pared los señalamientos de no fumar, pero a nadie parece preocuparle; la cantidad de fumadores invita a degustar unos peculiares cigarrillos liados en mano que se expanden en la cafetería del aeropuerto que más bien se parece a uno de aquellos restaurantes familiares que por décadas animaron los barrios de la ciudad de México. Después del cigarrillo, el viajero se acerca a un funcionario y le pregunta que, dada la niebla que decora la pista, si cree que el avión saldrá a tiempo rumbo a Quito; con una cara de serenidad andina, el funcionarios responde: -pues si el avión no sale en cuarenta y tres minutos no saldrá hasta mañana; presa de un pánico incipiente el viajero pregunta la razón y el funcionario con más flema que un ministro británico, luego de consultar su almanaque contesta: -porque la pista no tiene luces y es el tiempo que nos queda de  luz de día. Quince minutos después, entre una bruma que apenas permite ver las líneas amarillas de la pista, el viajero aborda su avión en los últimos instantes de esplendor solar para llegar a tiempo a su cita en Quito.

Aeropuertos como el de México no conceden el privilegio de los espacios reservados, tampoco el de Tocumén en Panamá; aunque tengo el vago recuerdo de que, en alguna esquina casi oculta del área comercial de la sala de espera de la terminal dos del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, existió un mitológico espacio de tolerancia, sin indicación alguna y que el tiempo extinguió.

Zonas reservadas hay de muchos tipos; existen los cubos confinados cuyo mejor ejemplo es la sutiliza y la elegancia que provee el aeropuerto Charles de Gaulle de París, cuyos cristales con calcomanías que imitan biselados que dibujan un tupido bosque y en cuyo interior cómodos sillones y anaqueles repletos de revistas para todos los gustos, hacen más placentero el tabaco, protegen a los no fumadores y hacen más grata la espera; me atrevo a decir que son la élite de las reservaciones para los de mi especie y sólo son superados por aquellos aeropuertos que ofrecen cafeterías para fumadores.

Heathrow, en Londres, también tiene cabinas de fumadores, sin el encanto del de París, tienen en cambio un artilugio que los fumadores conocemos bien y que nos funciona igual que los monigotes de ropa vieja inútilmente tratan de asustar a los cuervos, o los policías de cartón en los cruces de las carreteras de Ohio para disuadir a los traileros de violar los reglamentos; lejos de ahuyentarnos nos causan una amarga sonrisa; el vicio es eso, una mala inclinación a la que no se renuncia, al menos no con facilidad, y el placer es algo similar, una inclinación sublime a la que esta prohibido abandonar; la cabina inglesa de fumadores carece de mobiliario –hay que disuadir al fumador- no importa, el gusto esta en la aspiración, no en el reposo-, los ceniceros son industriales, rebosan de colillas y cenizas en faraónicas pirámides –hay que castigar al fumador- pero tampoco importa, los fumadores inveterados hemos desarrollado nuestra actividad en lugares más sórdidos aún, en el locutorio de una cárcel o a las puertas de un refugio antimisiles en Sederot, a unos metros de la franja de Gaza; unos cuantos cientos de colillas amontonadas no nos desaniman perp eso sí, la eficiente higiene británica no se hace esperar, gigantescos aspiradores no dejan huella del olor del tabaco quemado, lo cual se agradece y es que si el francés ama las libertades y más que ellas el placer; el inglés, insular al fin, deviene estoico y no puede vivir sin reverenciar las normas.

El aeropuerto de Frankfurt tiene también un reducto cerrado para fumadores, está patrocinado por la marca de tabaco que fumo desde los veinte años –fumador tardío según las estadísticas- lo que produce, la extraña sensación que hemos desarrollado en occidente y a la que llamamos “lealtad de marca” y que se parece mucho a cierto sentimiento, si bien artificial, de comunidad; fuera de eso, además de pulcritud y funcionalidad, ese espacio carece de cualesquiera otras señas particulares.

Un área rara, entre la pecera del fumador y la cafetería libre de restricciones, es la habitación de fumar del aeropuerto de Washington D.C.; sin encanto, como olvidada de otros tiempos en una terminal de lo más moderno: ahí, sin embargo, el viajero deja escapar una risa ineludible cuando cierra la puerta, se deja caer en la austera butaca y se da cuenta que el espacio que ahora ocupa está a cargo del heroico departamento de bomberos del distrito de Columbia.

El viajero encuentra su legítimo paraíso en las cafeterías libres de restricciones; la primera de ellas, escondida en lo más profundo del aeropuerto de Quito, Ecuador; carece de ventanas, tiene muebles suficientemente cómodos y modernos, y está patrocinada por una marca de refrescos vituperada pero consumida por casi todos los seres humanos del planeta. Expende un café delicioso y en la compra de una cajetilla de cigarrillos obsequia con una cajita de cerillos de madera que se conserva de puro gusto. A miles de kilómetros de ahí, en la ciudad de Atlanta, Estados Unidos, el aeropuerto es una urbe por sí mismo; dispone de una sórdida cafetería como arrancada de una película de Tarantino; un rincón oculto tras de una puerta anónima y sólo le faltan las escupideras en el suelo, el forzudo con chaleco de piel y los brazos íntegramente tatuados y un buen pleito a sillazos para completar el estereotipo; dispone sin embargo, de tres encantos magníficos; dos para la memoria y uno permanente; el último es una estupenda vista sobre las pistas de los aviones mercantes, resulta fascinante el lento movimiento de esas ballenas que se enfilan, como en una migración prehistórica a las pistas, donde, dotadas de una gracilidad inimaginable abandonan su condición cetácea para volverse gigantescas bestias voladoras con sus vientres repletos de riqueza; de las dos primeras, una es apenas un guiño que escapa del turista para impactar al viajero: una bellísima chica mexicana, que no tiene cigarrillos pero cuya sonrisa le garantiza que podrá fumar gratis cuantos quiera, viene de Islandia y se dirige a Berlín, ha dado ese gigantesco rodeo porque los recursos de su año sabático preuniversitario no son ilimitados y está dispuesta a cazar las ofertas más descabelladas con tal de seguir conociendo el mundo; el viajero reconoce de inmediato a uno de los miembros más jóvenes de su tribu y luego de compartir el tercer cigarro con ella, sin dejar señas ni coordenadas, se despiden y desean suerte porque el avión que lo llevará de vuelta a casa esta próximo a partir; el último de los tres encantos es histórico y ha ocurrido simultáneamente con el anterior, los soldados que el presidente Obama prometió traer de vuelta a sus hogares regresaron por fin. El viajero habría pensado en el alegre retorno de los soldados que habían dejado hijos incógnitos y novias hermosas en París, Berlín o Roma al final de la Segunda Guerra Mundial, pero con lo que se encuentra es con fantasmales soldados –hombres y mujeres-, con su impecable uniforme de faena y rostros en los que la sonrisa se niega a aparecer y el tedio y aburrimiento ahuyenta el sentimiento de gloria y orgullo que parece no han conquistado.

El último y mejor de todos los espacios fumadores es una pequeña y muy completa cafetería en el aeropuerto Václav Havel de Praga; sencillo con claridad meridiana, con un bar bien aprovisionado de buenos sándwiches y bebidas y un delicioso café –anunciado como colombiano- de calidad mucho más que suficiente, grandes ventanales a pie de pista por los que se dejan ver rápidos e incesantes , pequeños aviones para vuelos domésticos y sobre todo, la dulce sensación de estar, con enorme nostalgia, en un viejo restaurante,  de aquellos que eran comunes cuando las libertades aún eran prioritarias y resultaba natural fumar un cigarrillo acompañando al café; es ahí donde, como dice la canción, fumando espero.