Viajero al microscopio: Saint Germaine-des-Prés

¿Dónde se extingue el turista para ceder su lugar al viajero? Cada que subo a un avión me hago la misma pregunta. No es que me cause conflicto; de hecho, como decía Alfonso Reyes: sí en la naturaleza no hay nada en estado puro, tratándose de lo humano, menos aún; pero me importa sí, su captura para la alforja de las vivencias y los recuerdos.

Atrapado como Jonás, en el vientre de la bestia, el pasajero se enfrenta a la duda y al desafío; sabe a dónde llegara, con cierta aproximación, nunca precisa, la hora en que descenderá a tierra, pero no puede prever todo lo que se encontrará.

La diferencia entre el turista y el viajero es apenas una inflexión de actitud, un instante, una mirada que crea un cambio en el ser y en el estar en un entorno distinto al habitual; el turista envuelve, conquista, desplaza y se apropia del lugar que visita, prístino e inocente puede convertir París en un enorme parque temático donde colecciona las “selfies” obligatorias, los clichés de rigor y los recuerdos consoladores; hasta el Marco Polo más experimentado puede ser víctima de esta tentación y tiene su encanto caer en ella de cuando en cuando.

El viajero, en cambio, aunque esta hecho de la misma materia que el turista: asombro y curiosidad, posee proporciones distintas y con una preparación diferente, lo que hace diferentes los resultados. El viajero se rinde, sucumbe y se deja maravillar descubriendo aquello que los otros, apurados por un guía pendiente de los minutos que quedan en su horario de servicio, dejan escapar.

El turista es el hombre del telescopio, busca las enormidades, se guía por las estrellas y se maravilla con las magnitudes. El viajero, en cambio, pasa por el microscopio, se detienen en los detalles, sigue su intuición y se asombra con las cualidades, esto es, dos maneras, distintas pero no excluyentes, de ver el mundo.

Detengámonos un instante en una sola cuadra de una calle – importante, pero no principal – de París; es temprano por la mañana, ya volveremos para descansar por la noche. Es Saint-Germaine-des-Pres entre el diminuto jardín, enfrente de la vieja iglesia de Saint-Germaine y poco más allá de la librería L’Écume de Pages; apenas, tal vez, poco más de cien metros. Es uno de los núcleos de la vida la ciudad; con un toque turístico pero lo suficientemente adentrada en el alma de la urbe para seguir siendo sobre todo, un viejo barrio parisino.

Aún antes de llegar, la fama precede a esa fracción del bulevar; a cada paso la sombra del mayo del 68, la presencia viva de Sartre, de Beauvoir y de Camus, nos acompañan y uno siente estar en presencia de aquello indefendible, casi inasible pero constante, que llamamos cultura francesa.

Las apariencias engañan, la iglesia de Saint-Germaine palidece frente a Nôtre-Dame y a Sainte-Ettiene-du-Mont; pero es la última muestra del románico francés, una de las más antiguas parroquias de la ciudad que todavía funcionan como lugar de culto y centro comunitario; su jardín es apenas un rincón pero posee una soberbia fuente de porcelana de Sévres; el viajero hace un alto y en la reja del diminuto jardín encuentra un letrero que honra la enormidad de la lengua francesa: “En caso de tormenta el parque será cerrado al público”, de este modo se ha adentrado en uno de los detalles que escaparán sin duda al turista, la magnificación de París radica no en sus grandes monumentos, sino en los pequeños detalles que recuerdan la gloria de una ciudad antiquísima y sus modos de vieja aristócrata.

Unos pasos delante de la fachada de la iglesia, el viajero topa con uno de los icónicos letreros con las nomenclaturas de las calles que le informa que se encuentra en la Plaza Simone de Beavoir y Jean Paul Sartre, la plaza no supera los cien metros cuadrados pero linda con uno de los cafés literarios más celebrados del mundo, el “Deux Magôts”; protegido de la mirada desaprensiva del turista, el viajero sabrá que está frente a un monumento aunque en apariencia no parezca sino un café más, sabrá que se encuentra en uno de los lugares principales de las vanguardias artísticas y literarias que dieron forma y vida a la cultura del Siglo XX. El viajero entra al salón principal sólo para contemplar las esculturas que, empotradas en un pilar, representan a dos mandarines que son las deidades del local y a las que debe su nombre pues la tradición popular los ha tomado por magos, tal vez por la usanza de los espectáculos del principio del siglo pasado, pero no tomará mesa en el salón porque sabe que, como diría Kundera, la vida  está en otra parte, así que saldrá de nuevo del local, atravesará la primer terraza, cerrada y en la que no se puede fumar, para ocupar una pequeña mesa en la exterior y ya ahí, como es temprano, asistirá a dos espectáculos vedados para el turista y reservados para el viajero: la situación de las sillas en  la terraza y la entrada de los niños al liceo que se encuentra justo detrás del café; el primero no dejará de maravillarlo por la enorme sabiduría humana que encierra, las sillas no están vueltas al interior de la mesa como en un café comercial de la Ciudad de México, sino dirigidas a la calle pues es ahí donde, al modo Calderón de la Barca, se presenta el gran teatro del mundo, y en él observará el ingreso de los niños a la escuela, tendrá frente a sí un muestrario de la diversidad al interior de la sociedad francesa y, no sin nostalgia, contemplará a una niña de diez años que lleve al liceo a su hermano de siete, caminando solos, como antaño hacíamos los niños del D.F. bien equipados con mochila y lonchera.

Es temprano y no se usa el pantagruélico desayuno a la mexicana; no abrirá la carta, no la necesita aunque por sí misma es una joya editorial, pedirá la fórmula del “petit dejeuner”, le llevarán tanto café como pueda beber, un jugo de naranja recién hecho, la mejor mantequilla que pueda imaginar y mermeladas para aderezar las pequeñas baguettes que conviven, como parientes pobres, en la misma canasta del pan dulce y de los proverbiales croissants de mantequilla. El viajero suspira, saca su diario de viaje, planea la jornada y de pronto se da cuenta que con la pluma en la mano y la libreta abierta se ha convertido, sin quererlo, en uno de los clichés que el turista anhela ver cuando el autobús lo regurjite justo enfrente de la mesa del viajero; para ese momento ya ocupará un anónimo lugar en varios álbumes fotográficos del lejano oriente. Al terminar su desayuno el viajero desea acudir al baño y entrará al salón, pasara frente a la mesa que solía reservar Jorge Luis Borges y luego del retrato, como ícono, de Colette, bajará las escaleras para aliviarse. Al salir, justo enfrente de la puerta del toilette, encuentra una encantadora vitrina en la que se exhiben las mismas tazas, platos, ceniceros y azucareros que acaba de usar; en su alma librará una diminuta y colosal batalla en la que el viajero será derrotado por la ambición acumulativa del turista y comprará dos juegos de café para llevar a casa como trofeo de la conquista emprendida esa mañana.

El viajero deberá marcharse, caminará en el sentido de los autos y en la esquina se detendrá atraído por un peculiar kiosco de periódicos; de nuevo, el camuflaje será la cifra secreta que oculta el París viajero del parque temático del turista, estará a punto caer en la trampa, pero armado de su curiosidad y de su terca costumbre de observar, se detendrá para descubrir una pequeña hemeroteca que contiene las mejores revistas y periódicos literarios e intelectuales del mundo, hará su selección y el mismo vendedor que atiende en su silla desde tiempo inmemoriales lo atenderá esforzándose en hablar un español que no ha mejorado en décadas.

Ahí se detiene. El viajero hace un esfuerzo sobrehumano; si camina unos pasos más sobre el bulevar Saint-Germaine y cruza la Rue Saint-Benoît, se habrá lanzado como un nuevo Napoléon en la campaña de Rusia. Se detiene y dirige sus pasos a otras regiones de la ciudad.

Es de tarde, casi noche, el viajero está cansado, ha visto mucho, ha aprendido un poco y ha vivido más que en cualquier día común de su existencia; está parado en la misma esquina en la que lo dejamos por la mañana pero ya está listo para cruzar la calle y aventurarse en la media cuadra por conquistar que aún le resta; le duelen los pies porque, como viajero que en realidad es, ha desdeñado taxis, autobuses y metro y ha caminado al límite de sus fuerzas así que, aún cuando tendrá que esperar para ocupar mesa a que una anciana pareja termine su café, pague y se marche,  pues en los cafés parisinos no existe la práctica americana de la lista de espera, – así se fían de la cortesía de los parroquianos -, se dejará caer en la silla del primer café que encuentra a mano, se trata del Café de Flore y su instinto le avisa que aún, a no más de cuarenta pasos de Deux Magôts, ha entrado en un terreno del todo distinto, la sillas son también butacas del espectáculo callejero pero la hora es otra y el elenco ha cambiado, no verá niños, tal vez algún turista equipado con bermudas y camisa hawaiana buscando una hipotética playa y seguramente grupos de orientales presididos por la sinfonía de sus cámaras fotográficas apurados por un guía que enarbola  victorioso un largo paraguas rematado con un pañuelo rojo como llamado para que no se pierda ninguno de los que han sido confiados a su poco atenta custodia, pero no se dejará engañar, su ojo viajero descubrirá que el barrio se ha volcado sobre la calle reclamando a los turistas su derecho ancestral de ocupación; es posible que sea testigo de alguna pequeña batalla en la que el orgullo parisino, forjado en cientos de años, de asedios militares, barricadas callejeras y millones de días enteros en las plazas como afirma Marguerite Duras, le haga una mala pesada a algún turista inocente, no se molestará por ello ni tomará partido, sabe que todos los pueblos tenemos nuestras manías, en la Ciudad de México muy pocos resisten la tentación de inventar las indicaciones que solicita un turista antes de reconocer que no se sabe del lugar por el que se le pregunta o que, de plano, no ha comprendido media palabra de lo que le preguntaron, aunque después sea presa de un ataque de risa  al caer en cuenta en la barbaridad cometida.

El viajero contempla el misterio de la belleza parisina que consiste más bien en su facilidad de andar por el mundo con una comodidad infinita que en una sofisticación afectada, en la sencillez y transparencia de los maquillajes y en una complicadísima combinación de técnicas en la elección del vestuario que lo hace parecer la cosa más sencilla del mundo; oficinistas que salen de sus empleos, jubilados que matan la tarde, algún empresario cerrando el último trato del día y el estudiante afanado en su lectura; aquí tampoco requiere el viajero del auxilio del menú aunque sea todavía más hermoso que el de Deux Magôts; como todavía no es hora de cenar y acaso solo desee un bocado para calmar el hambre, pedirá una copa de Médoc y un plato de quesos; así armado, podrá darse cuenta de la enorme variedad que encierran los pocos pasos que ha dado. Flore, menos solemne que Deux Magôts, es también otra catedral de la historia cultural de nuestro tiempo, pero aquí hay menos reverencia y tal vez, sólo tal vez, más vida; las charlas son más altas en su tono, escuchará menos palabras en lengua distinta de la francesa y aunque uno de cada tres meseros habla español, sentirá el golpe de la cotidianeidad parisina cuando cualquiera de ellos se entienda a gritos airados, con cualquier motivo con quien se pueda y obtendrá un nuevo botín de experiencia y comprensión, el parisino no está enfadado, es sólo que ha recurrido al método de una ciudad apresurada que lleva cientos de años tratando de aparentar una serenidad que nuca ha tenido. El viajero mira esa parcela de humanidad que se ofrece ante sus ojos.

Desde su mesa podrá ver la puerta de una librería, custodiada por dos llamativos exhibidores de cromos y postales, observará el ir y venir de muchos que entran con las manos vacías y salen con algunos paquetes, unos lo harán con rostros meditabundos, otros con enormes sonrisas y algunos más leyendo ya el botín que no tuvieron paciencia de dejar para más tarde. Se trata de la librería L’Ecume de Pages y es, sin duda, una de las mejores de la ciudad. Se trata de la última batalla en la campaña por la conquista de esos doscientos metros; dudará un poco, una librería parece todavía un reto mayor que un café y aunque su yo turista lo apremia para que corra a abordar el último bateau mouche de la tarde y primero de la noche, su yo viajero ha decidido aceptar el reto. Pagará su cuenta, caminará con paso sereno y cinco segundos serán suficientes para que el hechizo de esta librería surta efectos. No es Shakespeare and Co., no es el cubil felino del bouquiniste, sus credenciales no alcanzan a reputarla como una de las antiguas librerías parisinas, ni como pieza de museo de las librerías de antigüedades, no tiene el descomunal tamaño de Gibert Joseph con dos edificios de cinco pisos, pero tiene – eso sin duda –  el encanto suficiente para convertirla en una de las librerías más importantes y selectas de la ciudad, es decir, del mundo.

Al cruzar la puerta, a la derecha contemplará un librero con los sacramentales tomos de la colección La Pléiade, en seguida, las mesas de novedades con lo último y más granado de la literatura en lengua francesa; poco más allá, un pequeña papelería que guarda tesoros inimaginables conviviendo con buenos artículos de oficina; rodeará los espacios, se perderá entre los libreros, descubrirá pocos libros en español, un buen montón en inglés y varios bilingües. Elegirá un block de Vergé de France, el delicioso papel de correspondencia, dos crayones Moleskine para marcar textos con sacapuntas incluido, una libretita japonesa y un libro en francés que relata la historia del barrio de Saint-Germaine, pagará; el viaje de diez segundos lo hará en cinco y ya estará sentado en la misma mesa que había ocupado cuarenta minutos antes, entonces, leerá en su libro recién adquirido cómo, en el mismo lugar que ahora ocupa, Hemingway, sin saberlo compartió la mesa con Alfonso Reyes.