Antes de que el polvo del tiempo me llene las venas de ese fino cristal al que llamamos solemnidad, me dejo llevar a veces por esas delicias a las que suele llamarse literatura infantil, no a las sagas misteriosas y catatónicas que parecen mas bien despachos informativos del frente de Bagdad. Me refiero a los libros que permiten la ilusión y el encanto; aquellos que me hubiera gustar a la edad de mis hijos y que hoy son parte de mi lenguaje común con mis pequeños críticos y lectores. Sin miedo, sin reticencias, déjese apoderar por el mundo de Potter; bien narrado, sincero e interesante, será mucho más que una lectura de pasatiempo, será la oportunidad de vivir, como aconseja Borges, más que la propia vida.

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