El libro nuestro de cada martes: “París era una fiesta” de Ernest Hemingway

París es una de las ciudades que basa su luminosidad en una serie de mitos que la exaltan y la convierten en un lugar más allá del espacio y el tiempo. No existe París, cada lector tiene el suyo y cada viajero construye y recuerda su propia Ciudad Luz. París es el de Jacques de Molay y los Templarios, el de François Villon y también el de la Revolución Francesa, el de Balzac y también del de Zola, el de Edith Piaf y el de Belmondo, el de la Bardot y el de Moustaki. París es eso y mucho más, a cada esquina, con una sonrisa perdida, nos observa Proust cómo es que nos ilusionamos al pensar que podemos conquistar una ciudad que es por sí misma irreductible.

En los tiempos modernos, tres son los mitos que sustentan la imagen imposible y maravillosa del París contemporáneo: la era existencialista, la era de la ocupación y la era de los años locos de entreguerras. A ese último momento se refiere Ernest Hemingway en su clásico “París era una fiesta”; narración sin pretensiones pero de gran alcance en el que los que luego serían plumas señeras, protagonistas de la cultura universal del siglo XX, son una alegre y depauperada banda de soñadores, pillos y alcoholizados intelectuales conquistando a punta de pluma la posibilidad de la inmortalidad.

Quien se acerca a este libro se acerca a un tiempo de revolución y arte, se aproxima a Gertrude Stein, a Ezra Pound y Scott Fitzgerald, a los españoles que aguardaban el momento terrible de la guerra y a la libertad, inmensa libertad de crear.

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Curiosamente, Woody Allen se basó en este libro, de una manera muy libre para realizar su película “Midnight in Paris”, algo así como un parque temático para intelectuales, diletantes y amantes de la cultura francesa: