La biblioteca de Marilyn Prejuicio, estereotipo y resurrección.

Tal vez pertenezca a una de las últimas generaciones que se educaron en el cine; pero no sólo en el de mi tiempo sino también en el de la era de mis padres; fui un niño de poca televisión aunque mucho cine, muchos libros y cientos, miles de imágenes y sonidos coleccionados con esfuerzo sobrehumano en una era anterior al internet; una época ya ida en la que el dato -la información o el saber, si se prefiere- se celebraba y se resguardaba porque era un bien escaso y por lo tanto, valioso.

Antes de la época en que escribir “Marilyn Monroe” en un buscador cibernético arrojara 790 fotografías, tan sólo de la más alta calidad disponible, encontrar y a veces tan solo ver, una imagen era todo un hallazgo. Era el tiempo de los primeros videocasettes y con ellos, además de las legendarias emisiones de Canal Once, el cine de la guerra y la posguerra fueron la mejor escuela sentimental y estética;  no dejo de pensar que pertenezco también, a una  de las últimas generaciones para las que el blanco y el negro era un lenguaje natural y no un efecto dramático; una de las últimas en fin, para las que el cine era el escaparate a un mundo donde todo podía ser y que iba mucho mas allá, con arte e ingenio, de la vida cotidiana y sus mil naturales conflictos.

Mucho antes de que pudiera o quisiera encontrar la belleza en una mujer de verdad, el cine había sembrado en mi gusto las señas particulares de un ideal de belleza; esa mujer improbable e imposible -de ahí tal vez su perfección y belleza- estaba compuesta, como lo está la percepción de la realidad, por cinco elementos, casi cinco sentidos, que daban forma al mundo de la hermosura y el deseo: Marilyn Monroe, Audrey Hepburn, Ingrid Bergman, Sofía Loren y Brigitte Bardot. De entre todas, Audrey Hepburn representaba el culmen de la autentica belleza, de la dulzura total y tengo para mi que nunca dejará de ser la mujer perfecta cuando la imagino como Holly Golighty; Sofía Loren resultaba todo un misterio pues sumaba los rasgos del deseo en un momento en que no sabía poner nombre a una sensación que oscilaba entre el miedo y el gozo; Ingrid Bergman constituía otro tipo de enigma, si aquel inexplicable, éste inalcanzable, Bergman era la elegancia y la perfección absolutas; Brigitte Bandot, aún siendo perfecta se me antojaba más terrenal, más  próxima al despertar de mis sueños; pero Marilyn era simplemente Marilyn y no necesitaba ninguna clase de adjetivos. Marilyn era la única que desentrañaba la potencia del anhelo, la que conjugaba la ternura y acumulaba el poder; entonces, si alguien me lo hubiera preguntado, habría dicho que la mejor y más completa definición de mujer era ella, Marilyn Monroe.

Con enorme sabiduría los romanos acuñaron la máxima “de coloribus e gustibus non disputandum est” y en efecto, ahora lo sé porque Marilyn excedía el mundo de los gustos y los colores y se había convertido en el símbolo del poder de la belleza sobre todo cuanto existe. Dicho de otro modo, Marilyn había excedido el rango de la estética para transformarse en lo que luego supe se llamaba arquetipo, una suerte de símbolo universal de la hermosura, la sensualidad y el placer pero, al mismo tiempo de la humillación y la tristeza; así, en aquellos años de los que Alfonso Reyes decía que uno se salva o se condena y de los que uno guarda para siempre lágrimas en los ojos, la Monroe representaba la imagen ideal de la mujer deseable, es decir, de todo cuanto se puede anhelar; incluso la errónea vocación masculina de salvar a la mujer, de resarcirla de la desgracia, de protegerla aún cuando ella no lo quiera ni lo necesite; todo estaba ahí, resumido en la rubia melena, en los labios perfectos, en el busto preciso y orgulloso, en el talle un poco grueso pero divino, en las caderas de curvas gloriosas, y en un trasero de exactitud impecable; en el misterio inefable del sexo, y en unas piernas tan hermosas como si en lugar de haber sido concebidas como parte de un cuerpo divino, hubieran sido diseñadas como elementos de un ideal de belleza; como decía Calisto sobre Melibea, “no había en ella señal reprenderera”. Sin embargo, —siempre el sempiterno “sin embargo” que empaña la realidad pero la hace habitable— una mirada atenta a algunas de sus imágenes permitía apreciar una especie de tristeza inexplicable y profunda; su potencia para relacionarse y subyugar en las esferas de la inteligencia, ya como amistad —Truman Capote—ya bajo la máscara del amor —Henry Miller—, el mundo del poder—Robert y Johnn Kennedy— y de la pasión siempre atormentada —Joe di Maggio—; datos que sumados a su muerte brutal pero sobre todo triste, me persuadieron pronto que debía haber mucho más que la imagen enorme del prejuicio. ¿Porqué la bonita rubia aparecía tantas veces acompañada de un libro? Sus fotografías más frecuentes, además de las cinematográficas, son de la mirada ausente y las de Marilyn leyendo y no siempre en poses preparadas; como si en alguna forma Norma Jean clamara por su rescate del prejuicio.

Quien prejuzga se equivoca pero además, es injusto. El error se relaciona con la inexactitud intelectual, con el defecto en el raciocinio o en la percepción pero no necesariamente con la moralidad; por otra parte, el prejuicio es una lesión que impacta tanto en el aspecto intelectual, en términos de acierto o error, como en el sentimiento de justicia  en términos de bondad, humanidad y compasión. Quien prejuzga no sólo se equivoca sino que además, condena.

El aspecto más áspero de la condena, por otro lado, es que por definición y por naturaleza, siempre se expresa en una sentencia dotada de consecuencias. Quien prejuzga se equivoca, condena y sobre todo es cruel e inhumano.

En algún lugar de sus cuadernos, descubiertos después de su muerte, Marilyn escribió:

Vi a un montón de marineros jóvenes

que parecían demasiado jóvenes

como para estar tristes.

Me hicieron pensar

en árboles jóvenes y esbeltos

todavía en crecimiento y sufriendo.

Eternamente joven, con el teléfono en la mano para una llamada perpetua que no pudo terminar o que tal vez nunca comenzó, Marilyn serías así siempre marinero en tierra, demasiado joven como para estar triste y sin embargo, sufriendo, como los árboles que imaginó.

En 2014, Chistie’s, la famosa casa de subastas, ofreció al público la biblioteca de Marilyn Monroe. Ya desde meses atrás, el proceso de catalogación de los más de 400 volúmenes de la colección había despertado el interés público, más allá de sus admiradores habituales, por aquella mujer que  había posado desnuda para Playboy, entre vaporosas sábanas de saten; la misma que haba sido fotografiada en muchas ocasiones, durante los descansos de las filmaciones leyendo a Proust y a Dostoievsky. El prejuicio mata y lo hace con mayor contundencia que la violencia física o la enfermedad pues es una condena que no concede segunda instancia ni recursos de cesación o alzada. A Marilyn se le juzgó en vida y se le sentenció para siempre ser la rubia tonta, fútil y frívola.

El objeto sexual por excelencia.

Es verdad que nadie pretendió convertir a la bomba rubia en una intelectual incomprendida, ni siquiera cuando Seix Barral, en una hermosa y bien cuidada edición que comparte el análisis y las artes gráfica y faccimilares, dio a conocer en “fragmentos” los poemas, ideas y reflexiones de Norma Jean Baker Mortenson y de Marilyn Monroe, desligadas en el tiempo pero unidas en la tristeza y el silencio; entre aquellos pequeños textos son muchos los que clamaban por la esperanza:

Socorro, socorro

socorro.

Siento que la vida se me acerca

cuando lo único que quiero

es morir.

En cambio, sí que se experimentó en muchos ambientes una renovada curiosidad intelectual no sólo respecto a las lecturas y temas intelectuales de quien se suponía no tenía ningunos, también por sus nexos con los creadores de la alta cultura de su tiempo, todo ello envuelto en un sentimiento de injusticia e incomprensión respecto de una parte luminosa en la personalidad de quien sólo teníamos como objeto de deseo y como fuente de escándalo.

Es posible que muy pocos como Truman Capote hayan estado tan cerca de aquella dualidad de Marilyn. Capote tuvo una amistad privilegiada con la actriz, es probable que encontraran, entre ambos, un afecto, que privado de deseo, se convertía en la mutua comprensión y compasión que otros espacios les negaban. En su libro “Retratos”, Capote describió una personalidad contradictoria que oscilaba entre la frivolidad y la sinceridad, los límites de su educación y las luces de su inteligencia así como la fuerza que emanaba de una sincera vulnerabilidad femenina. El escritor describe un diálogo con la diva en el escenario del puente de Brooklyn en la ciudad que fue la Meca de ambos; al caer aquella tarde, Marilyn le preguntó a Capote:

—Si alguna vez te preguntaran, como era yo, cómo era Marilyn, en realidad, ¿Qué contestarías? Apuesto a que dirías que era una palurda.

—Por supuesto…pero también diría…

El diálogo se interrumpe en éste momento, el periodista describe como su amiga se marcha envuelta en la bruma del río y mientras él apenas adivina la melancolía de la imagen, como si pudiera profetizar el dramático final que les aguarda, se pregunta porqué la vida debe ser tan terrible y aún alcanza a decirle, como si apenas hablara para sí mismo:

—Yo diría…diría que eres una adorable criatura.

Capote sobrevivió a Marilyn durante veintidós años y puede decirse que durante esa última época, lo más terrible de la vida del padre de la novela de  no-ficción, la memoria de Monroe fue una presencia constante; pero no sólo Capote se refirió a Marilyn, Pasolini dijo de ella: “su belleza sobrevivió desde la antigüedad, requerida por el mundo del futuro, poseída por el mundo actual, se convirtió en un mal mortal”; Lee Strasberg reconoció su talento y más que eso, la enorme potencia de su espíritu, como su maestro, decía: “Vi que lo que parecía que no era lo que normalmente era, y lo que estaba pasando dentro de ella no era lo que estaba pasando fuera, y eso siempre significa que hay algo con que trabajar. En el caso de Marilyn, las reacciones al método fueron colosales. Podía conseguir la emoción que necesitaba para cada escena. Su alcance era infinito”; en fin, Billy Wilder simplemente afirmó: “Ella estaba asustada de sí misma”. Marilyn como todo parece indicar, era poseedora de una intensa vida interior, inexpugnable y hermética, solamente visible para un diminuto grupo de iniciados pero cuya fuerza atraía a quienes en realidad la conocían; una fuerza y una luz en las que sus lecturas —ahora podemos decirlo— no podían sino ocupar un lugar primordial. Sacudida y a veces traicionada por su belleza y por el deseo que inspiraba, parece haber vivido en una cruel batalla de ella misma contra la que pudo haber sido.

Ya desde la fatídica noche de 1962, cuando el inerte y todavía hermoso cuerpo de Marilyn fue hallado en su cama, aprisionando el auricular de un teléfono que nunca pudo decir cuál fue o cuál hubiera sido aquella última llamada, si para despedirse, para pedir ayuda o para no sentirse sola, la teoría del suicidio nunca fue convincente pero llamó la atención general sobre sus relaciones de poder o más exactamente, con los hombres del poder, en particular con los hermanos John y Robert Kennedy.

Muchas fuentes coinciden en que John y Marilyn se habrían conocido en 1950, doce años antes de su  elección presidencial y tres años antes de la boda de JFK con Jacqueline Bouvier; desde luego, Marilyn no fue el único affaire de Kennedy, cuyo apetito sexual relacionado con su pasión por el poder, era casi patológico; pero el romance entre ambos —pletóricos de encanto— se ha convertido, con el tiempo, en una especie de mito contemporáneo sobre la relación entre el sexo y la belleza por un lado y la depredación del poder por el otro. Al final del día, más allá de una historia de amor, o de una serie de encuentros pasionales, para Marilyn resultó ser el comienzo de la caída. Asesinada o no, víctima de su cercanía al poder o de sus propios demonios, la actriz tuvo que enfrentar la imposibilidad de ingresar a un mundo fuera de las pantallas, los afeites y la frivolidad. “No tienes madera de primera dama”, dicen que Kennedy le espetó cuando ella soñó que podía casarse con el hombre más poderoso del mundo. “Cásate con él, ve a vivir a la Casa Blanca; así me quitaré todos los problemas que voy a dejarte”, cuentan que le dijo Jacquie en la única charla que tuvo con Marilyn. Su muerte quedó así, manchada con un terrible y gigantesco “hubiera” que, en realidad, nunca fue posible. Tal vez entonces ocurriera la primera de sus muertes, la de Norma Jean, la chica marginal que se atrevió a ser alguien. Tal vez también, haya sido ésta última la razón por la que uno de los libros que más muestras tiene en su biblioteca sea una edición en lengua inglesa de “Madame Bovary” de Flaubert.

Pocos años después de su muerte, Ernesto Cardenal le dedicó uno de los poemas más hermosos de la literatura latinoamericana de su tiempo: la “Oración por Marilyn Monroe”. De aquel canto de desesperación y añoranza, se desprendieron nuevas formas de pensar a Norma Jean; de ella decía el poeta:

Señor

en este mundo contaminado de pecados y de radioactividad,

Tu no culparás tan sólo a una empleadita de tienda

que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.

Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del technicolor).

Ella no hizo sino actuar con el script que le dimos,

el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.

Perdónala Señor, y perdónanos a nosotros por nuestra 20th Century

por esa colosal súper producción en la que todos hemos trabajado.

Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.

Para la tristeza de no ser santos se le recomendó el psicoanálisis.

En realidad Marilyn no fue muy aficionada a la poesía; en su biblioteca predominaron los ensayos, las novelas y las obras de teatro aunque la poesía que ahí encontramos sí resulta selecta; por ejemplo, “El profeta”, de Jibran Khalil; los poemas de Oscar Wilde; los poemas selectos de Emily Dickinson; una antología poética de Walt Whitman hasta Dylan Thomas por Oscar Williams; los poemas completos de Edgar Allan Poe y los de Robert Frost; los sonetos de Edna St. Vincent Millay; la antología Penguin de poesía en lengua inglesa, los poemas de Robert Burns, los sonetos de Shakespeare; una versión de bolsillo de William Blake; las obras poéticas de Shelley; la obra poética de John Milton, y también la de Heine. Como se puede ver, las preferencias poéticas de Monroe eran más bien clásicas, cosa que no sucedía con la narrativa que aún bien provista de novelas decimonónicas era más bien, un reflejo de su tiempo.

Apenas unos meses después de su deceso, comenzó la reconstrucción de la imagen de Marilyn Monroe, primero como un emotivo rescate de quienes la quisieron, como Truman Capote; luego como pretexto para mantener la lucha contra el prejuicio y la codificación de las mujeres por el mercado de consumo, como en los textos que sobre ella escribiría Norman Mailer; ambos abrirán fuego en el combate entre la prensa roja, la amarilla y la rosa; luego, ya con Joyce Carol Oates, el tono cambia de nuevo con la prensa, hacia el reportaje histórico, la revelación de los mitos y la reivindicación de la realidad fáctica. Todo un complejo camino para rememorar a una mujer cuyo principal anhelo era volver a la sencillez y a la inocencia perdida; así, de uno de sus cuadernos de notas:

En el escenario

no me castigarán por ello

ni me azotarán

ni me amenazarán

ni me dejarán de amar

ni me mandarán al infierno a andar con los malos

haciéndome creer que yo también soy mala

ni tendré miedo ni vergüenza de que mis genitales

queden expuesto conocidos y vistos

y que ni los colores ni los gritos ni hacer nada

ni avergonzarme de mis sentimientos delicados

Como correspondía a su oficio el género privilegiado en la biblioteca Monroe era el teatro; en sus estanterías se cuentan la Antígona de Jean Anouihl;la adaptación de Medea de Robinson Jeffers; una curiosa selección de piezas isabelinas “escritas por los amigos, colegas,rivales y sucesores de Shakespeare”; seleccionados por Hazelton Spencer; algunas otras antologías de teatro norteamericano moderno o de otras europeas famosas; colecciones de piezas de autores como Henry James o John Arthur Chapman; y las obras para radio de Norman Corwin. Otros volúmenes son otros trabajos bien escogidos de entre los autores de su tiempo como “The potting shed” de Graham Green; de Eugene O’Neill, “El emperador Jones”, o “El largo viaje del día hacia la noche” de Tennesee Williams, “Un tranvía llamado deseo”, “El descenso de Orfeo”, “27 vagones cargados de algodón” y “Camino Real”.

De pronto, Marilyn se nos aparece desde una luz diferente, con una vida interior apenas comunicada y que contribuyó a la larga,no en una mejor adaptación al medio, sino en una dura batalla para la conquista de su lugar en el mundo, más allá de las expectativas que había creado su propio personaje. Asombra, sobre todo sus libros de psicología —“Moisés y el monoteísmo” y la correspondencia de Sigmund Freud—, como sobre el pensamiento de izquierda en Estados Unidos, una pequeña colección que al Senador McCarthy la habría encantado quemar —“The failure of success” de Esther Milner; “The unfinished country” de Max Lemer; “America the vincible” de Emmeth John Huques; “A socialist faith” de Norman Thomas, o “The roots of american communism” de Theodore Draper —nada mal para una mujer que dijo del Presidente de Estados Unidos “lo que me une a John es que él haría cualquier cosa por su país y yo también”.

Poseyó algunos libros de divulgación científica, sentía especial predilección por la física nuclear y poseía algunas obras de Einstein, incluso una dedicada; mismos que acompañaban a otros de decoración o cocina; como si quisiera apropiarse del mundo, se acercaba a culturas muy diferentes de la suya; nunca he podido dejar de pensar que el modelo de la Lula Mae de Capote debía ser Norma Jean pero que, una vez convertida en Marilyn —que no en Holly Golightly— habría abierto ventanas al mundo tan diversos como la cultura judía o la lengua francesa.

De varias formas Marilyn solía expresar su gusto por la cultura francesa; hablaba poco francés y su pronunciación distaba mucho de ser perfecta y, aunque era suficiente para darse a entender, no lo era para leer con fluidez suficiente, en su biblioteca se encontraban al menos dos diccionarios francés-inglés; pero es abundante su colección de literatura francesa en ediciones traducidas al inglés, por ejemplo, de Saint Exupéry, “La sabiduría de las arenas”; sobre ese libro en particular Les Harding recuerda que Marilyn le regaló a Di Maggio un reloj que tenía grabada la famosa cita del Principito: “Lo esencial es invisible para los ojos…”, luego de leerlo, el beisbolista le dijo estupefacto a su esposa: “Y eso que demonios significa”. Entre los clásicos franceses de su biblioteca se encuentran, además de Flaubert, “Lo rojo y lo negro” de Stendhal; “Camille”, de Dumas. Sin embargo, dentro de las letras francesas, Marilyn prefería las entonces nuevas tendencias que identificaban la literatura con la filosofía; sus librerías albergaron la biografía de Aragon y “La caída” de Camus, “La mujer pobre” de Léon Bloy y “La ley” de Vailland; aunque no se encuentra entre su colección ningún libro de Jean Paul Sartre, el filósofo hizo público su deseo de que fuera la Monroe la protagonista femenina para una versión cinematográfica de la vida de Freud que a principios de la década de 1960 estaba preparando, y que se filmó en 1962 con Susannah York en el papel que Sartre había ideado para Marilyn.

Salvo la literatura rusa y, desde luego la norteamericana, ninguna mas que la francesa ocupó un lugar tan importante entre sus libros; ahí podían encontrarse junto a Rabelais todos los volúmenes del tiempo perdido de Proust, también Zola y Molière.

Pero no todos sus reinos fueron de este mundo; la biblioteca de Marilyn presenta un fuerte contenido espiritual y religioso que fluye del cristianismo al judaísmo y que se manifiesta en distintos libros de oraciones, narraciones de contenido místico y estudios religiosos diversos; en ese sentido, uno de los libros más curiosos de la colección es un catecismo católico para niños que, con cierta seguridad, puede considerarse que acompañó a la diva durante casi toda su vida; otros cuantos libros más en torno a diferentes creencias incluida la Bahai.

Si bien es cierto que Miller no era un judío practicante y que nunca le pidió a Monroe que se convirtiera al judaísmo, para la actriz representó una especie de pausa en el camino y una inesperada oportunidad tanto de ingresar a un mundo de escritores, poetas e intelectuales, como de realizar, en sí misma una renovación  espiritual. Para ese momento la personalidad de MM  presentaba ya severas disfunciones pero es también un tiempo en que los libros están más presentes y los temas espirituales son más recurrentes en su conversación. La transición del cristianismo al judaísmo se vió reflejada en la biblioteca; además de dos ediciones de la Biblia que compartían espacio en una Torah que le obsequió la hija de Strasberg y tres diferentes libros de oraciones judías, Sidurim con y sin comentarios. De Marilyn puede decirse que era una mujer con una gran diversidad de intereses, no solo mundanos y aunque saltaba inconstante de uno a otro, tendía a profundizar en las relaciones con personas importantes en cada uno de sus temas; fue sobre todo, una magnífica coleccionista de personalidades, como si nunca hubiera logrado acabar con Norma Jean, coleccionista de autógrafos. En ocasión del octavo aniversario de la fundación del Estado de Israel, Abba Eban visitó los Estados Unidos; en aquella ocasión, el senador Kennedy le presentó a Marilyn al entonces ministro de exteriores del joven Estado judío; poco tiempo después, Eban recordaría que Monroe le había causado una impresión física más potente que el propio Kennedy.

Henry Miller presentó a su esposa con Saul Bellow; en la biblioteca de Marilyn no hay ejemplares de las obras de Bellow; sin embargo, se puede decir que entre ellos hubo un flujo de entendimiento; para Bellow, la esposa de Miller reunía dos características que llevadas al extremo, como en ella, eran una garantía de destrucción: sensibilidad y belleza; Isaak Dinesen es otro de los autores famosos que entraron a su vida a través de Miller y aunque ella, en algunas ocasiones dió cuenta de la lectura de las obras de Dinesen y que él mismo recordó haberlas comentado con MM, no hay ninguno de sus trabajos entre los 438 libros que se subastaron como su biblioteca; no resulta descabellado pensar que en los cincuenta y tres años que el acervo permaneció almacenado se hayan extraviado algunos volúmenes. Dinesen recordó siempre sus sesiones de baile con la esposa de su colega y de ella decía que irradiaba una vitalidad inagotable y una inocencia increíble. Un misterio aún irresuelto en torno a la relación con los escritores es su correspondencia con T.S. Eliot, pues aunque jamás hizo referencia a algún tipo de amistad con el poeta y que tampoco aparecieron libros de su autoría en la colección Monroe, cuando sus bienes fueron empacados, aparecieron varias cartas amistosas firmadas por Eliot; si bien algunos arguyeron que se trataba de alguna forma de fraude o broma, las firmas son bastante convincentes, algunas cartas, incluso terminan con la mención: “Con todo mi amor, T.S.Eliot”.

En la biblioteca de Marilyn hay dos volúmenes de William Faulkner: “Mientras agonizo” y “El sonido de la furia”; respecto de ésta última, Faulkner declaró que sería Marilyn la actriz ideal para su versión cinematográfica; la película se filmó en 1959 con Joanne Woodward en el estelar femenino.

Diversas notas demuestran que el ejemplar de “On the road” que Marilyn poseía fue leído varias veces, lo cual no deja de ser curioso especialmente si consideramos que ambos fueron alumnos de Strasberg y que lejos de cultivar una amistad, su relación fue una serie de desencuentros hasta que Kerouac abandonó la actuación; desde luego, ella no fue seguidora de los beatnicks y no existen en su acervo más volúmenes de sus autores. Por otra parte, si existió una relación de amistad con Somerset Maugham de quien leyó “The Summering”, “Of human bondage”, cuya versión cinematográfica, dirigida por Henry Hathaway y protagonizada por Kim Novak, había sido ideada originalmente para Monroe y James Dean; leyó también de Maugham una curiosa antología denominada “Three famous french Romances”. James Michener también gozó de su amistad, en la biblioteca se conserva autografiado “Hawaii” de su autoría.

Una de las amistades más entrañables que el matrimonio con Miller le trajo a Marilyn fue la de Carl Sanburg. El viejo poeta y la joven diva entablaron una relación muy profunda a la que ambos dieron públicamente el carácter de abuelo y nieta. Exenta de deseo aunque plena de seducción entre ambos, resultó una emanación de belleza y juventud para el hombre que era cuarenta y siete años mayor y que la sobrevivió cinco; para ella el resultado fue la paz y la comprensión que otros hombres le negaban o no podían darle; las fotografías que existen de ambos los presentan siempre en un ambiente distendido, informal y casi familiar; se los aprecia bailando o bebiendo un martini, ella abrazándolo mientras el poeta la mira con dulzura y condescendencia; en una de ellas, captada en la reunión que, entre otras, tuvieron en la casa del fotógrafo Arnold Newman en Nueva York, parece captar la naturaleza de su relación, el rostro de Marilyn está oculto por su rubia cabellera, su frente reposa sobre el hombro de Sandburg mientras él omite mirar al lente de Newman y avisora el horizonte como oteando cualquier peligro que pudiera aparecer; se le nota sereno  pero atento,dulce y seguro mientas su mano derecha reposa en la nuca de Marilyn sin alcanzar a convertirse en caricia pero transmitiendo protección y paz. Luego de la muerte de Marilyn, el viejo bardo publicó en la revista “Look” un artículo intitulado: “Tributo a Marilyn de un amigo”, en él, Sandburg describió las notas particulares de su relación con el mito buscando humanizarla y rescatando características y virtudes que solían omitirse en el momento en que el escándalo ensombrecía la memoria de la amiga. En su artículo, el escritor de ochenta y cuatro años decía: “No era la típica estrella de cine. Había algo  “democrático” en ella. Era el tipo de persona que después de cenar lava los trastes, aunque no se lo pida. Ella me hubiera interesado, incluso si no fuera una gran actriz”; esa relación sin poses ni estridencias arraigó muy profundo en el corazón de ambos, como como artistas y como humanos, por eso, del momento horrendo en que el viejo —que se supone más próximo a la muerte que su amiga— se entera del supuesto suicidio dice: “treinta y seis es simplemente demasiado joven… ojalá hubiera estado con ella ese día… creo que la habrían convencido de no quitarse la vida. Tenía mucho por qué vivir”; la sombra de la muerte de Marilyn acompañó a Sandburg durante los últimos cinco años de su vida, como si experimentara cierta culpa de haber sido el abuelo que no había podido estar en el lugar preciso y en el momento exacto para cuidar de su nieta; de ahí, tal vez, que Sandburg, desde entonces aprovechará cada ocasión posible para dar a conocer las virtudes de su nieta simbólica y que la prensa se empecinaba en ignorar: “tenía una mente fuera de lo común. Encontré que era bastante leída. Así que le regalé una edición de mi poesía completa. Yo quería que ella la tuviera”. En la biblioteca de Marilyn, además de ese libro que el abuelo le obsequió y autógrafió figuran “The family of Man” y la enorme biografía  de Abraham Lincoln y que Miller tanto ponderaba.

De otro de los grandes de la literatura de su tiempo, John Steinbeck, puede decirse que formaron importantes lazos de colaboración pero no de amistad, de cierta forma ambos se temían y se respetaban de modo que tendieron brechas insuperables que sólo podían colmarse en el trabajo donde la admiración debía ceder terreno a la eficiencia. Juntos trabajaron en una peculiar película que reunía cinco historias que él mismo narraba: “O. Henry’s full house”; la primera de las historias dirigida por Henry Koster con guión de Lamar Trotti, estuvo protagonizada por Charles Laughton, Marilyn y David Wayne. Se suele decir que el propio Steinbeck habría deseado que Marilyn actuara con James Dean en la adaptación de “Al éste del Edén”, el proyecto no fue posible y curiosamente en el estreno de la película, a la cual no asistió James Dean, hicieron de acomodadoras Marlene Dietrich —que para hacer más suculento el enredo, también había tenido un affaire con JFK— y Marilyn. En la biblioteca de Monroe figuran algunas obras del premio Nobel: “El corto reinado del Príncipe IV”, “Hubo una vez una guerra” y “Tortilla flat”.

A despecho y desagrado de Miller Marilyn compartió algunas borracheras con Dylan Thomas en el Hotel Chelsea de Nueva York; en ellas era costumbre que el galés leyera algunos fragmentos de su poesía a la norteamericana y aunque no hubo más que aquella camaradería alcohólica, Monroe se convirtió en una especie de promotora oficiosa de sus libros; en las estanterías del fondo de Marilyn se conservaron “Portrait of the artist as a Young dog” y “Under milk wood”.

Cuando Marilyn era discípula Strasberg en el Actor’s Studio, la estudiante interpretó a Blanche Dubois en una ejecución que le valió la admiración del maestro y que fue el arranque de una relación ardua y difícil que apenas podemos denominar amistad con el autor de “Un tranvía llamado deseo”.

Tennessee Williams era un hombre frágil y atormentado que solía impresionarse con la belleza y potencia de Monroe; para ella escribió “Baby Doll”  cuya puesta en 1956 no pudo ser protagonizada por Marilyn. Años después de la muerte de MM, Williams publicó un pequeño artículo en el que dio cuenta de su impresión sobre la muerte de una mujer que lo llenaba de sentimientos encontrados; desde su título se asoma la complejidad de esos sentimientos: “Marilyn Monroe tuvo lo que quería”. Un extraño homenaje a la muerte joven y a la belleza:

Está bien llorar por Marilyn Monroe. Lo hice y lo sigo haciendo, fue trágico pero también afortunado. Hay chicas hermosas, tristes y tontas por todo el mundo que lo soportan lo peor que pueden, pero que nunca darán vida en la pantalla, bañarse en perfume o colmar los sueños de quienes aman la belleza o el dolor o que se preguntan como sería ser poseedor de tal poder sexual…

Dejémoslo ahí, admiremos la belleza pero sigamos adelante. No hay nada más ahí. Una cara bonita con una historia triste. Marilyn siempre dijo que quería ser considerada, que quería ser amada, que quería estar en paz y sentirse segura…creo que Marilyn Monroe tuvo lo que quería…

No son pues las palabras de un amigo, pero sí de un admirador subyugado; si para Williams sólo queda ahí una cara bonita con una historia triste, no puede dejar de reconocer que esa muerte lo ha conmovido y más que eso, lo ha llenado de estupor porque esa chica contradictoria ha entrado en la eternidad en plenitud de gracia y belleza, algo que el artista no puede dejar de envidia. Su amargura radica también en su coparticipación en los crímenes simbólicos acometidos contra MM a lo largo de su vida, complicidad de silencio que ya no tenía remedio y que retornaría a Williams cada vez que los recuerdos le devolvieran una cercanía que nunca pudo ser plena; en su artículo, aunque disimulado y avergonzado, Williams confiesa su complicidad culposa, pero se escuda en la generalidad sistémica del abuso y aún se cubre con otros a quienes destaca como culpables en grados aún superiores a los suyos:

Si usted quisiera ser famoso, entonces debería construirse un mito o un producto, y Marilyn, rodeada de gente hambrienta de atención, decidió explotar su triste infancia, su incapacidad de amar y ser amada, la prisión de su belleza cremosa, y funcionó. Nunca lo hicimos y nunca lo haremos, mirarla y admirar su actuación —admiraremos su busto y su trasero y sus risitas estúpidas— Marilyn siempre fue y siempre será aquel angelical pastel rancio sobre el que escribió Truman; merengue que ocultaba una navaja de afeitar, lista para destruir el encanto o a la persona que se sumergía en ella. Nos detenemos y la observamos ahora a causa de la tragedia, el suicidio y las conspiraciones —de los estudios, y los reporteros y por los gurús y los asesores y por los Kennedy — para explotarla, abusarla y destruirla.

No deja de admirar la amargura bajo la que Williams oculta su propio sentimiento de injusticia y culpa; es completamente falso que Capote se refiriera a Marilyn de esa manera; es cierto, por otra parte que Williams jamás se refirió a MM en esos términos a lo largo de su vida; al contrario, la tuvo siempre como una magnífica actriz y, aparentemente, como una amiga querida aunque lejana.

En la biblioteca de MM hay tres obras de Tennesee Williams, “La primavera romana de la Sra. Stone”, novela perfecta sobre la condición de la mujer madura y que Monroe alcanzó a ver en la pantalla bajo la dirección de José Quintero y con guión de Gavin Lambart y Jan Read, protagonizada por Vivian Leigh y Warren Beatty, “Camino Real”, y “Un tranvía llamado deseo” que contiene las notas de Marilyn tanto de su preparación para encarnar a Blanche Dubois, como en otras épocas de su vida; la obra tiene un especial significado para Marilyn, particularmente en su relación con Strasberg, a quien en su momento nombró como único heredero.

Así pues, si es cierto, como señala el lugar común, una biblioteca es una radiografía íntima de su propietario, la de MM señalan espíritu complejo y una personalidad multifacética, algunos de sus libros son auténticas joyas poco comunes en bibliotecas más sencillas, como un ejemplar del “De humanis corporis fabrica” de Andrea Vesalius; otros, son obras de gran aliento y profundo sentido cultural; constan en su inventario los volúmenes del Cuarteto de Alejandría de Dwrrell; temas de análisis muy serio,sobre las preocupaciones que entonces reinaban en el debate intelectual como “Minister of death: The Adolf Eichman Story” del juez Quentin Reynolds —famoso por su célebre libro de memorias “Sala de jurados”—; contenía una pequeña pero muy selecta sección de literatura rusa que apreciaba especialmente por su sentido espiritual; en ella figuraban “Ana Karenina” de Tolstoi y “Humo” de Tuergeneiev; y muy próximos al centro de su corazón los libros de Dostoievsky: “La casa de los muertos”; “Crimen y castigo” y, uno de sus libros más queridos, “Los hermanos Karamazov” del que siempre acarició la idea de encarnar a Grushenka, sueño que nunca fue posible. Sobre la incomprensión que reinó en torno a Marilyn, está el hecho de que para Edgar Hoover, no solo la relación con Kennedy, hicieran a MM objeto de sospechas y espionaje, lo fue también su colección de escritos políticos en torno a la izquierda en Estado Unidos, su relación cercanísima con Sinatra  y con Elia Kazan, éste último que tuvo que comparecer frente a la comisión inquisitorial de McCarthy con el resultado ominoso de la delación del director de cine contra sus colegas y amigos. Para Hoover, Marilyn era comunista y sus películas estaban financiadas por sus correligionarios, sus sospechas —que en el caso del padre de la CIA y del FBI eran sentencias por sí mismas— se vieron acrecentadas con la visita de MM a México en la que , según él, se habían verificado reuniones con distintos grupos comunistas; la complicada relación de la actriz con los hermanos Kennedy, la patológica obsesión de John con las mujeres y las sospechas de Hoover son algunas de las razones que han inspirado las teorías que ven la muerte de Marilyn más como un homicidio de Estado, que como un suicidio.

Amigos, amantes, sueños, ídolos y fuentes de paz fueron los libros y los autores que MM conservó en su biblioteca; ahí están “Adiós a las armas” y “El sol también amanece” de Hemingway; ahí está “Suave es la noche” de Fitzgerald; leídos y releídos los ejercicios espirituales y “La última tentación de Cristo” de Kazantzakis; muestras de su vida cotidiana como “The new joy of cooking” de Inna S. Rombauer, que conserva manchas de aceite, harina y tomate, que muestra insistentes marcas en sus recetas favoritas y hasta una lista de compra de puño y letra de la cocinera aficionada; muestras de cariño indelebles como “ The flore in drama and Glamour” de Stark Young dedicado por Lee Strasberg en la navidad de 1955; un ejemplar de “Mujer” dedicado por la autora Lina Roland; la Torah que le dedicó Paula, la hija de su querido maestro en 1956, sus textos de estudio que la fueron convirtiendo en la actriz que un día llegó a ser, como el triple volumen de O’Neill que contenía “Anna Christie”, “The Emperor Jones” y “The Hairy ape”, de los que en 1956; Marilyn dió vida al personaje de Anna bajo el magisterio de Strasberg; el ejemplar de “Born Yesterday”, de Garson Kanin con el que preparó su audición para la versión cinematográfica que, sin embargo, perdió frente a Jully Holliday; incluso el que la acompañaba en el momento de su muerte, su última lectura: “Dr. Newmann, M.D.” de Leo Rosten.

Marilyn disfrutaba siendo fotografiada mientras leía, muchas de esas constancias gráficas son imágenes espontáneas y a diferencia de las que, en efecto fueron planeadas, se alejan del glamour y dejan ver a una mujer absorta, gozosa de aprender y exhibiendo una coquetería inocente y congénita; imágenes de Marilyn tendida en su sofá estudiando el método; leyendo los libros de Miller apoyada en las librerías de su marido, en la cama con la mirada fija en “Leaves of Grass” de Withman; leyendo a Joyce o a Proust en los descansos de una filmación, una curiosísima de ella, arrodillada casi como un gato leyendo un libro que yace en el suelo; en traje de baño leyendo sonriente a la orilla de una piscina y acaso la más hermosa de todas; ella, apenas maquillada, con el cabello corto y despeinada, su mirada absorta casi mística, en un traje de baño cómodo pero no sexy, sentada en un desvencijado juego infantil leyendo el Ulises de James Joyce. Esa es la imagen que mas quiero de esa mujer prodigiosa.

Hoy, cuando el tiempo ha pasado, cuando las décadas se han acumulado y las evidencias han destruido el prejuicio dejando ver no a una intelectual ni a la rubia tonta, sino a un ser humano complejo,rico y esperanzado; ahora que, cuando pienso en aquellas divas que formaron en mí el ideal de belleza, mis suspiros corren más hacia Audrey Hepburn, no dejo de pensar que nuestro prejuicio es error, que engendra condena y crueldad. No lo sé, tal vez, en realidad, los caballeros las prefieren rubias.

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