El libro nuestro de cada martes: “La invención de Hugo Cabret” de Brian Selznick

Uno de los formatos narrativos que más trabajo me costó aceptar no fueron los digitales, a ellos salté con fruición y con gusto porque lo que me interesa es la historia y no el formato en que se encuentra; es cierto, soy un amante irredento, fetichista y perpetuo de los libros de papel, pero una buena oportunidad en un avión, en un texto difícil de cargar es siempre una ayuda bien recibida. Lo mismo dicen mis atestados libreros.

No me había atrevido, salvo en una ocasión, con la novela gráfica. Mi primera vez con ella fue como el primer beso que todos soñamos, se trató de Maus I y II de Art Spiegelman que tuvieron la generosidad de obsequiarme Judit Bokser y Mark Liwerant. De ahí pasaron años antes de atreverme de nuevo, no es que me dejara un mal sabor el Spiegelman, tan bueno es que ahora he comprado una edición nueva para mi hija, pero pertenezco a una generación de lectores mal educados a los que nos dijeron algunas maestras avinagradas: “No leas monitos”, “la historieta es para los flojos que no quieren leer”, “son tontos los que no quieren un libro si no trae dibujitos”… las mismas que nos atenazaron la imaginación con aquello de “los libros no se rayan”, si no fuera por un profesor de la preparatoria, el profe Monge Moya, que en la primera clase de literatura universal nos dijo… “los libros sí se rayan” y otro día “un libro que no está subrayado ni tiene notas, seguramente nadie lo ha leído”.

Un día vi una película excepcional, “La invención de Hugo Cabret”, de inmediato capturó mi imaginación, me llevó a París, me confrontó con Verne y con las estaciones de trenes, con la antiquísima Gare d’Orsay que hoy es un primoroso museo, me remitió a imágenes icónicas de París y me hizo revivir las ancianas películas de Georges Melliès. Tanto que he visto con mis hijos todas las películas del viejo mago. Como suele ser mi costumbre cuando una película me gusta, me puse a buscar el libro y la experiencia no pudo ser mejor.

Editorial SM ofrecía la edición del libro de Selznik, pero para mi sorpresa era algo así como una novela gráfica y digo algo así porque no es, como dicen los franceses, una “bande desinée”, sino una novela en texto con tal profusión y confusión de imágenes maravillosas que se explican y se complementan mutuamente. Se trata de un libro para leer y poseer.

Aventurarse en el personaje de Cabret es abrir la puerta a nuestras ilusiones infantiles, es dejarnos llevar por la magia de la narración y en el caso de este libro para volvernos a enamorar de uno de esos textos que, ni por asomo, me permitiría en formato digital. Podría decir que si se es amante de las buenas historias, de los libros hermosos y del cine, entonces no hay pretexto para no tener a Hugo Cabret en la casa.

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Desde luego, la obra se torna todavía mágica cuando llega a la pantalla, sobre todo, porque no reproduce el libro sino que a través de sus imágenes genera una obra completamente nueva, el trailer… o como decíamos “los cortos”, de La invención de Hugo Cabret, de Martin Scorsese: