El Peatón de Fargue, o la literatura como geografía espiritual

Recomendar un libro debe ser un acto consciente; elegir un libro es siempre un misterio, cuando recomendamos uno enviamos un mensaje, queremos expresar algo y exhibir, al mismo tiempo nuestra visión del mundo, nuestra manera de estar en él y descubrir nuestras ideas como nuestros gustos y obsesiones. Al buen entendedor pocas palabras dice la sabiduría popular; quien recibe la recomendación, si es avezado sabrá interpretar el mensaje; por eso, aunque los lectores desarrollamos nuestra actividad vital en la más absoluta  soledad, somos ante todo, una especie gregaria. Elegir qué leer es siempre un misterio, en cada decisión, aún en las que aparentan ser más sencillas, se oculta el misterioso mecanismo de la casualidad – del destino si se prefiere – y también, simultáneamente, opera la cadena gigantesca de causas y efectos que nos llevan a enfrentarnos al libro y permanecer en su presencia desnudos, armados y al mismo tiempo, vulnerables.

Leemos lo que nos causa placer, lo que satisface nuestros deseos y nuestras tentaciones; lo que estimula nuestra inteligencia o alimenta nuestras obsesiones; leemos por rebeldía pero también por fidelidad, por lealtad y hasta por docilidad respecto de aquellos a quienes reconocemos autoridad y valía.

Pocas cosas hay tan arriesgadas como aventurarse sin guía entre los estantes de una librería; desde luego, ello importa una aventura que puede llevarnos a puertos y territorios nunca soñados; elegir un libro es, por cierto, una apuesta en la que juegan con mayor seguridad los lectores más experimentados y aún ellos no estén exentos de sufrir descalabros y decepciones. Es aún más peligroso es aún, leer bajo la recomendación de alguien en quien depositamos nuestra tranquilidad y nuestra fe de discípulos, pues aunque en tales casos solemos navegar con brújula, astrolabio y carta preestablecida, cuando algo falla el sentimiento de decepción y abandono es mayor pues pensábamos de antemano satisfechas nuestras expectativas y fantasías; incluso, engendramos algún sentimiento de vergüenza y culpa – particularmente en nuestras primeras lecturas – pues no alcanzamos a atribuir el error de apreciación y tino a nuestro almirante; así no nos queda sino asumir que somos grumetes que no pudimos estar a la altura de la travesía.

Pero cuando hay fortuna y acierto, cuando alcanzamos a encontrar las razones por las que nuestro guía ha querido llevarnos por este camino y no por otro, opera la dulce satisfacción del corsario que ha sabido llegar a la isla del tesoro apoyado apenas en mapas simples e incompletos. Sin mayor instrumental y aún con menor conocimiento, supe por primera vez de Léon Paul Fargue, a través de Alfonso Reyes.

Menuda recomendación pensaría cualquiera, pero también particular reto, pues tuvieron que pasar décadas antes que pudiera encontrar, esperándome pacientemente en su lugar  de una librería, el libro de un autor que Reyes tanto ponderaba; para hacer las cosas aún más dramáticas, el libro hallado, como el niño en el templo, no era un título cualquiera, sino “El Peatón de París”. Cuando supe de él,  a los diecinueve años, me sitúe frente a un libro que reunía, al menos, dos de mis obsesiones literarias y vitales ya desde entonces: París y Alfonso Reyes. Casi tres décadas después, pude al fin enfrentar el libro y correr el riesgo que sus antecedentes presagiaban.

La primera vez que tuve noticia de Léon Paul Fargue, fue en un pequeño poema de cortesía que Reyes escribió en Brasil en el año 1932:

Los Paúles

-De una carta a Paul Morand.

En la poética suma,

como sin darle importancia,

los seis Paules de Francia

se me vienen a la pluma:

Si Verlaine es todo espuma,

Claudel fuego, y Valéry

cristal, y Fargue benjuí,

y Éluard literatura,

Morand, queda la flor para

para apellidarte a ti.

Con toda seguridad, en aquella ocasión debo haber pasado por alto el nombre de Fargue, eclipsado al menos por Verlaine, Claudel y Valéry; sin embargo, tiempo después, Reyes lo volvía a citar en su simpático ensayo sobre las “jitanjáforas”, colocándolo junto a James Joyce como un precursor de la “disgregación” de las palabras:

Ma dafnifage en orodifian…

si catastrophiant l’ anciliosite…

Versos que, califica como “caricaturas fonéticas”; un vez más dejé escapar al autor sometido por la luminosidad del descubrimiento de esos versitos sin sentido pero llenos de musicalidad, a los que llama jitanjáforas; “aserrín aserrán”, por ejemplo, que era como cantaban “los maderos de San Juan” en mi infancia. En aquel mismo volumen, el XIV de sus obras completas, hablando de “la vida y la obra”, se refiere de nuevo a Fargue como un poeta abultado de fantasía que sin embargo, sabe hacer frente a su deberes cívicos. Es probable que ya entonces el nombre del poeta comenzará la conquista de mi memoria. Pero no sería sino hasta la lectura  del ensayo de Reyes “ El judío errante y sus ciudades” en el que hace una relación y una anatomía de los libros que describan urbes, particularmente  París, que Fargue aparece con su “Piéton de París”, tan ponderado como Montherland y Aragon, incluso tanto como Orwell. No solo don Alfonso sino muchas fuentes diversas ya habían inoculado en mi la ilusión de París – enfermedad placentera que nunca se agota y que crece con cada encuentro y con cada referencia , – así, debía, a toda costa, leer a Fargue, pero con tan mala fortuna que pasarían casi tres décadas para ese momento; de esa misma página de Reyes, aún tengo pendiente conseguir el “Flâneur des deux rives” de Apollinaire.

La propia personalidad de Fargue aparece retratada por la pluma de Reyes incluida y hasta mimetizada en el aire y las calles de París; lo menciona en compañía de Prévost y Larbaud como uno de los habituales de la librería de Adrienne Monnier a la que él mismo era también aficionado y, dicho sea de paso, lo eran así mismo algunos de los republicanos españoles que recalarían su exilio en la Capilla Alfonsina, como Díaz Canedo. De esta manera, la suerte estaba echada; muchos años después, en la librería “El Péndulo”, de Polanco, mi más indispensable centro de abastecimiento, encontré por fin el Peatón de Fargue.

Es verdad que tuve un primer asomo de duda, tal vez no convenía comprarlo y quedarme con lo dicho por don Alfonso; pero también, tal vez, no sería capaz de traicionar  una curiosidad tan celosamente alimentada por años y bien valía la pena hacer la apuesta. Lo compre y gane.

Fargue recorre su ciudad del mismo modo en que se realiza un acto de convicción, un esfuerzo personal por ingresar en la memoria y proyectar su visión para crear escenarios habituales; al prologar la versión castellana del Peatón de París, Andrés Frapiello, recordaba que Fargue anda por las letras, es decir, por las calles de París, del mismo modo en que Bálzac llevaba en su mente toda una sociedad o Proust diseccionaba todo un mundo sin salir de la habitación.

La escritura de Fargue no es revolución sino conquista, apoderamiento y no simple contemplación; es cierto que rehuye la mecánica del método y aún se pregunta cómo podría él tener un método si es “un hombre que deambula aún entre sábanas y sueños, apuntalado por fantasma, jugando al potro con vidas anteriores cada mañana”; más allá del sistema, el escritor desarrolla una necesidad sustancial, profunda, de escribir que no se basta así misma ni se calma en el misterio de la palabra hecha letras, sino que está domeñada, incluso a veces a empellones e incluso con crueldad, por el oficio.

Por eso, el Peatón no es un talismán, ni siquiera un mapa del tesoro, sino un recorrido íntimo que se moldea entre el recuerdo y la ausencia.

Fargue desconfía de la inspiración como la conciben los místicos de la literatura y no se ve así mismo: “Buscando a tientas entre los armarios y murciélagos de mi habitación ese vapor tibio que, según cuentan, hace manar dentro de uno los manantiales sueltos de los que brota el vino nuevo…”

Fargue no es depositario de la revelación; París no le fue concedido, él mismo lo ha conquistado, si se prefiere lo ha construido con la constancia silenciosa del parroquiano, con la necedad acérrima del Peatón y con la dulzura infinita del vecino. A diferencia del turista que vive de los golpes del efecto, de la moda, del Arco del Triunfo que aparece gigantesco al doblar una esquina; el Peatón de París, como los viajeros, se alimenta de los detalles primorosos de una esquina, se nutre de lugares cifrados como el metro de Sévres – Babylone y aspira a encontrar la señas de la Maga y Oliveira; el peatón como el viajero – porque he aquí que el Peatón de Fargue es en realidad un viajero al que le basta el universo parisino -, no se deja impresionar con el escenario, sino se apropia con sutil y leal esfuerzo que no deja de ser una batalla contra el mundo y la conquista de la naturaleza.  Por eso el autor reniega de la inspiración no solo como método, sino aún como posibilidad:

La inspiración, es el reino escaso del pensamiento, acaso sea como un día grande de mercado en la comarca. Estalla el regocijo en algún lugar de la materia gris: las necesidades se ponen en movimiento como la carretilla del hortelano; se oye el galope de las pesadas carnes de las ideas; los arqueros y los húsares de la imaginación cargan contra el papel impoluto. Y he aquí que ese mismo papel se cubrirá como por mágica operación, como si, a ciertas horas oyésemos en la región que se extiende de una a otra el crepitar de una metralleta de escribir. La inspiración en el arte me parece el paroxismo de la facilidad.

Este Paul de la literatura francesa está decidido a no ofrecer artificios ni falsas escenografías, sino que quiere escribir sobre lo que nunca se escribirá, es decir, sobre aquello que sólo a él le sería dado escribir: sobre él mismo en su ciudad; es decir, sobre el hombre en su contexto, digamos, natural. Ello no es obstáculo para que logre frases de una belleza absoluta: “aquí era noche cerrada invernal, y allá en cambio primavera color mariposa”.

No quiere convertirse en el cronista de París,  ni en el fiel retratista de los parisinos, lo que pretende es construir, con palabras nunca antes dichas y solo posibles en su pluma, el retrato de un mundo antes de que perezca en la destrucción a la que llamamos olvido. El suyo es un esfuerzo humano más que divino; ofrece, por eso, una de las más hermosas definiciones de “escribir”, que puedan leerse: “Escribir es saber apoderarse de secretos que aún no sabemos transformar en diamantes”,  por eso produce un libro que puede y debe ser leído al ritmo del viandante, no a paso de danza y menos aún de prisa; el suyo es, pues, un libro hecho como se construye una casa y no como se sueña un palacio:

El escritor solo me estimula en tanto en cuanto me desvela un principio físico, en tanto en cuanto me da a entender que podría trabajar con sus propias manos, ser pintor, escultor, artesano, cuando me muestra el sentimiento de lo “concreto individual”. Sino imprime a su obra el carácter de un objeto insólito, me interesa solo marginalmente.

Fiel a su propósito, escribió un libro que como se propuso fuera “un plano de París para gente sosegada; es decir, para paseantes que pueden perder el tiempo y amar París”. Lo cual confirma que la lectura, como una de las bellas artes, consiste en buscar y encontrar el libro  – o los libros -, cuyo autor escribió para cada lector, aún sin saberlo.

Fargue, a diferencia de muchos, no pretende ser un sensor – ni siquiera permisivo – de las costumbres; cuando las retrata, durante una buena parte del libro, lo hace ponderando el encanto con el que su memoria reconstruyó el pasado y señala, como primer autor de su prosa, la ciudad como punto de encuentro; el lugar natural en el que los seres humanos se buscan para saciar sus apetitos, en especial los del afecto, la escucha, el diálogo y la compañía. Fargue logra el encanto de humanizar París, ciudad que puede llegar a ser tan inhumana y brutal como heroica y sobrehumana; si existe aquel París de Balzac, de Proux y de Fargue, existe también el de las barriadas de la comuna y el de la resistencia a los nazis; desde luego, también el de Boris Vian y el de Céline, el del Velódromo de invierno y el de la Bastilla; pero no son esos extremos lo que interesan a Fargue, sino uno más íntimo en el que todos aceptan, adoptan y ejecutan su papel en esa enorme, gigantesca comedia humana a la que los romanos llamaron Lutecia sin saber que fundaban la ciudad más prodigiosa del universo. Así, Fargue entra con honor y hasta con dulzura en los rincones donde se desarrolla el drama:

Una muestra de dignidad nos la proporciona las amantes burguesas con quienes se citan industriales o representantes del centro parisiense; en la Chapelle o más abajo, entorno a las estaciones du Nord y de l’ Est, en restaurantes de sibaritas, en brasseries discretas y amplias donde el amor inspira a partes iguales a Bourguet, a Steinlen y a Kurt Weill. Queridas adornadas con llamativos anillos y collares de perlas, enlutadas si su amigo ha perdido a un abuelo, y cuyos robusto senos evocan toda una serie de meditaciones dedicadas a la maternidad ficticia. Amantes serias…

Fargue logra, a través del encanto de la relación y de su discreta exhibición, dos consecuencias simultáneas; desobjetiva a la mujer – desvinculada de su sentido como objeto de conquista y adquisición – y minimizar, incluso simular, la noción de pecado o inmoralidad, recorriendo al artilugio de Poe en “La Carta Perdida” pues la publica manifestación mina la sospecha y aniquila la maldad. Todo es encanto y cumplimiento del papel en el enorme, turbio y siempre majestuoso escenario que es París.

Desde el siglo XIX las guías de turistas menudean en las estanterías de los comercios, no solamente de la librerías, en tanto que los libros de viajeros se han mantenido en el gusto de los lectores más soñadores; especie aparte es la que se conforma de las geografías literarias ya en verso – como los Montevideanos de Mario Benedetti – ya en prosa – como el Elogio de la Calle, de Vicente Quirarte – y son una taxonomía aún más cercana. No es lo mismo describir la sociología de un barrio que prevenir al turista, como tampoco es lo mismo una descripción arquitectónica e histórica por pulcra y precisa que sea, que adentrarse a escribir:

Entonces es la Chapelle realmente ese país de las lúgubres y cautivadoras  maravillas; el paraíso de los marginados, de las chiquillas vagabundas y de los fortachones a los que no se les cae el honor de la boca ni la lealtad de los puños; el Edén sombrío, diurno y nostálgico que los soldados celebran de noche en los dormitorios colectivos para vencer el hastío solitario.

Hay cierta hermandad entre quienes narran el París oscuro como Yonnet o Genet, una fascinación por la estética dañada de la miseria digna y de la monstruosidad fantástica que no ha perdido la elegancia; la  infatuación del claroscuro y la densa sensación de pasear indemne por inframundos no privados de encanto. En su andar, Fargue descubre la noche como un espacio siempre lleno de vitalidad donde la fatiga y la avidez hacen caer las mascaras para permitir que luzcan los rostros más diversos de la condición humana; como si el rol, en lugar de iluminar, deslumbrara ocultando lo que en realidad somos o queremos  ser, mientras que la noche fuera la condición real de la existencia en la que se deslizan las sensaciones que en realidad merecen ser vividas. Son los habitantes de la noche, como los desheredados y los trabajadores, quienes merecen la mayor atención de Fargue porque en ellos encuentra la ausencia de maquillajes y artificios y una fuerza vital extraordinaria que no nace del deseo de ser sino de la necesidad de sobrevivir que es, al final, mucho más hermosa:

Ninguna necesidad hay  de escribir para llevar poesía en los bolsillos. Para empezar tenemos los que escriben, y constituyen una academia errante. Y luego  están los que conocen los secretos del maridaje – fuente de felicidad – de la sensibilidad y el barrio. Por ello atribuyo el noble título de poeta a los carreteros, vendedores de bicicletas, tenderos, horticultores,  floristas y cerrajeros de la Rue Château – Landon o de la Rue d’ Aubervilliers, del Quai de la Loire, de la Rue du Terrage y de la rue des Vinaigriers. Es verlos con su sonrisa, corriendo por la acera cincelada de fatigas, preguntando por sus hijas, viendo a sus hijos soldados, y sentir el regocijo en las tuercas más recónditas  de mi viejo y cándido corazón.

Esta operación poética destruye las fronteras de lo convencional y funge como un igualador, como un factor democrático en el que conviven los grandes con los simples y por el que los hombres de fama no son reacios a caminar junto a las multitudes. La ciudad es el espacio consagrado por su belleza, su carácter y su sentido de obra colectiva en permanente construcción, la que justifica la presencia de todos; en ella, el sujeto se debe al espacio que ocupa y no a la inversa, porque cada uno, por sí mismo, no es suficiente para acreditar la enormidad de la urbe plena de historia y belleza; es cierto que algunos están llamados a la grandeza y que la conquistan mediante mil y un artilugios distintos, que de entre ellos unos cuantos alcanzarán la gloria y de entre esos tan sólo una minúscula minoría, tendrá el honor mas delirante al que puede aspirar cualquier habitante de una metrópoli: que su nombre sea impuesto a una calle o a una plaza, con lo que sus conciudadanos de muchas generaciones aún por venir, deberán nombrarlo miles de veces durante la jornada y en las esquinas, como luces votivas eternamente encendidas, los letreros recordarán su nombre a los transeúntes obligados siempre a mirarlo. Pero hay todavía un honor más grande y que se debe a la ciudad más que al individuo y que consiste en la persistencia del nombre como espacio habitable cuando ya se ha borrado la memoria de aquel a quien identificaba; en ese momento el sujeto y su ciudad se han hecho por fin uno; antigua Calle Guardiola en el centro de la Ciudad de México que aún sin tener portador es nombre ligado al suelo que ocupa.

Léon Daudet no se equivoca cuando escribe que Montmartre es un París dentro de París del que Clemenceau fuera alcalde. Un día caminaba yo por la Rue Lamarck, desde donde se divisa todo el puzzle de la capital, con un amigo del Tigre que había guerreado en la Comuna, cuando nos abordó un gran personaje de la República que se encontraba en Montmartre en viaje oficial.

  • ¿Viaje oficial? Preguntó el amigo de Clemenceau – ¿Viene usted a inaugurar una estatua, a crear una logia o a condecorar a un pintor fallecido?
  • Nada de eso, he venido a ocuparme de un trámite con un indígena que no se desplaza. Montmartre tiene zonas comunes con el Olimpo, y aquí he entablado mis más hermosas amistades: Zola, Donnay, Caius, Picasso, Utrillo, Max Jacob y hasta Vaillant…

Desde luego, la nómina no deja de ser impresionante, pero lo que brilla en ella es la pátina del tiempo y de la gloria, lo que en realidad nos asombra es su conjunción en el breve espacio de una colina; porque a fin de cuentas, la Ciudad es cruel y toca con su mano afortunada sólo algunas frentes que quedan como muestras generosas de su época mientras que otros, con menos suerte, constituirán el tejido general de la urbe en la que ya no se distinguen pero que, sin su existencia, la ciudad, en toda su enormidad, quedaría incompleta; al hablar de los cafés de Montmartre se refiere a ellos como los lugares “en los que murieron de hambre artistas tan absolutamente opacos que nunca se llegó a saber si fueron pintores, escultores, grabadores, cómicos, poetas o filósofos”; pero al fin, artistas. Es ahí, en los cafés donde París tiene el corazón, no su epicentro, no su alma, sino su corazón, un músculo incansable y poderoso desde donde emanan todas sus potencias y desde donde salen, a todo el cuerpo de la ciudad las células portadoras de oxígeno que mantienen su vida prodigiosa; visto así, Fargue tiene preferencia por las regiones más obscuras del corazón, las más profundas y primarias y aunque guarda guiños cómplices para los lugares más sofisticados donde la ciudad piensa y se recrea, vuelve siempre a esos rincones primitivos:

Cafés de mala muerte, cafés para hombres de los bajos fondos, cafés para hombres sin sexo, para damas solitarias, cafés de chapistas, cafés decorados a la muniquesa, esclavos del cemento armado, de la agencia Havas; los “Noyau”, los “pierrot”, los cafés con nombres ingleses, los bistros de la rue Lépic, los barrecillos de la Place Clichy, dan cobijo a los mejores clientes del mundo. Porque el mejor cliente de café del mundo sigue siendo el francés, que va al café por ir al café, para organizar competiciones de bebidas, o para entonar con sus camaradas himnos patrióticos.

Es en la Place de Clichy en donde se desarrolla una de las novelas más humanas del Siglo XX, también de las mejor escritas y de las más poderosamente melancólicas: La leyenda del Santo Bebedor de Joseph Roth.

Esa afirmación tan grande- que el francés va al café por ir al café – es rigurosamente cierta y es uno de los primeros frenómenos de la vida parisina que impactan la vista del viajero. Pero aquel París no es para todos, acaso sea solo para los nativos o para algunos iniciados, incluso un poco tal vez, para unos cuantos viajeros expertos, se trata de un París muy profundo y críptico; en cambio, un París más luminoso, que no turístico, se abre un poco más abajo, en la otra orilla del Sena donde encallan los marinos que no han logrado resistir la fuerza de ese mar que es Montmartre:

Daragnès, uno de los príncipes de esta nueva vía (se refiere a la ampliación de la rue Junot), percibe claramente que la etapa de las braseros montmartresas ha concluido, que otra guerra ha pasado por allí; la del cemento, el jazz, el altavoz, y cada vez que va a buscar su dosis de vitaminas al café se traslada a la otra orilla de París, a la eterna orilla izquierda, al Lipp o al Deux Magots…

Ese mundo del jazz que para el autor resultaba demoledor para el París de su juventud, es recordado no sin cierto afecto, como de un hombre que no se casa con la falacia de que todo tiempo pasado fue mejor y que entiende que París sobrevivirá y se transformará pero seguirá siendo la urbe modelo para el mundo y el lugar de peregrinación de todas las nuevas ideas y de todos los revolucionarios de cada una de las actividades verdaderamente humanas; piensa en aquella era del jazz como aquella en la que “las mujeres que lanzaban la moda de entonces bailaban como en sus casas, con un maquillaje sincero y un cuerpo secretamente disponible…”, una época que bajo la bendición de Poulenc, Honnegger y Millaud, “por encima del bullicio de encuentros, sonatas, salsas inglesas y adulterios rápidos, se alzaba el pequeño sol de gloria de Apollinaire”.

Antes de entrar en Saint-Germaine-des-Prés, Fargue se detiene unos momentos en Champs Elysées, aunque sólo sea para denunciar el mundo de utilería que se oculta detrás de sus lujosos restaurantes.

Hace ya más de veinte años que sucumbí por primera vez ante los encantos de la ciudad donde he vivido algunos de mis instantes más hermosos y algunos de los más intensos, desde entonces, no recuerdo haber pasado por Champs Elysées más de tres veces; prefiero el París más franco, el mío es el de Saint-Germaine-des-Prés.

En cierta forma, Fargue, como antes ya lo habían dicho Cendrars  y Baudelaire, piensa que en estricto sentido, la más famosa calle de París no es París en sí misma , sino su escenario más conocido, ni siquiera el más señorial pero sí la fachada de un mundo de fantasía al que sólo pueden acceder unos cuantos pero cuya luminosidad nos deslumbra a todos: si en los cafés y brasseries de Montmantre se encuentra a los truhanes que se juegan el pellejo por unos francos, en Champs Elysees halla a los diletantes de la estafa a la alta escuela, a los profesionales de la promesa incumplida y a los fabricantes de sueños sin fondos.

Poco a poco la gran sala se llenó de gigolós con un libro en el bolsillo que huían de la escuela secundaria, de periodistas sin periódico y de esos niños de papá necesitados, que esperan que las coyunturas les caigan del cielo parisino bien asaditas a la misma boca. Se pedían los primeros cócteles. Tenía la sensación de encontrarme a la buena ventura en la sala de espera de algún profesor, o en una estación cosmopolita en la que cada uno aguardaba un tren maravilloso con destino  a la fortuna. Impresión reforzada por la llegada del Paris-Midi sobre el que la gente se avalanzaba como si de un comunicado oficial se tratase. Y a todo esto, de mi  provincia, ni rastro. Había  no pocas mujeres, cosidas a las  mesas como si fueran adornos, y todas soñaban, a buen seguro  con la película que las rescataría de la mediocridad; pero ninguna lucía la enseña de provincias, ninguna había acudido a una cita…

Una de las mayores virtudes de la prosa de Fargue es su capacidad casi infinita para convertir hechos y situaciones reales en símbolos imperecederos; el paso de una mujer, la luz de una farola, una sombra que se alarga hasta el infinito, todo sirve a su pluma para representar su idea del mundo y la forma en que los seres humanos reaccionamos frente a cada circunstancia; no hay momentos pequeños ni instantes despreciables, todos son parte de ese universo complejo al que bien llamamos la condición humana.

Fargue se mueve con comodidad en cualquier ámbito de la ciudad, pero no en todos ellos encuentra a su aire, por eso luce más como un observador que como un protagonista en Champs Elysées al final de esta estación del viaje, escapa de la pretensión y el oropel para volver a sus espacios naturales, igual que el viajero, luego de disfrutar el abigarrado espectáculo de los paseantes de mil y un orígenes, huye por alguna de las calles laterales que lo transportan a una dimensión diferente, a un París distinto de aquel de las postales y de los libros de litografías turísticas; así, como fatigado, vuelve a los cafés, se relaja y retoma su naturaleza; así lo hace Fargue con el mejor de los pretextos que pudiera encontrar: la mujer que aguarda.

Según me alejaba por fin de la avenida la vi repentinamente, aquella tarde de otoño, como una inmensa playa formada por la confluencia de todos los cafés donde los parisinos van a tomar baños de frescor y de luna después de cenar…

Del mismo modo en que, como hombre sólo puede emprender el viaje a lo profundo de sí mismo en la búsqueda de la mujer; como parisino, no puede sino volver al París más profundo, al de arteria principal a su fuente de vida y esperanza, los quais del Sena. Aquellos pequeños puertos donde confluyen los pasos peatonales que desde hace siglos sustituyen las riveras del río; salvo algunos bulevares o unas cuantas plazas ningún espacio  de la ciudad ha sido retratado con más profusión por la literatura, el cine, la fotografía y la música como cada uno de los quais. No son muchos los viajeros  que los recorren, pero nadie puede decir que conoce París si no los ha recorrido.

De ese paisaje (sobre el cual han crecido como por capricho los monumentos más importantes, como la Torre Eiffel; los más sospechosos como la Cámara; los más gloriosos como el Institute de  France) es la parte central, la más conocida y transitada y sin duda son los quais de Conti y Malaquais los que se llevan la palma ex-aquo. He preguntado a mendigos, a indigentes de la mejor calaña por qué preferían aquellos los quais antes que los demás, sobre todo para dormir en sus riberas, impregnadas de sus olores a paja, absenta y zapato que dulcemente transporta el Sena: “Porque”, no me contestaron, “nos sentimos más a gusto, casi como en casa. Además los sueños son más distinguidos.

La urbe no es pues, un todo unitario; tal vez por ello, los cubistas la tomaron como su capital; se trata más bien de una colección de espacios que se articulan, cada un con su carácter y tradición para conformar un solo cuerpo vivo pero sin perder su propia unidad ni función. París no es una ciudad que se entregue fácilmente a quien la pretende y usa multiplicidad de rostros que confunden al novato y a quien no esta dispuesto a apostar su asombro y su integridad espiritual; es por eso también, que cada uno encuentra y trae consigo, para siempre, su propio París que resulta incomunicable y apenas puede, también, en fracciones, narrarse pálidamente.

Borges decía que París es el mejor lugar del mundo para un escritor muerto – paradójico para él que descansa en Ginebra -, por eso, para el “clochard” especie urbana que dista mucha del “homeless” norteamericano o del vagabundo latinoamericano, no hay ciudad como París. El clochard es una especie de cofrade que soporta su indigencia con dignidad y la exhibe con orgullo como si fuera no un ciudadano venido a menos, sino el legitimo conquistador de un espacio donde generar sueños distinguidos.

Fargue domina todos esos espacios y aún así se da el lujo de reconocer que la ciudad guarda, incluso para él, algunos insondables misterios; barrios míticos y palacios prohibidos, de entre ellos, de ambos géneros, el autor muestra una abierta preferencia por el Marais; aquel rincón de París de palacios ocultos y escenario principal de la antiquísima comunidad judía de París.

Si como todo parece apuntar, en realidad París tuvo un origen y no es anterior a la creación del mundo como algunos todavía suponemos, la antigua Lutecia se origino en un pequeño islote que hoy llamamos L’ île de la Cité, donde se asentaron los antiguos parisii; conquistados luego por romanos, se amplia sobre los arenales de la rivera derecha y, para el siglo X, París ya tiene un corazón resistente y bien formado que si sitúa en lo que hoy llamamos el Marais, que debe su nombre a las “marismas” del Sena. Los judíos se establecieron en el barrio hacia el siglo XIV; desde entonces se convirtió en el núcleo de la comunidad judía más grande de Europa occidental; para el tiempo de Fargue era una de las capitales del pueblo judío diseminado por el mundo y para él mismo, implicaba un reto de comprensión y aceptación.

Por las mañanas los ancianos barbudos y acartonados, mezcla de genialidad y temor, grandes paseantes colmados y pensativos, que se adivinan maliciosos o instruidos, con aspecto de acarrear fardos de nostalgia y al mismo tiempo de atesorar secretos venerables, mercaderes caídos de algún museo holandés se dirigen hacia la sinagoga sin ver nada más, como patrones, mientras el proletariado judío de la Rue de Rosiers los observa con envidia y estupor, pues son sabios y ricos.

El autor se aproxima a este otro París, al que no pertenece, al menos no del todo, pues no alcanza a comprender el oscuro y ancestral mecanismo de relojería que da un tiempo múltiple y perpetuo a ese pueblo que pertenece, pese a todo, en su unidad y multiplicidad, en su identidad que transita desde la más remota antigüedad has nuestros días; pero esa misma confusión es la que lo fascina. París, desde su fundación posee la infinita capacidad de atraer a los curiosos más insaciables, a los viajeros, a los artistas, a los exiliados y a los perseguidos; a quienes andan en pos de la belleza y a quienes buscan el olvido; la misma ciudad que es refugio es también tumba y monumento, conviven en el mismo espacio y en el mismo rincón de la memoria de los jansenistas y los sefardíes, Picasso y Utrillo, Alfonso Reyes y Joseph Roth. Para ellos, para quienes la contemplación y el goce de la vida – a veces administrado a cuenta gotas – lo es todo, París se convierte en un enorme laberinto en el que conviven las esquinas del refugio y los callejones del abandono; lugar de vida y muerte, de traición pero también de gloria. Cuidad universal en la que la condición humana se manifiesta en toda su grandeza y en toda complejidad y a veces, en su oprobio.

A modo de ejemplo, Fargue elige uno de los barrios más icónicos pero que, pese a todo, no ha sido conquistado por los turistas, acaso porque sus encantos no son evidentes y su enormidad aparece encubierta por su vida y su cotidianidad: Saint-Germaine-des-Prés:

La place Saint-Germaine-des-Prés, ausente en las peroratas dirigidas a yugoslavos y escoceses del altavoz del autocar “París la nuit”, es, sin embargo, uno de los rincones de la capital donde más “a la última” se siente uno, más cercano a la verdadera actualidad, a los hombres que conocen la entretela del país, del mundo y del arte. Y esto es así incluso los domingos, merced al quiosco de prensa de la esquina de la plaza con el bulevar, una casa muy bien surtida de rotativos de todas las tendencias.

Fargue no podía saber que en unos años después de su deceso esa misma plaza sería bautizada con el nombre de dos de sus mas celebrados moradores: Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre, pero tampoco, ¡oh milagro!, que ese mismo puesto de prensa seguiría existiendo hasta nuestros días.

Saint-Germaine, desde luego no ha permanecido intacto, en cambio, ha administrado sus transformaciones con una sabiduría ejemplar que lo hacen reconocible pese al implacable paso del tiempo; hay un encanto peculiar en ese barrio que irrumpe en el París turístico y monumental para seguir siendo un barrio habitable cuya solera no ha logrado inmovilizarlo. Es un lugar donde las apariencias engañan; la iglesia de Saint-Germaine palidece frente a Nôtre Dame y frente a Saint-Ettienne-du.Mont, pero es la última muestra del románico francés que queda en París, una de las más antiguas parroquias de París que todavía funciona como lugar de culto y centro comunitario; su jardín es apenas un rincón pero posee una soberbia fuente de porcelana de Sévres; en la entrada del jardín se encuentra un letrero que honra la enormidad de la lengua francesa: “En caso de tormenta el parque será cerrado al público”, pues la magnificación de París radica no es sus grandes monumentos sino en los pequeños detalles que recuerdan la gloria de una ciudad antiquísima y sus modos de antigua aristócrata; después de la plaza apenas unos cuantos metros más adelante, en el mismo sentido en el que los autos se desplazan sobre el bulevar, se encuentra el célebre y peculiar Kiosco al que se refiere Fargue; igual que acontece con la iglesia, el camuflaje es la cifra secreta que oculta el París que une al lector con el antiguo Peatón, el puesto de periódicos es en realidad una hemeroteca que contiene las mejores revistas y diarios literarios e intelectuales del mundo, si el nuevo peatón se decide por alguna selección, el mismo vendedor que atiende en su silla desde tiempos inmemoriales, lo atenderá esforzándose en hablar un español que no ha mejorado en décadas.

Pero no es ahí donde late el corazón de Saint-Germaine, sino en sus tres centros fundamentales: dos cafés y una brasserie, tan históricas como vitales todavía al día de hoy:

Porque la Plaza vive, respira, palpita y duerme a través de la virtud de tres cafés célebres ya como instituciones del estado: el Deux Magôts, el Café de Flore y la Brasserie Lipp, cada uno de sus propios funcionarios, sus jefes de departamento y sus chupatintas, que pueden perfectamente ser novelistas traducidos a veintiséis lenguas, pintores sin taller, críticos sin columna, o ministros sin cartera…

Desde que dejara de preguntar al patrón por su socio, el café de Deux Magôts, “de deux mégots”, para los iniciados es un establecimiento asaz pretencioso y solemne donde cada consumidor representa un literato para el vecino, donde unas casi ricas y casi bellas acuden para bostezar e insinuarse a los últimos surrealistas, cuyo nombre salva océanos a pesar de no trascender del bulevar…

Esos tres lugares resumen la sabiduría mundana de París, son en su conjunto, otra cuna de inmortales que tiene como Academia la calle y su espectáculo, la lectura sazonada con café y tabaco y periódicamente interrumpida por la charla y por la belleza que circula por la acera de enfrente. Dux Magôts, siendo vistoso es también una suerte de disimulo, como lo eran las miradas de Proust a todo cuanto le parecía hermoso; se trata de unos de los lugares principales de las vanguardias literarias y artísticas que dieron forma y vida al siglo XX; se entra al salón principal sólo para observar las dos esculturas que, empotradas en un pilar, representan a dos mandarines que son las deidades del local y a las que debe su nombre pues la tradición de los parroquianos los ha tomado por magos; más de una vez he visto a algún habitual despedirse de ellos luego de pagar su consumisión, invariablemente el mesero de turno me ha dicho que se trata de algún ritual de buena suerte. Pero el conocedor – si es afortunado – no tomará mesa en el salón, pues, como dice Milan Kundera, la vida esta en otra parte; deberá atravesar una primera terraza en la que no esta permitido fumar por puerta cerrada con cristales y que funciona como una especie de purgatorio donde menudean las lenguas extranjeras, como el parisino no es hombre de medias tintas se decantará por la terraza o por el salón, pero nunca admitirá para sí algo que si no es ni carne ni pescado; al contrario, ocupará una pequeña mesa exterior en la que, conforme a la tradición de la ciudad, varias veces centenaria, las sillas no están vueltas al interior mirando a la mesa, sino dirigidas hacia la calle pues es ahí donde, al modo Calderón de la Barca, se presenta el gran teatro del mundo.

En efecto, como nos previene Fargue, el Café de Floré es otra cosa, y aunque no lo separan del Magôts ni siquiera cuarenta pasos, se trata de un terreno del todo distinto, Floré es un tanto más mundanal y un poco menos solemne y, si se tiene la fortuna de recalar en sus playas por la tarde, el peatón descubrirá que al barrio se ha volcado sobre la calle reclamando a los turistas su ancestral derecho de ocupación; es posible que sea testigo de alguna pequeña batalla en la que el orgullo parisino, forjado en cientos de años de asedios militares, batallas callejeras y millones de días enteros en las plazas como afirma Marguerite Duras, le haga una mala pasada a algún turista inocente aunque nadie se moleste por ello ni tome partido. Floré es también una catedral de la historia cultural de nuestro tiempo; ahí hay menos reverencia y tal vez más vida; las charlas son más altas en su tono, se escuchan menos palabras en lenguas distintas del francés y casi con seguridad sería el golpe de la cotidianidad parisina cuando algún camarero se entienda a gritos airados, por cualquier motivo, con quien se pueda y así, el peatón podrá comprender que el parisino no está enfadado sino que ése es el método de una ciudad apresurada que lleva cientos de años tratando de aparentar una serenidad que nunca ha tenido y que solo existe en su anhelo desde que Balzac la inventó.

Esa larguísima acumulación de estilo y carácter ha dado como resultado una identidad difícil de definir, pero como sucede con la idea del tiempo en Agustín de Hipona, sabemos lo que es aunque no la podamos expresar, algo que identificamos pero que no podemos reproducir, algo por lo que muchos suspiramos pero para lo que no existe sucedáneo; se trata pues de una idea y no de un gentilicio, de una forma de ser y estar en el mundo y no de una indicación geográfica. Después de todo el propio Fargue afirma que para llamarse marsellés hace falta haber nacido en Marsella o que para ser Vienés había que nacer en Viena y, sin embargo, no hacer falta haber visto la luz primera en París para ser un parisino y al efecto propone como ejemplo, un juego de palabras y resoluble sobre un café y un gato:

Refiriéndose al famoso Chat noir de la Rue Victor-Massé: “ese gato, que supo conciliar la leyenda dorada y la cava; ese gato socialista y napoléonico, místico y salaz, macabro y proclive a la romanza, fue un gato muy parisino y casi nacional. Expresó a su manera el amable desorden de nuestros intelectos. Nos regaló veladas verdaderamente divertidas.

Es imposible aplicar las mismas nociones al francés, pero el parisino que es, desde luego y absolutamente francés, a caso muy francés es algo más que eso; así, por ejemplo, la belleza parisina, consiste más en una cierta facilidad de andar por el mundo con una comodidad infinita en que una sofisticación afectada; se manifiesta en la sencillez y la transparencia de los maquillajes y en una complicadísima combinación de técnicas que transitan en el arte y la ciencia, para la elección del vestuario que lo hace parecer la cosa más sencilla del mundo. En esos términos, para el peatón, parisinos fueron Schwob y Eduardo VII, parisinos también Guitry y Proust, desde luego Balzac y Chanel y a buena fe mía, fueron de lo más parisinos Carlos Fuentes y Alfonso Reyes. Para lograr aprender la esencia de lo francés Fargue procede devastando los excesos y proclamando fuera de los limites de París a quienes por el mundo así se proclaman exhibiendo vicios y bacanales inexistentes, pregonan el pedigrí y la complejidad de un guardarropa que nadie posee ni se atrevería a usar en un paseo por el Park Monceau, esos son cualquier cosa que uno quiera nombrar, pero no son nunca parisinos; al contrario, una primera noción de lo auténticamente parisino está descrita por Fargue:

El parisino no es una criatura misteriosa. No es ni borgia, ni lord inglés, ni boyardo, ni yanqui, ni mandarín, ni oficial retirado, ni clerisonte. El parisino es un señor que va al Maxim’s, sabe decir dos o tres trilladas a su estanquera y muestra por lo general mucha amabilidad por las mujeres. Ama los libros, gusta de la pintura, conoce los restaurantes dignos de ese nombre, no contrae demasiadas deudas – sino ninguna – y lega a sus hijos líos de faldas sin resolver.

Puesto en esos términos, lo parisino resulta de la ligereza de la inteligencia, de la sabiduría de la mundanidad y de la aplicación de la rigurosa educación cartesiana a la razón, como método y al goce como objetivo; para el peatón, el espíritu parisino conlleva tomarse las cosas en serio pero no en dramatizarlas nunca; el parisino se exalta y grita, exige su espacio y su derecho, pero no lleva nunca el drama a la plaza pública pues lo reserva para la introspección, la reunión de amigos y, sobre todo para la alcoba, lugar natural y escenario propio del drama humano, el más sublime y el más abyecto; dice Léon Paul Fargue que el parisino es un juez supremo “que guarda sucesos y consecuencias, hombres y dioses, lápiz en mano”, y aún más:

El parisino era un hombre al que le daba gusto encontrarse, lo sabía todo, le sonreía, aún presa del cansancio, aún cuando tu presencia lo fastidiara, y siempre  exclamaba: ¡Cuanto me alegro de verlo! Al cabo de media hora se alegraba de veras…

Ciertos hombres encierran tesoros de gracia, inteligencia, de amabilidad, todo ello aderezado con deliciosas insidias y un toque de malicia; tesoros de paciencia y de astucia, mezcla de cortesía y argucia que los convierten en elementos imprescindibles no sólo de los salones de París, sino de ciertas librerías, de ciertas galerías de arte y de la mayoría de los ensayos generales.

Esta literatura como geografía espiritual constituye en sí misma, una muestra de algo sumamente parisino y, del mismo modo completamente universal que establece las fronteras entre el viajero y el turista y que derriba, a caso con voluntad perpetua, la maligna aunque ingenua idea de la solemnidad de la cultura y el mundo, pues el mapa trazado por Fargue no es la geografía ruda y ardua de las nomenclaturas, ni siquiera de los estudios antropológicos, demográficos o sociológicos, sino del gusto por el recuerdo y el culto por los placeres de la vida y la existencia; buen podemos llamar eso la madurez al hecho de encontrar el conocimiento por el placer que produce, en anhelar los cuerpos por el goce que encierran y en correr los riesgos, aún los más descabellados, solo por la gloria de vencerlos.

Tan atinada es la geografía del peatón que termina su descripción con una profecía que se cumplió en la figura de Dietrich von choltitz que, desobedeciendo las ordenes de Hitler – a caso el sujeto que mejor encarna la idea de lo no parisino -, se negó a destruir París:

En una eventual guerra los aviones enemigos recibirían el ataque del murmullo de la historia, elegancia y amor que París desprende, y que una presencia providencial, una suerte de encanto irresistible les obligaría a dar marcha atrás para dejar intacta sobre el relieve del mundo, una planta de goces y placeres que mucho tardaría en echar raíces.

Léon Paul Fargue vio cumplirse su profecía; murió en noviembre de 1947 mientras que el párrafo citado lo escribió dos años antes de la primera edición del Piéton de París, salida de las prensas en 1939, antes incluso de que los nazis desfilarán por Champs Elysées, ya se ve, un espectáculo nada parisino en la calle que menos le gustaba.leon paul fargue