El niño en la arena

Han pasado días y sigue apareciendo en mi mente, como si uno se viera obligado a caminar cada jornada por una de esas calles que tienen la condena de los malos recuerdos. Es un niño sirio arrojado a las playas de Turquía por un mar que le arrebató de la mano de su padre, un hombre maduro pero no viejo, con una familia que rescatar de una guerra civil olvidada, vieja ella sí, de once años de brutalidad y destrucción. El pequeño Aylan tuvo un hermano cuyo nombre tal vez nunca sepamos, su foto es uno de los  símbolos universales la infamia, en aquel niño expulsado del Guetto de Varsovia para ser exterminado en Auschwitz, aquel con el rostro del terror, con las manos en alto amenazado por un nazi, como si en realidad el pequeño fuera una amenaza.

La imagen no puede ser omitida y para salvar nuestra conciencia buscamos de inmediato al culpable y en efecto aparecen los terceros, los europeos, el capitalismo transnacional y el egoísmo humano en general; pero en realidad la culpa cierta y objetiva está en Siria, en una guerra inhumana e incomprensible que se perpetúa por la indolencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas maniatado por sus propios miembros permanentes. Sin duda episodios como este demuestran la bancarrota de unas Naciones Unidas nacidas de la Segunda Guerra Mundial y consolidada en la Guerra Fría de un Consejo de Seguridad que exige una refundación completa.

De inmediato las buenas conciencias echan a andar la imaginación y aparecen por millones las manitas levantadas, los retuits, los compartir y la solicitud de firmas exigiendo que el gobierno mexicano reciba miles de refugiados sirios; ojalá se pudiera, en 1939 lo hicimos con los españoles republicanos, con unos cuantos judíos, en 1973 con miles de chilenos, con argentinos y uruguayos. Lo más lamentable es que el México de ayer no es el de hoy y nosotros, los de entonces, como diría Neruda ya no somos los mismos.

Cómo nos atreveríamos a traer a nuestros territorio a esa fracción de humanidad sufriente si no podemos garantizar la seguridad, la vida y la integridad de los miles de migrantes que terminan su viaje a Estados Unidos en este enorme moridero llamado patria; como ofrecer un hogar a ellos que vienen de tan lejos cuando las migrantes comienzan a tomar anticonceptivos antes de iniciar su travesía porque, cualquiera sabe, que siete de cada diez será violada en nuestro país al menos una vez durante su viaje.

Es que no podríamos comenzar por hacer cumplir los protocolos de derechos humanos para ellos que siendo migrantes son también en su paso por nuestro territorio, refugiados, cómo atrevernos a encontrarles un lugar a quienes la guerra y la indolencia amenazaron de muerte cuando no podemos encontrar el lugar donde cuarenta y tres de los nuestros fueron más que amenazados muertos por la estupidez y la violencia.

Durante muchos años quedará la imagen del pequeño muerto en la playa y para nosotros la vergüenza no de haber permanecido impávidos, sino de haber perdido aquello de que por décadas gozamos, la capacidad de haber podido salvarlo a tiempo.