Sexo y poder

En mi infancia a uno le enseñaban cosas que ya están pasadas de moda; tanto por herencia familiar, como porque entonces no nos daba vergüenza que la lengua y la cultura hubieran llegado envuelta en una lucha épica en la que dos culturas habían luchado para generar una nueva Nación, los niños de entonces nos aprendíamos algunos versitos alusivos a la cultura española que hoy, como ayer, era tan nuestra. Así, a coro, “A Castilla y a Aragón, nuevo mundo dio Colón”; o bien, ya más entrados en cosas de literaturas y herencias “Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”, algo que en el siglo XVI ya decía algo sobre la igualdad entre mujeres y hombres que ahora tanto nos atormenta. Y es que también, a uno le enseñaban a estar tan orgulloso de lo que se era, no indígena ni español, ni siquiera puro en nada, los mexicanos crecíamos pensando que no había lugar en el mundo más afortunado para nacer que esta tierra; nos burlábamos de los que imitaban acentos extranjeros y nos defendíamos de la lengua inglesa pensando, inocentemente, que era la nuestra y no la de los vecinos la que corría peligro, a tantos años vista, cuando hay condados en el sur de los Estados Unidos que exigen a los litigantes y a los demandantes expresarse en inglés, uno entiende cuál es el idioma que ha prevalecido.

En fin, que con ese orgullo, ramplón y baratillo – así con el diminutivo de los afectos mexicanos -, enseñé a mis hijos esas frases que las escuelas ya no cultivan. Hace apenas unos días, mi hijo ensimismado, recitaba “A Castilla y a Aragón, buena monta dio Colón”, con trabajo pude aguantar la carcajada a fin de no avergonzarlo y me quedé pensando cómo, sin darse cuenta, había acuñado una frase lapidaria del doble sentido sobre la tan llevada y traída relación del Almirante y la Reina, de don Cristóbal y doña Isabel. A sus inocentes siete años, la confusión le pasó desapercibida y la frase olvidada, pero no para mí que a mis cuarenta y cuatro he visto más de lo que imaginé pero menos de lo que hubiera querido.

La asociación entre sexo y poder es una ecuación natural. Lo es porque el Poder – así, con la mayúscula reverencial que cultivaron mis abuelos y que ya proscribió la Academia – es sumamente afrodisíaco y no sólo porque quien se relaciona con los poderosos medra en su beneficio, sino porque el Poder mismo da un aura ciertamente sobrenatural en quien lo posee. Yo no sé si en verdad don Cristobal tuvo que cubrirse con las mismas sábanas que su Católica Majestad, pero sí sabemos todos que algo hubo entre Marilyn Monroe y John Kennedy, también sabemos de las confesiones políticas, las maquinaciones y las conjuras celebradas en los dormitorios de las damas de la ilustración francesa y Josefina no habría sido quien fue si no hubiera tenido al Emperador de rodillas a los pies de su cama.

Una cosa es el escándalo sexual, que es penoso y vergonzante – ya se sabe, la estafa de la convención de diputados de tal o cual partido animada por lindas damitas – que la relación pasional y entregada entre el poderoso y su amante; a mi me dirán misa – valga el ingenioso contraste – pero no da igual el affaire novelero y descafeinado entre Bill Clinton y la becaria Lewinsky, que las que tuvo Hitler, primero con su sobrina, que terminó en el suicidio de la chica y, luego con Eva Braun, que terminó sus días al mismo tiempo que el demonio al que había vendido su alma.

¿Y qué con la legítima? diría Arturo Pérez Reverte y el hecho es que el Poder, insisto, con la proscrita mayúscula reverencial, se traga todo cuanto queda en su derredor, devora familias y autoestimas, autoconceptos y hasta reglas morales; el poderoso lo quiere todo y al mismo tiempo, desea tanto dominar y tanto decidir que no se da cuenta que el paso final en la conquista del poder es dejarse dominar por el poder mismo y desaparecer frente a él desapareciendo la persona para dejar paso solo al personaje. En sus memorias, el psiquiatra de los Juicios de Nüremberg no deja para después el análisis de dos personajes interesantísimos: Herman Göering y Albert Speer. Göering que no deja su papel de dominador de opereta, líder irredento que desconoce al tribunal y nunca cesa de afirmar que si hubiera ganado la guerra sería Eisenhower el que estaría siendo sometido a juicio, que no se arrepiente y que se queja todo el tiempo de la comida porque se ve a si mismo como rey sin reino, como el jefe de Estado que nunca fue y, Speer, el arquitecto de Hitler que se puede considerar su último amigo y su fiel seguidor que no tarda en echarse la culpa para exonerar al pueblo alemán, el que se arrepiente de haber llevado a la muerte a la mano de obra esclava en los campos de exterminio y juega con tranquilidad y buena mano la baraja del nazi bueno que, a la postre, le gana el desprecio de sus compinches, al tiempo que le salva la vida y que le lleva al aislamiento de Spandau de donde pudo salir con vida. Ni Göering ni Speer eran ya ellos mismos, eran los personajes que eligieron o que tuvieron que elegir para alcanzar el poder hasta que el poder los alcanzó a ellos.

La vida sexual de los poderosos siempre llama la atención del público, y es que la fórmula es irresistible tanto porque nadie resiste la tentación de mirar por el ojo de la cerradura y observar al poderoso sometido a las pasiones más naturales y de las que nadie está exento, como porque nada da más poder que someter a la pasión a la mujer o al hombre que toma las decisiones. El secreto de alcoba, la consulta a la amante mientras fuma el cigarrillo de después y que a la mañana siguiente se convierte en decisión de Estado, las promesas arrancadas en el éxtasis, todo ello es parte de nuestro imaginario colectivo y de los mitos de la cultura occidental, pero tampoco están tan lejos de la realidad. Así es nuestra naturaleza y hay que tomarla como viene.

En nuestro país, en nuestra realidad política, son pocas y pobres este tipo de relaciones entre sexo y poder, más bien, somos dados a lo folletinesco y a lo escandaloso, al cuerno mal puesto y peor reconocido, a la cara de bobo del locutor que se disculpa con su público cuando el daño a su reputación ya ha sido causada, al diputado nalgueando a la profesional que pasa por joven inocente y la legión de edecanes, mujeres y hombres, que han de ganarse la vida decorando pasillos de las legislaturas y de las oficinas de las secretarías de estado, sometidos al uso que puede, en su deseo, cambiarles la fortuna.

Mi padre siempre me dijo que cada uno tiene magníficas razones de ser como es y el no menos sabio Joan Manuel Serrat, dice que cada uno es como es y anda siempre con lo puesto, no seré yo quien tire la primera piedra para criticar a Marilyn cantándole el happy birthday a Kennedy en un desesperado esfuerzo por mantenerlo a su lado, me gustaría eso sí, ver al menos un poco de estilo en los hombres y las mujeres del poder cuando ejerzan sus libertades sexuales, al menos darían más materia a los comentarios y menos crueldad a las carcajadas.