Religión, moral y educación

Antes de comenzar debería disculparme por traer a cuento de nuevo al menor de mis hijos, pero es que a esa edad, la que olvidarán casi en su totalidad cuando se vuelvan adultos, está tan llena de anécdotas que podrían llenar casi en su totalidad su biografía; me dice mi suegra, que mucho favor me hace llevándolo, a él y a su hermana, al catecismo, que tengo que desembolsar mil quinientos pesos para la Biblia que le han pedido en la parroquia, y yo que si algún vicio de prodigalidad tengo es comprar libros, me pregunto si la susodicha edición incluye al espíritu santo que le lea la Sagrada Escritura al niño, o contiene los últimos comentarios de arqueología bíblica de la Universidad Hebrea de Jerusalén, o al menos, la firma de san Genízaro mártir, es decir, algo que justifique el desorbitado precio. Pero no, se trata de una Biblia Católica en edición especial para niños, eso sí con el texto íntegro y nihil obstat, dice la edición.

Como el avezado lector se habrá dado cuenta, terminé comprando el libro porque en la familia se practica la ceremonia de la primera comunión. No es que yo sea devoto de ella pero es que a los niños hay que educarlos en las prácticas de la familia porque hay que darles sentido de pertenencia y dejar, que al cabo de los años, ellos mismos aprendan a darle significado a sus experiencias religiosas o a la inexistencia de ellas, según les venga en gana. El hecho es que cada quien da significado a sus prácticas sin que necesariamente eso signifique una mayor o menor moralidad en sus actos. No hay relación alguna entre la práctica de la religión y la práctica de la bondad, entre someterse a los rituales y comportarse como gente decente; pienso en creyentes infames – Hitler – por ejemplo y ateos magníficos – como – Bertrand Russell -.

Tendemos a ligar moralidad con la creencia en Dios y es más fácil ser aceptable por practicar cualquier religión – por más descabellada que parezca resulta respetable – que anunciarse como ateo y no recibir cuanta diatriba puede recibir el niño que es atrapado robándose un chocolate en una tienda. Seamos claros, tendemos a generar una enorme hipocresía cuando hablamos de religión y creemos que su práctica nos legitima o nos da carta blanca para actuar como se nos de la gana.

Hace unos días el Papa Francisco ha anunciado que – si todo sale bien y las condiciones son adecuadas – hará una visita a México y venga, lo primero que sucede es la competencia no siempre respetuosa y no siempre seria entre diputados y senadores federales aspirando a que sea en su Cámara donde el Augusto Pontífice diga su discurso y ello porque lamentablemente la Constitución – sin duda hecha por jacobinos y ateos – no prevé la visita papal como causa para una sesión de Congreso General. Y somos hipócritas porque los políticos piensan que se ganan el favor del electorado ya que, después de todo, si ha convivido en el discurso y la palestra con el Santo Padre, entonces no ha de ser del todo malo, vaya, al menos cree en Dios.

Nos preocupa la moralidad que emana de las religiones pero no nos quita el sueño que la OCDE nos informe que hasta en los países desarrollados los más pobres sean los niños; nos inquieta que los críos sean educados lejos de la mano de Dios en cualquiera de sus presentaciones, pero no tenemos una ley nacional de adopciones, ni una base de datos para saber qué niños pueden tener un hogar ni donde están los padres que lo están buscando, nos tiramos de los pelos cuando oímos hablar de adopción por homosexuales y casi ninguno de los que oponen su moral al hecho son capaces de poner su solicitud en una casa de cuna. Desconfiamos del ateo porque sólo Dios sabe que oscuras intensiones puede tener su torcida mente sin ley ni límites, pero nos hemos acostumbrado a la pederastia como práctica asociada a algunos ministros religiosos.

Lo que forma gente decente – y sí, recurro a esa palabra tan pasada de moda pero que decía tanto en épocas pasadas – es la convivencia con valores surgidos de nuestra herencia histórica y que han costado luchas y vidas para imponerse; valores como el respeto a los demás, en sus propiedades y sus personas, el respeto al trabajo de los otros por humilde que nos parezca, la reverencia por el pan ganado con el sudor de la frente y la defensa del sagrado derecho de todos por ser felices como mejor les parezca. Esto no viene de ninguna religión ni está inscrito en el corazón de nadie, eso se aprende y sobre todo a través del ejemplo; esos valores se aprenden cuando se practican y cuando uno toma a sus críos y los reprende por burlarse del musulmán que reza con la frente en el suelo o el judío que transita con sus tirabuzones de cabello que son una herencia histórica milenaria; eso se transmite sin sacramento cuando uno le muestra a sus hijos que todo cuanto está en casa ha sido ganado con trabajo honesto y denodado, cuando no se les permite tratar a las personas del sexo opuesto, especialmente si son mujeres, como alguien diferente del igual y uno no paga más a hombres que a mujeres ni despide a una chica porque está embarazada y para colmo de males persiste en mantenerse soltera, cuando uno se traga su bilis al oír una afirmación que a uno no le agrada pero en la que reconoce la luz de la verdad.

En fin, que me he abonado con mis buenos mil quinientos pesos para que el pequeño tenga una Primera Comunión como Dios manda, pero eso sí, reservándome el inalienable derecho que tengo de educarlo como mejor pueda, le he dicho que más allá de averiguar si la Biblia es palabra o no de Dios, debe tratarla con respeto porque son millones los seres humanos que han dado su vida para que otros puedan leerla y creer en sus mandatos; porque es un libro fantástico y maravilloso y es uno de los pilares de nuestra cultura; pero sobre todo, porque es eso, un libro y todo libro merece el respeto de su lector y de su dueño.