El ciudadano Chabelo

Hay señales inequívocas de que el mundo ha cambiado, para quienes nacimos en los últimos años de la década de 1960 y en los primeros de 1970, el día de hoy la infancia se nos volvió arqueología.

Cuando era niño, los domingos me levantaba temprano para ver a Chabelo mientras mis padres descansaban todavía un rato más; hoy, prevenido de que se transmitiría su último programa, mi esposa me levantó muy de mañana y a las ocho en punto estábamos pendientes de la pantalla mientras mis hijos todavía dormían. Poco a poco, mientras recorría los sempiternos concursos, la misma estructura de siempre, la Catafixia, el concurso familiar y la manera elegante y serena con la que el conductor apagó por última vez las luces del estudio, todo se me iba en recordar el mundo que fue y que no volverá.

En algún momento el asistente del anfitrión se acercó y le dijo, “- Chabelo, te acaba de llegar una carta del Señor Presidente; de inmediato vino a mi memoria el recuerdo de Jacobo Zabludovsky cuando lo interrumpían, a media nota: “- Si Lupita, – Licenciado, el Señor Presidente por la línea uno”, tiempos que no volverán en los que el país era otro, acaso más sencillo o que aparentemente lo era, vivíamos al borde de la guerra fría, jugueteando con Cuba para mantener a los norteamericanos a raya en la medida que eso era posible; un México opaco en el que todos navegábamos en la dulce ilusión de que no pasaba nada y en que todo sacrificio había valido la pena para preservar la paz; una paz que, en buena parte, provenía de nuestra ignorancia y de nuestra falta de información.

Vi  los concursos ingeniosos hechos con tecnología casera que ofrecían como premio tabletas digitales, vi muchos adultos, el foro casi lleno de mujeres y hombres de mi generación con sus hijos; vi pues las famosas edecanes bonitas y simpáticas, vi un México de otro tiempo que ahora sólo persistirá en la memoria; vi, en fin, a un Señor Azcárraga, que no era el magnate providencial que había inaugurado el programa cuarenta y ocho años antes, sino un empresario más bien joven con pinta transnacional que exudaba éxito, pero no simpatía y menos todavía parecía imponente.

De unos años para acá todo ha sido despedirse; cuando el ayudante del magnífico niño eterno anunció que se llevaba a cabo el concurso telefónico con nuestros amigos de provincias, en ese momento en que yo, nacido en Hidalgo, me sentía todo un capitalino y me acordaba de mis primos en el pueblo que seguro esperaban pegados al teléfono a que les llamara Chabelo para preguntarles que caja elegían y guardaba la esperanza de que no apareciera una espantosa equis; me acordé entonces de que mis nietos aprenderán cuando alguien se tome el cuidado de actualizar la grande Tragicomedia Mexicana sobre estas últimas décadas, de que hubo un tiempo en el que mientras cientos de mexicanos peleaban en Vietnam, en México teníamos junto con Chabelo a Raúl Velasco que, con “México, magia y encuentro”, los que no podíamos viajar recorríamos los rincones folclóricos de nuestro país y nuestro Nación era una postal afortunada a todo color donde lucíamos hermosos, sonrientes y afortunados.

Pero he aquí que de unos años para acá todo ha sido despedirse, despedir el mundo ordenado y claro de la guerra fría en la que cada uno sabía cual era su lugar en el planeta y cada quien tenía a la vista el papel que jugaban las naciones; despedirse de un inmortal don Fidel, despedirnos de Siempre en Domingo, donde se fabricaban las estrellas; despedirse de los políticos como los dibujaba Abel Quezada para dar lugar a otros, más siniestros pero más a la moda; despedirnos de Freyre, la ranita, que dibujaba con maestría sus bocetos mientras desayunaba en el Hotel Presidente Chapultepec; despedirnos del enorme, gigantesco Carlos Monsiváis, que fue el primero en llamar nuestra atención sobre el México que había nacido sin que nuestra casta política lo quisiera.

Se fue también el Señor Presidente, así con las mayúsculas reverenciales; acaso sólo nos queda don Demetrio Bilbatúa, que desde su Noticiero Continental nos enseñaba un México progresista y ordenado. Se fueron todos porque el tiempo así lo quiso pero también, porque los ciudadanos nos aparecimos para ir conquistando los espacios y el mundo de la opinión y el trabajo, porque aprendimos a criticar y hacer que nuestro voto valiera; para instaurar la tolerancia y la diversidad; en fin, para que todo esto que para muchos es un caos no fuera sino el preludio al México de los ciudadanos que todos queremos y por el que todos trabajamos. De cualquier modo, hoy que de mi infancia solo han quedado postales, no me queda sino decir: ¡Gracias cuate!.

César Benedicto Callejas

Profesor Investigador UNAM

@cesarbc70

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