Repensando a Alfonso García Robles

 

La cultura japonesa, a diferencia de las culturas occidentales en las que las cronologías resultan implacables y planas líneas de tiempo, mide su devenir a través de una rara combinación de sucesiones temporales, hechos históricos y sucesos astronómicos. Si para nosotros, los occidentales, el movimiento de los astros marca el ritmo de nuestros tiempos y ese tiempo se señala por las eternas repeticiones de los ciclos celestes, los hechos son marcas que suceden en ese devenir hacia lo eterno; para el pensamiento oriental, por otra parte, los actos de los hombres, en particular los de los grandes hombres, se interrelacionan con los fenómenos estelares de tal manera que, a las cronologías suelen imponer el nombre de sus dinastías, de sus próceres, de sus monarcas; por ejemplo, la Era Meiji y su propia cronología, la era Showa, que correspondió a la segunda guerra mundial y la actual, bajo el imperio de Akihito que, en el momento de su muerte llevará el nombre de era Heisei. En occidente, sólo a modo de homenaje unimos a cierto periodo el nombre de alguien trascendente, tal es el caso: podríamos llamar a la segunda mitad del siglo XX, en cuanto se refiere a la diplomacia mexicana, la era de Alfonso García Robles.

El tiempo de García Robles es, primordialmente, el tiempo de la Guerra Fría; una época que muchos de nosotros alcanzamos a vivir, se caracterizó por el miedo, por el estado de seguridad nacional, por el sobrevuelo de los aviones espías y la amenaza constante de la guerra nuclear; las nuevas generaciones, las que adquirieron memoria después de 1989, no alcanzan a dimensionar el mundo bipolar que se dividía entre buenos y malos, según la preferencia de cada pueblo, de cada sujeto y de cada gobierno; aunque el mundo parecía más fácil, en el sentido de que las intenciones internacionales parecían más definidas y la geopolítica era mucho más sencilla, en el fondo se trataba de un mundo amenazante en el que la leyenda del botón rojo que desencadenaría la hecatombe mundial, aparecía en toda su realidad en las tensiones que, a veces más y a veces menos, incidían en todo el mundo a disposición de los dos grandes líderes.

En ese contexto, las revoluciones y contrarrevoluciones, los movimientos guerrilleros y las dictaduras militares, los colonialismos y los movimientos de liberación nacional, todos ellos enmarcados en el terrorismo de viejo cuño, requerían la presencia de diplomáticos de alta escuela, capaces de los arreglos más inverosímiles pero también posibles, dotados de inteligencia y valor, de astucia y conocimientos jurídico políticos; se trataba de un mundo prendido con alfileres que, en su momento hizo crisis y se volvió un tiempo pasado que no volverá jamás.

Con la caída del muro de Berlín, el golpe de estado y posterior caída de la Unión Soviética, se vino abajo aquel mundo de temores que vinieron a ser sustituidos por otros miedos acaso más difusos y por lo tanto más penetrantes; con aquel mundo se fueron también muchos valores que fueron nuestros y que no terminamos de despedir y que, sin embargo prácticamente van cayendo en el desuso. Términos como soberanía, como identidad o como regulación fronteriza, tercer mundo o países en vías de desarrollo, son términos que se revalúan y se transforman ante nuestra mirada atónita; este no es el mundo en el que vivíamos antaño, tiene sus propios retos y también sus propias fuentes de temor.

La globalización implicó muchos beneficios pero también problemas que no hemos sabido resolver; aquel, el mundo que vivió Alfonso García Robles, era pues un mundo en el que las Naciones estado, privaban como modelos de organización política, un mundo atenazado por dos superpotencias a las que se enfrentó, con la razón y el derecho, un embajador mexicano que, valido de las mejores tradiciones de la diplomacia mexicana, forjadas y consolidadas en la generación anterior, creó el primer espacio desmilitarizado nuclearmente en el mundo.

En años recientes hemos vivido lo que muchos han dado en llamar el ocaso de la diplomacia mexicana, en unos cuantos años, la opinión de nuestro país, antaño líder en nuestro continente y siempre bien recibida en todo el mundo, ha pasado a segundo término; en pocos años, hemos presenciado cómo la agenda internacional de nuestro país ha reducido sus objetivos y minimizado sus intereses, las décadas de expansión y apertura terminaron para centrarse en la convivencia, desigual y atormentada con los Estados Unidos; así, perdimos la ventaja estratégica que nos daba el manejo de las relaciones diplomáticas con Cuba, nos alejamos de América Latina, dejando nuestro lugar a otras naciones con más incidencia en nuestros vecinos y fuimos perdiendo voz y presencia, pese a las décadas que dieron lustre y nombre al cuerpo diplomático mexicano.

Alfonso García Robles es producto de décadas y generaciones de diplomáticos mexicanos forjados en la línea de fuego de momentos duros de la historia internacional; hombres como Isidro Fabela, que igual que el propio García Robles, enfrentaron a los países más poderosos validos sólo de la razón y el Derecho; hombres como Gilberto Bosques o Luis I. Rodríguez, en fin, que dieron cuerpo y materia a las mejores tradiciones de la política exterior nacional; por un lado, la disciplina diplomática probada aún en los momentos más críticos, en aquella época dorada y todavía hasta el ejercicio del ministerio de García Robles, el cuerpo diplomático ha sabido ser fuente de confianza para el Ejecutivo federal y constituye la primera línea de información, contención y solución de problemas internacionales; la igualdad jurídica de los estados que parece no haber tenido sus mejores tiempos en años recientes, y que constituía no sólo la carta de presentación de nuestra política exterior sino la razón de ser de su ejercicio y de sus principios dogmáticos; la solución pacífica de los conflictos, que llevó a nuestro país, a través de diplomáticos como Fabela o García Robles, a realizar auténticas proezas en momentos en los que ningún político del mundo apostaría por la paz frente a la agresión, pero sobre todo, en el hecho fundamental de que el discurso exterior debía apoyar al discurso interno, de que lo dicho fuera de nuestras fronteras alentara las prácticas internas y que se constituyera, frente a otros estados, en resonante de nuestras propias políticas públicas. Es a esa tradición y a ese cuerpo diplomático, al que debemos la altura de hombres como García Robles y aún otros como Martínez Corbalá.

Dicen los nostálgicos, que todo tiempo pasado fue mejor; dicen los desaprensivos que todo tiempo futuro será mejor; ninguno de los dos extremos soporta el análisis de la lógica o de la experiencia histórica; lo cierto es que, gracias a mujeres y hombres como Alfonso García Robles, podemos decir que este es un mundo mejor que el que antaño teníamos un mundo en el que aquel temor del exterminio inmediato ha desaparecido; un mundo en el que poseer armas nucleares no es más una orgullosa exhibición de fuerza y una forma extrema de chantaje y secuestro; gracias a la tarea de García Robles, a su legado, la posesión de armamento nuclear se ha convertido, en sí misma, en una conducta violatoria de los principios de convivencia internacional, una amenaza a los derechos humanos y, sobre todo, un desperdicio de recursos que bien pueden aplicarse a la mitigación del hambre, la extinción de la pobreza o el cuidado del medio ambiente. Es esa conciencia el principal legado de García Robles, es ese el aspecto que más le agradecemos.