Siguiendo los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. Crónica de viaje

Convocatoria.

Hace algunas semanas Pablo Raphael me envió un mensaje, escueto cool todos los suyos, pero que era de esos que uno espera toda la vida aunque no sepa que está aguardándola cada día de cada año. Me invitaba a participar en un coloquio a celebrarse en Cada América, sobre el Centenario del exilio de Alfonso Reyes en España. Si estaba interesado debía decírselo para que entrara en detalles.

La pregunta parecía incluso un poco obscena por varias razones, era como preguntarle al creyente, luego de una vida de santidad, si le interesaba de ventas entrar al paraíso para que San Pedro buscara la llave correcta. No había nada que pensar y aunque respondí de inmediato, fiel a su personalidad, a Pablo le tomó sus buenos ocho días entrar en detalles; a mi, esa tregua representó la oportunidad de replantearme mi relación con Alfonso Reyes, revisar sus días en Madrid y hacerme a la idea de que algo muy deseado estaba por sucederme.

Si me interesaba era una pregunta pueril, al menos por tres razones: por venir de Pablo, por tratarse de Reyes y por situarse en Madrid.

Que la invitación viniera de Pablo representaba el cumplimiento de un sueño difuso pero común. Con Pablo Raphael me une una amistad muy honda, larga ya de mucho más que la mitad de nuestras vidas y que desde que nos conocimos estuvo marcada por la literatura y por la presencia de Alfonso Reyes. Recuerdo que desde siempre, lo que ambos queríamos era escribir; hablábamos de ello en los cálidos inviernos en su casa familiar en Manzanillo y tuvimos en conjunto con otros amigos, una revista con presupuesto, tiraje y éxito limitados; ambos probamos suerte por primera vez juntos en el taller literario de Alicia Reyes y juntos nos vimos, cada quien por su cuenta, publicar nuestros primeros libros.

Cuando Pablo entró en detalles sobre la invitación, la claridad meridiana de un sueño que amenazaba con cumplirse era razón suficiente para hacer cualquier cosa con tal de estar ahí. Después de leer su siguiente mensaje me acordé de Truman Capote recordando a Santa Teresa de Ávila: “se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que son ignoradas”.

Que se tratara sobre Alfonso Reyes era más que un sueño, era un compromiso conmigo mismo. Para un lector hay distintas categorías de autores: los que no gustan y de los que se huye como de la mala suerte: los gacetilleros de la amargura, los poetastros del desengaño perpetuo y los ingeniosos narradores del lugar común; le siguen aquellos cuyos nombres fueron olvidados, no necesariamente por faltas en su talento y cuyas palabras se integraron al sustrato de nuestra cultura, aquellas sensaciones, datos y expresiones cuyo origen olvidamos pero que están ahí cuando es necesario echarles mano; en seguida, los autores que nos gustan, recordamos sus nombres y a cuya obra recurrimos con gusto y confianza, autores de uno o más textos que no sólo soportaron la prueba de la lectura sino que se quedaron como parte de la grata compañías de la que sólo pueden gozar los auténticos lectora; después, nuestro Olimpo particular compuesto por los autores que más nos significan y que nos han señalado como parte de su tribu lectora; a ellos no los elegimos, se nos imponen y nos marcan, contemplamos sus obras, las conocemos y cazamos cualquier novedad editorial que sale al mercado, incluso repitiendo libros si alguna nueva edición así lo amerita, los volvemos a leer en tomos completos o en pequeños fragmentos, los recordamos como a buenos amigos. En la cima, celosamente guardada por valladares hechos de admiración y afecto, está nuestro autor, nuestro guía, aquel ala no sólo leemos sino al que estudiamos y respetamos, indagamos sobre su vida, nos adentramos en su pensamiento y en algunos aspectos lo tomamos como ejemplo; no acontece con todos los lectores, pero cuando pasa se está en presencia de una extrañísima relación que va de la filiación a la amistad, de la fascinación al diálogo y de ahí al pensamiento crítico. Esa es mi relación con Alfonso Reyes. Lo descubrí a los dieciocho años, me lo presentó Jorge Luis Borges y ha cumplido en mi vida el papel que difícilmente habría desempeñado alguien vivo; por eso, la convocatoria de Pablo Raphael se me presentó como un deber moral de gratitud.

Que el coloquio fuera a celebrarse en Madrid cerraba el círculo y me dejaba sin salvación ni recurso. Los viajeros somos un clan sumamente extraño, a diferencia de los turistas que constituyen una secta de culto a lo prefabricado, no nos atenemos a lo que las listas dicen ni nos calen mucho las estrellas y los tenedores más allá de la más elemental función orientadora; así, construimos nuestras preferencias por razones más bien cronópicas, como diría Cortázar, y que están más relacionadas con la satisfacción y dicha que nos ha deparado la literatura, el arte, el cine o el amor. En mi caso personalísimo, que no significa apenas algo, salvo que es mío, diría que en mi mundo de recuerdos y anhelos por volver, por encima de muchas otras ciudades que mi memoria atesora y a las que retornaría con gusto, están dos lugares que cifran mi sitio en el mundo además de mi hogar: Madrid y París.

De mi propia Ciudad no diré nada ahora porque es mi padre y mi madre, mi hijo y mi hija, mi mujer y mi caverna con toda su grandeza y con toda su miseria. Madrid y parís me han deparado momentos cruciales en mi vida, me han enseñado cuanto sé del nómada placer de vivir, una he sentido la sensualidad de la belleza ni la majestuosidad de la historia como en París, en ningún otro lugar – salvo en Madrid – he disfrutado de la contradicción de los lugares más íntimos y secretos a un paso de las regiones irónicas del imaginario occidental, pero hay una diferencia fundamental, en París me siento como en mi casa y en Madrid estoy en casa; es verdad, no en mi hogar, no en donde reposan mis dioses tutelares, per sí donde viven mis ensueños de lector, mis esperanzas de escritor y la poderosa suma de mi España que es también mi pasado remoto, mi presente idiomático y mi frente de batalla republicano, mi museo favorito, el del Prado, y la mesa dulce de mis churros con el espeso chocolate. Es cierto, mis gustos son irracionales pero es que así son los gustos que nos son causas sino enamoramientos; ahí está la Almudena con la que tengo una relación personalísima a tal grado que si tuviera que elegir una religión me mantendría alerta del catolicismo pero me haría almudentista; ahí está mi Carrera de Jerónimos, mi Retiro y mi Café Gijón. Ahí está, linda y bonita, dulce y un tanto hosca, la ciudad que no sé seis la que más me gusta, pero sí la que mas quiero y ahí estaba Pablo invitándome a hablar sobre don Alfonso, en esa circunstancia, ¿podría haber hecho yo alguna cosa distinta?

Me acordé entonces de una frase de Reyes sobre Madrid, Ciudad que amó como a ninguna:

En el paisaje fino y exquisito de Madrid, el Manzanares, a la hora del crepúsculo, haciendo al peinar las jarcias, un órgano de agua casi silencioso, pone un centelleo de plata.