Tras los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. 100 años después. Segunda Jornada

Segunda jornada. Noviembre 8, 2015.

El día de la Almudena es fiesta en Madrid. Hoy, la virgen se da un paseo desde la muralla en donde milagrosamente un día como hoy fue descubierta, hasta Plaza Mayor repitiendo el camino que emprendió en la fecha de su vuelta a la vida. Anoche hubo celebración por todo Madrid de modo que si los madrileños son de suyo trasnochadores y malos madrugadores, en un día como hoy las diez de la mañana ofrecen todavía un tiempo fresco, de calles semidesiertas antes de que, como se espera, la ciudad se transfigure por la tarde cuando las multitudes salgan al paseo y a la compra dominical.

Antes de acudir al Prado es necesario un ritual previo, hay que acudir a Lhardy, restaurante de tradición, en el que no hay desayunos, ni churros siquiera, pero la bollería es soberbia y su chocolate tan rico, potente y espeso que apenas un grado más lo haría un plato de ternera. En ese restaurante, durante una reunión del Ayuntamiento de Madrid, Alfonso Reyes pronunció su ofrecimiento heroico:

Cuando un día, cierto acto municipal yo me declaré, invocando la memoria de Ruiz de Alarcón, “un voluntario en Madrid…”

Y fue ahí mismo, en su salón que era ya famoso en el reinado de Alfonso XII, que tuvo días de gloria durante la era republicana, resistió los amargos días de la guerra y el asedio y, después de unos años de castigo durante el afianzamiento de la dictadura, con el tiempo fue recuperando su antiguo esplendor; Reyes fue despedido al final de su misión diplomática, en una comida celebrada el 12 de abril de 1924, a la una y media – recordaría siempre Reyes – a la que convocaron Eduardo Gómez de Baquero, Francisco de Icaza, Azorín, Enrique Díez Canedo, José María Chacón y Calvo, Manuel Azaña, Ramón Gómez de la Serna, Melchor Fernández Almagro, Antonio Marchamar, Edgar Neville y Cipriano Rivas Cheriff y a la que asistieron amigos, compañeros de prensa, cuerpo diplomático y algunos políticos republicanos, el conde de Romanones con un mensaje de Alfonso XIII, Luis G. Urbina, Eduardo Marquina, Eugenio D’Ors, José Ortega y Gasset y Jean Cassou de paso por la ciudad. Lhardy es uno de esos rincones de Madrid que sólo puedo evocar en referencia a Don Alfonso, es para mí el restaurante de su despedida, como Salamanca es su barrio de residencia.

Volvemos sobre nuestros pasos; apenas cruzamos la pala de Canalejas, se mira en la proximidad el Prado de los Jerónimos; descendiendo la carrera, calle angosta pero elegante, el augusto edificio de las cortes enfrente de la embajada de México y la Plaza de las Cortes, se logra una vista privilegiada; ahí sucedieron hechos históricos, algunos vergonzosos como el ridículo conato de golpe de Estado de Tejero, otros gloriosos como la instalación de los leones fundidos con el metal de los cañones arrebatados al enemigo en las guerras de África; en fin, un universo de memorias que adornan un paseo en el que se experimenta el peso de una devenir que es el de nuestra cultura. Pasos más adelante se divisa el Hotel Palace y enfrente el carillón de la aseguradora que da vida y recuerdo a este rincón luminoso de España; como escasos pájaros escapados de sus jaulas, se escuchan unos cuantos vocablos en inglés y en francés sobrehilando el océano de los cien acentos de la hispanidad. En la glorieta de Neptuno, la cuesta se ha vuelto loma y a la memoria acude la imagen del dios de los mares protegidos con sacos terreros y privado de su tridente soportando heroico y firme el asedio de Madrid en los peores días de la guerra; la esquina del Museo Thyssen es uno de los vértices de la encrucijada que ahí se forma, quien da vuelta a la izquierda alcanza las salas prodigiosas del museo, quien a la derecha se dirigirá a la estación de Atocha y quien siga adelante encontrará de nuevo el Ritz y el Prado, desde ahí la vista se corona con la cúpula del hotel y la aguja de la Iglesia de los Jerónimos.

En la esquina del Ritz ya se encuentra en uno de los espacios privilegiados de la ciudad; enfrente del Museo del Prado, una pequeña plaza donde gobierna un monumento a Goya, desde ahí, tornando la mirada a la derecha se descubre la dulce pendiente que da nombre a este rincón del mundo y más arriba, la señorial casona que alberga la Academia de la Lengua y la Iglesia donde la tradición impone sean proclamados los reyes de España que desde hace setecientos años carecen de corona. Del otro lado del edificio del museo se encuentra el Jardín Botánico, donde Alfonso Reyes rindió un peculiar homenaje a Mallarmé; más allá del jardín termina el Prado con la Cuesta de Moyano, hogar de los libreros de ocasión. Durante los años de su estancia en Madrid, don Alfonso dispensó muchas horas a este lugar que, para mí, es una de las capitales de la geografía de mi memoria y mi corazón.

Desde su llegada a Madrid, Reyes hizo del Prado uno de sus lugares predilectos y lo convirtió en parte central de su vida familiar e íntima; en sus diarios no son pocas las alusiones que hace de sus paseos en el museo y no sólo para admirar los cuadros sino como lugar de reflexión, espacio abierto para estimularan nostalgia o tomar decisiones, para matar la soledad, pensar en sus letras y hasta como calefacción. Hoy, cuando las puertas de acceso al museo han cambiado – no dejo de sentir cierta melancolía cuando recuerdo que aún utilicé las históricas puertas que miraban al Jardín Botánico -, entramos por el lucidor nuevo acceso cuyo moderno diseño contrasta con el edificio clásico pero no rompe su unidad; ahí están la librería y la tienda, los servicios modernos y la cafetería bañada de sol; cruzando la puerta se abre el paraíso de quienes amamos el arte y para quienes pensamos que gran parte de la historia de México está congregada en España.

Reyes no sólo utilizó el Prado en términos espirituales sino también en los más prácticos y mundanos que puedan imaginarse; en su era pie pobreza lo usó para darse calor, por ejemplo, él mismo lo recuerda:

La sensación de penuria se acentuaba con el frío. Para defenderme, aprendí a cubrirme el pecho y la espalda con papel de periódico, y descubrí que un rato junto a la boca de calefacción en el Museo del Prado me daba calor para un par de horas.

Cuando llegó a España, don Alfonso estaba huyendo de la Primera Guerra Mundial y del desempleo en que lo había dejado la cesantía de todo el personal diplomático mexicano que decretó el Presidente Carranza en el año de 1914. En Madrid, el que había sido hijo de familia rica e influyente, caído ya en desgracia por la participación de su padre en el golpe de Estado contra Madero, aprendió a ganarse la vida con la pluma, a escribir la nota diaria del periódico mientras investigaba para el Centro de Estudios Históricos bajo la dirección de Menéndez Pidal en el viejo núcleo de Madrid de los Austrias que hoy mismo buscamos y hallamos antes de la hora de la comida en la que honramos a los dioses tutelares de Reyes: la amistad, al reencontrarnos con la familia de Catalina Alba, amiga ya de muchas décadas.

Mientras paseaba por la tienda de los recuerdos y las reproducciones del museo me acorde que Reyes había inventado, para entretener a su hijo y a los de otros refugiados mexicanos, un jueguito que ahora se vende por diez euros en la tienda del museo; se basa en sustituir las tradicionales tarjetas del juego que en México llamamos “memoria”, por postales de los cuadros del Prado, lo que ahora es un recurso común para iniciar a los nos en el mundo del arte, en manos de don Alfonso eran la demostración que el ingenio no tiene límites para un padre que desea divertir y educar a sus hijos aún con el más pobre presupuesto. El juego de don Alfonso no se limitaba a la exhibición de las tarjetas; su objetivo principal era la escena, en compañía de Martín Luis Guzmán y de Antonio Acevedo hacían reproducciones escénicas de las pinturas donde, por ejemplo, Reyes era el Condeduque de Olivares, Acevedo su caballo y Martín Luis el fondo de la escena; años después en la Residencia de Estudiantes, Federico García Lorca jugaría una macabra variante del entretenimiento; en compañía de Luis Buñuel y de Salvador Dalí que lo llevaban, Federico actuaba su muerte y lograba que Dalí saliera huyendo pues afirmaba que García Lorca era capaz de simular su propia descomposición. El día de hoy frente al retrato de Olivares, debo confesar, me fue imposible imaginar a Martín Luis haciendo el papel de floresta y menos a Federico pudriéndose en una mesa de la Residencia.

Desde luego, Reyes tenía sus obras favoritas en el Museo; al visitarlas uno puede enterarse de como el escritor apreciaba la realidad; Alfonso huía de los cuadros obscuros y dramáticos y entra siempre por una puerta de luz como se entra en esta especie de paraíso. Ahí están las majas de Goya, el Jardín de las delicias, los bufones de Velásquez y las Meninas; ahí está lo que don Alfonso llamó la vulgaridad consentida y que no es otra cosa que la alegría popular manifiesta en el entierro de la sardina.

Rematamos el día paseando por el Madrid de los Austrias; por sus callejuelas que tanto frecuentó Reyes, por los cafés donde pasó el tiempo en compañía de Unamuno y de Valle Inclán, por el Café de San Ginés, en cuya esquina decía Alfonso, don Ramón ebrio de mariguana esperaba que su casa viniera a por él como un barco; atracamos en un café de la Plaza Mayor puesta ya muy guapa para la fiesta de la Almudena; me he surtido de gorras en la histórica casa Yustas en donde Reyes decía que, antes de la guerra, campeaba un anuncio que rezaba: “sombreros para hombres de paja”; ahí mismo en una mesa similar a la de los cambistas de la Edad Media he comprado cinco monedas de la era republicana que me tenían guardadas desde 1939 y que tardíamente viajarán rumbo a México a reunirse con otros recuerdos en el exilio.

La ciudad se me va confundiendo con las letras de Reyes y a cada paso me toman por asalto citas, ideas, versos y anécdotas, como esta sobre el arte, el Museo del Prado y su no siempre bien querida monarquía española:

Cuando el Rey Leopoldo de Bélgica visitó España, paseaba por el Museo del Pardo en compañía del Rey Alfonso y del Duque de Alba. El Rey, que era travieso, se detuvo ante la maja desnuda de Goya y le dijo a Leopoldo: “la abuela del duque”. El duque se la guardó. Cuando llegaron a la familia del Rey Carlos IV pintada por Goya, se detuvo ante la espantosa bruja con chiqueadores, reina entonces y protectora del favorito Godoy y dijo: “la abuela del Rey”. Entre la puta y la bruja, la duda no era posible.

Mañana, tal vez, Aranjuez.