Tras los pasos de Alfonso Reyes en Madrid. 100 años después. Jornada final

Sexta jornada. Noviembre 12. Jueves.

De cualquier manera despertar temprano hubiera sido imposible; hemos abierto los ojos cuando nuestros cuerpos así lo han querido, tomamos el desayuno y los diarios dan cuenta de la espiral de confusión y abulia en que va cayendo tan rápido la cuestión catalana; de la cascada de notas que inundaron las primeras planas de ayer se redujeron apenas a una sola noticia predominante sobre la notificación del Tribunal constitucional por la que se hace saber a los líderes soberanistas, Mas y Forcadell, la situación de ilegalidad en la que han incurrido; aunque la Generalitat promete seguir adelante ignorando las suspensión de la declaración de independencia; Artur Mas sigue persistiendo su intento de hacerse proclamar presidente. El intento se va convirtiendo en una penosa comedia de enredos, cada minuto más lejana de los ciudadanos.

Pasear por Madrid disfrutando del buen tiempo es uno de los placeres vedados al turista obligado a cumplir con las escenas de colección cuyos espacios aguardan en la memoria de su dispositivo móvil; libres de cualquier deber recorremos el centro de la ciudad hasta en tanto llega la hora de la recepción en la residencia de la embajadora. Pero antes, sólo para saludar a Pablo y para verificar si no hay ninguna disposición o algún cambio en la agenda. Apenas llegamos cuando se percibe cierta actualidad que antes no habíamos visto; la embajadora acaba de recibir una llamada importante: le han concedido el Premio Cervantes a Fernando del Paso. Aunque todos en la embajada corren apresurados se percibe su ambiente festivo al que somos tan adeptos los mexicanos, una mezcla peculiar de orgullo y asombro que estalla en abrazos y sonrisas.

Aunque hay siempre una diminuta e involuntaria virtud que consiste en tener la fortuna de estar presentes en los momentos históricos o sencillamente peculiares y hemos acumulado ya dos en el transcurso del viaje. Una señal inequívoca de sabiduría es darse cuenta cuando se cumple el supuesto de un viejo dicho: “mucho ayuda el que no estorba”; así es que recojo mi libro y mi libreta y nos despedimos en la puerta de la oficina de Pablo; instantes antes de marcharnos acuña una de esas genialidades verbales que son parte de su talento:

  • ¿Te fijas? Esto hace de Del Paso el príncipe de las “p”.
  • ¿Por?
  • Poniatowska, Pitol, Pachecho, Paz … y Fuentes…
  • ¿Fuentes?
  • Pues sí, Fuentes que nació en Panamá.

Celebro la broma que hará nota mañana cuando se haya publicado; mientras tanto nos vamos pasear sin rumbo y a comprar algunas cosas que nos han quedado pendientes; una vuelta más por las librerías pero no con exceso porque en la noche tenemos cita después de la clausura del coloquio con Raquel y Ricardo para tomar chocolate en Valor y a mirar libros en La Central; compramos unos suéteres en Canalejas, una pequeña tienda de antes de la guerra en uno de los enclaves madrileños de más sabor y solera, la diminuta plaza de Canalejas donde un estupendo como espeso chocase – sí, otra vez el chocolate que no podré tomar igual sino hasta que regrese a Madrid -, una hermosa confitería especializada en los caramelos de violentas que popularizó Alfonso XIII y que son tan bonitos que da pena comerlos y, cerrando la plaza, las confecciones Canalejas cuyo mobiliario es por sí mismo una razón suficiente para visitarla; hemos parado también en Casa Yustas, en Plaza Mayor, una especie de museo dedicado a las gorras, boinas y sombreros, establecida desde finales del siglo XIX y que forma parte de la historia de la capital de todas las españas; fue ahí donde don Alfonso recuerda haber visto un letrero que anunciaba: “ sombreros para hombres de paja” y si mi memoria no me traiciona o me juega alguna mala pasada, se trataba del mismo llamado al que hace referencia Mesonero Romanos en sus “escenas matritenses”; error común y que causa simpáticos equívocos, en un barecito por ahí alguna vez me ofrecieron “ración de calamares grandes” y que alguna vez Pablo y yo, que no acostumbrábamos las hamburguesas, la adaptamos a los tiempos que corrían cuando McDonald’s era nuevo en México y hacía furor en toda la Ciudad de México; en plan de franca broma le preguntamos al cajero si tenían refresco de manzana chica, a lo que el confundido muchacho respondió que uno podía servirse refresco tantas veces como uno quisiera.

En Casa Yustas, después de mucho cavilar me ha decidido a honrar a mis Ruelas, Aranzolos y Mondragones; mis ancestros donostiarras y me he decidido por una txapela de Elósegui; es decir, la más tradicional de las boinas vascas, las mismas que usaba Unamuno y dicen que también Émile Zola; las mismas de las que habla don Alfonso en su crónica de vacaciones por Elogio, en el país vasco. Algún día habré de hacerme tiempo  para recuperar aquellos mis orígenes y también para procurarme el día y el momento para salir de casa portándola con orgullo ya sea en un jubiloso 14 de abril o en una intensa tarde de toros.

Hemos vuelto a tiempo, dejamos nuestros paquetes y un taxi nos deja, puntuales en la residencia de la embajadora. Tranquilos y joviales llegamos para una comida cuyo menú es una sorpresa; la residencia es elegante sin ser suntuosa, es precisa y bonita como un muy prospero hogar mexicano, en el que hay más sinceridad que resunción. Para los mexicanos hay una especie de regocijo mezclado con calidez y orgullo, como si pudieran fundirse el sentimiento de estar un poco en casa con el orgullo de saberse bien representado y la alegría de verse entre compatriotas; este es un sentimiento nacionalista limpio y sano que apela al corazón sin pudor pero sin estridencias.

Hemos comido una excelente carne de puerco en salsa verde con nopalitos, tortillas de maíz a las que los meseros llaman “tortitas” y resulta que uno que viene por unos días y no quiere perderse plato alguno que luego ya no encontrará en México, se encuentra con que ha comido en Madrid uno de los más sabrosos banquetes mexicanos de su vida.

Ya desde la apertura del Coloquio, la embajadora Lajous había dado cuenta del busto de don Alfonso que preside los jardines de la residencia, encontrarlo ha sido como una confirmación de la visita, una especie de palmada en el hombro que certifica el valor de estos días.

Por la tarde, luego de la última mesa en la que Jorge F. Hernández ha estado  más que brillante, al final nos hemos trasladado a un salón poco más amplio  donde todo culmina en fiesta, un recital de canciones de época en en el que “ojos verdes” la copla inmortal que me ha quedado tatuada en el alma, como santo y seña de momentos absolutamente memorables.

Nos iremos en un par de días, mañana sí veremos Aranjuez, no pudo ser antes y es claro  porque, cosa rara, Reyes no recuerda nunca haberlo visitado.