El libro nuestro de cada martes: “Trabajos forzados”, de Daria Galateria

Resulta que los grandes escritores han hecho de todo para sobrevivir y poder escribir; ahí tiene usted a Franz Kafka embutido en un cuchitril de una agencia de seguros, poniendo todo de su parte y consumiendo su cuerpo mientras su mente vagaba por terrenos ignotos; ahí está también Bohumil Hrabal, obrero de la industria acerera jugándose la piel todos los días hasta que un horrible accidente lo puso fuera de combate; Dashiel Hammet que en realidad era detective, juntando material vivencias para escribir sus novelas; los oficios más inesperados y más dispares, el escritor que era piloto y que escribió uno de los libros más hermosos convaleciendo de un accidente aéreo: Antoine de Saint-Exupéry; unos que renegaban de las letras y volvían a ellas a la menor provocación, como Ítalo Svevo; la nómina de los alumnos de inglés de James Joyce bastaría para proveer una selecta biblioteca de lenguas europeas.

La pregunta está si el autor debe o no consagrarse a sus letras, a su obra o, si más bien debe vivir en el mundo y no quedarse encerrado en la torre de marfil contemplando el universo perfecto de las ideas. O si acaso también, debiera procurarse un oficio que lo alimente para ser libre de escribir lo que quiera, como quiera y al ritmo que le de la gana. Respuestas hay para todos los tipos de escritores y para todas las experiencias literarias; Alfonso Reyes fue embajador, consejero de muchas empresas  y construyó una magnífica obra literaria; hay mancuernas clásicas abogado-escritor, profesor-escritor, militar-escritor o diplomático escritor; aunque también las hay disformes y complejas: taxista-escritor, cartero-escritor, incluso, como Orwell, policía-escritor.

Ya hace algunos años Sergio Ramírez escribió “Oficios compartidos” en los que daba cuenta de sus peripecias laborales y la literatura. En fin, el hecho es que si quiera escribir, no espere a morirse de hambre para tirar una buena parrafada; también debo advertirle que no importa qué tan cómodo y bien remunerado sea su trabajo, si tiene la vocación de escribir y se atreve a publicar, no habrá empleo en el mundo que lo detenga.

Daria Galateria ofrece en “Trabajos forzados” una radiografía de ese mundo laboral, a veces oculto, del que vivieron algunos de los mejores escritores. El libro, por su parte, como objeto es de suyo hermoso como todas las ediciones de Impedimenta.

Sin duda, un libro para no perderse.

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