Los crímenes de Max Aub o la litertatura como revancha

A veces me pregunto si, en realidad, Max Aub existió alguna vez; si existió, como existir así, físicamente y fue quien dijo ser y escribió todo cuanto fue publicado bajo su nombre. Me lo pregunto porque Aub vivió una vida tan novelesca que no es fácil imaginarla pero además, como una especie de alfabético Rey Midas, convertía en literatura todo cuanto sus manos tocaban; con más patrias que vidas, con más huídas que esperanzas, Max Aub es el arquetipo del primer exiliado, el que sale de su hogar para afincarse en otro sin jamás convertirse del todo a su nuevo espacio; tal vez por eso Aub construye una república íntima a través de las letras, de su narrativa pero, sobre todo, a partir de un dominio, casi mágico, de la palabra y de una imaginación indomable. En el mundo existe todo cuanto por su pluma fue creado: un pintor catalán imposible, un cuervo parlante y memorioso, asesinos de todas las raleas y con independencia de cada uno de ellos, un lenguaje popular que quiere ser mexicano y que de tan natural nunca se escuchó en las calles. Diría que se trata de magia pura pero sería inexacto, se trata más bien de un extraño caso de totalidad literaria, como si en un recurso inusitado Aub se hubiera escrito a sí mismo para poner orden en un mundo que se lo negaba.

De un tiempo a la fecha nos hemos atiborrado de ingentes dosis de violencia, no sólo la que lamentablemente ocurre en las calles de las ciudades de todo el mundo, sino aún de la magnificada por el espectáculo y por las necesidades del imperio de la imagen. Se acabó, acaso para siempre, aquella antigua violencia casi gratuita que sin dejar de ser drama y sin parecer hermosa y menos aún heroica era al menos digerible; me refiero al asesinato narrado con la afilada pluma del cronista de la nota roja, al homicidio disparatado pero con en causas sin duda humanas o mejor aún, apenas domésticas, como éste que se inventa Aub en sus “Crímenes ejemplares”:

Entro en aquel preciso momento. Había esperado la ocasión desde hacía un mes. Ya la tenía acorralada, ya estaba vencida, dispuesta a entregarse. Me besó y aquel sombrío imbécil, con su cara de idiota, su sonrisa de pan dulce, su facultad de meter la pata cada  día, entró en la recámara, preguntando con su voz se falsete, creyendo hacer gracia:

  • ¿No hay nadie en la casa?

Para matarlo. el primer impulso es siempre el bueno.

Es que no hay derecho, ese flujo violentísimo que termina en asesinato no es premeditado sino que irrumpe cuando alguien presume que será privado del deseo que justamente anhela, pero ni siquiera ese extremo se cumple, es la irrupción del bobo en el momento menos adecuado el que rompe la inspiración y lo conduce a la muerte; es esta la violencia con la que no contamos porque no le tememos sino que, por el contrario, idolatramos la visión de lo dramático, no sólo como noticia sino también como ficción; en cambio, hemos generado un temor cerval por las palabras. No hay escándalo en los decapitados de la semana, no hay quien lleve la cuenta de los desaparecidos o se acuerde de la última matanza callejera o escolar en los Estados Unidos, pero que no se atreva nadie a usar horrendos vocablos como negro, tullido, huérfano, puto o enano porque entonces nos cae encima la colección más fina y selecta de denostaciones que han alcanzado la autorización de lo políticamente correcto: fascista, hereje, corrupto y hasta recuerdo con risas alguna vez que alguien que no era amable me llamó en la calle “insolidario”. Al contrario, Aub no le teme a las palabras y así doma los monstruos de la violencia reduciéndolos con vocablos sinceros; de hecho, en una serie de finísimos crímenes ortográficos y tipográficos recuerda a alguien que “no se repuso nunca de la primera impresión”.

Después de dos guerras Aub sabe que la violencia es siempre gratuita y exenta de sentido, es más, quisiera pensar que la considera un acto de donación de quien puede darlo ¿no asegura por ahí en otro de sus crímenes ejemplares que “lo maté porque bebí lo justo para hacerlo”?

Aub retrata el instante preciso del asesinato y nunca se rebaja con crímenes vulgares y tristes como el secuestro, el fraude o el robo; el asesinato siempre porque es el único que tiene verdaderas dimensiones literarias más allá de la anécdota; del mismo modo opera De Quincey en su “Del asesinato considerado como una de las bellas artes” la dimensión ejemplar de los crímenes de Aub puede ser medida por lo que omite, por lo que esconde, más allá de lo que narra:

¡Cómo iba a permitir que se acostara con una mujer a la que le habían trasplantado el corazón de María!

En serio, hay cosas que no se pueden tolerar en auténtica decencia y eso de pensar que un corazón amado – o tal vez muy odiado – bombea desesperado la sangre de un orgasmo de cuerpos que nada tienen que ver con la memoria del amor – o del desprecio -, traspasa todo frontera humana; añádase toda la secuela de hechos que llevaron hasta la donación del corazón, súmese la pasión del ahora homicida que siguió el rastro del corazón de María. Aub lo sabe y el lector también, hay cosas que no se deben permitir pues irrumpen en la buena marcha del universo: “Era tan feo el pobre, que cada vez que me lo encontraba, parecía un insulto. Todo tiene su límite”.

La lectura de Aub nos devuelve a un estado de barbarie primigenia, a un momento en que los estereotipos se codeaban con el mundo y en el que los sentimientos aún no estaban descafeinados ni tenían que pasar por los filtros de los amaneramientos, las modas y el kitsch tecnológico que, lejos de construir puentes de paso, se fueron convirtiendo en máscaras de lo que nadie se atreve a decir; Aub, contra lo que pudiera pensarse, no está amargado ni guarda un odio secreto contra la humanidad, pero su desencanto de los hombres requiere de una válvula de salida en la que nadie resulte herido sino por el juego de las palabras, “esta bastardilla tan romana, y esta inglesa tan redondilla”. En el prólogo a sus “Crímenes ejemplares”, hace un llamado a aquel su tiempo que ya desde entonces, como ahora, amenazaba deslucido y decepcionado:

No vamos a ninguna parte, el gran ideal es, ahora, la mediocridad; vencer los impulsos. En la supuesta dignidad de castrarse han muerto muchos de los mejores.

Ni Aub ni nadie en su medianamente sano juicio pretende un mundo de hombradas y bofetones pero sí, como cuentan los abuelos, vivir en un mundo como el de antaño en el que al ladrón se le llama ladrón y al cobarde según su nombre; el propio Max lo reconoce “esta fe de erratas tan atea…”, en algún momento, sin pretender un tratado histórico, me parece que después de la caída del Muro de Berlín, cambiamos las grandes cosas, los sentimientos elevados, por la grandilocuencia y la vociferación; a nadie le interesa Teresa de Calcuta si no aparece en CNN en vivo – es una lástima que ello no sea ya posible – y resulta que un grupo de ciudadanos investigando sobre la desigualdad en México tenga que conformarse con las migajas de la audiencia cuando lo que vende es hablar de las pifias del Presidente Peña aún cuando ninguna de ellas sea importante o siquiera comprobable, al punto tal que hasta el más avezado tiene dificultades para diferenciar entre lo importante y lo urgente, entre lo real y lo aparente, entre la seriedad y la broma. Una de las notas suicidas más conmovedoras que se han escrito no la realizó alguien que tuviera la más mínima intención de quitarse la vida, es decir, se trata de una nota falsa, o si se prefiere, de una carta ejemplificativa, sólo por si se ofrece:

No se culpe a nadie de mi muerte. Me suicido porque de no hacerlo, seguramente, con el tiempo, te olvidaría. Y no quiero.

Como si nos faltaran causas para apostarlo todo. Desde la segunda posguerra comenzaron a menudear las pequeñas causas, aquellas que no requieren de mayor esfuerzo, que necesitan apenas una sonrisa complaciente o unas cuantas horas de voluntariado militante, sin mucho riesgo y que reportan, en el corto plazo, una sensación gratificante que transita ligera entre la dulce tranquilidad de estar a la moda y la heroica percepción  – que no requiere explicación lógica ninguna – de estar, sin saber cómo ni cuando, transformando el mundo. Desde luego, Aub no podía saber que esta “capitis diminutio” de la militancia iba a volverse patéticamente endémica para el Siglo XXI en la que basta un botón de “me gusta” o una reproducción de texto o imagen para que un inocente sujeto pueda tranquilizar su alma revolucionaria participando de la transformación final del mudo, en su espiritualización y finalmente, en su conversión en el edén terrenal que todos deseamos. En fin, una burda estafa en la que participan recolectores de basuras contaminantes, antitaurinos violentos, salvadores de perros a contrapelo de la salud pública, veganos combativos, ágiles comentaristas de la inmediatez política  e ingeniosos denunciantes de las más obscuras conspiraciones. Para Aub, que ha tenido que huir de Francia y de España, que ha vivido la experiencia concentracionaria y la derrota a manos del fascismo, sabe que sólo las grandes causas merecen tal nombre, que las otras sólo son parte del oficio de vivir. Como lo dice en otro de sus crímenes: “A mí, mi papá me dijo que no me dejara… y no me dejé”.

Aub no quiso hacer de su literatura un réquiem por el mundo que pudo haber sido, no se permitió tampoco que su experiencia vital convirtiera sus letras en un cúmulo de lamentaciones  y si, a veces, el dolor o la amargura traslucen, como en su “Gallina ciega”, ello no es sino el fruto de su condición humana. Para evitarlo recurre a un artilugio pocas veces utilizado con tanta profusión: transformar toda la existencia en recurso literario, no hay transacción ni claudicación posible, no es la literatura la que se cuela a través de las grietas de la realidad sino que, de alguna manera, es la existencia la que se incorpora al mundo de lo escrito, como si la actividad creativa justificara todo exilio y toda guerra, como si cada día vivido no tuviera más razón de ser que convertirse en material para nuevos libros y no sólo eso, sino que aún lo celebra en sus crímenes que de tan crueles pueden pasar por sencillas travesuras privadas de cualquier sordidez: “Mató a su madre para poder escribir una novela. No doy detalles: léanla”.

Cuando dice “se suicidó porque no le salía lo que debía salirle”, sabe que para el escritor, vivir es acumular y resguardar para luego volver a la vida a través de la creación para que en el transcurso de los años las cosas, más o menos, salgan como debieran salir. Con casi certeza – cuando se habla de Aub hay que guardar siempre un “casi” que nos salve del posible error -, podríamos decir que la ligereza de sus letras, es apenas una sencillez aparente pues encierra una voluntad de vivir que se impone y se transmite con la potencia de las renuncias y de las postergaciones, del mucho aguantar y del mucho hacer; los micro cuentos de Aub son momentos capturados de realidades mucho más complejas:

Yo no tengo voluntad. Ninguna. Me dejo influir por lo primero que veo. A mí me convencen en seguida. Basta que lo haga otro. El mató a su mujer, yo a la mía. La culpa es del periódico que lo contó con tantos detalles.

El autor sabe que a grandes males grandes remedios: “Le olía el aliento. Ella misma dijo que no tenía remedio”, así que pluma – o como se podría decir puñal – en mano, arremete contra las pequeñas y grandes desgracias de la vida, contra las miserias que nos impiden tomar del árbol la fruta que deseamos, sin más razón que la pura mala suerte: “¿Tengo la culpa de ser invertido? Y el no tenía porqué no serlo”, faltaba más, que tanto es tantito digo yo, y es que las denuncias aubianas versan sobre aquello que, como don Máx ha descubierto, corresponden a todos los hombres, aquellos desencantos de la realidad que sólo pueden saldarse de tajo, con la gotita simpática de sangre en la punta del cuchillo y la sonrisa socarrona en la boca: “¡Yo quería un hijo, señor. A la cuarta hembra, me la eché”; pues no hay derecho, insisto, como si no pudiera uno esperar del mundo algo mejor de lo que el destino nos ha deparado; desde luego que el exiliado lo comprende aún mejor y desde una luz más meridiana; es decir, ¿cómo aceptar que la razón y la justicia sea derrotada por la mendacidad, la ambición y la locura?, ¿porqué abandonar, por ejemplo, la España de la esperanza, la libertad y la igualdad para dejar en el gobierno, la plaza y la taberna, la mano de la dictadura, del oprobio y de los soplones?, en el mundo no hay justicia, de verdad, pero qué se le va a hacer, hay que seguir viviendo y no hay mejor venganza que seguir aguantando pese a todo o, más bien, gracias a todo aquello que lo ha lanzado a la calle de la existencia; así, tiene el derecho de reclamar la recuperación del orden en el cosmos.

Para eso son sus crímenes; él, un autor de lo más pacífico, un funcionario cultural eficiente y un magnífico abuelo, ajusta cuentas de la única manera en que puede y sabe, imaginando, descubriendo y construyendo escenarios y situaciones en las que el entorno se hace literatura y de esa manera aplaca los demonios del mundo; de qué otra forma podría reducir a la sumisión sus frustraciones y también las nuestras:

Estaba leyéndole el segundo acto. La escena entre Emilia y Fernando es la mejor: de eso no puede caber ninguna duda, todos los que conocen mi drama están de acuerdo. ¡Aquel imbécil se moría de sueño! No podía con su alma. A pierna suelta, se le iba la morra al pecho como un badajo. En seguida volvía a levantar los ojos haciendo como que seguía la intriga con gran interés, para volver a trasponerse, camino de quedar como un tronco. Para ayudarle le descabecé de un puñetazo; como dicen que algún Hércules mató bueyes. De pronto me salió de adentro esa fuerza desconocida. Me asombró.

Los crímenes, como diminutas joyas narrativas exhiben esa fuerza asombrosa que Aub detentó sólo en la imaginación pero que funciona como un poderoso aliciente para quien los lee, como si de pronto, de la nada, alguien hubiera escuchado sus plegarias de lector afligido y diera en el clavo de sus más ocultos y hondos deseos: “¡Que se declare en huelga ahora!”, clama el asesino de cuya historia apenas conocemos conclusión por un lamentable gesto de victoria. ¿Quién ha dado la voz triunfante?, ¿el patrón harto de amenazas?, ¿el obrero disidente?, ¿el líder sindical que ya ha pactado?, ¿la madre o la mujer del obrero temerosa de perder el sustento? Ahí radica la fuerza y la potencia de la narrativa de Aub, capaz de romper en pedacitos diminutos la lucha de clases y convertir sólo uno de esos fragmentos en una gema: “¡adivinen jóvenes, ya que son tan listos!” A veces a don Max se le escapan algunas discretas lágrimas, unas cuantas y pequeñas vocecitas de exiliado y de derrotado, unas pocas, apenas las suficientes como para reclamar su lugar en el mundo y hacernos saber que sigue vivo y a duras penas batallando, que ha permanecido insumiso y que, pese a la realidad sigue clamando sus convicciones, pues sabe que sólo el silencio será capaz de vencerlo: “Me suicido para que hablen de mí”, para qué, si no, se hubiera tomado la molestia de montar ese colosal invento que fue Jusep Torres Campalans, sino para que se hablara de él, de Aub, y no sólo de él mismo, sino de toda la España peregrina por la tierra anhelante del retorno, una España burlona e irredenta que seguía en pie de guerra ya no con los fusiles y los cañones, sino con las plumas y los pinceles, pues nunca estuvo cansada de cantar su pena y su esperanza: “condenado a galeras de por vida, jamás vio una página impresa”.

 

En sus crímenes tipográficos la metáfora se vuelve aún más alucinante y el dominio de la lengua todavía más demoledor, él sabe que “aunque parezca falso no se puede ser ¡ay! al mismo tiempo itálico y romano”, por eso se ve obligado a tomar partido permanentemente, de Aub pueden decirse muchas cosas pero nunca que fuera tibio o indiferente; se goza de su paso por el mundo aunque como en Alfonso Reyes, ese paso tuviera como motor los empellones de la historia; afirma, con razón que “los blancos y las negritas hacen buenas mestizas”; él mismo declara: “negrita y cursiva ¡cómo me gustaba!” Para cada violencia Aub tiene una respuesta y una venganza, una solución expresiva que resume en pequeñas erupciones verbales el objeto de su rebeldía: “le llamaban el Cursivo porque era bastardo”. Y no es que el autor se asuma como vengador del mundo sino que apenas quiere oponer al desorden histórico que constituye la violencia un contraveneno hecho de inofensiva hiel literaria:

Me quemó duro con su cigarrillo. Yo no digo que lo hiciera con mala intención. Pero el dolor es el mismo. Me quemó, me dolió, me cegué, lo maté. No tuve – yo, tampoco – intención de hacerlo. Pero tenía aquella botella a mano.

Como quien dice, o mejor aún, como dice Aub, “a tanto punto aparte, murió sangrado”; eso es precisamente lo que quiere evitar: morir sangrado de palabras por decir, de textos entrampados y nunca escritos, de puntos aparte que cierran párrafos por crear; asume, en ese sentido, su propia misión y se desentiende de ese mundo absurdo de la realidad para imponer el de su literatura, sujeto a la peculiar lógica de los sueños y las pesadillas, de los desquites, los ajustes de cuentas y las bromas intencionadas; un mundo donde cuenta lo que se dice y vale lo que se escribe pero que cierra los ojos a lo que pasa y ha pasado pues viene ya podrido de antemano:

Salimos a cazar patos silvestres. Me agazapé en el trollo. ¿Qué me empujó a apuntar aquel hombre rechonchito y ridículo con sombrero tirolés, con pluma y todo?

Tal vez la respuesta la dé el propio Aub en otra de sus notas suicidas: “Me suicido por ver la cara que pondrá Lupe, su mamá y el lechero”.

Una de las lecciones más difíciles de aprender es lidiar con las imperfecciones del mundo, a convivir con la frustración y a elevarse sobre las pequeñas miserias que en su conjunto llamamos condición humana: la burda sensación de estaba cuando descubrimos que nuestros más grandes esfuerzos no han sido suficientes, que no ha bastado tener la razón o exhibir la buena fe; el sentimiento de ridículo que experimentamos cuando tenemos que descubrir que la ayuda que hemos recibido no sólo no era desinteresada sino también era inútil, que nuestros profesionales eran más bien ineficientes mercachifles del regateo y que, a fin de cuentas, aquel tesoro que tanto anhelábamos era sólo hojalata y cartón piedra; que, en términos llanos, pusimos circo y nos crecieron los enanos. Shakespeare lo expresó con mayor elegancia aunque no con más precisión que Max Aub.

Dice el bardo inmortal de Avon:

Pues quien soportaría los latigazos e insultos del tiempo, la injusticia del opresor, el desprecio del orgulloso, el dolor penetrante de un amor despreciado, la tardanza dela ley, la insolencia del poder y los insultos que el mérito paciente recibe del indigno cuando él mismo podría desquitarse de ellos con un puñal.

En cambio, el fantástico fabulador de Segorbe declara:

Le pedí el Excelsior y me trajo El Popular. Le pedí Delicados y me trajo Chesterfield. Le pedí cerveza clara y me la trajo negra.

La sangre y la cerveza revueltas, por el suelo, no son buena combinación.

A la chingada se dice en México, a tomar por saco, en España y en magnífico español escribe Aub: “Después de todo, nada. Me mando al demonio, voy”. Pues digo yo con Serrat, “sería fantástico que todo fuera como está mandado y que no mande nadie”, pero ya se ve que es mucho pedir que los maestros enseñen de modo tal que los niños aprendan y no se anden por las ramas buscando complejos, síndromes, deficitarios surtidos y demás lindezas que los libren de su incompetencia; que el gobierno haga lo que debe sin echar la culpa a los ciudadanos por que le han estropeado las jardineras con la manifestación; pero todo eso es la burda fantasía del creyente pues he aquí y Aub lo sabe, que si nada es lo que parece y nada marcha como debiera, entonces porqué no cobrar venganza en el mundo de la literatura donde todo se puede y donde todo es como su autor ha querido, vaya, si hasta el viejo Lenin lo decía: “si la realidad no se adapta a la teoría, peor para la realidad”, y Aub es un hombre de izquierdas y se lo toma muy en serio; de ahí, por ejemplo:

La única duda que tuve fue a quién me cargaba: si al linotipista o al director. Escogí al segundo, por más sonado. Lo que va de una jota a un joto.

De este modo, Max Aub se alza, desde su inocencia, a la categoría que cualquier autor anhela, se convierte en un demiurgo que reordena el cosmos, casi como un nuevo Mesías que tampoco trae la paz sino la espada; sus denuncias aunque irónicas y risueñas, en lo profundo son terribles clamores que traen aparejada la más primitiva de las venganzas, la de la revancha simple, pura y llana, sin complicaciones ni marcos teóricos, frontal y a la mala, justo como enseñan los mejores cánones de la calle, el campo y el barrio, a lo macho, como se solía decir en el México de antaño. Esa revancha tan infantil como olímpica pone las cosas en su sitio, desface entuertos como el Quijote, castiga al culpable y compensa al ofendido:

Me debía dinero. Prometió pagármelo hace dos meses, la semana pasada, ayer. De eso dependía que llevara a Irene a Acapulco, sólo ahí podía acostarme con ella. Se lo había prestado para dos días, sólo para dos días…

Hay escritores así, para nuestra fortuna, aunque no sean muchos, esos que con sencillez y diáfana sinceridad nos devuelven la parcela de dignidad que el siglo se empeña en quitarnos, aquellos que dicen por nosotros:

La culpa fue de aquel maldito tango…