Utopía latinoamericana

América nació como un sueño antes de ser América. Un sueño en el que la cultura occidental depositó sus mejores esperanzas, las de un mundo por crearse, un lugar de armonía y felicidad en el que las instituciones fueran creadas para servir al hombre y donde las brutales diferencias que la historia había creado en Europa no fueran calcadas a la nueva realidad. Cuando vemos la situación de la sociedad latinoamericana nos avenimos a pensar que tal vez, que seguramente aquél impulso habría fracasado, pero en realidad, la utopía sólo se explica en un sentido pedagógico, así lo entendieron los primeros europeos que participaron en la occidentalización de América. Quisieron fundar una nueva sociedad que en mucho los superaba tanto en el tiempo como en impulso y se contentaron con crear las bases para que nuevas generaciones de americanos pudieran seguir construyendo nuevas utopías que tiraran de nuestra cultura hacia adelante.

América necesita de las utopías para construir su mañana. Los americanos nacimos como la esperanza de un mundo que pudo haber sido y en ello llevamos nuestra fatalidad y nuestro deseo. Por eso, toleramos a grados a veces infamantes el engaño de los políticos y los reveses de la historia, por eso nuestras constituciones son declaraciones de principios y programas siempre por hacer, además de textos operativos de la política y la convivencia pública.

Abordar las instituciones políticas y jurídicas no sólo como conjuntos de normas articuladas, sino como manifestaciones de una cultura reporta, en lo inmediato ciertos beneficios; permite comprender los mecanismos creativos, el margen de obediencia debida y la imposibilidad de cumplimiento de algunas normas; representa, en términos de Paul Kahn, la posibilidad de explorar no sólo las causas y las razones de las normas, sino sus propios procesos creativos, su dinámica y su potencialidad.

La gran utopía latinoamericana es, y seguirá siendo, la justicia. De ahí que nuestras luchas – las triunfantes y las fracasadas – tengan siempre este horizonte, pero también se trata de un problema cultural de fondo que, si pasa desapercibido para quienes crean y estudian las normas, deja de ser principio orientador; éste es la antinomia entre lo universal y lo local, entre lo occidental y lo latinoamericano. Para Alfonso Reyes, esta preocupación parece permear todo nuestro desarrollo cultual, como si decantándonos por lo universal perdiéramos lo que tenemos propio y que nos identifica, como si encerrándonos en nuestro yo cercano, perdiéremos el derecho a ser occidentales. Sin embargo, si observamos el proceso de la conquista y la colonización como un proceso de occidentalización que, en efecto fue triunfante, podemos entender a Latinoamérica como una parcela más de lo occidental y nuestras normas jurídico constitucionales como manifestaciones de un pueblo que en el lenguaje de la occidentalidad encontró la manera de atacar y defender sus peculiaridades.

Parece evidente un constante retornar a las ideas originales en el campo de las ideas políticas latinoamericanas; no a un pasado real, sino a uno utópico y enriquecido por la memoria y el imaginario, un pasado de inocencia donde los pueblos originarios vivieron en armonía, como en una edad dorada, y quienes llegaron de Europa buscaban una tierra de libertad para construir sus utopías; la simbología, el discurso y la ideología que aparece en momentos tan distintos como el liberalismo decimonónico o en las guerrillas marxistas de mediados del siglo XX y hasta el sandinismo revolucionario, nos permiten pensar que ese querer retornar a un pasado más imaginario que real son huellas de ese utopismo originario del cual vienen nuestras primeras instituciones.

Se ha dicho no pocas veces del carácter mesiánico de la política latinoamericana; de su anhelo del hombre fuerte y a veces, a despecho nuestro, del dictador paternal; no obstante, parece que podemos ofrecer otra lectura, tal y como acontece con los primeros municipios americanos o con el deseo permanente de hacer lo éticamente correcto en momentos críticos de la conquista violenta y es que la idea de predestinación de la región como tierra apta para los experimentos utópicos, nos hace anhelar permanentemente un futuro inmediato más allá de lo que nuestras propias fuerzas nos autorizan; de ahí, que las promesas de la política regional puedan ser desemesuradas, que el tiempo de nuestra vida pública no siempre coincida con el tiempo de nuestras sociedades y de que nos entreguemos con tal pasión a las transformaciones sociales aún cuando es evidente que se tratan de obras perdidas. Mitos culturales como la martirización del héroe en nuestro continente, o la promesa de una futura revolución que palpita en los actos cotidianos de la vida de nuestras naciones pueden ser también interpretados en ese sentido.