El periscopio de la desigualdad

Winston Churchill decía que los buenos modales eran los neumáticos sobre los que se podían recorrer los caminos más difíciles; en efecto, los buenos modos y la cortesía allanan el camino y nos permiten acercar las diferencias más irreconciliables.

Hace algunas semanas apareció en las calles de la Delegación Miguel Hidalgo de la flamante Ciudad de México un peculiar personaje con el pintoresco nombre de “City Manager”  -al parecer la lengua española no tiene vocablos suficientes para describir su intrépida misión-. Armado con un teléfono celular transmite en vídeo la conducta de los ciudadanos que, a su juicio inmediato, infringen la ley y además, son remisos a sus sutiles invitaciones a cumplir la Ley. De todo esto puede enterarse cualquiera que cuente con acceso a las redes sociales y desee disfrutar con morbo de la desgracia ajena. Nuestro héroe va cada vez a más, inició su triunfal carrera sometiendo a una señora que tiraba la basura en la calle, la llamaron Lady Basura y quedó expuesta al escarnio popular en una ciudad donde nadie, nunca -faltaba más- ha tirado basura fuera de su sitio; después logró meter en orden a unos guaruras que estacionaron autos en la banqueta y aquí sí, sin sorna ni ironía, arriesgó el físico e incluso fue asaltado y golpeado por los mismos gorilas que se vieron exhibidos días antes. A su amo lo llamamos Lord MeLaPelas y a ese no pudimos estigmatizarlo porque no tuvo el valor de dar la cara sino que ofendió al funcionario por teléfono; en su última gran hazaña trató de remitir a quienes -sabrá el buen hombre sus parámetros de “buen cubero”- consideró eran prostitutas y ejercían en vía pública, las transmitió en vídeo y aunque no logró su cometido, esa vez si sobrepasó la línea de lo legal, ético, lógico y humano.

Desde la primera de sus apariciones triunfales no faltamos los aguafiestas que pensamos que el dulce oficio de superhéroe no era del todo legal; por una parte, sus atribuciones legales no son claras -vaya, el término “City Manager” no está en ninguna ley-, claro que no es culpa suya sino de nuestra legislación que está redactada en una lengua bárbara llamada español -en la que escribió un fulanito que cumple este año 400 años de muerto y que creó el Quijote-, si usted le pregunta a nuestro héroe cuáles son sus facultades, le responderá “no sea flojo, búsquele”, buena broma, lástima que la dirigiera un servidor público a un ciudadano -de ahí mi patética petición de guardar los buenos modos-; por otra parte, los puntillosos que coincidimos con la CDHDF creemos que no se puede imponer una sanción sin previo proceso basado en la ley y con garantías suficientes de audiencia, y que la exhibición pública es una sanción inhumana, bárbara y retrógrada porque elimina el derecho a la defensa y carece de tiempo determinado pues se prolonga mientras dure la ira popular. En la práctica, la última hazaña del superhéroe, exhibió a sujetos que pertenecen a un grupo sumamente vulnerable, no midió las consecuencias ni quiso saber si se trataba de personas sometiπdas a trata y si al ponerlas en vídeo exponía incluso la vida de sus víctimas.

Lo más triste de todo es la respuesta. Su jefa, infatuada del éxito de su héroe, clamó justicia a los cielos y pidió abrir debates y consultas; pero no, los derechos ni se negocian ni se debaten y están por encima de las atribuciones y ocurrencias de los funcionaros. Me asusta más todavía el clamoroso coro de sus seguidores porque en la base del argumento de que los derechos humanos protegen criminales y del que arguye que exhibir a los demás es una medida disuasoria correcta y que no importa si es lícita, se esconde una realidad inhumana: creemos que el que hace cosas malas se merece el castigo aunque sea ilegal -porque ya estuvo bueno que cada quien haga lo que le da la gana-, pensamos que el detenido, el exhibido, el represaliado y el desaparecido algo hicieron y es siempre el otro, porque no somos iguales. En realidad, cuando reclamamos el respeto a los derechos humanos de un tercero, lo que hacemos es protegernos de que no seamos nosotros el siguiente en la mira de los más que celosos funcionarios del orden.