Alice Liddell y Leopoldo… un desamor de maravillas

En 1872 fue aceptado en el College que dirigía el padre de Alice Liddell, la niña-amiga de Lewis Carroll que inspiró “Alicia en el País de las Maravillas”, el hijo menor de la Reina Victoria, el príncipe Leopoldo; muy pronto el ilustre estudiante mostró interés personalísimo en la hija del Dean; desde luego, tanto la madre como Lorina comenzaron a fomentar el interés de Leopoldo por Alice. Para las mujeres de la familia Liddell la milagrosa aparición del Príncipe representaba la cumbre final en el ascenso social; su apellido no era despreciable, pero carecía de blasones; si bien la fama de su padre les abría las puertas de los salones de la intelectualidad y el arte, no les autorizaba el acceso a lo más selecto de la sociedad;  la personalidad de Alice, siendo muy conocida y no habiendo en ella – como decía Alfonso Reyes “señal reprendedera” -, no dejaba de asociarse a manifestaciones tan dispares que ponían siempre en peligro su equilibrio y buena imagen; por ejemplo, en la época que el Príncipe Leopoldo cortejaba a Miss Liddell se publicó una rara novela “Dombey and Son” en la que la aventurera Alice era prostituta y su madre la regenteaba.

Desde luego, los proyectos matrimoniales para Alice no pudieron cumplirse; por un lado, la enorme presión de las familias reales europeas que acostumbraban sellar sus alianzas políticas con enlaces conyugales, hacía vano cualquier intento por emparentar a los Liddell con la familia imperial; por el otro, una vez que se esparció la noticia, las revistas y periódicos no dejaron de aprovechar una nota que reunía los elementos indispensables para vender grandes cantidades de ejemplares; la anécdota del personaje fantástico, curioso e irreverente, unido en matrimonio con el encantador príncipe, hijo de la hosca reina de corazones no tenía desperdicio.

Leopoldo, por su parte, tuvo una historia también literaria que contar; además de ser hijo de quien era – lo cual no resultaba poco – fue el octavo de los nueve hijos de la Emperatriz, desde su nacimiento y hasta su prematura muerte fue construyendo la imagen romántica del príncipe de encantamiento. Las crónicas médicas de Inglaterra lo señalan como el primer niño en la historia que nació de un parto sin dolor, al momento de darlo a luz, la reina recibió de su médico, el Dr. John Snow, una dosis de cloroformo, ese hecho señaló desde la cuna a Leopold como una figura especial en su familia y en el reino y al médico le valió su ingreso a la nobleza.

Conforme la tradición y en la mejor escuela de la narrativa fantástica, fue bautizado en la Capilla Privada del Palacio de Buckingham y recibió el nombre de su tío abuelo Leopold I de Bélgica, suegro del malogrado Maximiliano de México y a quien Conrad retrató en su “Corazon de las tinieblas” como un monarca brutal y ambicioso, retrato que Francis Ford Coppola reconstruyó en 1979, en su célebre “Apocalypse Now”. El príncipe fue bautizado por John Bird Summer, Arzobispo de Canterbury, sus padrinos fueron el rey Jorge V y Augusta de Sajonia – Weimar – Einsenach, entonces princesa de Prusia y que andando el tiempo y las peripecias de la historia sería reina de Prusia y Emperatriz de Alemania y Ernesto I de Hohenlohe – Landsburg cuyo único mérito fue haber desposado a la hermanastra de la Reina Victoria. Para añadir dramatismo a la escena , como dice Thomas de Quincey en su “Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes”, Leopoldo había heredado de su madre la hemofilia que en su época era considerada como una absurda pero inequívoca muestra de auténtica y ancestral nobleza y aristocracia; ello, desde luego, no exento de consecuencias. El príncipe creció rodeado de excesiva protección y mimos exagerados aún para un miembro de la casa imperial y si a eso se añade la completa imposibilidad – dado su lugar en la línea de sucesión al trono -, de convertirse en rey de Inglaterra, lo hacían aparecer ante los ojos de su augusta madre como un eterno niño y un dulce objeto de cuidados sin fin.

Para la madre de Liddell no había oportunidad mejor; sin embargo, adicionalmente dos fuerzas opuestas pero concurrentes harían imposible el sueño de Mrs. Liddell en el que Alice, por cierto, no parecía especialmente interesada; por un lado, desde que Leopold tuvo derecho a usar pantalones largos su objetivo fue hacer todo lo posible, dentro de las rígidas reglas de la familia real, para escapar de la dulce tiranía de su nada democrática madre; en ese sentido se entiende la presencia del príncipe en el Christ – Church College, donde obtuvo un doctorado en derecho común y también que no se dedicara al foro ni a la academia como a la Emperatriz le hubiera gustado; parte también de esta lucha materno – filial, fue el gusto por los viajes que Leopold tuvo a lo largo de su breve vida y aunque quiso trasladar su intento de independencia a un campo profesional en el que la reina estaba sólo muy lejanamente interesada – como el mecenazgo y la cultura -, su carrera aunque triunfante, – fue Presidente de la Real Sociedad de literatura en 1878 y Vicepresidente de la Real Sociedad de las Artes en 1879 -, tampoco podía impresionar mucho tratándose del preferido de la Reina Victoria que, además, era su secretario privado.

De este modo, Leopold supo que la única manera de salir de la tutela de su madre era casándose. Desde luego, pretextando su enfermedad, la reina se encargó de elegir a las candidatas idóneas para contraer matrimonio con Leopoldo; una de ellas fue Daisy Maynard, una mujer célebre en la sociedad londinense de su tiempo tanto por su belleza como por su fortuna – había heredado de su tío Enrique, Tercer Vizconde de Mynard, una enorme riqueza; pero lo era también por sus rocambolescas historias – se decía que era amante del Rey Jorge VII y que ella misma era nieta del Rey Carlos II que había sido padre de Blanche Fiztroy – madre de Daisy – y de Bárbara Villiers, una de las amantes de sus hijos; aunque a la reina, esos pecadillos le parecían detalles muy menores y al contrario, hacían de la pretendiente una nuera fácil de manejar, a Leopold le parecía una carga demasiado pesada y argumentó estar enamorado de otra mujer aunque nunca reveló su nombre; con la finalidad de hacer más apetecible el matrimonio de Leopold, la reina dotó a su hijo con los títulos de Duque de Albany, Conde de Clarence y Barón de Arktow, creando para él tanto un patrimonio como un linaje propios; finalmente, concertó su matrimonio con la princesa Elena Federica Augusta de Waldeck – Prymont, doblemente noble pues era hija de Jorge Victor príncipe de Waldeck – Prymont, Alemania y de Elena de Nassau, princesa de los Países Bajos, de hecho su sobrina sería la reina Guillermina, hija de de Emma, hermana de Elena y del rey Guillermo III de los Países Bajos, ni más ni menos.

Alice Liddell no figuró nunca en los planes de la reina Victoria ni fue considerada una candidata viable a los ojos de la familia imperial, aunque la reina supiera de ella, de sus antecedentes familiares y de su relación con la otra Alice de cuyas aventuras, bien se sabe, era muy aficionada. Seguramente ni Mrs. Liddell ni Alice pudieron enterarse de los manejos de la corte, aunque también es cierto que la primera hija de Leopold se llamó Alice y que heredó el título de Duquesa de Albany. Esta tercera Alice no alcanzó a conocer a su padre que murió cuando ella apenas contaba un año de edad.

Aunque Alice y Leopold cultivaron cierta amistad, para ella no pasaría de una buena compañía y él no hizo nada para que fuera de otro modo; sin embargo, el malestar de Carroll por aquella relación no pasó desapercibido y eso, aunado al atractivo escándalo fue suficiente para que Alice Liddell buscara amores más convencionales; para la sumamente estable y aburrida comunidad de Oxford, un revuelo de esta naturaleza podía ser tan vivificante como perturbador; hacía el final del capítulo de Leopold en la vida de Alice, un estudiante de la Universidad dio a conocer una pequeña parodia en la que destacaba la futilidad de Alice Liddell, la ambición de su madre y la impotencia de Leopold frente a la furia de la reina de corazones; Carroll estaba representado por los extraños juegos de palabras y los non-sense con los que el autor de la otra Alice, paliaba sus obsesiones.