“Los minutos de Ulises”, de César Benedicto Callejas (Fragmento)

Queridos amigos, estamos a unos cuántos días de presentar la novela “Los minutos de Ulises”, la cita será en la Casa Universitaria del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León, en Monterrey el día 24 de mayo a las 18.00; ojalá puedan asistir. Esperamos poder ofrecerles una presentación en Ciudad de México, lo más pronto posible.

Por ahora, esperando contar con sus comentarios, les ofrezco este adelanto de lo que podrán encontrar en ella…

 

Los minutos de Ulises, de César Benedicto Callejas. (Fragmento)

Sopla un dulce viento y tú, Ulises divino, gozándote despliegas tu velamen, sentado riges con destreza el timón; no baja a tus ojos el sueño, velas a las Pléyades vuelto, al Boyero de ocaso tardío y a la Osa, a que otros dan nombre del Carro y que gira sin dejar su lugar al acecho de Orión; sólo ella de entre todos los astros no baja a bañarse en el Océano. La divina entre las diosas Calipso te dejó dicho que navegaras llevándola siempre a la izquierda; los astros se colocan en la posición exacta para anunciarte que inicia el minuto veintiocho de la hora séptima de tu último día. Entoces lo escuchas Alfonso, lo oyes bien, ¿no es cierto? Entonces lo hueles Alfonso, no puedes negarlo, es el sonido de los tambores y de la samba, es el olor del laurel y de la guayaba, es el aroma salino que asciende hasta el Pan de Azúcar y que invade todos los rincones de tu casa en la Rua das Laranjeiras. De nuevo Alfonso, es 1930 y llegas a Río de Janeiro proveniente de Buenos Aires, para vivir un capítulo definitivo de tu vida. De algún modo, Brasil no te había sido del todo desconocido. Sus playas ya te habían recibido en alguna ocasión; la lectura de sus escritores te había ocupado algunas horas y sobre todo, la visita que Pepe Vasconcelos había hecho a tierras brasileñas en 1922 y de la que guardó siempre gratísimos recuerdos, te habían servido de prólogo a esta nueva estancia diplomática. Conocías demasiado bien a Pepe: no se le podía creer todo cuanto escribía, pero se podía confiar ciegamente en la pasión que le causaban las cosas bellas. Cuando Pepe narraba sus aventuras en el Brasil, acaso podrías creerle la mitad; pero si decía que la belleza y la fortaleza del Brasil habían sacudido su conciencia y sus sentidos; entonces, con toda seguridad apostar que esos atributos podían demoler una montaña con su sola presencia. Sin embargo, todo cuanto sabías o pudiste imaginar sobre Brasil fue poco. Infierno verde y paraíso flordelicado donde los negros cantaban Jalibut; fuente contradictoria de esplendor y de sombra donde los negros paseaban untados en luz de Jalibut y tú te estremecías yendo de la esperanza a la pérdida y del encuentro a la despedida al tiempo en que ancestrales negros libaban la flor del Jalibut; orillita del mar flordelicado donde pudiste ver a los ángeles de la belleza y a los demonios de la ansiedad salir presurosos de bajo tu piel para besarse en el anhelo y en la premura cuando a tu derredor morían los negros en mal del Jalibut.

Brasil te cambió la vida Alfonso: te hizo enamorarte con más pasión todavía del trabajo literario porque te mostró que la palabra se nutre de la vida con el fin de hacerla más intensa y más habitable; también te enseñó que se puede amar la belleza temiéndola y padeciéndola. Lo que antes había sido contemplación y reflexión, después de Río de Janeiro se volvió experiencia y sentido vital. Después de Brasil, querido Alfonso, ningún tema te estaría vedado y aunque con los años esa sensación de plenitud se iría mitigando, tus letras, influidas para siempre por el momento en que la belleza te fue revelada en toda su magnificencia y esplendor, se harían cada día más tersas, más claras y más humanas.

Jamás te abandonó tu amor por el Brasil y si le dedicaste el primer estudio realizado sobre las relaciones diplomáticas entre México y el Brasil, que vio la luz en el Buenos Aires de 1937 cuando tu corazón sangraba con mayor efusión, ese sería el menor de tus homenajes; el más profundo, el más sagrado, nunca lo revelaste a nadie, pero te quedó tatuado en el corazón de tal manera que si pudieras exhibirlo parecería más bien una marca de nacimiento.

Dime Alfonso ¿te acuerdas del 26 de junio de 1927? Sí Alfonso, no tiene nada de malo que un moribundo sonría dormitando en sus últimos minutos, ¿te acuerdas? Amanecía con una niebla y una lluvia que te impidieron una primera vista matinal del litoral bahiense; ese día, al iniciar la tarde, cuando el viento amable disipó las tinieblas, apareció ante ti, triunfante, en toda su olímpica majestad de la Bahía de Guanabara. Cuando pusiste los pies en tierra, los dejaste vagar y te llevaron como niño maravillado por las playas de Copacabana y de Gavea, tus ojos embriagados se detuvieron en el Pan de Azúcar y te perdiste unos minutos en el fabuloso Jardín Botánico, al que volverías después, años después, en busca de éxtasis y de refugio, en busca del secreto y de la revelación, en busca de ti mismo y en busca de todo lo bueno y lo bello que esa tierra adámica podía ofrecer a los pecadores. Bendito horno genitor donde cualquier milagro era posible. Cuando presa de la melancolía, del desánimo y aún del ansia de volver a casa, de abandonar los duros pechos de Circe y su blando vientre carioca; Ulises extraviado, buscabas refugio en los espacios abiertos de la ubérrima urbe, te encontrabas paseando entre los cactos, nopales y magueyes de tu altiplano central mantenido y recreado como por encanto en el Jardín Botánico de Río de Janeiro. Hasta allí llevaste el peyote que transforma y abre el espíritu y permite ver la música en forma de ondas luminosas. Símbolos Alfonso, símbolos que se iban sembrando en la fértil tierra brasileña como un gigantesco y magnífico peyote del que tomabas de cuando en cuando un mordisco para que sus calles y ventanas, sus plazas y sus palmeras te convirtieran el cotidiano paso de los días en la sensación alucinante de estar vivo y poderte transportar a voluntad hasta el borde mismo de tu sierra…

Han bajado los indios tarahumaras,

que es señal de mal año

y de cosecha pobre en la montaña.