Presentación de “Los minutos de Ulises”, Novela de César Benedicto Callejas

Después de la maravillosa experiencia en la Casa Universitaria del libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León, les ofrecemos el texto del autor en la presentación.

Quisiera comenzar citando a una muy querida amiga de don Alfonso Reyes, la filósofa española María Zambrano al recibir el Premio Cervantes:

Para salir de la perplejidad y del asombro, para hacerme visible y hasta reconocible, permitidme una vez más que recurra a la palabra luminosa de la ofrenda: Gracias.

Gracias a la Universidad Autónoma de Nuevo León, en particular a Celso José Garza, Secretario de Extensión y Cultura de la propia Universidad por acoger esta novela que es, como todas las que se escriben de corazón, un resumen de obsesiones, ideas y querencias de quien las da a la pluma.

Gracias a Minerva Margarita Villarreal por su amistad y por acompañarme en este camino tan grato que ha sido la publicación de los Minutos de Ulises.

Al estupendo equipo del Fondo Editorial Nuevo León, bajo la magnífica dirección Carolina Farías que produjo en un tiempo inusitado y con una calidad que no por habitual deja de ser asombrosa; estoy cierto de que si Balzac la hubiera conocido, en lugar de pensar en un infierno particular para los editores, habría deseado un paraíso particular para ella y su personal.

Gracias, a Hugo Valdés, por su lectura y comentarios, por estar presente aquí y por compartir la idea de que una narración en segunda persona puede no sólo ser efectiva sino también profundamente emotiva y cercana.

Gracias a mi hija Almudena que me acompaña, a la que espero la alegre más estar conmigo en este momento memorable que el hecho de haber faltado a la escuela un par de días. García Márquez decía que muy pronto en su vida había tenido que dejar la escuela para comenzar a educarse; me parece que momentos y lugares como estos son las lecciones de vida que uno debería procurarse tanto como se procura el pan de cada día.

Gracias a mi esposa Adriana Salmerón, que no puede estar en este momento pero sin cuya paciencia estas letras no estarían en las manos de todos nosotros.

Gracias a todos ustedes por obsequiarme con estos minutos de su tiempo en la presentación de una historia que todos conocemos pero que resulta inédita por la forma de narrarse, no porque se haya escrito desde el corazón de un lector, sino porque representa el paso de un hombre ejemplar por esta tierra, por este nuestro país y por ese nuestro continente que es la lengua española: Alfonso Reyes.

Comencé mi diálogo con don Alfonso Reyes harán ya tres décadas; a él me lo recomendó un ensayo de Jorge Luis Borges; muy pronto sus libros me llevaron a la Capilla Alfonsina de la Ciudad de México y ahí dejé mis horas de aprendiz con Alicia Reyes; desde la primera vez que entré a ese recinto donde reposan y aguardan gran parte de mis mejores esperanzas, me impresionó una cama que esta cerca del escritorio donde Reyes dio a la luz sus textos más maduros; en esa cama reposaba cuando las jornadas eran demasiado extenuantes y en ella vino a caer enfermo por última vez y en ella terminó su viaje vital.

El recuerdo de aquel lecho me acompaña de vez en cuando y me parece que cuando lo traigo a la memoria lo que veo es un puerto de partida a las tierras incógnitas de las que Reyes ya no nos podrá hablar; cuando pienso en la Capilla Alfonsina pienso en un buque compacto, bien armado con destino a la eternidad por cuyas ventanas lo mismo aparece Rio de Janeiro que Buenos Aires, lo mismo Ítaca que Nueva York y lo mismo Xochimilco que el río de Santa Catarina.

En los momentos aburridísimos de algunas materias de la escuela preparatoria donde estudiaba, cuyo nombre siempre quiero recordar pero no ahora para no ser ingrato, la Capilla me acogió y en lugar de clases me cité en Junta de Sombras con un hombre que, sin saberlo, se iría convirtiendo no sólo en mi autor no predilecto, sino más importante y más allá de ello, en el hombre cuyo ejemplo vital se convertiría en uno de los más importantes de mi existencia. Todavía hoy, recordando una frase de la vieja edición del diario de don Alfonso – cuando escribí la novela no contábamos con ese magnífico aparato que es la nueva edición casi completa de los diarios… casi porque no ha terminado de aparecer un volumen ciertamente importante-, recuerdo una frase de Reyes cuando el agua parecía llegarle a los aparejos: “¿dónde estará el paraíso?

Las pasiones sólo se resuelven mediante el dolor o mediante la entrega y en el caso de mi relación con Reyes y con la literatura, no me arrepentiría ni en tres vidas más de haberme entregado a esa amistad tan larga ya casi como mi vida. Particularmente porque nació de una época, en la que, como decía don Alfonso, nos salvamos o nos perdemos y de la que traemos siempre las marcas de las lágrimas en el alma.

Sigo citando a Reyes, no sólo como protagonista de la propia novela de su vida, sino como ejemplo de cómo la lengua y la literatura, para las cosas de la razón, es bastante y de cómo se vive una existencia en torno a la obediencia a la vocación. Decía el regiomontano universal que lo malo de leer mucho es que luego a uno le da por escribir y yo no podría ser la excepción. Quise narrar la vida de don Alfonso en sus últimos minutos de vida, tanto porque fue, a lo largo de su existencia muy aficionado a cerrar ciclos con balances bien contabilizados, pero que pese a  su ingente idea de orden que todo lo acomodaba y todo lo explicaba, dejaba gotitas de sangre y llanto en cada una de sus páginas. No sólo me preguntaba cuál habría sido su balance final, sino qué es lo que se podía hacer con un legado como el suyo de una vida tan plena, tan bien vivida hasta extremos inimaginables… me lo imaginé aterrado y fascinado en los campos del candomblé en Brasil, extasiado en la contemplación de los ojos de Kikí de Montparnasse y fascinado con el descubrimiento de un dato que no conocía antes de alguna lectura. Como si todo sentimiento pudiera recaer en palabras, más pálidas que la realidad, pero al mismo tiempo salvadoras:

Y así, soñando, te construiste ese mundo que, como el sol de Monterrey, viajó siempre contigo; así, soñando te hiciste de todo cuanto fue bueno y agradable para ti: el espíritu de la psicología de Proust, los vinos de Francia, – especialmente el Médoc – y la imagen y el recuerdo de Kikí de Montparnasse. De ella no logró engañarte el halo en que la envolvía la cercanía de Modigliani, de Soutine y de Kieslign, que era su atractivo para turistas, pero te embrujó su belleza morena de borgoñona casi española, su forma dulce de estar y de no estar, de disminuir juguetona el espacio para aniquilarse luego en esa autocontemplación que hacían de ella la modelo perfecta. El secreto que compartió contigo: haber trabajado como ayudante de un panadero durante la Gran Guerra cuando todos los jóvenes partían a las trincheras, la hacía a tus ojos tan apetecible como un bocadillo de crema; porque amaste los cuerpos Alfonso, tanto como los espíritus y las voces, amabas los cuerpos porque materializaban y daban vida y movimiento a todo aquello deseable que tenían las almas; nunca fuiste un ángel Alfonso, por más que fueras un hombre que bien entendía el llamado de lo divino, nunca te volviste místico, porque siempre fuiste humano, acaso terriblemente humano y así soñando, escribiste para Kikí:

Y ya que, de andar en harina

sin amores, sin amores ¿eh?

se enmascaraba de abajo arriba

y tan blanca como un pastel,

¡aquella vaga sensualidad

de salir y hacerse ver!

No quise apoderarme de él, quise interpretar su sensación de viajero en el tiempo, las ideas y las palabras, pero sobre todo, de viajero en las sensaciones y los sentimientos. Reyes escribió muchísimo sobre sus ideas y sobre las ajenas, pero algo que luego nos pasa por alto pero que está más que presente, es que el principal tema de Alfonso Reyes en su literatura son sus sensaciones y sus pasiones.

No nos habla de otra cosa nunca, ni siquiera en sus trabajos más eruditos o más técnicamente literarios, pero es un hombre educado en el pudor de la cultura esforzada de esta tierra, en la que se puede decir todo como es, directo y sin ambagues, como buen regiomontano Reyes aborrece los eufemismos, pero su corazón se abre despacio y no deja entrar a cualquiera; una vez que se está dentro se disfruta del más amable lugar que uno pudiera soñar. Si la literatura de Reyes es una colección de pistas para entrar en ese mundo fascinante, habría pues que interpretar su existencia en ese sentido, solamente ligada a la manera en que, ya lo sabemos, las letras eran una válvula de su moral.

Elegí una forma narrativa muy poco utilizada porque puede ser, sobre todo, moralmente incómoda para los lectores,  la segunda persona del singular. No hubo en ello experimentación, lo que quise fue acompañar en su última partida al amigo que, sin conocerme jamás, hizo tanto por mí. Si ha sido exitoso el intento lo dirá el lector, para mí ha sido un saldar cuentas de manera imposible, como imposible sería pagar la deuda existencial que tengo para con don Alfonso.

Reyes se ve pues como un viajero de sensaciones y de sentimientos; pero quiero resaltar el término viajero. Reyes nació con la maleta bajo la cuna y nunca se desdijo de esa vocación aunque a veces la vida lo obligara a obedecerla. Nació para partir y siempre estuvo volviendo; nació para hacer su santa voluntad y un sino misterioso lo retuvo a veces y lo sometió a pruebas inimaginables y terminó recalando en casa, en su Ítaca, trayéndonos, como bien tradujo “todos los tesoros que le fueron dados en el país de los tesporotos”. Lo quise imaginar así:

Si la librería de Adrienne Monnier era una Isla, París era todo el océano, algunos corsarios pasaban veloces y otros, detenidos en puertos habituales, compartían los tesoros escondidos en sus bodegas, riquezas recogidas de entre el pueblo del opulento país de tesporotos y antes de que Hemingway fabricara el turismo cultural, creaban en los bulevares un ambiente donde las peripecias más audaces y disparatadas de la inteligencia eran cosas cotidianas y siempre posibles; entre aquellos corsarios que de tarde en tarde exponían sobre una mesa de La Coupoule los tesoros que coleccionaban, estaba Guillaume Apollinaire, aquel cubista que mantenía informada a la opinión pública francesa de todo cuanto acontecía en México a través de sus artículos en el Mercure y en L’Europe para los que su hermano Albert, a quien habías conocido en los días aciagos que precipitaron tu exilio, proveía de datos en más de una ocasión alucinantes. Para Apollinaire, México era una tierra fantástica dotada de potencias inusitadas y desbordadoras que trataba con curiosidad, con respeto y no sin cierta fantasía. Su libro, La Mujer Sentada, no dejaba de fascinarte, no sólo por cuanto irrumpía con el cubismo en el ámbito de la literatura sino porque te remitía a la nostalgia del exilio y te arrancaba lágrimas cuando, igual que Pamela, en los peores años te paseabas triste por la Porte Maillot.

Con tanto viajar, con tanto ir y venir, entre las ciudades y los lechos, entre los brazos, las bocas, las mesas y los papeles, Reyes aprendió bien que todos somos siempre extranjeros o – dicho por el revés – que nunca lo somos porque todos los lugares son sitios siempre por descubrir y todos se nos han dado en herencia a través del tiempo. Por eso no se siente ajeno y, en íntima contradicción, siempre está queriendo volver. Peros sus viajes no son nunca infructuosos: un amor aquí y otro allá le dejan cicatrices que se convierten en narración o en poema, una comida ahí y otra acá se traducen en un recuerdo que estalla en un ensayo fantástico escrito treinta años después. Todo en la misma alforja del viajero.

Ulises ya estaba un poco fatigado; no era lejano pensar en reunir en la casa definitiva, la última, todos los dones que recogiste en veinticinco años de viaje, acaso el periodo más largo de tu vida. Sí Alfonso, claro que te dolía ver a Manuela ya cansada y siempre enfadada, pero es que el tiempo de su reloj era otro diferente al tuyo; desde 1913 había sido la compañera perfecta, pero no le podías exigir que fuera la Penélope precisa; en tanto tú, Alfonso, con el alma partida en pedazos escapándosete por la pluma; triste, apenado hasta el fondo del alma, viendo como se te perdía la última flor que te acercó la vida en una ironía sin par y sin moraleja; queriéndote morir justo en un vivero, queriéndote morir mientras que ella, la impronunciable, sobrevivía para siempre; ella a quien siempre recordaste, día a día, año con año, jornada a jornada sin siquiera poder invocar su nombre en voz alta; ella siempre joven, con toda la vida por delante para convertirse en lo que quisiera y tú negándote a ser todo pasado, sabiendo que nadie, ni la vida ni la muerte podían compensarte de lo que perdías; nadie Alfonso, ni el Dios de los cristianos que es todo amor pero que desoye el cuerpo, ni los dioses y las fuerzas de los yorubas que son fuerza, sensualidad y música frenética de orgiásticas ceremonias pero que a cambio, carecen de pensamiento articulado; ni Grecia; ni Góngora, ni Mallarmé. Nadie Alfonso te pudo reponer el sueño que acariciaste pero que no pudiste lograr, porque tu tiempo había pasado.

Reyes tuvo siempre un Virgilio, su padre. A don Bernardo lo mantuvo vivo a fuerza de recuerdo y de letras, de escritura y de ideas; sobre todo de reverencia que muchas veces superó la realidad y lo convirtió en un noble Titán vencido por las circunstancias y por el destino. Para hacerlo redivivo escribió mucho y creo, le demostró que en efecto, dentro de la familia Reyes, si podía alguien hacerse poeta por oficio.

No quiero fatigarlos sino invitarlos a que lean Los Minutos de Ulises. Aspiraría, como lo hace todo escritor, a que participáramos del diálogo, no sólo conmigo, lo que ya sería motivo para mi gratitud perpetua, sino con Reyes y con su vida que es, para cada uno de nosotros, uno de los más grandes regalos que Monterrey haya dado al mundo.

Una vez más, la sagrada palabra del obsequio: Gracias.