Hay tiempos enloquecidos en que lo inaceptable se vuelve cotidiano; no se torna normal aunque suceda con frecuencia, no es válido aunque a muchos ya no les cause sorpresa. Asesinar a otro es siempre irracional, anormal y absurdo pero hacerlo por odio es la ruptura del orden del mundo.

Hace unos días un hombre entró a un bar en Orlando, Florida, y asesinó a 51 personas; lo hizo porque eran homosexuales, se escudó de una manera barata y ridícula en movimientos terroristas; un norteamericano, nacido en Estados Unidos, que cometió su crimen en territorio estadounidense sobre sus conciudadanos; la vergüenza es tanta que preferimos voltear a ver al mal mayor, encarnado en todas las fuerzas diabólicas, que enfrentar a los demonios que acosan nuestra forma de ver el mundo: la intolerancia, la ignorancia y el miedo.

Tenemos miedo de lo que no es como nosotros, tenemos miedo de la felicidad ajena cuando no se consigue como creemos que debe conseguirse, tenemos miedo que el cielo caiga sobre nuestras cabezas si los demás no piensan o no sienten como nosotros.

Para honrar la memoria de los caídos en este brutal crimen de intolerancia, odio y brutalidad, el libro nuestro de cada martes ofrece la ópera prima de Reinaldo Arenas, un escritor que sufrió la persecución a causa de su lucha por alcanzar la libertad y la felicidad y que, en ello dejó una obra prodigiosa.

La visión de un niño en su vida cotidiana, dentro de una casa plagada de temores y fantasmas, de rituales y de sinsentido, construye una gran metáfora de la opresión y el desencuentro.

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