De cómo la Reina de Camelot se volvió editora

Para Jacqueline Kennedy, los libros proporcionaban un sentimiento de seguridad y pertenencia que el mundo convulso que le había correspondido vivir era incapaz de darle; del mismo modo en que durante su infancia y adolescencia sus lecturas le permitían sobrellevar las vicisitudes de una familia azarosa,cuando el destino de un presidente, de una nación y la asoció para siempre con la sanguinaria caída de Camelot, ella volvió a refugiarse en los libros para llevar su duelo y recuperar la fuerza suficiente para enfrentar un futuro inmediato que parecía incierto como nunca antes; es verdad que no se trataba de incertidumbre económica, su fortuna personal garantizaba su tranquilidad para toda la vida, tampoco era un asunto de seguridad pues desde el principio lo único claro fue que se había tratado de un ataque personal contra el presidente y no una persecución política o una amenaza a la seguridad del Estado; era más bien un asunto íntimo, personalísimo, el profundo amor que, pese a todo, indudablemente sentía por John; al morir el rey de Camelot, cuando la reina vio extinto su breve reino, se recluyó por meses en el único lugar seguro y confortable que aún le quedaba, la Literatura; en ella pudo encontrar reposo pero también confianza y recuperó el poder sobre sí misma y sobre su entorno. Años después recordaría que fueron dos los libros que la empujaron a volver al mundo, ambos de Nikos Kazantzaquis: Carta al Greco y Alexis Zorba. Tal vez, sin quererlo, el escritor también allanó el camino para el nuevo marido de Jackie. Desde luego la experiencia con Onassis en nada se parecía a lo que había vivido con Kennedy y tampoco su partida fue la misma para la mujer que, de nuevo viuda quiso reinventarse para siempre. Evidentemente también, el deceso de su último esposo significó cosas que, aún dramáticas y dolorosas, resultaban profundamente distintas; al morir Aristóteles Onassis, vivió sola el momento, no hubo el aura de heroicidad que rodeo el sacrificio del joven presidente; tampoco disfrutó de la comprensión y solidaridad de todo un pueblo y menos aún del cobijo de una Nación que en ella, lloraba el final de una pequeña era hecha de estilo y belleza; al contrario, donde había existido el poder de hacer y crear no quedaba más que un mundo de frivolidad y vacío, donde había enseñoreado el calor de la admiración y el respeto, Jacqueline se había envuelto en una serie de litigios sucesorios que no hubiera deseado y que le habían dejado claro que en adelante, la vida no volvería jamás a ser la misma; un par de meses después de muerto el naviero, Jackie confió a algunas de sus amistades más cercanas: “siempre he vivido a través de los hombres…Ahora me doy cuenta que no puedo hacerlo nunca más”. Para constituirse como auténtica dueña de sí misma y de su rico universo pleno de belleza, no podía sino conquistar el derecho de ser sólo ella,  Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis, dueña de un pasado que se confundía con la historia de su país y del mundo, propietaria de numerosas parcelas de un imaginario fabuloso fertilizado por todas las culturas del mundo; dueña y señora de innumerosas palabras que tenían la capacidad de decir y hacer ver y acreedora, al fin, de un futuro que no existía y que estaba todo por hacer. Y se decidió a lo que cualquiera hubiera juzgado inimaginable, decidió no ganarse la vida, sino encontrar un empleo y entrar, a sangre y fuego en un mundo que no había podido ver desde las ventanillas de los aviones privados, desde la proa de los yates anclados en el Mediterráneo y desde la macabra comodidad de las limusinas oficiales.

Cuando su círculo íntimo  supo de las intensiones de Jackie la acogida fue inmediata; laboralmente, la simple imagen de la antigua primera dama trabajando era completamente irresistible. No fueron pocos los amigos que en breve volvían ofreciendo lo que podrían considerar los mejores empleos para ella, aquellos en los que el conocimiento, la experiencia y la red de relaciones que poseía fueran valoradas es decir, trabajos relacionados con la política parlamentaria en Washington y esos eran, precisamente los extremos que ella no estaba dispuesta aceptar, deseaba un trabajo que le permitiera residir en Nueva York y que no tuviera ninguna relación con el gobierno en ninguna de sus manifestaciones, de ese modo el alud de ofertas cesó y las oportunidades fueron escaseando hasta que en el año de 1975 vislumbraba su ocaso en el horizonte, el llamado de la vocación se le presentó desde Manhattan.

En el otoño del 1975, Thomas Ginzburg firmó con Jacqueline Bouvier Kennedy Onasis un contrato como editora asociada con un salario de diez mil dólares anuales, para ella una cantidad apenas simbólica y que era baja en el mercado si se considera que la propia Viking Press, una de las editoriales de más solera en la Unión Americana y que, entonces se preciaba de ser, todavía, una empresa familiar y que ahora daba empleo a la mítica reina de Camelot, pagaba más del doble a un editor de tiempo completo. Desde luego ella no negoció el salario y en alguna ocasión le comentó a Truman Capote que, dada su inexperiencia, hubiera estado dispuesta a ganar incluso menos. Sin embargo había aspectos en los que no estaba dispuesta a ceder. Bien sabía que aquello que Viking había pensado adquirir no era una editora talentosa —eso era algo que todavía debía demostrarse— sino su imagen, su nombre y sus relaciones —eso era algo que aún podía evitar—. En sus primeros libros para Viking Guinzburg dispuso que en las solapas apareciera el nombre y la fotografía de Jackie, situación nada usual y no sólo para la casa sino para toda la industria editorial, al cabo de dos o tres libros la Sra. Bouvier se negó a que se continuara con la práctica y su jefe no tuvo más remedio que plegarse a la petición de su empleada.

Su estancia en Viking fue corta, poco menos de un par de años, lo suficiente para que una mujer con su inteligencia aprendiera los rudimentos básicos del oficio, conociera las reglas no escritas de la industria y cayera en cuenta del auténtico significado del mundo editorial en cualquier país civilizado, cerca de su salida de Viking le dijo a su gran amigo Truman Capote: “I keep thinking what power a great writer has”.

En verdad que en pocas ocasiones se valió de sus contactos y de su fama para obtener buenos autores y buenos libros para Viking pero siempre se cuidó de no parecer un adorno o una joya en la corona de una editorial importante. En esos primeros años Jackie participó en la producción de cinco libros, en ellos apenas puede vislumbrarse la mano de la editora que llegaría a ser aunque queda de manifiesto el elenco de las tomas que la apasionaron a lo largo de su carrera. El primero de ellos “ Remember the Ladies: Woman in America, 1750-1815”, de Linda Grant Paw y Hunt Connover, recupera la memoria perdida de las mujeres que acompañaron a los padres fundadores de la Nación americana y que debían ser recordadas sólo por sí mismas; este libro no fue una presa de la novel editora, incluso ella se integró a un proyecto ya iniciado aunque haya elegido como avances de su propia carrera tres de los temas fundamentales de su bibliografía: las mujeres —su condición y su voluntad frente al mundo—, la biografía —se interesó en aquellas que parecían más bien recuerdos y memorias que estudios de época— y por último el estilo como condición general para lo que ella consideraría una vida aceptable; a estos tres movimientos corresponde una biografía de Sally Hemmings, la famosa esclava negra —de hecho una mulata de particular belleza— “Sally Hemmings An American Scandal” de Barbara Chase—Riboud, que sí fue la primera adquisición propia de Kennedy para Viking y, como en el anterior libro, prefiguró el estilo de trabajo de la editora. Chase-Riboud era una amiga de Jackie  desde sus días de la escuela elemental, juntas se hicieron lectoras y permanecieron unidas en un afecto radiante y discreto; en unas vacaciones de verano ambas coincidieron en Grecia; la mujer que era esposa del hombre más rico del mundo le envió a su amiga de siempre un helicóptero para que la llevara a la isla de Skorpios y le hiciera compañía toda una tarde, en las muchas horas de plática salió el tema de Sally Hemmings a la que Barbara llamó “ The first Misstress” de la Nación, cualquiera habría pensado en que sin quererlo ni comerlo, Chase habría tocado fibras sensibles para la viuda de un presidente reconocido por su voraz apetito sexual y la cuenta sin fin de sus mujeres, quienes así pensaran habrían demostrado no conocer del todo a Jackie; en realidad la mujer de Onassis había quedado en una profunda curiosidad; “debes escribir ese libro” sentenció la millonaria y la incipiente escritora, como por encantamiento se puso manos a la obra; tres años le costó cumplir su cometido y cuando lo hizo, Aristóteles Onassis ya había muerto y Jacqueline que no era la mujer más rica del mundo sino la nueva editora de Viking Books; correspondió al gesto de su amiga, editó y publicó la biografía y obtuvo el primer gran éxito editorial de su carrera; la biografía se ha seguido reeditando hasta hoy y sirvió como base para una serie de televisión, cuando la mítica reina de Camelot tuvo que marcharse para siempre, Barbara Chase — Riboud fue quien se encargó de elaborar un guión para la biografía televisada con que se con que se honró su memoria.

A lo largo del tiempo Jackie se convirtió en una experta en editar y publicar biografías, en encontrar los personajes que podían despertar el interés del público y las que merecían ser no sólo recordadas sino también contadas; de aquellos días en Viking data “Himself! The Life and times of Mayor Richard J. Daley”  de Eugene C. Kennedy, una leyenda dentro del partido demócrata y que, en su momento había avalado en triunfo de John en el primer debate contra Nixon, aquel que cifró su victoria. Al poco tiempo la editora novata ya estaba haciendo sentir su estilo y apostó por un libro de fotografías de Abraham Lincoln, de la autoría de Mathew Brady.

Sin embargo el estilo editorial de Jackie se mostró con mayor intensidad en un par de libros sobre Rusia; el primero, “On the Russian Style” que tenía textos de Audrey Kenneth y fue diseñado por Bryan Holme, un libro tan hermoso que para 2016 continúa siendo editado, el libro había sido elaborado con la cooperación de Metropolitan Museum of Arts y se convirtió muy pronto en una especie de exposición canónica del arte y la estética rusos antes de la Revolución, desde luego, un libro tan complicado de producir solo había sido posible gracias a la enorme capacidad de Jackie para conjuntar voluntades en torno a fines comunes; el segundo fue una antología de cuentos fantásticos rusos, presididos por El pájaro de fuego que da nombre al volumen, ilustrado con primor por Boris Zvorykin.

Entonces justo cuando estaba conquistando su lugar como editora sucedió el desastre. A finales de 1977 Giunzburg decidió publicar una novela que Doubleday  le había vendido por considerarla demasiado insípida para su línea editorial y de muy mal gusto por el tema que abordaba. “¿Se lo decimos al presidente?” de Jeffrey Archer; la novela planteaba la idea de que Ted Kennedy, ya presidente de los Estados Unidos era víctima de un atentado. La editora se enteró a través de una amiga, Lisa Drew, de la manera en que Doubleday se había deshecho de la novela y cómo había ido a parar a los escritorios de Viking. A Jackie no sólo le parecía despreciable lucrar con el morbo del público o con el dolor de lo que pese al tiempo, las desgracias y la fuerza del clan, seguía y seguiría siendo su familia; le había lastimado que su jefe no lo hubiera tratado con ella un tema que la afectaba directamente y que además la utilizaba para estimular el potencial de ventas de un libro infame y que ella, de ningún modo, quería tolerar. La editora no tenía otra esperanza más que su jefe confirmara la confianza que ella había depositado en él y negara la existencia del proyecto o que le garantizara que Viking no participaría de una bajeza así; sin embargo, la reina comprendió que su reinado había terminado por completo cuando Guinzburg no sólo no negó que hubiera comprado los derechos de la novela y que desde luego tenía planes para publicarla sino que, además afirmó que, con la presencia de Kennedy en la editorial, el éxito del libro estaba garantizado; Jacqueline comprendió que aún cuando ya no disponía del poder para impedir una buena jugada editorial sí seguía siendo dueña de sí misma y que se podía hacer valer su presencia sólo en las condiciones en que a ella le parecieran moralmente aceptables y que, de ninguna manera, usurparan su capacidad soberana para dirigir su carrera y su vida; así Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis se negó a participar de un libro que atentaba contra una familia de la que no podía decirse que amara pero que era el clan de sus hijos y era la cuna del hombre que más había amado, presentó su dimisión e hizo lo que podía esperarse de ella: se puso, una vez más, a buscar empleo.

Desde luego el libro, aunque sin Jackie, fue publicado; apenas fue dado a conocer, el influyente crítico John Leonard. desde su columna del New York Times, destrozó el libro no sólo en lo literario sino, particularmente, en su significado:

“There is a word for such a book, the word is trash. Anybody associated with this publication should be ashamed of herself”

La clara alusión a Jackie provenía de un hecho que terminaría por precipitar el destino de Viking y el destino editorial de Jackie: Cuando el libro se dio a conocer Guinzburg declaró públicamente que siempre que siempre había contado con el conocimiento y la anuencia de Mrs. Kennedy, incluso que había estado involucrada en la edición. Desde luego, en concierto con la familia Kennedy, Jacquie tuvo que hacer pública su salida de Viking y las razones que había tenido para dimitir:

“Last spring when I was told about the book… I tried to separate my lives as a Viking employee and a Kennedy relative. But this fall, when I was suggested had something to do with acquiring the book and that I was not distressed by its publication I felt, I had to resign”.

La ruina se había precipitado sobre Guinzburg. En los meses previos al escándalo había pagado un total de $750,000 dólares —una cantidad entonces sin precedentes para los derechos editoriales y cinematográficos de un libro— que si bien había representado la salvación para su autor, Jeffrey Archer, presa de los más inauditos descalabros comerciales, dejó exhausta a Viking que no iba a poder reponerse del fracaso editorial que el libro maldito representaría. La opinión pública se sentía ofendida y el poder de la familia Kennedy no se hizo esperar, una bien organizada legión de críticos y líderes de opinión hicieron añicos el libro en su cuna, la editorial que había lidereado todo un estilo por décadas, que había tenido en su catálogo a Steinbeck, a Miller, a Saul Bellow, a Graham Greene y a Iris Murdock, tuvo que ser vendida a Penguin poco después y sus nuevos dueños despidieron a Guinzburg apenas un año después de haberse hecho con la empresa. Archer autorizó que el nombre del protagonista fuera cambiado.

El desempleo de Jackie no duró mucho tiempo, aún no habían terminado de disiparse las nubes de la tormenta cuando, a principios de 1978 entró a trabajar en Doubleday, no sin causar una enorme ola de asombro entre sus amigos, no sólo porque para los maledicentes ver a Jackie en la editorial donde había comenzado todo el penoso asunto de Archer, daba la imagen de un montaje pérfido y bien realizado pero, en general, la sorpresa venía del perfil de la nueva casa editorial de la reina de Camelot que, según parecía, se había dejado caer en el poso de los libros más plebeyos.

Doubleday era entonces la editorial en lengua inglesa más grande del mundo y era reconocida por poseer un enorme catálogo plagado de libros de mediana o mala calidad que se distribuían fuera de los puntos habituales de las buenas editoriales para circular en clubes de lectura en todo el territorio de los Estados Unidos. Sus manuales, novelas de fácil lectura y textos de divulgación sin mayores exigencias no dejaban lugar para los libros que Jackie anhelaba realizar; no había, por ejemplo una línea para libros de gran formato, menos aún para los de fotografía ni se mostraba interés por las buenas formas. En lo intelectual la casa gozaba de la triste fama de censurar todos aquellos libros en los que aparecieran mujeres adulteras o simplemente demasiado liberales. Como remate de este nuevo mundo que Jacquie se haba propuesto conquistar, había dos temas que podían resumir la filosofía de su nueva casa: “divishing schemes for putting books in the hands of the unbookish” y “I sell books, I don´t read them”.

Lo que para muchos hubiera parecido un panorama desalentador, para Jacquie resultaba un escenario desde el cual partir para crear —e imponer—su propio estilo y desarrollar su oficio. Ella estaba consciente que, luego del escándalo con Viking, a sus notas esenciales —la reina de Camelot, la viuda millonaria e ícono de la Nación— debía añadirse el de editora leal y comprometida con la decencia de su trabajo; ante la mirada del mundo editorial y cultural, había dejado de ser un capricho de mujer rica para quedar más que claro que se trataba de una profesional ejercitando su arte; sabía también que sus nuevos jefes la habían llamado por su revalidar nombre y por su red de relaciones que en momentos caóticos había dado muestras de eficiencia absoluta pero también sabía que quien quiera hacer uso de ese valiosísimo activo, no podría hacerlo sin su concurso y una gran dosis de cuidado sabiamente administrado. En esas condiciones ella estaba lista para desarrollar una carrera fulgurante pero, sobre todo, para elevarse sobre las olas de su vocación.

En la mañana de su primer día de su nuevo empleo Jacqueline Bouvier se presentó en las oficinas de Doubleday antes de la hora del almuerzo, el propio director de la Editorial estuvo para recibirla y, conforme al escalafón, le correspondió la oficina de los novatos, un cubículo diminuto y sin ventanas, sin ventilación ni luz natural; ella acomodó sus pocas pertenencias que había llevado consigo y cuando John Sargent le preguntó si quería elegir alunas obras de arte de la colección de la editorial —un privilegio inusitado— ella respondió que no, que la pequeña oficina estaba bien así. La primera conquista de Jackie, y desde luego la que mayor beneficio le rendiría muy pronto, fue la del espacio, no sólo físico sino del lugar que a ella le correspondería en el ámbito de su nueva casa. Años después, muchos de quienes pasaron por Doubleday la recuerdan trabajando en el suelo de su oficina o de algún colega comprando un café de máquina automática o cediéndole el lugar en el comedor a algún desaprensivo que se adelantaba en la fila porque no sabía quien era ella y cuando sus colegas, entre risas veladas, se lo decían corría apenado a ofrecer disculpas y presentar respetos. Sería falso decir que Mrs. Kennedy, como la llamaban en la editorial fuera “una más”, o que ella lo pretendiera, lo cierto es que destacaba haciendo como que no deseaba sobresalir y se notaba tratando de pasar desapercibida.