El libro nuestro de cada martes: Las palabras de Jean Paul Sartre

Hoy es cumpleaños de Sartre, un filósofo y un escritor al que recurro con frecuencia cuando necesito permanecer firme en mi vocación; un hombre contradictorio como sólo pueden serlo los hombres inteligentes y los que se avienen a hacer algo; Javier Villanueva Chávez, un antiguo profesor del Colegio Cristóbal Colón – que mucho tuvo que ver con mi afición lectora – solía decir que sólo los que no hacen nada están exentos de equivocarse. Sartre se equivocaba y a muchas veces acertaba, pero sobre todo pensaba y lo hacía con donaire y elegancia,con precisión y profundo sentimiento humano.

Este es un libro sobre libros y sobre la relación de un niño con ellos. Es la historia de cómo los textos se van integrando en la vida y en la profunda mitología que la literatura construye en nuestras vidas; es la radiografía de un hombre de cincuenta años que una mañana se pregunta de dónde han salido los libros que tapizan su casa y que le explican todo lo que es, todo cuanto sabe y la manera en que lee el universo. Es la historia de la auténtica vocación de Sartre, la de la tribu no siempre comprendida de los lectores.

A cada libro una voz, a cada palabra un peso específico en la cuenta de los días y de las conductas, a cada narración, a cada idea, un lugar en la vida.

Los existencialistas destruyeron la noción de “naturaleza humana”, porque nuestra naturaleza es distinta de la de otras cosas; la nuestra se llama cultura y pensamiento y es cambiante y se transforma – a veces de manera inusitadamente veloz – en cada circunstancia, opusieron la idea de “condición humana” que es dinámica y corresponde al sentido de nuestra necesidad, de nuestra pasión y de nuestras posibilidades de convivencia y sobrevivencia. Nuestra condición está depositada en los libros, en los que escribimos y en los que otros escribieron para nosotros, está en la voz de los personajes que hemos fabricado a la largo de la historia y que tienen más vida que sus autores, en las ideas que heredamos, transformamos y heredamos a nuestros hijos, como les heredamos nuestros libros que son, en todo sentido, la única y auténtica naturaleza del hombre.

Atrévase con Las palabras, con leal franqueza, no podrá permanecer indemne ante su ataque.

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