Leni Riefenstahl

Leni Riefenstahl camina por Sevilla, espera las horas para recibir un homenaje en el festival de cine local, está cansada pero se conduce con prestancia, ha tenido un leve escenario de angustia al enfrentar su pasado. Al doblar la esquina de la Giralda había vuelto a ser ella misma; no todo había salido mal, es cierto que el periodo de descalificación había sido horrible, pero todos habían sufrido en esa guerra; aún así, a ella no la habían vencido, al cabo de los años había recuperado su dinero, su casa y sus películas, o casi todas ellas, se había aventurado por el mundo y su nombre se pronunciaba – al menos en algunos círculos – con soltura y hasta con admiración y ella, inteligente como sin duda lo era, había sabido llegar de nuevo a los entornos culturales que le interesaban. Jean Cocteau le había dado la clave, el francés no tuvo el poder suficiente para reivindicarla, además la posguerra era todavía demasiado joven y las heridas aún muy recientes; pero si algo  caracterizaba a Cocteau era su capacidad de transgredir, para ella que venía de un mundo de disciplina absoluta y de una regla de vida total, significó una ruptura muy honda y una oportunidad para reconstruirse, sin negarse a sí misma se dedicaría a las nuevas corrientes de la contracultura, así su nombre sería recordado como una transformadora invencible y no como una genialidad derrotada; después de todo, antes del nazismo había sido una rebelde incorregible, había actuado y hecho cae en icebergs y montañas, danzado descalza y, siendo mujer en una sociedad absolutamente patriarcal y masculina, se aproximó a Andy Warhol y fue bien recibida; lo mismo Bianca y Mike Jagger – que había dicho que Hitler era el primer rockstar de la historia, que a Leni no le había hecho ninguna gracia – la habían acogido, podría decirse, casi con afecto y nunca se refirieron a su pasado ni le hicieron preguntas incoómodas.

Se había cansado, la caminata había sido larga y la vuelta a España la tenía sumida en una especie de tensión espiritual que hacía mucho no vivía; aún así estaba ya de buen ánimo, detuvo un taxi y se dirigió al hotel; de inmediato anunció al chófer que no hablaba español para ahorrarse el simpático aunque imparable parloteo de los andaluces que le recordaba el ritmo sincopado como de misiva de los años veinte, aún así, fiel a su oficio y a lo que de él se esperaba, el taxista no paró de hablar, ello la adormeció y la fue sumiendo en sus reflexiones que la llevaban a recordar detalles de aquel tiempo glorioso cuyas memorias le habían querido estropear; había otras cosas que todavía la avergonzaban y aunque había tratado de olvidarlas se le aparecían en momentos como éste, los de la profunda soledad que le quedaba cuando alguien le reprochaba haberse regodeado en su arte mientras millones morían por los sueños megalomanías de sus amigos; le llenaba de vertenza su cercanía con Goebbels y por eso la negaba constantemente, le cubría de oprobio haber traicionado a Béla Balasz, aquel judío húngaro con quien había escrito “Luz Azul” y haberlo entregado en manos de Julius Streicher que, aún cuando ella sabía que era un fanático antisemita y un bárbaro ignorante, lo había nombrado su representante en el proceso de arianización de su productora para despojar a Balász, desde luego que esas cosas la abochornaban pero, si quería ser sincera, al menos consigo misma, debía reconocer que nunca la habían hecho sentir culpable; casi todas esas cosas las había escondido con pericia por décadas, pero el círculo se iba estrechando año con año, cada semana aparecía un nuevo memorioso que descubría un dato ignorado, una lista olvidado un diario extraviado; desde luego, no es que se refirieran siempre a ella pero resultaba habitual que cualquier reflexión sobre el arte y la cultura de la época condujeran, de un modo o de otro, hacia ella. Leni recordaba que Josef solía llevar un minucioso diario, lo sabía porque lo había escuchado muchas veces decirlo, en tono íntimo, en son de forma e, incluso, como una amenaza; no cesaba de preguntarse, más de cincuenta años después, que pasaría si algún día se publicaban los diarios del odiado y temido Ministro de la Propaganda, no como hasta entonces se había hecho, en piezas desperdigadas e inconexas, sino en su monumental conjunto; una noche en que Goebbels estaba un tanto achispado por el alcohol le confesó a Leni que sus diarios superaban las 75,000 páginas, hasta ese momento, en que la anciana se aproximaba al hotel, no ese habían dado a conocer ni quinientas, además, Josef – si lo sabría ella – era un obsesivo del orden y con certeza, en algún lugar del mundo alguien debía tener ese gigantesco documento en orden y listo para darse a las imprentas; a Frau Riefenstahl ese pensamiento le erizaba la piel.

Pagó en silencio el costo del viaje, cruzó la puerta del hotel levantando la mano en señal de saludo a la bonita chica de la recepción y sin mediar palabra ocupó una mesa bajo la sombra en la terraza que entonces estaba prácticamente vacía; pidió, cortes y lacónica, otro café más y una botella de agua mineral y nada para comer, en la soledad y tranquilidad de aquel lugar que le supo a refugio, Leni Riefenstahl recordó las muchas tardes departiendo con Goebbels, con la actriz Anny Ondra, con su esposo el boxeador Max Schmeling y con el príncipe Philipp von Hessen; la tarde de 1933 en que Josef y Leni tomaron un almuerzo campestre a solas para planear la realización del Triunfo de la Voluntad; a lo largo de los años se había empeñado en decir que sus constantes negativas a las pretensiones sexuales de Goebbels lo habían transformado en su peor enemigo, pero en su fuero íntimo, ahora que estaba sola tomando el café en una ciudad queadoraba, sabes que eso no era del todo cierto, que era verdad que Josef había tratado de propasarse en un par de ocasiones, después de todo, el mundo sabe que su matrimonio con Magda era una farsa que Hitler había ordenado y que la pareja había cumplido fielmente como cada una de las órdenes del dictador, pero también era cierto que nunca fueron enemigos y que jamás dejaron de tratarse con cordialidad y con afecto.

Algunas escenas habría preferido ser ella quien las revelara antes que algún malintencionado se adelantara, unas porque, de saberse en una versión diferente de la suya, le habrían causado daños mayores a su maltrecha imagen y otras, porque además, no dejaban de dar lustre y emoción a su vida que no dejaba de imaginar como una emocionante película. Se acordó, por ejemplo, del día que Guido von Parisch, agregado cultural de la embajada italiana en Alemania la había buscado en Davos par decirle que Mussolini quería conocerla y que la invitaba a reunirse con él en Roma; emprendió el camino de inmediato, en Munich avisó al ama de llaves de Hitler de la invitación; su vuelo a Roma salía al mediodía siguiente; Frau Winter le dijo que Hitler le pedía que lo visitara un par de horas antes de partir, por coincidencia el Führer se encontraba justo en Munich en ese momento, cuando las tropas italianas se habían acantonado en la frontera austriaca y habían tensado la situación del Tirol a extremos nunca vistos; toda esa serie de curiosas coincidencias la hacían un correo ideal; a la mañana siguiente, Adolf la recibió afectuosamente como siempre, tomaron el desayuno y platicaron de arquitectura romana, Leni pensó, como lo hacía siempre -, que la gente debía conocer la sensibilidad cultural de Hitler, pensó también que esa era la parte de su obra, dar una imagen culta y estética del nazismo; al final al Führer, le dijo a la cineasta:

  • El Duce es un hombre al que tengo en alta estima. Incluso, si un día llegase a ser mi enemigo, seguiría apreciándolo.

Ni más ni menos, con esa impresión, Leni estuvo a tiempo para tomar el avión y aterrizar unas horas después en el aeródromo de Ciampino, junto a la Via Appia Antica, la recibieron como a toda una celebridad, miembros del gobierno, dignatarios fascistas y hasta algunos invitados se había nadado cita para homenajearla; los uniformes negros la impresionaron y aún más que Van Parisch le dijera al oído: “hoy mismo verá usted al Duce”. Frau Riefenstahl se sentía maravillada interpretando el papel de contacto diplomático – y un poco espía – entre los dos hombres que más le subyugaban; al cabo de unas horas, las puertas del Palazzo Venezia se abrieron para ella; el Duce, al que recordaría años después en sus memorias, le impresionó: “Aun que no era especialmente alto, tenía un aspecto varonil y recio; todo él desprendía una gran energía…” Le sorprendió también la fluidez de su alemán, pero no le causó mayor asombro que se declarara admirador de sus películas, pero sí que recordara tantos detalles de sus apasionantes vistas de los Alpes y de Groenlandia, de la fascinación que había ejercido sobre él “El triunfo de la voluntad”; Mussolini le pidió que hiciera un documental para él sobre la desecación de las Lagunas Pontinas; ella tuvo un momentáneo ataque de nervios pero se sobrepuso en el acto y se negó pretextando que se había comprometido con Hitler para realizar el documental sobre las Olimpíadas de Berlín, aunque Mussolini no quiso disimular su decepción, pero como si quisiera disipar la tensión que la negativa había provocado le dijo a Leni como si le contara un secreto:

  • Dígale a su Führer que tengo fe en él y en su misión.

Haciendo gala de su capacidad histriónica, Riefenstahl se atrevió a preguntarle al Duce porqué se lo confiaba a ella; la respuesta del dictador la animó a seguir en su papel:

  • Porque los diplomáticos alemanes como italianos hacen todo lo posible por impedir un acercamiento entre el Führer y yo.

Alcanzado ese tono de confianza, la actriz se animó a dar un paso adelante:

  • ¿No tendrá usted problemas con Hitler a causa de Austria?
  • Puede decirle al Führer que, suceda lo que suceda con Austria, yo no me inmiscuiré en sus asuntos internos.

El Duce la despidió con cortesía y ella se tomo unos días para descansar de su papel. Cuando volvió a Berlín la hicieron llamar de la Cancillería, se sonrió cuando se vio a ella misma escribir en sus memorias: “por vía italiana debieron informar a Hitler de mi regreso”. De inmediato fue al encuentro con Hitler. Cuando se quedaron a solas, lo primero que hizo fue informarle de su negativa a realizar la película que Mussolini le había pedido; Adolf le preguntó si le había dicho algo más, ella contestó con las notas que había tomado justo a la salida de la reunión con el Duce; tomándolas con discresión, como si fuera una aplicada alumna de secundaria, le contó como el dictador italiano le había enviado el mensaje de su fe en la tarea del líder y el pueblo alemanes y de la impresión que tenía Mussolini de que sus sendos servicios diplomáticos trataban de evitar que los dos amos se acercaran; con Hitler, Leni mostraba un carácter dócil y amable, así que prefirió preceder el comentario sobre Austria con una disculpa por su imprudencia y le hizo saber que Mussolini habría consentido la invasión de Austria. Con honores, había cumplido su cometido.

Igual que un punto y aparte suele distinguir un capítulo de otro, el suspiro de Leni dio paso al auténtico recuerdo de aquella jornada memorable. Las cosas no habían sucedido precisamente como ella las había narrado en sus memorias, en realidad, Hitler le había pedido que actuara como mensajera de buena voluntad, tanto porque no quería dejarlo en manos de diplomáticos profesionales que se inmiscuyeran en sus decisiones personales o se procuraran beneficios propios, como porque quería presumir a una de las joyas del Reich.

El libro nuestro de cada martes: Historia de la Belleza de Umberto Eco

Gracias a la recomendación de mi querida prima y amiga Luz María García Callejas y de Nicolás, su talentoso hijo, una mirada al mundo de la belleza; más que un recorrido histórico entre lenguajes y formatos, un encuentro con nuestra mirada al mundo  y a la forma en que lo percibimos.

Desde el hecho que el libro mismo es una obra de sutil belleza, al recorrer el concepto de lo que deseamos y admiramos, de lo que nos reconforta y nos estimula, nos presentamos frente a nosotros mismos para descubrir nuestra hambre de trascendencia, de placer y de gozo.

Un libro imperdible que discurre entre la música, la plástica y la literatura; hermano de «Historia de la Fealdad», este lado luminoso de nuestra percepción es, al mismo tiempo, una trampa sobre el juego del placer y la conciencia.

http://www.megustaleer.com/libro/historia-de-la-belleza/ES0106568

 

 

51,000 veces: Gracias

Como siempre, con esta tradición que juntos hemos construido, Cisterna de Sol quiere obsequiar a sus lectores y amigos con una imagen inédita de la autoría de César Benedicto Callejas. Siéntase en libertad de usarla y disfrutarla, se agradecerá citar la fuente.

Igual que cada paso y meta superadas, queremos pronunciar la palabra luminosa de la ofrenda 51,000 veces: ¡Gracias!

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El libro nuestro de cada martes: Clipperton de Pablo Raphael

Clipperton, la Isla de la Pasión, es un erial en el océano, un lugar perdido que ha inflamado nuestras ansias nacionalistas y ha dibujado el imaginario colectivo por siglos. Clipperton es también, nuestra última frontera 

Símbolo de nuestros fracasos y de nuestras locuras. Un intento desaforado por salir de nosotros mismos y enfrentar a los imperios con la sola fuerza de nuestros sueños. Pablo Raphael ha escarbado en ese sueño, en su imaginario y ha vuelto cubierto de tesoros de memoria y algunos desengaños.

Fiel a la consigna nietszcheana de que nadie se sienta a escribir un libro por pura decisión y voluntad, Raphael estableció un enorme depósito emocional y vivencial para escribir su novela. No la escribió, sise quiere ser preciso, la cultivo incluso en las áridas tierras de Clipperton, a donde fue en una descabellada expedición multidisciplinaria  de soñadores de diversas escuelas.

Leer Clipperton es comprender porque lo real mágico es un producto tan latinoamericano y comprender la ardua materia de la que están hechos los buenos libros.

Leni Riefenstahl y España 

Leni Riefenstahl, la larga sombra del terror

 Pocos lugares en el mundo pueden competir con la belleza de Sevilla; joya de naranjos, cofre del mudéjar y perla del sincretismo, a los ojos del viajero Sevilla se aparece como la reina mora del Guadalquivir donde tienen su asiento todas las gracias de la hermosura, capital del duende descrito y no inventado por García Lorca. En invierno de 2002 una mujer que muy pronto celebrará sus cien años de vida se encuentra ahí; ha salido a dar un paseo de mañana; pese a su edad, no necesita asistencia ni ayuda; camina erguida, sonriente, lenta pero segura, tal vez la mayor de sus virtudes, la que le ha permitido aprender a bucear a los setenta años, a las pruebas más duras y a afirmar con la mayor soltura, fresca como la mañana del rocío, que no sabía nada de los crímenes más atroces cometidos casi en su presencia y por sus amigos, con la misma candidez que dijo haber escrito sus primeros poemas a los cuatro años; seguridad cercana a la desfachatez pues nunca ha aspirado a ser creída, le ha interesado sólo que su historia sea perfecta, coherente como si hubiera vivido sólo para la posteridad y la memoria.
 No se expone al sol que, para ese momento ya azota la tierra l¡como una plaga bíblica, como se dice en España. un sol de justicia, expresión particularmente importante en Sevilla, ciudad rica frecuentemente impactado por la injusticia, prefiere las sombras, la busca y los disfruta, cuando un viento ocasional acaricia su rubia y todavía vigorosa cabellera. Conforme anda las calles de la ciudad descubre muchos de los rincones que el tiempo ha respetado y que, con cierta aproximación se acercan a los que guarda su prodigiosa memoria de los tiempos de su primera visita en la época de la guerra, aquella enorme conflagración que le había dado todo y que al final le había quitado aún más de cuanto recibió durante toda su existencia. 
 Tomó asiento en la Taberna Plazuela, detrás de la Iglesia de Santa Ana, en su rudimentario pero eficiente español, aprendido en esas mismas tierras setenta años antes pidió un cortado doble, una botella de agua mineral gasificada y por unos instantes cerró los ojos. Se dio cuenta, de pronto que todas sus relaciones cercanas, todo aquello que alguna vez había amado, deseado o querido había tenido que pasar primero —de cualquier manera—, por el filtro del cine, los lugares, las personas y aún los objetos que guardaban alguna conexión con la cinematografía, podían entrar a su corazón, ello incluía a su madre, como a Hitler, a Berlín y también a España; hasta ese día, la anciana había guardado un amor peculiar por España y lo que ella consideraba su gente. 
 Leni Riefenstahl respira un aire perfumado de Sevilla, degusta su café y recuerda.
 La primera vez que Riefenstahl oía hablar de España fue a través de una llamada telefónica; ella descansaba en Davos, Suiza y desde Berlín, una productora le ofrecía protagonizar y dirigir “Tierra Baja” —Tiefland— una película basada en una ópera de Eugen d’Albert que recreaba una comedia de costumbres de la pluma de Àngel Guimerà, retrataba la vida del Pirineo* en tiempos de Goya; Leni no era —ni por poco— conocedora de la cultura Española y aunque la ubicación y desarrollo de la historia nada tenía que ver con Andalucía, la imaginó esplendorosa de toros, toreros, bailadoras, gitanos y panderetas; su interés fue tal que suspendió su vacación en Suiza para desplazarse a Berlín y negociar la película. 
 Para entonces Leni ya había triunfado, era reconocida y también poderosa; las estudios cinematográficos alemanes la buscaban y ella podía negociar con libertad y beneficio, los contratos que le interesaban. Así con Terra Films llegó a un acuerdo que la convertía prácticamente en actriz principal, directora y coproductora; desde luego, esto representaba el reconocimiento al talento y también a su proximidad con los hombres que eran dueños de su país y de la mitad de Europa; hombres cuya fuerza y capital habían hecho posible que Riefenstahl pudiera crear con entera libertad sus más grandes obras maestras. Dirá después que “Tierras Bajas” sería su pasaporte para no tener que trabajar para el nazismo, eso piensa ahora, en 2002 en un café de Sevilla pero en aquel 1943, con el mundo en vilo, con el poder absoluto, para la realización de la nueva película cambió el nombre de su productora la L.R. Studio —films por el de Reichsparteitag films, cambio que hablaba del capital de la empresa pero también del signo de su trabajo o, tal vez, sólo el uso de un talismán para impulsar a los tímidos a abrir puertas difíciles de entornar; Tiefland sería pues una consagración de su cine de ficción, así lo había planteado en el periódico oficial del Partido Nazi, el Völkischer Beobachter, el mismo en el que Hitler, su admirado líder declaró alguna vez sobre los argumentos de Leni, “una totalmente única e inconfundible glorificación del poder y la belleza de nuestro movimiento”.
 El sol avanza pero está bien guarecida en la sombra de la plaza, aún siendo noviembre no siente frío; sus recuerdos le han hecho olvidar el café, está apenas tibio pero, de cualquier modo lo apura rápidamente. El café sigue vacío, todavía es la única cliente y obsequia al camarero con una coqueta sonrisa que pese a las muchas décadas, no ha perdido atractivo y que en ella luce como una llamada de atención, dulce pero también irrebatible; el camarero atiende a la señal de la señora y se dirige a la barra a servir otro expresó doble.
 Las credenciales de Leni eran impecables, le habían concedido dinero, pasaportes, visados y todas las facilidades para rodar en España una película que no sólo no era bélica sino que ni siquiera tocaba un tema alemán, todo en medio de la guerra. Leni llegó a España por Barcelona, ahí la encontró con su equipo, desde el puerto salió con rumbo a Mallorca donde realizó espléndidas tomas de los molinos de viento, de vuelta a la península realizó una gira por todo España buscando locaciones, diseñando encuadres y respirando lo que entonces ella creía era el auténtico espíritu español; sin embargo, Leni nunca visitó España en realidad, acostumbrada a las escenografías se dejó llevar y agasajar por los edecanes que el gobierno amigo de Francisco Franco puso a su disposición, después de todo, llevaba en sus alforjas la fama de haber dotado al nazismo de una impecable estatura estética incomparable y nunca soñada, algo que Franco jamás lograría porque, para su infortunio, sus mejores cineastas habían tomado las rutas del exilio y se les encontraba vivos y trabajando en México, en Nueva York, en Buenos Aires y en París. A Leni Riefenstahl le van los sabores fuertes, como las emociones, ahora mismo mientras se solaza con el aroma del café antes de llevarlo a sus labios —otro día se aventurará con el mítico y espeso chocolate— no puede sino recordar las murallas de Ávila, los mezquitas de Córdoba, las iglesias de Salamanca y de Burgos; había hecho base en Madrid y desde ahí planeó su película, ahí hizo su lista de locaciones y confeccionó su reporte, ahí descubrió que necesitaba algunos gitanos de acuerdo con su estilo —no aceptaría imitadores sino que exigiría que cada extra fuera un gitano auténtico de pura cepa—. 
 El primer sorbo al café no fue suficiente para devolverla de su ensueño, no se ha dado cuenta pero el café ha comenzado a llenarse, las mesas se ocupan una a una aunque ella no lo nota porque nadie parece reconocerla y puede volver a ensimismarse en el recuerdo de su enfermedad —fatiga diagnosticaron los médicos— y de su dulce convalecencia en el hotel Formentor —entonces recién inaugurado como recordaría en sus memorias— al norte de su adorada Mallorca. 
 Al paladear su café recuerda sólo dos cosas, su buena fortuna y la calidez que siempre le había procurado España; de la primera, siempre tuvo conciencia de que no le había venido gratis, que había tenido que pagar un precio enorme, inimaginable para cumplir el llamado de su vocación; sabía que no había posibilidad de ganar en la apuesta que había hecho contra la vida, si aceptaba el horror al que sus películas habían dotado de estética, entonces se condenaba; si, por el contrario negaba a sus amigos y mecenas que le habían dado todo para cumplir su sueño, entonces —como en efecto había sucedido durante casi setenta años—, no los condenaba a ellos que ya estaban irremisiblemente perdidos para siempre, pero se volvía una impostora y una traidora aborrecible. En un escenario así, suspiró, había elegido vivir pese a todo y pese a todos, sin pedir perdón ni permiso sobreponiéndose e imponiéndose con la certeza de la superioridad, bien claro lo tenía, que no se trataba de su moralidad sino algo aún mayor, algo aún más importante y que le estaba vedado a la enorme mayoría de los mortales, la perfección estética de su obra y su mirada. Los había negado a todos, a Speer y a Goebbels, a quienes habían apostado por su trabajo y su talento, pero a Hitler, a él, nunca había podido negarlo.
 Mientras paladeaba su pequeña taza de café recordaba como había tenido que ascender al Olimpo de Bormann y del Führer pues sólo ahí podía encontrar recursos y apoyo para su entonces disparatado sueño y cuando Berlín ya se había convertido en blanco militar, ella disponía de tiempo y dinero para satisfacer en España sus ansias creativas. 
 Pero, sobre todo, cuando el tenue viento del Guadalquimir le trajo el aroma del río, de la vegetación, recordó el momento lejano en que pisó España, bonita como una novia, en abundancia como si la rebelión de Franco nunca hubiera sucedido, su búsqueda del toro y el torero, la fascinación de conocer a Belmonte, Manolete y a Bienvenida, la danza de seiscientos toros que le prepararon para la película, la danza siempre, para ella que había iniciado su vida de artista como bailarina aún en contra de un padre autoritario y voluntarioso, la danza de los gitanos que le habían dado vida a sus escenas, gitanos que le habían perturbado por décadas y a los que no temía porque así habían sido las cosas con o sin ella, sin pecado ni culpa habían sido devorados por la brutal maquinaria de la historia; mientras que ella, a quien esa misma maquinaria había golpeado, la había torturado y exhibido hasta la desvergüenza, seguía viva y había vuelto a donde ellos no pudieron volver jamás; a Sevilla donde los había descubierto, a Granada donde se dio cuenta que el encaje más fino del mundo estaba hecho de piedra y no de hilo; ella vivía y había regresado, ellos no, pero tampoco era su culpa, ella había cumplido con el destino creando una película que se había resistido por décadas, la había culminado y ello, según le parecía mientras secaba de sus labios los últimos restos del café, justificaba toda la miseria, el dolor y la muerte; pero ellos, los otros, los alegres gitanos que habían danzado para Frau Riefenstahl en noches interminables, habían sido borrados para siempre sin legado ninguno, pero habían triunfado en la memoria y eso, aunque no quisiera, le pesaba. fue entonces cuando sintió la mirada…

El libro nuestro de cada martes: Matar a un ruiseñor de Harper Lee

Hoy es día del abogado; para hacer eco de esta profesión volteamos la mirada a uno de los libros así desgarradores e inteligentes de la novela norteamericana de mediados del siglo XX. Matar a un ruiseñor de Harper Lee.

No siempre es fácil mirar al espejo de otro para descubrir en nosotros feos defectos, sin embargo, esta es una de las funciones más dolorosas y más importantes de la literatura; en la década de 1960, Estados Unidos se debatía en uno de los conflictos éticos más importantes de su historia. De la lucha por los derechos civiles surgieron algunos de nuestros parámetros para ponderar el sentido de la igualdad y contribuyó al crecimiento e integración de esa sociedad; hoy que vuelve a su tirase el miedo y el odio, lo mejor es volver la vista sobre los testimonios de un tiempo que no quisiéramos volver a vivir. 

De este lado de la frontera hay también mucho que hacer, sobre todo en el sentido de la convivencia, la educación y la cultura incluyente, para hacer visible uno de nuestros principales problemas que no siempre estamos dispuestos a reconocer.

En 1962, Robert Mulligan dio a la pantalla una versión cinematográfica que es un legado de imagen y valor, aquí el trailer… O como decíamos en mi infancia, el corto.

Ximena Apisdorf entrevista a César Benedicto Callejas

Gracias a la generosidad de Centro Público, http://www.centropublico.com.mx, y a Ximena Apisdorf, esta entrevista en la que charlamos sobre Cisterna de Sol, la cultura y el mundo de nuestros días.

50,000 Veces Gracias!!!!

A todos nuestros amigos y lectores, como siempre, la palabra luminosa de la ofrenda: Gracias. Para celebrar estas primeras 50,000 visitas, los obsequiamos con una imagen original para su uso y disfrute. Se agradecerá citar la fuente.

Todavía tenemos 24 horas más de festejo. Participe en el festejo de esta manera:

Para celebrarlo queremos ofrecer un obsequio, para recibirlo hay que seguir las siguientes instrucciones:

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Sigamos con el dulce placer de la plática en torno a los libros, el arte, la cultura y el conocimiento.

A todos nuestros amigos y lectores, les recordamos nuestro Twitter: @cesarbc70

El resultado se dará a conocer en el Blog 24 horas después de superadas las 50,000 visitas.

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Pronto… 50,000 visitas en Cisterna de Sol

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