Leni Riefenstahl y España 

Leni Riefenstahl, la larga sombra del terror

 Pocos lugares en el mundo pueden competir con la belleza de Sevilla; joya de naranjos, cofre del mudéjar y perla del sincretismo, a los ojos del viajero Sevilla se aparece como la reina mora del Guadalquivir donde tienen su asiento todas las gracias de la hermosura, capital del duende descrito y no inventado por García Lorca. En invierno de 2002 una mujer que muy pronto celebrará sus cien años de vida se encuentra ahí; ha salido a dar un paseo de mañana; pese a su edad, no necesita asistencia ni ayuda; camina erguida, sonriente, lenta pero segura, tal vez la mayor de sus virtudes, la que le ha permitido aprender a bucear a los setenta años, a las pruebas más duras y a afirmar con la mayor soltura, fresca como la mañana del rocío, que no sabía nada de los crímenes más atroces cometidos casi en su presencia y por sus amigos, con la misma candidez que dijo haber escrito sus primeros poemas a los cuatro años; seguridad cercana a la desfachatez pues nunca ha aspirado a ser creída, le ha interesado sólo que su historia sea perfecta, coherente como si hubiera vivido sólo para la posteridad y la memoria.
 No se expone al sol que, para ese momento ya azota la tierra l¡como una plaga bíblica, como se dice en España. un sol de justicia, expresión particularmente importante en Sevilla, ciudad rica frecuentemente impactado por la injusticia, prefiere las sombras, la busca y los disfruta, cuando un viento ocasional acaricia su rubia y todavía vigorosa cabellera. Conforme anda las calles de la ciudad descubre muchos de los rincones que el tiempo ha respetado y que, con cierta aproximación se acercan a los que guarda su prodigiosa memoria de los tiempos de su primera visita en la época de la guerra, aquella enorme conflagración que le había dado todo y que al final le había quitado aún más de cuanto recibió durante toda su existencia. 
 Tomó asiento en la Taberna Plazuela, detrás de la Iglesia de Santa Ana, en su rudimentario pero eficiente español, aprendido en esas mismas tierras setenta años antes pidió un cortado doble, una botella de agua mineral gasificada y por unos instantes cerró los ojos. Se dio cuenta, de pronto que todas sus relaciones cercanas, todo aquello que alguna vez había amado, deseado o querido había tenido que pasar primero —de cualquier manera—, por el filtro del cine, los lugares, las personas y aún los objetos que guardaban alguna conexión con la cinematografía, podían entrar a su corazón, ello incluía a su madre, como a Hitler, a Berlín y también a España; hasta ese día, la anciana había guardado un amor peculiar por España y lo que ella consideraba su gente. 
 Leni Riefenstahl respira un aire perfumado de Sevilla, degusta su café y recuerda.
 La primera vez que Riefenstahl oía hablar de España fue a través de una llamada telefónica; ella descansaba en Davos, Suiza y desde Berlín, una productora le ofrecía protagonizar y dirigir “Tierra Baja” —Tiefland— una película basada en una ópera de Eugen d’Albert que recreaba una comedia de costumbres de la pluma de Àngel Guimerà, retrataba la vida del Pirineo* en tiempos de Goya; Leni no era —ni por poco— conocedora de la cultura Española y aunque la ubicación y desarrollo de la historia nada tenía que ver con Andalucía, la imaginó esplendorosa de toros, toreros, bailadoras, gitanos y panderetas; su interés fue tal que suspendió su vacación en Suiza para desplazarse a Berlín y negociar la película. 
 Para entonces Leni ya había triunfado, era reconocida y también poderosa; las estudios cinematográficos alemanes la buscaban y ella podía negociar con libertad y beneficio, los contratos que le interesaban. Así con Terra Films llegó a un acuerdo que la convertía prácticamente en actriz principal, directora y coproductora; desde luego, esto representaba el reconocimiento al talento y también a su proximidad con los hombres que eran dueños de su país y de la mitad de Europa; hombres cuya fuerza y capital habían hecho posible que Riefenstahl pudiera crear con entera libertad sus más grandes obras maestras. Dirá después que “Tierras Bajas” sería su pasaporte para no tener que trabajar para el nazismo, eso piensa ahora, en 2002 en un café de Sevilla pero en aquel 1943, con el mundo en vilo, con el poder absoluto, para la realización de la nueva película cambió el nombre de su productora la L.R. Studio —films por el de Reichsparteitag films, cambio que hablaba del capital de la empresa pero también del signo de su trabajo o, tal vez, sólo el uso de un talismán para impulsar a los tímidos a abrir puertas difíciles de entornar; Tiefland sería pues una consagración de su cine de ficción, así lo había planteado en el periódico oficial del Partido Nazi, el Völkischer Beobachter, el mismo en el que Hitler, su admirado líder declaró alguna vez sobre los argumentos de Leni, “una totalmente única e inconfundible glorificación del poder y la belleza de nuestro movimiento”.
 El sol avanza pero está bien guarecida en la sombra de la plaza, aún siendo noviembre no siente frío; sus recuerdos le han hecho olvidar el café, está apenas tibio pero, de cualquier modo lo apura rápidamente. El café sigue vacío, todavía es la única cliente y obsequia al camarero con una coqueta sonrisa que pese a las muchas décadas, no ha perdido atractivo y que en ella luce como una llamada de atención, dulce pero también irrebatible; el camarero atiende a la señal de la señora y se dirige a la barra a servir otro expresó doble.
 Las credenciales de Leni eran impecables, le habían concedido dinero, pasaportes, visados y todas las facilidades para rodar en España una película que no sólo no era bélica sino que ni siquiera tocaba un tema alemán, todo en medio de la guerra. Leni llegó a España por Barcelona, ahí la encontró con su equipo, desde el puerto salió con rumbo a Mallorca donde realizó espléndidas tomas de los molinos de viento, de vuelta a la península realizó una gira por todo España buscando locaciones, diseñando encuadres y respirando lo que entonces ella creía era el auténtico espíritu español; sin embargo, Leni nunca visitó España en realidad, acostumbrada a las escenografías se dejó llevar y agasajar por los edecanes que el gobierno amigo de Francisco Franco puso a su disposición, después de todo, llevaba en sus alforjas la fama de haber dotado al nazismo de una impecable estatura estética incomparable y nunca soñada, algo que Franco jamás lograría porque, para su infortunio, sus mejores cineastas habían tomado las rutas del exilio y se les encontraba vivos y trabajando en México, en Nueva York, en Buenos Aires y en París. A Leni Riefenstahl le van los sabores fuertes, como las emociones, ahora mismo mientras se solaza con el aroma del café antes de llevarlo a sus labios —otro día se aventurará con el mítico y espeso chocolate— no puede sino recordar las murallas de Ávila, los mezquitas de Córdoba, las iglesias de Salamanca y de Burgos; había hecho base en Madrid y desde ahí planeó su película, ahí hizo su lista de locaciones y confeccionó su reporte, ahí descubrió que necesitaba algunos gitanos de acuerdo con su estilo —no aceptaría imitadores sino que exigiría que cada extra fuera un gitano auténtico de pura cepa—. 
 El primer sorbo al café no fue suficiente para devolverla de su ensueño, no se ha dado cuenta pero el café ha comenzado a llenarse, las mesas se ocupan una a una aunque ella no lo nota porque nadie parece reconocerla y puede volver a ensimismarse en el recuerdo de su enfermedad —fatiga diagnosticaron los médicos— y de su dulce convalecencia en el hotel Formentor —entonces recién inaugurado como recordaría en sus memorias— al norte de su adorada Mallorca. 
 Al paladear su café recuerda sólo dos cosas, su buena fortuna y la calidez que siempre le había procurado España; de la primera, siempre tuvo conciencia de que no le había venido gratis, que había tenido que pagar un precio enorme, inimaginable para cumplir el llamado de su vocación; sabía que no había posibilidad de ganar en la apuesta que había hecho contra la vida, si aceptaba el horror al que sus películas habían dotado de estética, entonces se condenaba; si, por el contrario negaba a sus amigos y mecenas que le habían dado todo para cumplir su sueño, entonces —como en efecto había sucedido durante casi setenta años—, no los condenaba a ellos que ya estaban irremisiblemente perdidos para siempre, pero se volvía una impostora y una traidora aborrecible. En un escenario así, suspiró, había elegido vivir pese a todo y pese a todos, sin pedir perdón ni permiso sobreponiéndose e imponiéndose con la certeza de la superioridad, bien claro lo tenía, que no se trataba de su moralidad sino algo aún mayor, algo aún más importante y que le estaba vedado a la enorme mayoría de los mortales, la perfección estética de su obra y su mirada. Los había negado a todos, a Speer y a Goebbels, a quienes habían apostado por su trabajo y su talento, pero a Hitler, a él, nunca había podido negarlo.
 Mientras paladeaba su pequeña taza de café recordaba como había tenido que ascender al Olimpo de Bormann y del Führer pues sólo ahí podía encontrar recursos y apoyo para su entonces disparatado sueño y cuando Berlín ya se había convertido en blanco militar, ella disponía de tiempo y dinero para satisfacer en España sus ansias creativas. 
 Pero, sobre todo, cuando el tenue viento del Guadalquimir le trajo el aroma del río, de la vegetación, recordó el momento lejano en que pisó España, bonita como una novia, en abundancia como si la rebelión de Franco nunca hubiera sucedido, su búsqueda del toro y el torero, la fascinación de conocer a Belmonte, Manolete y a Bienvenida, la danza de seiscientos toros que le prepararon para la película, la danza siempre, para ella que había iniciado su vida de artista como bailarina aún en contra de un padre autoritario y voluntarioso, la danza de los gitanos que le habían dado vida a sus escenas, gitanos que le habían perturbado por décadas y a los que no temía porque así habían sido las cosas con o sin ella, sin pecado ni culpa habían sido devorados por la brutal maquinaria de la historia; mientras que ella, a quien esa misma maquinaria había golpeado, la había torturado y exhibido hasta la desvergüenza, seguía viva y había vuelto a donde ellos no pudieron volver jamás; a Sevilla donde los había descubierto, a Granada donde se dio cuenta que el encaje más fino del mundo estaba hecho de piedra y no de hilo; ella vivía y había regresado, ellos no, pero tampoco era su culpa, ella había cumplido con el destino creando una película que se había resistido por décadas, la había culminado y ello, según le parecía mientras secaba de sus labios los últimos restos del café, justificaba toda la miseria, el dolor y la muerte; pero ellos, los otros, los alegres gitanos que habían danzado para Frau Riefenstahl en noches interminables, habían sido borrados para siempre sin legado ninguno, pero habían triunfado en la memoria y eso, aunque no quisiera, le pesaba. fue entonces cuando sintió la mirada…