Leni Riefenstahl

Leni Riefenstahl camina por Sevilla, espera las horas para recibir un homenaje en el festival de cine local, está cansada pero se conduce con prestancia, ha tenido un leve escenario de angustia al enfrentar su pasado. Al doblar la esquina de la Giralda había vuelto a ser ella misma; no todo había salido mal, es cierto que el periodo de descalificación había sido horrible, pero todos habían sufrido en esa guerra; aún así, a ella no la habían vencido, al cabo de los años había recuperado su dinero, su casa y sus películas, o casi todas ellas, se había aventurado por el mundo y su nombre se pronunciaba – al menos en algunos círculos – con soltura y hasta con admiración y ella, inteligente como sin duda lo era, había sabido llegar de nuevo a los entornos culturales que le interesaban. Jean Cocteau le había dado la clave, el francés no tuvo el poder suficiente para reivindicarla, además la posguerra era todavía demasiado joven y las heridas aún muy recientes; pero si algo  caracterizaba a Cocteau era su capacidad de transgredir, para ella que venía de un mundo de disciplina absoluta y de una regla de vida total, significó una ruptura muy honda y una oportunidad para reconstruirse, sin negarse a sí misma se dedicaría a las nuevas corrientes de la contracultura, así su nombre sería recordado como una transformadora invencible y no como una genialidad derrotada; después de todo, antes del nazismo había sido una rebelde incorregible, había actuado y hecho cae en icebergs y montañas, danzado descalza y, siendo mujer en una sociedad absolutamente patriarcal y masculina, se aproximó a Andy Warhol y fue bien recibida; lo mismo Bianca y Mike Jagger – que había dicho que Hitler era el primer rockstar de la historia, que a Leni no le había hecho ninguna gracia – la habían acogido, podría decirse, casi con afecto y nunca se refirieron a su pasado ni le hicieron preguntas incoómodas.

Se había cansado, la caminata había sido larga y la vuelta a España la tenía sumida en una especie de tensión espiritual que hacía mucho no vivía; aún así estaba ya de buen ánimo, detuvo un taxi y se dirigió al hotel; de inmediato anunció al chófer que no hablaba español para ahorrarse el simpático aunque imparable parloteo de los andaluces que le recordaba el ritmo sincopado como de misiva de los años veinte, aún así, fiel a su oficio y a lo que de él se esperaba, el taxista no paró de hablar, ello la adormeció y la fue sumiendo en sus reflexiones que la llevaban a recordar detalles de aquel tiempo glorioso cuyas memorias le habían querido estropear; había otras cosas que todavía la avergonzaban y aunque había tratado de olvidarlas se le aparecían en momentos como éste, los de la profunda soledad que le quedaba cuando alguien le reprochaba haberse regodeado en su arte mientras millones morían por los sueños megalomanías de sus amigos; le llenaba de vertenza su cercanía con Goebbels y por eso la negaba constantemente, le cubría de oprobio haber traicionado a Béla Balasz, aquel judío húngaro con quien había escrito “Luz Azul” y haberlo entregado en manos de Julius Streicher que, aún cuando ella sabía que era un fanático antisemita y un bárbaro ignorante, lo había nombrado su representante en el proceso de arianización de su productora para despojar a Balász, desde luego que esas cosas la abochornaban pero, si quería ser sincera, al menos consigo misma, debía reconocer que nunca la habían hecho sentir culpable; casi todas esas cosas las había escondido con pericia por décadas, pero el círculo se iba estrechando año con año, cada semana aparecía un nuevo memorioso que descubría un dato ignorado, una lista olvidado un diario extraviado; desde luego, no es que se refirieran siempre a ella pero resultaba habitual que cualquier reflexión sobre el arte y la cultura de la época condujeran, de un modo o de otro, hacia ella. Leni recordaba que Josef solía llevar un minucioso diario, lo sabía porque lo había escuchado muchas veces decirlo, en tono íntimo, en son de forma e, incluso, como una amenaza; no cesaba de preguntarse, más de cincuenta años después, que pasaría si algún día se publicaban los diarios del odiado y temido Ministro de la Propaganda, no como hasta entonces se había hecho, en piezas desperdigadas e inconexas, sino en su monumental conjunto; una noche en que Goebbels estaba un tanto achispado por el alcohol le confesó a Leni que sus diarios superaban las 75,000 páginas, hasta ese momento, en que la anciana se aproximaba al hotel, no ese habían dado a conocer ni quinientas, además, Josef – si lo sabría ella – era un obsesivo del orden y con certeza, en algún lugar del mundo alguien debía tener ese gigantesco documento en orden y listo para darse a las imprentas; a Frau Riefenstahl ese pensamiento le erizaba la piel.

Pagó en silencio el costo del viaje, cruzó la puerta del hotel levantando la mano en señal de saludo a la bonita chica de la recepción y sin mediar palabra ocupó una mesa bajo la sombra en la terraza que entonces estaba prácticamente vacía; pidió, cortes y lacónica, otro café más y una botella de agua mineral y nada para comer, en la soledad y tranquilidad de aquel lugar que le supo a refugio, Leni Riefenstahl recordó las muchas tardes departiendo con Goebbels, con la actriz Anny Ondra, con su esposo el boxeador Max Schmeling y con el príncipe Philipp von Hessen; la tarde de 1933 en que Josef y Leni tomaron un almuerzo campestre a solas para planear la realización del Triunfo de la Voluntad; a lo largo de los años se había empeñado en decir que sus constantes negativas a las pretensiones sexuales de Goebbels lo habían transformado en su peor enemigo, pero en su fuero íntimo, ahora que estaba sola tomando el café en una ciudad queadoraba, sabes que eso no era del todo cierto, que era verdad que Josef había tratado de propasarse en un par de ocasiones, después de todo, el mundo sabe que su matrimonio con Magda era una farsa que Hitler había ordenado y que la pareja había cumplido fielmente como cada una de las órdenes del dictador, pero también era cierto que nunca fueron enemigos y que jamás dejaron de tratarse con cordialidad y con afecto.

Algunas escenas habría preferido ser ella quien las revelara antes que algún malintencionado se adelantara, unas porque, de saberse en una versión diferente de la suya, le habrían causado daños mayores a su maltrecha imagen y otras, porque además, no dejaban de dar lustre y emoción a su vida que no dejaba de imaginar como una emocionante película. Se acordó, por ejemplo, del día que Guido von Parisch, agregado cultural de la embajada italiana en Alemania la había buscado en Davos par decirle que Mussolini quería conocerla y que la invitaba a reunirse con él en Roma; emprendió el camino de inmediato, en Munich avisó al ama de llaves de Hitler de la invitación; su vuelo a Roma salía al mediodía siguiente; Frau Winter le dijo que Hitler le pedía que lo visitara un par de horas antes de partir, por coincidencia el Führer se encontraba justo en Munich en ese momento, cuando las tropas italianas se habían acantonado en la frontera austriaca y habían tensado la situación del Tirol a extremos nunca vistos; toda esa serie de curiosas coincidencias la hacían un correo ideal; a la mañana siguiente, Adolf la recibió afectuosamente como siempre, tomaron el desayuno y platicaron de arquitectura romana, Leni pensó, como lo hacía siempre -, que la gente debía conocer la sensibilidad cultural de Hitler, pensó también que esa era la parte de su obra, dar una imagen culta y estética del nazismo; al final al Führer, le dijo a la cineasta:

  • El Duce es un hombre al que tengo en alta estima. Incluso, si un día llegase a ser mi enemigo, seguiría apreciándolo.

Ni más ni menos, con esa impresión, Leni estuvo a tiempo para tomar el avión y aterrizar unas horas después en el aeródromo de Ciampino, junto a la Via Appia Antica, la recibieron como a toda una celebridad, miembros del gobierno, dignatarios fascistas y hasta algunos invitados se había nadado cita para homenajearla; los uniformes negros la impresionaron y aún más que Van Parisch le dijera al oído: “hoy mismo verá usted al Duce”. Frau Riefenstahl se sentía maravillada interpretando el papel de contacto diplomático – y un poco espía – entre los dos hombres que más le subyugaban; al cabo de unas horas, las puertas del Palazzo Venezia se abrieron para ella; el Duce, al que recordaría años después en sus memorias, le impresionó: “Aun que no era especialmente alto, tenía un aspecto varonil y recio; todo él desprendía una gran energía…” Le sorprendió también la fluidez de su alemán, pero no le causó mayor asombro que se declarara admirador de sus películas, pero sí que recordara tantos detalles de sus apasionantes vistas de los Alpes y de Groenlandia, de la fascinación que había ejercido sobre él “El triunfo de la voluntad”; Mussolini le pidió que hiciera un documental para él sobre la desecación de las Lagunas Pontinas; ella tuvo un momentáneo ataque de nervios pero se sobrepuso en el acto y se negó pretextando que se había comprometido con Hitler para realizar el documental sobre las Olimpíadas de Berlín, aunque Mussolini no quiso disimular su decepción, pero como si quisiera disipar la tensión que la negativa había provocado le dijo a Leni como si le contara un secreto:

  • Dígale a su Führer que tengo fe en él y en su misión.

Haciendo gala de su capacidad histriónica, Riefenstahl se atrevió a preguntarle al Duce porqué se lo confiaba a ella; la respuesta del dictador la animó a seguir en su papel:

  • Porque los diplomáticos alemanes como italianos hacen todo lo posible por impedir un acercamiento entre el Führer y yo.

Alcanzado ese tono de confianza, la actriz se animó a dar un paso adelante:

  • ¿No tendrá usted problemas con Hitler a causa de Austria?
  • Puede decirle al Führer que, suceda lo que suceda con Austria, yo no me inmiscuiré en sus asuntos internos.

El Duce la despidió con cortesía y ella se tomo unos días para descansar de su papel. Cuando volvió a Berlín la hicieron llamar de la Cancillería, se sonrió cuando se vio a ella misma escribir en sus memorias: “por vía italiana debieron informar a Hitler de mi regreso”. De inmediato fue al encuentro con Hitler. Cuando se quedaron a solas, lo primero que hizo fue informarle de su negativa a realizar la película que Mussolini le había pedido; Adolf le preguntó si le había dicho algo más, ella contestó con las notas que había tomado justo a la salida de la reunión con el Duce; tomándolas con discresión, como si fuera una aplicada alumna de secundaria, le contó como el dictador italiano le había enviado el mensaje de su fe en la tarea del líder y el pueblo alemanes y de la impresión que tenía Mussolini de que sus sendos servicios diplomáticos trataban de evitar que los dos amos se acercaran; con Hitler, Leni mostraba un carácter dócil y amable, así que prefirió preceder el comentario sobre Austria con una disculpa por su imprudencia y le hizo saber que Mussolini habría consentido la invasión de Austria. Con honores, había cumplido su cometido.

Igual que un punto y aparte suele distinguir un capítulo de otro, el suspiro de Leni dio paso al auténtico recuerdo de aquella jornada memorable. Las cosas no habían sucedido precisamente como ella las había narrado en sus memorias, en realidad, Hitler le había pedido que actuara como mensajera de buena voluntad, tanto porque no quería dejarlo en manos de diplomáticos profesionales que se inmiscuyeran en sus decisiones personales o se procuraran beneficios propios, como porque quería presumir a una de las joyas del Reich.