Alfonso Reyes frente a la muerte de Federico (Fragmento de Los Minutos de Ulises)

Mírame bien Alfonso, no soy la muerte, ni siquiera soy tu conciencia, soy apenas la sombra de lo que fuiste y que aspira, por un segundo antes de la marcha final, a reconstruir tu rostro; mira en mis ojos los tuyos a los que el único rostro que les queda es la memoria; mira en su confesión a Octavio Paz que sufre y se lamenta porque en Japón apenas si ha tenido tiempo para conocer unos cuantos orientales con pretensiones occidentales y muchos blancos obtusos que no alcanzan a percibir que, dentro de toda la parafernalia de la reconstrucción, se esconde un pueblo sutil y un espíritu tan fuerte que ha sido capaz de legar al mundo el Konjaku Monogatari. Octavio, el nieto de Irineo, cuya virtud oculta sería volver los ojos a su tierra para construir la identidad de un género de hombre que en México apenas existía: el intelectual, el literato, el escritor decidido a vivir de su pluma, a dignificar su tarea y a decir lo que jamás otros hubieran dicho antes; siempre preocupado por sus ediciones, como hombre que se jugaba en ello su destino, daba un profundo aire profesional a tus amigables gestiones por ayudarlo. Sin duda estos son otros tiempos, Alfonso, menos románticos, donde los hombres de la palabra pueden dedicarse a su vocación sin necesidad de disimularla o complementarla; haber hecho posible este tiempo que no verás, es también parte de tu orgullo.

Pero entonces Alfonso, cómo combatir la rabia dueña del gobierno argentino, cómo afirmarte, cómo hacer tuyo el tiempo de la batalla que aun sin triunfar era ya el de tu victoria; tu momento vino unos días después, cuando a nombre de América Latina, hablaste en la Reunión del Instituto Internacional de Cooperación Intelectual de la Sociedad de las Naciones; te propusiste decir a la hispanidad que se batía a muerte en la Península, que no estaba sola; que hoy, como siempre que Europa perdía el rumbo, América estaba presente para mantener viva la esperanza; presentaste el cuadro de la inteligencia americana como una visión de la vida y una acción en la vida; exhibiste sin pudor y sin vergüenza el alma desnuda de tu continente y en ello, no puedes negarlo, expusiste también tu ser de escritor y de hombre; no como un satélite de la cultura sajona de América, ni como un apéndice de España, sino como americano, como un individuo completo en sí mismo, entero en su percepción del mundo y en el concepto de su propia realidad pero con un drama interior basado en las fatalidades propias del americano: ser hombre, haber llegado tarde al banquete de la cultura europea, ser americano y la de pertenecer sin remedio al orbe de lo hispano; pero también, con una vocación inherente a su propio ser, la de realizar el sueño que el descubrimiento de América provocó en los pensadores de Europa: el sueño de la utopía, de la república feliz. No podía eso ser suficiente Alfonso, lo sabías, no podías quedarte en la cómoda ribera de las declaraciones y los manifiestos, era preciso pasar a la acción, hacer algo que fuera más que palabras, palabras de las que habías sido amigo en ocasiones, en otras liberador y en unas cuantas, auténtico domador; palabras que si no estaban acompañadas de cambios en la realidad venían a ser una auténtica farsa y en tal sentido, no retrato de la vida sino caricatura de la muerte. Como nunca antes, abrazaste con todo celo y con toda pasión tu vocación diplomática a la que habías servido y honrado desde que el destino y la fatalidad habían querido llevarte fuera de la patria. Te empeñaste en que Argentina y el mundo supieran que México, su pueblo, su gobierno y sus intelectuales estaban del lado de la República y que harían todo cuanto estuviera en sus manos por asistir a España en su hora fatal y que llegado el momento y si fuera necesario, salvar del terror y de la muerte a cuanto español fuera posible. Cumpliste difundiendo el discurso de Cárdenas; cumpliste con no guardar silencio, siendo valiente en un país donde el gobierno no podía considerar amables tus palabras, pero que algunos argentinos tomaron como muestras de la libertad y de la dignidad que su propio gobierno se había empeñado en robarles; por eso te secundaron e hicieron eco de tu voz. Recuerda Alfonso, a quienes, en un arranque de valor que rayaba en la imprudencia, dieron una muestra de adhesión a la política mexicana a través del acto celebrado en Córdoba en noviembre de 1936; a su organizador Don Gregorio Bermann, apenas un mes después de encabezar aquella reunión le privaron de su cargo como profesor universitario; aún así, no pudieron evitar que el 14 de abril siguiente, se festejara el Sexto Aniversario de la República Española en el Luna Park, con la asistencia de cincuenta mil simpatizantes de la causa republicana y cuando bajo la sombra y la mirada de los retratos enormes y magníficos de Miaja, Azaña y Federico García Lorca y te atreviste a hablar como hombre libre, recordando al Cid…

Ha habido sombras,

pero ya amanece.

Aprisa cantan los gallos

y quieren quebrar los albores.

Esos versos Alfonso, te persiguieron días y días, como si invocándolos pudieras atraer la luz y la esperanza a las tierras españolas; fueron creciendo y abarcando todo tu corazón, congestionaron la ruta que va de tu alma a tu inteligencia para salir en las letras de tu Cantata en la Tumba de Federico García Lorca, que el público presenció por primera vez en el Teatro Smart de Buenos Aires en la cálida tarde del 23 de diciembre; entonces, como en aquella noche memorable en Luna Park, resonaron los himnos de Argentina, de México y de la República española; esa noche, mientras la compañía de Margarita Xirgú escenificaba y Alberto Contreras decía…

Madre de luto, suelta tus coronas

sobre la fiel desolación de España.

Ascuas los ojos, muerte los colmillos,

bufa en fiestas de fango el jabalí de Adonis,

mientras en el torrente de picas y caballos

se oye venir el grito de los campeadores:

¡Aprisa cantan los gallos

y quieren quebrar los albores!

Lloraste la muerte de Federico, la muerte de la España libre y el ocaso de la tradición liberal española; lloraste al poeta asesinado, con la convicción de quien pierde a un hermano y más que eso, con la desolación de quien ha visto a muchos hombres despojados el sagrado derecho de morir en su casa. Sin embargo, el dolor no bastaba, no era suficiente ni siquiera para sí mismo; preso junto a tu corazón en la jaula férrea de tu costillar también doliente, clamaba por salir, por manifestarse abandonando tu ser y transfiriendo al mundo el penar por todas las atrocidades cometidas. Para hacer visible el dolor, para presentarlo reconocible había que infundirle espíritu de belleza, dejar que esa larva de sentimientos, enfrentados a través de la evocación y la palabra pudiera llegar a los otros en su más prístino carácter; abusar de la palabra, despojarle de su inocencia oral, de su esencia de habla y coloquio para situarla, en la contingencia de la elección libre, en palabra escrita, en voz elegida, en texto que no podía dejar de presentarse  sino como producto del abuso violento; así cubrirías de palabras el dolor, para hacerle un traje que le diera la dignidad necesaria para la asamblea de lo humano y no se pudiera percibir disperso o incoherente como el amasijo de carne, vestidos y sangre que desfilaba impúdico ante todos los hombres de tu tiempo. Tu condición de individuo libre y de escritor te impelía a comunicar la experiencia pura; ni siquiera en un afán de belleza, eso ya vendría luego como producto del oficio, sino como una emanación de tu humedad espiritual que la lógica no alcanza a entender y que la metafísica no alcanza a dominar. Lucha desigual si alguna vez hubo alguna, ni siquiera David estuvo en tal desventaja frente a Goliat pues, aunque él no lo supiera, la roca en su honda ya estaba tocada por la voluntad de Dios y se había convertido en instrumento de su preferencia por Israel; en tanto tú, poeta y hombre, testigo impotente de las matanzas del Duero y de Teruel, no sólo te quedabas dejado de la mano de Dios, sino que aún lo desafiabas y lo retabas emulando su papel monopólico de creador, creando tu también ritmos y voces, metáforas, ideas y también personajes que al contacto con la vista cobraban existencia autónoma como auténticos seres vivientes; acaso con menos privilegios que el Creador, con muy limitados, apenas nimios alcances y sin tener siquiera la certeza de que cada palabra escrita pudiera encontrar al lector al que estaba destinada desde antes de ser puesta en papel y tinta; pero en esa contingencia, en esa debilidad también estaba oculta la eternidad y la fortaleza; nunca jamás, mientras hubiera un solo ser humano con capacidad para traducir y comprender las letras que juntas forman El Quijote habría dos lecturas iguales, jamás tu Alonso Quijano sería igual al de Unamuno ni al de Paul Verlaine y así vivirías en un eterno renacer, en un continuo renovarte, en un amanecer perpetuo mientras hubiera humanidad. Batalla disímbola encadenada a las perpetuas reglas del drama y de la lírica; impasible oficio de contar y narrar hechos, sentimientos y razones donde el sentimiento no se basta a sí mismo y donde el corazón poco vale si no se le sabe poner en movimiento con astucia.

No murió con Federico, Mariana Pineda, pero ya no estaría él para cantarla y aunque las piedras de Granada ya tuvieran un doble motivo para llorar no impedirían que una a una fueran cayendo las plazas de España en manos de los intolerantes y los alucinados, de aquellos que no podían estar destinados a la vida porque al tiempo en que exaltaban la muerte condenaban la inteligencia. De ningún modo se podía confundir la emoción poética con la poesía que es su ejecución verbal, como no se puede confundir el ardor de la pasión con el ser amado ni el ansia de libertad con el ejercicio de la liberación y la legítima defensa frente a la opresión. La emoción es previa en el poeta y se repite con aproximaciones y desengaños en el alma del que lee, el poema queda destinado para siempre al limbo amoroso que se mantiene entre las dos personas el Padre y el Hijo, como el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida y que habló por los profetas, y que está hecho, como Él de logos, de verbo, de palabras. Lucha interminable, destino que igual que el horizonte, avanza varias millas cuando creemos haberlo alcanzado; lucha tenaz y silenciosa, a veces llena de temores, otras exultante de valor y alegría y no pocas veces clandestina; acaso similar al exilio interior de todos los que no pudieron subir a los barcos con destino a la libertad, acaso parecida a la lucha interior que trajeron consigo Gaos y Gallegos Rocafull, como la que trajo a flor de piel León Felipe y que terminó dando muerte a Stefan Sweig y a su esposa; destino cruel y al mismo tiempo generoso de ir creando para siempre el lenguaje, de crear como decía Paul Valéry, el lenguaje dentro del lenguaje, de pronunciar lo impronunciable y reducir a símbolos fonéticos lo que no tiene palabras para designarlo; luchando cuerpo a cuerpo, como Jacob contra el ángel, para salir transfigurado al límite de cambiar el nombre si a pesar de todo, aún del poeta mismo, resulta haber combatido con Dios y contra los hombres y haber vencido.

Todos sabían que España había sido derrotada por sus fantasmas y por la ansiedad destructora de los dictadores. Los diarios y las revistas, la radio y los cinematógrafos daban a conocer los pueblos destruidos y las hordas de mutilados caminando sin más rumbo que huir de la desgracia; pero lo tuyo no sería la denuncia, aquello no era lo importante, tantos y tantos habían sabido y sin embargo habían callado, era necesario cantar el drama interior de la España derruida y del mundo amenazado; si acaso algún dato alcanzaba subrepticio a escapar de tu pluma en buena hora pudiera ser consecuente con tu pensamiento, pero había que hacer oír el llanto de miles y miles, la multitud de los clamores individuales y el martirio de Federico, el abandono de Unamuno y la traición sufrida por Azaña; para que a fin de cuentas pudieras lograr la liberación de lo que tanto tiempo había estado preso en tu alma, en la de España, en la de cada hombre y cada mujer relacionado con esta épica de la dignidad. Liberación, ni siquiera libertad, porque para expresarse, la palabra tiene que sujetarse a las leyes más difíciles, leyes internas sin un límite material que las demarque, inventando y creando de continuo su propia carrera de obstáculos…

Es más difícil andar que ir con andaderas; correr, más que andar; y más todavía volar que correr, para el hombre mortal, se entiende, y aún más que volar, evaporarse. La evaporación, sumo sacrificio, imagen casi de la plegaria, incienso; ley la más sublime entre todas, como verdadera transmutación. Liberación, no libertad: exigencia suma que a sí misma se impone cánones, sin necesidad práctica alguna. Esta Poesía Pura es la Servidumbre Voluntaria.

Mientras se asesinaba y se huía de España, tuviste el valor de entrar por los laberintos y matar monstruos; para salir a la calle en medio de la desesperanza y la desolación, sin dar ni deber explicaciones, esclavizándote sólo a tus íntimas cadenas y haciendo propio el llanto de un pueblo que sin dudarlo, también era el tuyo. Así terminó tu misión diplomática en Argentina. Abandonaste aquel país, esa vez para siempre, el 28 de diciembre, no fueron las despedidas que te prodigaron lo que más recuerdas, sino una carta de don Américo Castro en la que te agradecía, con la fuerza y la dulzura más castizas que pudieras recordar: “todo lo que usted y su país hacen por mi España, que Dios se lo pague y nosotros lo veamos”.