Alfonso Reyes conoce a Jorge Luis Borges. Fragmento de la Novela, Los Minutos de Ulises.

El 9 de agosto de 1928, a las 16:30, cuando el Presidente Alvear te recibió en el Salón Blanco de la Casa Rosada; la ceremonia, con su boato, sus formas manidas y su elegancia decimonónica te hicieron pensar más en una anciana corte europea que en una república americana; algo había que hacer con el furor nacionalista mexicano y con el rancio europeísmo argentino, algo que construir entre el jijismo decadente y el criollismo exacerbado; debía haber alguna formula oculta que bien podría encontrarse en los estuarios del Río de la Plata. De alguna manera el Presidente Alvear lo dijo, aunque su discurso para la ocasión no tuvo nada de especial se te quedó grabada la idea de que el embajador ya no podía entenderse como el enviado personal de un gobernante, sino como el representante de un pueblo, de una cultura; tal vez así Alfonso, poniendo a disposición de lo argentino todo aquello que de magnífico y universal tenía la cultura mexicana, podrías llevar en tu bolsa de viajero como ya lo habías hecho con Francia y España, aquello que de la Argentina pudiera ayudar a los mexicanos a conocerse y a aceptarse de mejor manera. Para actuar como puente debías encontrar en Buenos Aires dos o tres inteligencias que pudieran convertir ese contacto en un diálogo permanente entre hermanos de una misma familia y recurrir una vez más, ¡oh fruto sagrado de la utopía!, a la conspiración de las buenas voluntades que tanto anhelabas desde que soñaste en el Ateneo con la posibilidad inherente a todas las cosas, de cambiar y hacerse más humanas.

Así fue la Argentina para ti, una serie de encuentros y hallazgos dispuestos a la fraternidad y al intercambio; aquella noche de agosto cuando te abrazaron los miembros de la revista Nosotros, entendiste que aquí, ya en madurez de tu expresión literaria, sería posible la formación de una República hispanoamericana de las letras; esa noche, en el Círculo Italiano de Buenos Aires, te recibieron como a hermano Ricardo Rojas, Alfredo A. Bianchi, Alfonsina Storni, Pedro Henríquez Ureña, Fanny Anitúa, Luis Reissing y sobre todo un presente y una ausente; él, Jorge Luis Borges; ella, Victoria Ocampo. Esa noche, Rojas confesó lo lejos que aún estaban México y Argentina, reconoció la percepción legendaria y fantástica que tenían de tu patria los argentinos; una visión donde las bandas milenarias, como si de gauchos y orilleros se tratara, recorrían en plan de bandoleros los caminos; una visión donde convivían Netzahualcóyotl y Cortés, Iturbide y Santa Anna, Porfirio Díaz y los revolucionarios en una especie de novela histórica por entregas; pero también supo comunicarte el deseo de su gente por abrirse, por darse a conocer y, al mismo tiempo, conocer la humanidad de los mexicanos de entonces y de los cuales tú eras el representante. Desde ese momento, en cada día que pasaste en Buenos Aires, supiste salir al paso del reto personal e histórico que se te atravesaba; les dijiste, como lo harías con todo aquel que quisiera escucharte, que era en tu afán de servidor itinerante de lo mexicano, que te encontrabas en tierras australes; que después de la guerra fratricida tu patria requería de todas las manos y de todas las fuerzas para levantarse y que tu trinchera era exactamente esa, ir por las villas y las ciudades diciendo lo que en realidad encerraba el enigma de lo mexicano, que toda esa gitanería del diplomático que sabe hacer de su morada un refugio provisional y reducir su querencia al menudo espacio de una maleta de viaje, se identifica con la alegría melancólica del soldado que se levanta con la diana sin saber si ése será su último día y que por lo mismo, con urgencia te presentabas en cada instante como un mexicano de cuerpo entero para cumplir tu misión y de ese modo, finalmente, justificar tu vida.

Un día te llamaron a develar una placa en una calle del centro de Buenos Aires, la misma que de 1769 a 1808, fue conocida como la Calle de San Bartolomé, luego llamada de Agüeros y desde 1822, México. ¿Te acuerdas Alfonso? Cómo te pareció sorprendente que apenas unos meses después de consumada la independencia de tu país, la municipalidad de Buenos Aires madrugara homenajeando el nacimiento de una patria hermana y la integrara a su rostro urbano; entonces te pareció como si siempre hubieran existido la una para la otra, aunque distantes, a veces ajenas y otras mutuamente ignoradas. Así te figuraste tu estancia en la Argentina como si tú mismo fueras parte de una larga cadena de coincidencias y encuentros y en efecto Alfonso, una larga y consistente cadena de coincidencias que se fueron completando, anudando y liberando hasta éste tu último día.

En aquella misma calle México, se encuentra una biblioteca donde sus directores, terror de casualidades, quedan ciegos y en ella hubo uno de esos hombres a los que Dios, con magnífica ironía, le dio a la vez los libros y la noche; un hombre lleno de ideas, de palabras y de historias, un hombre que se enorgullecía más de lo que había leído que de lo que había escrito, un hombre enorme y frágil en su enormidad; un hombre que por sí mismo era toda una literatura, un hombre sobre todo, que te quiso y mucho, un hombre que se llama Jorge Luis Borges. ¿Quién es él realmente? ¿porqué le dedicaste páginas tan llenas de justos juicios, plenos de reconocimiento? Mientras el tiempo se desliza y te mueves despacio entre el Rio de la Plata y la Laguna Estigia, Borges se te aparece como un creador de palabras y de metáforas infinitas, una especie de hombre de luz en su mundo de sombras, preciso y fiel a la lengua que desoye a Góngora por manido y porque en él las palabras son objetos brillantes pero no luminosos, que se aleja de Gracián porque aún cuando dice mucho en pocas palabras, aún así acumula más voces de las necesarias; tal vez por eso Alfonso, tu poesía y la suya se parecen un tanto, acaso en el toque de inteligencia que se escapa presuroso de los excesos de la exclamación y del sentimentalismo pero que, en el fondo, entre líneas y silencios deja ver el desgarrón del alma, el jirón de la piel…

Amor que aguantas y aturas

las verdes y las maduras,

amor que atacas sin venda

para que nadie lo entienda,

amor con erudición:

lo que te sobra es razón.

¿Cómo das en los excesos

cuando no te faltan sesos?

¿Cómo, si la ves abierta,

estás llorando a la puerta,

amor que aguantas y aturas

las verdes y las maduras?

Amor, me has puesto en un brete,

que ando ya en cuarenta y siete,

y hay que ser menos quimérico

a vistas del climatérico.

Pero a ti nada te importa,

viendo que la vida es corta,

y a ti poco se te da

si el arte es largo, ¿verdá?

Reniego de tanta fiebre

y desordenado afán:

reniego de “lo muliebre”

como diría Gracián.

En el Borges que tu conociste no había exceso alguno sino mesura y dominio siempre puestos al servicio no del ímpetu, sino del fuego, del demonio creativo; ése es tu Borges, el que tenía la infinita capacidad de convertir la crítica en una especie de filosofía científica, de convertir sus especulaciones e imaginerías en estremecidas utopías lógicas. Qué importa que también tuviera sus infiernos y sus demonios interiores si todos los tenemos, si tu mismo los tienes; qué importa si su andar como de hombre medio náufrago en el universo de los vivos lo llevara al refugio sereno de sus sueños y de sus letras si con ellas salvaba al mundo, si con su Aleph, desde la primera vez que lo leíste te hizo concebir la esperanza de la reconciliación definitiva con las letras y con los hombres; él, transitando entre los malevos y los orilleros, entre las cumbres de la literatura francesa y de la celta; tú yendo y viniendo  del Anáhuac a la Atenas inmortal; él hombre de inteligencia y gracia infinitas que te acompañó a mirar los rincones más recónditos y más sabrosos de la literatura, como en aquella extraña y recurrente charla sobre los estornudos en la literatura; juntos recordaron que estornudaron Zaratustra y Telémaco; cómo se rieron ambos del mundo; de la mano, juntos siempre en su universo sublime, el Tlön Uqbar Tertius Orbis que compartieron. Y pensar que todo comenzó por una charla sobre una de las pasiones literarias de tu juventud, el viejo Otón, al que Borges tanto admiraba y que cuando te preguntó azorado si en realidad lo habías conocido, te hizo recordar a aquel que preguntaba a su amigo si había conocido a Shelley, y  entonces dijiste: Ah, did you once see Shelley plain…