El vestido negro de Holly Golightly, cómo nació el icono

Uno de los elementos sobre los que Hepburn construiría su personaje era el vestuario. desde finales de la década de 1950, Hepburn había incluido una cláusula – como recuerda Wasson – en cada uno de sus contratos por el que su vestuario debía ser diseñado por Hubert de Givenchy; esa disposición no era negociable; no se trataba de un capricho, era parte de un estilo que Audrey cultivaba con suma delicadeza y Givenchy era parte importante de su forma de ser en el mundo y de verse a sí misma. Por su parte, Hubert de Givenchy pertenecía – como la propia Hepburn – a una de las familias aristocráticas de su país; había asumido su vocación a los diecisiete años y se había formado con maestros como Fath, Piquet, Lelong y Schiaparelli; epónimo de la elegancia en el mundo a mediados del siglo XX, contaba entre sus seguidores a Jacquie Kennedy a Grace Kelly, pero con el tiempo Audrey Hepburn seria mucho más que sólo una clienta especial, alguna vez, hacia sus ochenta y cinco años, con ocasión de la muerte de Audrey, el diseñador dijo que con la actriz había guardado una amistad tan profunda que era prácticamente una relación amorosa.

En 1952, Givenchy tenía 25 años, dejó el taller de Schiaparelli para establecer su propia firma, a diferencia de otros diseñadores, el éxito no tardó en cruzar la puerta de su taller; el diseñador nunca olvidó cuando, apenas dos años después de haberse independizado, Audrey, a quien el diseñador no conocía por no ser muy aficionado al cine -hasta entonces-, le llamó por teléfono para concertar una cita, él pensó que se trataba de Katherine y accedió a recibirla; unos cuantos días más tarde Hepburn se presentó en la casa Givenchy; Hubert recordaría ese primer encuentro como una especie de epifanía; la actriz, un par de años menor que él y ya rodeada del aura de la fama, se presentó con una blusa anudada, un sombrerito de gondolero y sandalias de piso, le propuso creara el vestuario para “Sabrina”, su siguiente película; la solicitud era más de lo que cualquier diseñador pudiera desear pero, en ese momento excedía las posibilidades materiales de Givenchy cuyo todavía incipiente taller sólo tenía ocho trabajadores, ante la insistencia de la actriz el diseñador accedió a cederle varios modelos de su nueva colección que aún no estaba terminada; a partir de ese momento un pacto de lealtad y fidelidad quedó suscrito  entre ellos, él nunca vendió a nadie un modelo aceptado por ella y ella jamás volvió a vestir en pantalla nada que no hubiera salido de su taller; se trató, más que de un acuerdo, de una confesión de afecto mutuo, cuando bautizaron al primer hijo de Audrey su ropón era un diseño exclusivo de Givenchy. En 2014 Raquel Peláez entrevistó, para Vanity Fair a Givenchy en el Manoir de Forchet, su castillo, de aquella plática Peláez recordó una anécdota muy significativa; en una ocasión Audrey le pidió a Hubert que la acompañará a Londres a una premier a la que asistiría la reina de Inglaterra; mientas se dirigían a la proyección, recodaron los duros tiempos de la guerra y ella confesó a su amigo:

Parece que fue ayer cuando caminaba por aquí camino a casa en pleno blitz y las prostitutas me preguntaban qué tal me había ido el día. Y aquí nos tienes ahora, a saludar a la reina de Inglaterra.

Su unión se prolongó hasta la partida de Audrey; cuando su enfermedad precisó que fuera trasladada a Suiza fue Givenchy quien  dispuso su avión -gracias por la alfombra mágica dijo ella-, cuando murió él estuvo entre los portadores del féretro. Le Grand – como sencillamente se le llama en el mundo de la alta costura – gustaba de recordar como a veces sonaba el teléfono del taller, era Audrey que decía “sólo llamo para decirte que te quiero”.

Cuando Audrey se animo a firmar el contrato para encarnar a Holly fue irreductible con la cláusula del vestuario; ello implicaba una serie de inconvenientes logísticos que ella ni siquiera quiso discutir. Para la producción utilizar un modisto francés para una película eminentemente neoyorquina resultaba poco más que extraño, por eso habían pensado en Edith Head una influyente diseñadora de la ciudad; a Patricia Neal, que haría el papel de la Sra. Falenson la amante y patrocinadora de Paul Varjak,las vestiría otra diseñadora de Manhattan, Pauline Trigere; había una especie de tabú respecto de las modas y las figuras públicas en Estados Unidos que, bajo el imperio de Jacquie, reina de Camelot, se empeñaban en dar un nombre y un lugar a la moda norteamericana, al grado de que la primera dama, aun siendo una amante confesa de los diseños de Chanel, usaba en ocasiones públicas diseños de Halston; pero Audrey se mantenía firme en su exigencia; como no era posible prescindir de Hepburn, de hacerlo habría que recurrir a Grace Kelly que no querría ser una segunda opción y menos a Marilyn y darle la razón a Capote, los productores cedieron y a Head le dieron el crédito, inventado para ella y para la ocasión, de supervisora de vestuario y se hizo cargo de vestir los demás actores – el tema se zanjó dando el primer crédito a Head, el segundo a Givenchy y el tercero a Trigere -, Hepburn se impuso. Desde la primera escena fue patente el acierto de Audrey, unos segundos bastaron para lanzar el nombre de Hubert de Givenchy a las estrellas y crear un modelo de elegancia, levedad y buen gusto que sigue vigente en nuestros días.

En el verano de 1960 Givenchy tuvo a la mano el guión de Axelrod, aunque Audrey ya había sostenido largas conversaciones, una vez que el diseñador leyó el guión se dio cuenta del potencial que el personaje representaba para Hepburn, el vestuario, más que en ninguna otra ocasión, debía definir el carácter del personaje, además su ropa debía constituir una declaración de principios de una mujer independiente, dueña de sí misma y haciéndose un lugar en el mundo y, por último, independizar  para siempre la Holly de Truman de la de Audrey. La primera elección fue el color predominante en el vestuario; Givenchy se inclinó por el negro, una apuesta arriesgada sobre todo porque distanciaba a la protagonista de los prejuicios, el luto y la viudez, rechazando los vestidos coloridos que eran fácilmente identificables con una prostituta; Holly luciría vestidos negros en los momentos clave de la película en la fiesta de su departamento, en su visita con Paul a Sally Tomato en Sing Sing, en el encuentro entre Doc y Lulamae y en su despedida, sobre todo en la apoteósica aparición con la que abre la película. El vestido lucía elegante y sencillo por el frente en el que la pieza principal era el rostro de Audrey, su bisutería y la luz de su mirada, por atrás el detalle de la espalda, el largo y el dibujo de la silueta de Hepburn alzaban la imagen de una mariposa de la noche para fijar el de una chica elegante y dulce irradiando una personalidad suficiente para sostener toda una vida de búsqueda de sí misma.

Mientras Holly toma su café y come su cruasán el mito de la exclusividad  de la elegancia salta por los aires, la misma escena en el Boulevard Saint-Germaine de París en el mismo momento hubiera parecido anodina, la misma escena en la Gran Vía de Madrid habría sido inverosímil, pero Golightly baja de un clásico yellow cab, degusta un desayuno de comida rápida con sus manos enfundadas de guantes hasta los codos, y luce como la esperanza de todas la mujeres que sueñan con ganarse el mundo aunque no puedan encargar un vestido a la medida en el Faubourg Saint-Honoré. Holly comienza demostrando que la inviolabilidad de las fronteras del gran mundo son en realidad límites psicológicos y de actitud.

Givenchy diseñó un vestuario fácil de reproducir y que podía ser adquirido con facilidad – aún sin la marca de su creador – dando a las mujeres de inicios de los sesenta una sensación de seguridad y confianza que necesitaban para conquistar el mundo.