La Voz de Papel, fragmento de «Siete años de abundancia», de Etgar Keret

Para comenzar la semana una lectura compartida, de Etgar Keret un fragmento de «Siete años de abundancia», una crónica íntima de la vida en Israel a través de los ojos de un escritor.

Que ustedes lo disfruten

Hubo un sueño llamado Sophiatown

Al nacimiento del sistema de segregación del Apartheid quedaban algunos lugares habitados por africanos y británicos donde no se cumplían los mandatos de la ley; así, como suspendida en el tiempo, quedó Sophiatown, cerca de Johannesburg. Un pastor británico rebelde a la jerarquía afrikáner mantuvo la congregación de Sophiatown como un reducto racial en el que ls artes y, en particular la música cumplían una misión de cohesión social multiétnica y cosmopolita; convocados por el espíritu de la Misión del Pastor Hudleston, Makhalipile -el intrépido – como recuerda Carmen Márquez Bouza que lo llamaba la comunidad – llegaron para asentarse pintores y escritores, actores y muchos jazzistas que fundaron locales donde podía escucharse el mejor jazz del continente.

Sophiatown había sido fundada como una granja, su nombre fue el obsequio de Herman Tobianskhy a su esposa, en la medida que la granja se convirtió en barrio y que en él, como un raro olvido, la población africana no fue privada de su derecho a poseer una vivienda la población blanca, alentada por Hudleston, no quiso abandonar sus hogares y prefirió convivir con negros y mestizos, se fue creando un movimiento de resistencia la racismo y a la segregación en cuyo corazón, en los patios de las casas, y en las bodegas de los negocios floreció un estilo que, con los años iba a dar origen a la música africana moderna: el Marabi.

Nadie sabe a ciencia cierta cuál es el origen de la palabra Marabi, lo más aceptado es considerarlo una variación de Marabastad, un suburbio de Pretoria de donde eran originarios un buen número de los primeros músicos y urbanizadores que poblaron Sophiatown, pero en realidad nada se sabe con precisión salvo, tal vez, que un día había nacido una palabra que designaba los bailes y las noches interminables de jazz en los patios traseros de las casa donde, además de beber cerveza y mover los cuerpos, se encontraban los que fuera del barrio debían ser irreconciliables y ahí, en la intimidad de Sophiatown se entregaban a la liturgia del sonido y la danza; casi nada se puede afirmar de su comienzo sino que en algún momento el Marabi era un signo de identidad, una forma peculiar de aspirar a la libertad y de olvidar la represión que reinaba más allá del barrio.

Atraída tanto por el sueño de libertad como por la magia de su música, Makeba dirigió sus pasos a ese rincón aún olvidado por el odio y la exclusión. Cuando llegó, a comienzos de 1950, Sophiatown tenía ya quince años como capital de un nuevo estilo musical; los bailes del traspatio aún seguían y se mantendrían mientras que al barrio se le permitiera mantenerse con vida, pero los grupos, las rudimentarias orquestas, algunas con unos pocos elementos europeos, se habían mudado a locales entre cuyo encanto figuraba su estilo soterrado y un poco patibulario; también el jazz norteamericano había dejado ya sentir su influencia en la formación evolución del jazz africano; en la radio y en los discos sonaban Satchmo, Duke Ellington y Count Bessie; con ellos llegó también el cine musical hollywoodense que hizo su aparición marcando el gusto de los habitantes del barrio que se transformaba en un centro de cultura y de resistencia a la opresión; en 1943 se filmó Storm Weather – Morena oscura la llamaron en español – un musical con todo su elenco formado por actores, bailarines y músicos afroamericanos, dirigida por Andrew L. Stone, contó con el talento de Lena Horne, Bill Robinson, Cab Calloway y su entonces ya célebre Cotton Club Orchestra, el filme causó un enorme impacto en la población negra de Sudáfrica y contribuye a formar las bases de una identidad comunitaria sobre la base de la convivencia urbana y no sólo sobre la herencia tribal, lo mismo sucedió con Cabin in the Sky, del mismo año y dirigida por Vincent Minelli y protagonizada por Ethel Waters, Eddie Rochester Anderson y – una vez más – Lena Horne. Así entendida, esta nueva identidad permitió a los músicos locales desarrollar su propio estilo y evolucionar desde el ancestral marabú hacia un espacio musical creativo e interpretativo propio al que se llamó Tsaba-Tsaba, al que Mirmian se mantuvo fiel, de una manera u otra, a lo largo de toda su vida. Tsaba-Tsaba combinaba las melodías tradicionales de algunas tribus africanas y los ritmos de swing y el jazz americanos; se trataba de música proletaria y marginal destinada a bailar hasta el agotamiento como un bálsamo un anestésico contra la violencia a la que los africanos debían enfrentarse fuera del barrio.

Si la música había creado un fuerte sentido de unidad y de pertenencia, la literatura de Sophiatown presentaba rasgos más combativos y apelaba a la inteligencia de los lectores – blancos y negros – para aceptar y dialogar con esa exhibición del músculo intelectual de la comunidad africana; una de las bases dogmáticas del apartheid era la supuesta inferioridad intelectual de los africanos frente a los europeos y ofrecía como falsas comprobaciones empíricas – como sucedió con la pseudo ciencia étnica de los nazis – el hecho de que las tribus africanas no habían podido generar expresiones culturales sofisticadas y monumentales según los parámetros de la cultura occidental – omitiendo desde luego el análisis etnográfico y geográfico de su desarrollo histórico – y también que los nativos tampoco habían producido ningún producto cultural apreciable desde la llegada de los europeos aunque, según los teóricos del sistema segregacionista, ya disponían de todos los elementos modernos para crear arte y cultura como cualquier civilización superior del mundo – en ello también omitían que la exclusión, la miseria, la ignorancia y la violencia eran administrados de manera deliberada para impedir el desarrollo de la población negra y mestiza reduciéndola al más estricto régimen de sobre vivencia -. Todos estos hechos señalan el nexo paterno filial entre el nazismo y el régimen racista de Pretoria, si bien con algunas diferencias sustanciales; por una parte, el apartheid no puede considerarse como un sistema totalitario – fascista en estricto sentido, su perfil liberal abierto económicamente, aunque sólo para los blancos, distaba de las manipulación económica del nacional socialismo alemán; por otra, el apartheid no esta un sistema totalitario para ninguna de las etnias que coexistían bajo su dominio y aunque se basaba en la negación del principio de igualdad entre los individuos y entre los grupos humanos, estaba bajo la organización de un régimen constitucional de limitaciones y derechos; por último, el apartheid no se propuso en ningún momento el exterminio de la población negra pues la racionalidad de ambos sistemas criminales era distinta; el apartheid no podía prescindir de la población africana que superaba tres cuartas partes de la población total, tampoco podía suprimir un parado económico destinado a que aquella mayoría sometida produjera ingentes márgenes de riqueza para la minoría blanca a través del uso extensivo de mando de obra que bien podía considerarse gratuita, privada de cualquier derecho fundamental y que podía, en momentos críticos, ser extirpada mediante la ejecución ilegal o el asesinato callejero sin ningún tipo de consecuencia ética, política o jurídica; por eso, la actividad literaria de Sophiatown fue perseguida con vehemencia mientas que la música era más bien tolerada, el régimen de Pretoria no alcanzó a comprender el poder del discurso y resistencia de la música popular y de sus compositores e intérpretes; en cambio, los escritores fueron perseguidos como delincuentes comunes, trabajaron desde la clandestinidad y muy pronto fueron obligados a exiliarse. Para las autoridades, los escritores de Sophiatown eran criminales y se les acusaba de ser gestees y de perpetrar delitos violentos contra individuos europeos.

El sueño de Sophiatown fue, sin embargo, efímero; cuando en 1954 el apartheid tomó su forma definitiva dentro del marco legal sudafricano, Sophiatown se convirtió en uno de los primeros objetivos de los afrikaaners que se habían hecho con el poder absoluto; por un lado, al considerar al barrio como la muestra de la degradación moral y social a la que conducía la convivencia interétnica y, por el otro, al considerarlo también el ejemplo de lo que los anglos podían hacer en Sudáfrica si se les cedían algunas parcelas de poder aún fuera de las estructura del gobierno, el ejemplo de Huddleston era por completo inaceptable; en ambos casos la destrucción de la pequeña urbe debía ser ejemplar y aleccionadora. La ley establecía que entre los barrios blancos y los negros debían mediar quinientas yardas de terreno desierto; para lograrlo toda la población fue desalojada, a los blancos se les otorgaron varios días para reubicarse, a los negros se les expulsó en una especie de deportación hacia el oeste donde debieron edificaron barrio precario, sin servicios y desde luego sin música ni cultura; aquel South West Township fe conocido como Soweto y durante décadas fue el signo de la marginación, la violencia y el oprobio que prohijaba y nutría el régimen de la segregación.

El libro nuestro de cada martes: ¿Qué me quieres amor?, de Manuel Rivas.

Manuel Rivas es una de las plumas privilegiadas de la España contemporánea; de una tersura envidiable, es casi un dibujante. La sencillez reina y la anécdota apremia. Se trata ¿Qué me quieres amor?, de una colección de cuentos que nos remiten a un mundo de lo cotidiano, de lo histórico y de lo humano en circunstancias que nos hablan directamente sobre nuestro devenir cotidiano.

No se lo puede perder. Destaca en la colección una historia en particular: «La lengua de las mariposas», un cuento sobre la amistad y la traición, sobre la inocencia y la perversidad, sobre el desencuentro y la vocación.

En 1999, José Luis Cuerda realizó, sobre el cuento de Rivas, una película hermosa, entrañable, homónima del cuento «La lengua de las Mariposas»; protagonizada por Fernando Fernán Gómez, Manuel Lozano y Uxía Blanco, es un filme que nunca podrá olvidar. Aquí el Trailer.

 

Sobre el libro:

http://www.megustaleer.com/libro/que-me-quieres-amor/ES0136625

La voz de papel: La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

Disfrute usted de la lectura del capítulo 3 de la novela «La Insoportable Levedad del Ser» de Milan Kundera. Una reflexión sobre la la irrepetibilidad de la vida y su relación con el vacío y la esperanza.

Que lo disfrute

Miriam Makeba, la niña que esperó al Rey bajo la lluvia

Miriam Makeba nació el 4 de marzo de 1932 en un barrio marginal en la periferia de Johannesburg; Sudáfrica aún no existía ni el apartheid tampoco; todavía colonia británica, la Unión Sudafricana había recibido importantes libertades constitucionales desde Londres en materia de asuntos nativos, apenas un año antes de su nacimiento, comenzaron a tomar forma algunas prácticas históricas desde que los blancos organizaron la explotación del área a finales del siglo XIX; los tratos inhumanos, la ausencia de derechos políticos de cualquier naturaleza, las prácticas de segregación racial que incluían asuntos tan básicos como los lugares donde los negros podían vivir, comer o trabajar, eran entonces parte de la vida cotidiana en el mundo en que nació Makeba; prácticas que tomarían forma en un sistema de dominación y explotación llamado apartheid y que se consolidó como estatuto constitucional en 1948 bajo el gobierno del Primer Ministro Daniel Malan y que afectó a tres cuartas partes de la población.

Miriam nació en el seno de una familia con férreas raíces en su entorno tribal; su padre, miembro de la tribu Xhosa llevó a su madre a vivir a los suburbios, una forma de buscar circunstancias menos difíciles que en las zonas rurales donde el hambre atacaba con más rabia; era maestro de escuela y eligió el poblado de Prospect Township por su proximidad a Johannesburg; se trataba de un asentamiento sin electricidad ni agua potable; el padre de Miriam podía ir a la ciudad sólo en un autobús autorizado que salía del barrio cada mañana y volver en él antes de que cayera la noche; la madre solía partir con él cada día, en la urbe trabajaba como empleada doméstica. Caswell y Christina, como todos los miembros de sus tribus se habían casado muy jóvenes y como todos también tanto formaban una pequeña familia como una diminuta célula de trabajo en lucha contra la miseria; Christina fue siempre la persona más cercana a Miriam y le enseñó la disciplina y la fuerza para oponerse a la opresión y a la desdicha de las circunstancias; poco antes de que naciera Uzenzile Makega Qgwaska Ngiovama, Miriam por nombre cristiano – Zensi por mote familiar – su madre tuvo la peregrina idea de aumentar sus ingresos mediante la fabricación de cerveza artesanal en su propia casa y vender la bebida a los vecinos, con ello desafiaba la doble prohibición que impedía a los africanos poseer sus propias industrias y la de producir bebidas alcohólicas para venta o consumo personal; así, Miriam conoció la prisión a los 18 días de nacida y pasó en ella los primeros seis meses de su existencia. Cuando salieron de prisión, Castell decidió trasladar a la familia, aunque las condiciones no mejoraron mucho, el cambio al norte del Transvaal representaba una mejor oportunidad de trabajo – el padre entro como ayuda contable en la compañía Schell – y un ambiente menos opresivo. Como sucedían muchos de los hombres de su generación y su circunstancia, el padre de Miriam murió muy joven y Nomkomendelo – nombre tradicional de la madre – tuvo que hacerse cargo de la familia.

La joven madre fue la fuente de la que Zensi bebió la vida, el talento y el espíritu de sus antiquísimos orígenes; Nomkomendelo era una curandera y consejera tradicional respetada, conocedora los rituales y sabiduría tradicional de su pueblo y también de su música; de ella escuchó decir que la música encerraba cierto tipo de magia y Miriam lo tomó como su mantra personal.

Para Christina que reunía en su persona todas las vulnerabilidades de su país y su tiempo: ser africana, mujer y viuda, la carga familiar resultó demasiado pesada y dispersó a sus hijos para aumentar las posibilidades de sobrevivencia.

Zensi fue enviada a vivir con su abuela a Riverside, en las afueras de Pretoria, donde pudo ingresar a una escuela Metodista de oficios, lo adecuado para alguien que a los quince años ya debía aprender a ganarse la vida; sin embargo, más que aprender un oficio la escuela le permitió descubrir su vocación y su lenguaje vital; al ingresar al coro de la institución supo que no podría hacer otra cosa el resto de su vida.

En abril de 1947 el rey Jorge VI visitó sus dominios en la Unión Sudafricana, fue el último monarca británico que lo hizo, la minoría blanca se inclinó años después por el sistema republicano acompañándoloiban la princesa consorte y la joven Isabel, la única que volvería al país, si bien en 1995, cuando Sudáfrica ya era independiente, el apartheid ya había sido derrotado y el Estado readmitido en la comunidad británica de naciones; pero aquel día de la primavera boreal, un pequeño coro de niñas se había organizado para cantar al Rey “What a sad life for a black man”, un viejo espiritual de las comunidades africanas del Imperio; las niñas, entre las que se encontraba Makeba esperaron durante horas el paso del Rey que se suponía debía detenerse para escuchar la canción; unas horas antes del paso d la comitiva real se desató un feroz aguacero, el coro se negó a dispersarse y bajo la lluvia siguió aguardadno; se prepararon cuando se notó que el auto real se aproximaba y no pudieron entonar una sola nota porque el vehículo siguió de frente sin notar su presencia. Desde luego, para Zensi, se trató de un desprecio y una ofensa que pudo olvidar jamás; al mismo tiempo, el recuerdo de los ensayos, la satisfacción de escucharse en el entorno de otras voces, le descubrieron la magia de la música.

Desde luego, a cualquier niña del mundo cantar y hacerlo para un monarca resulta cosa de magia; sin embargo, la dictadura, el genocidio y la exclusión tienen efectos devastadores en quien los sufre, efectos perversos e inusitados que en la infancia suelen ser todavía más devastadores. El diario de Zlata Filipovic, sobreviviente de la guerra en Sarajevo, por ejemplo, demuestra que los niños, sometidos a niveles de extrema violencia pierden su capacidad de fantasear – la fantasía es escape de la realidad hacia un mundo alterno que puede ser dominado y que reporta bienestar a quien lo ejerce – los niños en estas situaciones no pierden de vista el lugar donde están y los riesgos que corren pero, como todo ser humano de cualquier edad, conservan su poder de ensoñación; el episodio del rey que no percibe la presencia del coro le confirmó que no podía abstraerse de la realidad en que vivía, la de la exclusión, la violencia y la muerte prematura. Makeba, cuando cantaba no huía de la realidad, pero se transfiguraba, era su Monte Tabor; ahí, en el canto se reconstruía, era dueña de si misma, de su voz y de los minutos en los que no había nada más que la canción en medio de la amenaza continua.

El libro nuestro de cada martes: Las Solidaridades Misteriosas de Pascal Quignard

La comunicación entre las artes es algo de profundo significado y misterio; algunos libros recuerdan pinturas; algunas obras gráficas nos remiten al lenguaje articulado y en ocasiones, algunos libros se nos muestran como fantasías musicales y obras sinfónicas. Las Solidaridades Misteriosas es uno de ellos.

Desde lo más hondo del alma humana la aparición de las memorias, los recuerdos y los secretos de familia y el reencuentro con los seres amados, van tramando una historia en la que todos encontramos puntos de contacto; las voces, los escenarios se suceden en una acción que deja mucho dentro del alma del lector y de los personajes, como si uno pudiera alargar la mano, detener al director de la orquesta y acariciar al personaje que está reclamando un poco de humanidad.

No puede dejar de leer a Quignard, no en este caso ni en este libro que encierra, para cada uno de los lectores, el secreto del recuerdo y la forma en que batallamos entre su dominio y su sumisión.

Feliz lectura.

http://www.galaxiagutenberg.com/libros/las-solidaridades-misteriosas.aspx

La voz de papel: El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde

En esta entrega de La voz de papel, honramos la memoria de Oscar Wilde, leyendo el inicio de una de sus obras más celebradas.

Tómese unos minutos para pasar unos minutos escuchando la lectura del satírico más ingenioso de la lengua inglesa

 

55,000 veces, ¡Gracias!

Una vez más, queremos obsequiar a nuestros amigos y lectores con una imagen original, como muestra de nuestro agradecimiento y afecto.

Amanecimos superando las 55,000 visitas y con ella, la palabra luminosa de la ofrenda: Gracias.

Siéntase en libertad de usar la imagen, se agradecerá citar la fuente.

DSC_0574.JPG

Palabras de Adolfo Castañón en la presentación de Los Minutos de Ulises, de César Benedicto Callejas

Gracias a la generosidad, bonhomía y gentileza de don Adolfo Castañón, ofrecemos a ustedes las palabras que pronunció en la presentación de la novela, Los Minutos de Ulises, el pasado 12 de octubre en el Palacio de Bellas Artes.

Muy agradecidos con el maestro

In articulo mortis.

Últimos minutos de Alfonso Reyes, según César Benedicto Callejas

 Adolfo Castañón

 

I.

Aunque no se sabe cuándo y cómo el héroe homérico Ulises, dejó su cuerpo físico y rindió su último suspiro, se puede conjeturar que, en los momentos finales de su vida, repasó sus aventuras y, por así decir, se brindó a sí mismo una versión en miniatura de su propia odisea. César Benedicto Callejas ha dado a la estampa no hace mucho una obra titulada Los minutos de Ulises. El texto busca reconstruir a través de una narración tan ficticia como armoniosa los últimos momentos de un lector de Homero y acaso émulo del propio Ulises: Alfonso Reyes (1889-1959), el autor caudaloso y legendario cuyo nombre se estampa tantas veces en la ciudad de Monterrey que el crítico inglés George Steiner me preguntó cuando la visitó “¿quién diablos es Alfonso Reyes?”. Buena pregunta. Con toda seguridad Reyes se la hizo a lo largo de los alrededor 51,290 días o sea 70 años siete meses y 10 días que duró su longevidad que contrasta con las más de 13,000 páginas de sus Obras completas sin contar los por lo menos 50 volúmenes de correspondencia, los 7 del Diario y el baúl de asombros que todavía resguarda como un tesoro escondido la Capilla Alfonsina, custodiada por la admirada y admirable Alicia Reyes, maestra de generaciones y de este César al que hoy decimos: “Ave Callejas”.

II.

Alfonso Reyes murió a las 7:30 de la mañana del 27 de diciembre de 1959, según consta en el apunte hecho por su hijo Alfonso Reyes Mota ese mismo día, quince minutos después del fallecimiento. La última anotación asentada por el puño y letra de Alfonso Reyes Ochoa fue la del 25 de diciembre. Los editores del Diario, Fernando Curiel y Belém Clark, anotan que: “Los altibajos de la salud de don Alfonso se refleja en las variaciones de la letra manuscrita.” La última anotación asentada dice:

“Amanecí mal pero me compuse con medicinas Cesarman. Meche McGregor agradece por teléfono el artículo sobre Genaro [muerto el día 22 y sobre el cual Reyes escribió su último artículo ‘El férreo Genaro’: publicado en Excélsior] Fernando Benítez, el rey viejo me mataron” [T-VII, p. 774].

Podría imaginarse que los doce capítulos del monólogo a dos voces de Los minutos de Ulises de César Benedicto Callejas transcurren entre las horas contadas que van desde el 25 de diciembre en que Reyes escribió su último artículo hasta la fecha de su muerte. Esas horas postreras, esos minutos finales o terminales son el espacio literario en el que se mueve la narración. Dada la dimensión y la riqueza de la obra y la vida de Reyes hay que agradecerle a Callejas, a su musa y a sus editores que se hayan apiadado del lector y que no lo hayan castigado con una novela, proyecto historiográfico o biografía novelada al estilo monumental de las de Michael Holroyd sobre Lytton Strachey, la de Leon Edel sobre Henry James o bien la de Jean-Paul Sartre sobre Gustave Flaubert-El idiota de la familia.

III.

¿Y por qué estoy yo aquí? En diciembre de 1959, Adolfo Castañón, tenía 7 años. No conoció a Alfonso Reyes. Sin embargo, Jesús Castañón Rodríguez su padre, nacido en 1916, no sólo lo conoció, sino que tomó en 1942 el curso que dictó Reyes en ese invierno, según consta en el diploma que así lo acredita, fechado el 15 de febrero de 1942 con la  firma  del  Rector  Mario  de la  Cueva. Algunos amigos de don Jesús como José Rojas Garcidueñas, Manuel Calvillo o Ernesto Mejía Sánchez estuvieron cerca del autor de Visión de Anáhuac. Adolfo, Adolfito como dice Alicia, debe precisamente a Ernesto Mejía Sánchez, a José Luis Martínez, a Jaime García Terrés y a José Emilio Pacheco el haberlo guiado para llegar hasta aquí. Castañón también le debe su lectura de Alfonso Reyes a Carlos Monsiváis, Octavio Paz, Alejandro Rossi, Gabriel Zaid y a la propia Alicia Reyes el haberse adentrado más profundamente en este océano. A César Callejas y a la Universidad Autónoma de Nuevo León le debe Castañón el haberlo invitado a este acto de saludo en voz alta de Los minutos de Ulises.

IV.

Si siempre es bienvenido un nuevo libro sobre Alfonso Reyes, éste lo es quizá más pues encara las experiencias o vivencias, las vividuras que diría María Zambrano del regio-regio Reyes. Los minutos de Ulises es una máquina del tiempo o más bien un experimento, un laboratorio en marcha que aspira a condensar o a sintetizar en doce capítulos, doce horas la vida más que la obra del “inabarcable, y a veces, también invisible” gran abuelo para decirlo con las palabras que éste aplicó a su modelo poético, humano y político: J. W. Goethe.

V.

Con Los minutos de Ulises el escritor regiomontano Cesar Benedicto Callejas Hernández rinde tributo a su cuna al proponer una fantasía narrativa que consta de doce capítulos en 188 páginas. No es el primer libro del autor sobre Alfonso Reyes, antes había dado a la estampa Fosforo va al cine. Alfonso Reyes y la crítica cinematográfica. Las frases expedidas desde el escritorio de César Benedicto Callejas no se presentan como una biografía de Alfonso Reyes al estilo del ejemplar Genio y figura publicado por Alicia Reyes y muchas veces reeditado, ni de la tesis monumental de Paulette Patout Alfonso Reyes y Francia ni del estudio sobre Alfonso Reyes and Spain a los cuales debe no poco este ejercicio literario que por cierto tiene ciertas correspondencias con otro ensayo de aproximaciones biográficas de Fernando Curiel El cielo no se abre. Tampoco es la primera elaboración narrativa de que ha sido objeto el autor de Visión de  Anáhuac y la vida literaria que lo rodeó. Recuérdese, por ejemplo, la novela de Sealtiel Alatriste En defensa de la envidia. Calumnias de amor y sexo inspirada en la correspondencia de su tío abuelo Uriel Eduardo Alatriste. Ciertamente podría decirse que la recreación literaria de las vidas literarias está en el aire como consta por la novela de Elena Poniatowska Dos veces única sobre Guadalupe Marín, Lupe Marín, la esposa de Diego Rivera y de Jorge Cuesta.

VI.

Los momentos de Ulises arma una tensa cadena crónica en torno a los últimos momentos de Alfonso Reyes, antes de desfallecer el 27 de diciembre de 1959. La eternidad se juega en unos instantes en los que es posible recapitular la historia del universo como sabía Jorge Luis Borges, amigo de Reyes. La trama de Callejas se enfoca en esos momentos infinitamente divisibles que son los del articulo mortis, artículo abismal, vertiginoso instante en el curso del cual el sujeto ni está vivo del todo ni del todo muerto, inasible estado donde el ser y el ahí se fugan, intermitencia inconcebible y misteriosa que hace exclamar al Hijo en la cruz porque el Padre lo ha abandonado… Reyes por cierto tuvo presente al General Bernardo en sus últimos días.

VII.

La idea de recrear la vida de alguien a través de la evocación de sus minutos terminales recorre como un Lázaro fantasmal el cuerpo mismo de la literatura. Los ejemplos modernos van desde la narración de Thomas de Quincey, Los últimos días de Emmanuel Kant, los monólogos dramáticos del poeta Robert Browning hasta La última tentación de Nikos Kazantzakis, La muerte de Virgilio de Herman  Broch, El último mundo de Chrsitoph Ransmayr (Seix Barral, 1989) sobre la muerte de Ovidio  pasando por las novela de William Faulker, Mientras yo agonizoLa muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes o El general en su laberinto de Gabriel García Márquez o incluso el Guillaume le Marechal del historiador Georges Duby. El árbol de la tradición asiática da como frutos los breves poemas de despedida a la vida que dictan los monjes budistas Zen antes de desfallecer. Sean bienvenidos Los minutos de Ulises, vienen a añadirse al caudal de las obras con que los lectores de Alfonso Reyes enriquecen su memoria.

Los minutos de Ulises aspira a concentrar en su exposición una docena de estampas en torno a la vida supuestamente contada por un “sí mismo” que diría Paul Ricoeur. El libro podría haber sido presentado editorialmente como un Alfonso Reyes par lui même o por sí mismo a la manera de aquella colección francesa publicada en París por el sello de Seuil en la colección Microcosme y que por cierto fue parcialmente traducido en México por la Compañía General de Ediciones.

Los minutos de Ulises tiene una forma: no se da como una exposición impersonal en tercera persona desde un narrador neutro, tampoco como un monólogo de la conciencia desordenada al estilo del Ulyses de James Joyce; se brinda más bien como una lección forense pronunciada en vocativo, o sea, en segunda persona, de tú a tú, en el tú por tú, tan caro a cierta elocuencia latina. Esto plantea ciertas preguntas: ¿es posible aproximarse a un clásico desde adentro, como quería Ortega y Gasset al pedir un Goethe desde dentro, o como lo intentó con mayor fortuna el mismo Alfonso Reyes en su Trayectoria de Goethe? Parafraseando a Ortega y Gasset sobre Goethe, podríamos decir que “estamos un poco fatigados” de la estatua de Reyes. Por ese motivo, quizá Callejas ha intentado adentrarse o más bien aproximarse a Alfonso Reyes para tratar de restituir su itinerario, su hacer. En ese intento, se ha encontrado no tanto con un hacer como con las acciones de Reyes, con la estela de episodios y anécdotas que fue dejando su vida.  Desde luego ese gesto literario e incluso retórico está movido por la sana intención de buscar apoderarse o apropiarse, empoderarse para decirlo con una voz feminista. El gesto responde a un movimiento saludable y a un afán de instalarse no frente al objeto sino en su seno, desde dentro del sujeto elocutorio para poder decir desde ahí el armazón de las reconstrucciones propuestas. Responde desde luego este gesto al deseo de desmitificar al personaje, de bajarlo del altar o del pedestal, de hacerlo próximo, acariciarlo con el aliento y ponerlo, por así decir, en una primera persona o más bien en una segunda que resulta interpelada en este monólogo a dos voces. Como decía Reyes en la introducción a su Trayectoria de Goethe fechada el 12 de junio de 1954, esta inclinación de los que “han fingido un Goethe por dentro, que luego había de volcarse luego afuera, un jinete anterior a la cabalgadura” equivale en cierto modo a condenarlo a su propio destino consabido, lo cual implica para el lector una renuncia a esa incertidumbre del propio protagonista, en este caso Alfonso Reyes, que vivía su vida no como una leyenda sino quizá como una zozobra.

VIII.

¿Los minutos de Ulises finge una exposición biográfica que quizá podría subtitularse Alfonso Reyes desde adentro? Afortunadamente para él y para el lector, el abogado Callejas sólo ha caído en esta tentación de la biografía absoluta para salir por la otra puerta con un ejercicio literario, más próximo a una fantasía en el sentido musical de la palabra —a una fuga— que a un conjunto de juicios históricos, aunque en rigor la forma misma que él propone sea justamente la del tribunal de la conciencia. El recurso participa de lo teatral; la supuesta voz interior comporta sin duda no poco de forense sobre todo por sus enunciados en segunda persona, aunque aspira a ceñirse tan ajustadamente al sujeto en este infatigable tú por tú que en ocasiones corre el riesgo de estrangular su odisea en los meandros de la vida pública y política a la cual Reyes sin duda supo hurtarse tanto y tan bien a través de su Constancia poética. Por eso esta intimidad reformulada resulta más plausible, amena y agradable cuando se eleva o desciende al firmamento de la política de lo histórico y aún de la guerra. Cierto: Callejas no pierde el surco lírico y su libro es también un florilegio poético.

IX.

El recurso del vocativo sostenido e intenso o de la segunda persona ha sido empleado en la literatura mexicana en distintas ocasiones. Por ejemplo, en esa Crónica de un instante que es la ¿novela? fragmentaria de Salvador Elizondo: Farabeuf. Este deseo de apropiarse a un autor —en este caso Alfonso Reyes— por así decir en forma absoluta ya no tanto mirándolo a los ojos desde afuera, sino instalándose dentro de él casi como una facultad o potencia interior puede ser fecundo, pero también riesgoso. ¿Es posible disfrazarse de Alfonso Reyes? Cuando en 1969, a diez años de la muerte de don Alfonso, se puso en escena la opereta Landrú escrita por el regiomontano, Juan José Gurrola, el director, amigo de doña Manuela Mota de Reyes quien le había cedido una copia del manuscrito, se propuso disfrazarse de don Alfonso. La obra salió bien y fue un éxito, Gurrola era un buen actor y un buen director: pasaron la prueba la puesta en escena y la actuación. No sé si Cesar Benedito Callejas, el autor de Los minutos de Ulises logrará pasar la prueba, no de fuego sino de juego, es decir, si logra seguir el juego de Reyes, logra ser por un momento, ay, Alfonso Reyes. No lo creo. En cualquier caso, Alfonso Reyes sí logra pasar la prueba y saltar por encima de estos minutos para salir fortalecido. Los minutos de Ulises de César Benedicto Callejas asume honradamente los riesgos del tuteo, apenas amortiguados por los velos de la evocación homérica y helénica que arropan y pautan el libro con leves gasas textuales.  Véase el inicio del capítulo IV:

“De pronto lloras, Ulises, te consumes dejando ir el llanto por ambas mejillas, Como llora la esposa estrechando en el suelo al esposo que en lucha cayó ante los muros a vista del pueblo para salvar de ruina a su patria y sus hijos: le mira que se agita perdiendo el respiro con vómitos de muerte y abrazada con él grita y gime; la hueste contraria le golpea por detrás con las lanzas lo hombros y, al cabo, se la lleva cautiva a vivir en miseria y en pena con el rostro marchito de tanto dolor. Así, Ulises, de los ojos dejas caer un misérrimo llanto; ojalá París huera sido siempre para  ti noche de fiesta y de  Champagne rebosando en las copas, ojalá siempre hubiera sido el mercado de Les Halles, donde los pescados frescos, apilados en fantásticas pirámides servían de escenografía para el juego de la vida.”  (p. 78)

Lo minutos de Ulises se suma a los textos inspirados por la vida de este escritor y lector mexicano que además de dejar un conjunto macizo de obras particulares supo legar una escritura y, más todavía, una leyenda, una cosa legible que forma parte indisociable de la cultura hispánica y no sólo mexicana, gracias a la prodigiosa convivencia de poesía, ensayo, ficción, diarios, cartas. El título de esta fantasía es provocador: sugiere entre líneas que Alfonso Reyes es el Homero mexicano, es decir, el autor de una obra en verso y en prosa, que cabría ser comparada, toda geometría guardada, con el oceánico fantasma del griego. Callejas con su libro acaso busca salir al paso a un “eclipse de Reyes”, del mismo modo que éste buscó adelantarse con sus estudios al “eclipse de Goethe” denunciado por T.S. Eliot. El bibliotecario se limita a tomar nota.

X.

En la carátula de este reloj de horas vividas de Alfonso Reyes propuesto por el escritor César Benedicto Callejas destaca el encuentro con Victoriano Huerta —El Chacal como lo llamaban en clave Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña: ese momento de intensidad metálica es uno de los mejores tramos de esta composición:

“Esa fría mañana llegaste temprano, a Huerta había que hablarle muy de mañana, a las doce del día era ya demasiado tarde y estaría ya tan ebrio que la brutalidad se le habría subido a la cabeza y entonces hubiera sido completamente imposible entenderse con él. Desde que supiste que quería verte trataste de indagar todo cuanto fuera posible, te aventuraste a preguntar aún  a riesgo de parecer inoportuno o sospechosos y hasta equivocado; nadie sabía nada o nadie quiso decirte lo que sabía. ¿Qué sentimientos te despertaba Huerta?; primero antes de la desgracia, una sensación indefinible cuyos límites eran el desprecio y la indiferencia; después del golpe de Estado, repugnancia, asco y sobre todo miedo, mucho miedo. A partir de aquella primera cita, nunca, a pesar de los años que todavía pasaron nunca dejaste de sentir el miedo que te causó su primer ofrecimiento y todavía hoy, en el lugar donde te encuentras, libre de todo peligro, muriendo así, como lo estás haciendo, tranquila y serenamente sin ninguna amenaza, no deja de causarte temor y sorpresa que te pidiera ser su secretario particular; ¿así terminaban las cosas? Aunque no acepto tu primera negativa y te citó al día siguiente, a las seis de la mañana en el Colegio Militar de Popotla, sabías que tus horas en México estaban contadas; claro, eso si tenías suerte y salías vivo de la entrevista. Ese día los malos astros se eclipsaron; ante tu negativa reiterada, Huerta te llamó insolente, te dijo que tu postura se hacía insostenible. Y tú, Alfonso, el hombre que ya había emprendido sin retorno el camino de los libros, el joven padre y esposo que anhelaba vivir para darle a su hijo ese sueño secreto que te trajiste entre manos siempre y que hoy mismo abandonarás sin ver cumplido: construir un mundo donde, como querían los griegos, se conjugara lo bueno, lo hermoso y lo útil; tuviste que soportar la soberbia del poderoso y te atreviste a pedirle, como tabla  de salvación y acaso como ruta de expiación por la muerte de tu padre, el exilio honroso de la segunda Secretaría de la Legación en Francia. Te fue concedido, no podía el chacal permitir que anduviera por ahí alguien que pudiera presumir de haber rechazado uno de sus ofrecimientos. Tenías que marcharte pronto, no fuera ser que en uno de sus ataques de dipsómano trocara esa caricatura de magnanimidad por su auténtico rosto de asesino; no ibas a dejar que te mataran de bala perdida.

Descansa, Alfonso, mira que todo ha pasado ya, estás, solo, solos tú y tu conciencia con la que siempre te has llevado tan bien y con la que, para estar tranquilo, haces cuentas con el pasado. No lo intentes, no vale la pena, no te leventes, no mires al reloj que no ha querido marcar todavía el minuto veintidós. Así, respira despacio, hondo, con la misma serenidad y esperanza con las que una vez resignado, aspiraste el aire de Veracruz aquella mañana del once de agosto de mil novecientos trece, justo antes de embarcarte en el Espagne, del que tantos recuerdos tendrías en tantas épocas distintas de tu vida, para partir a un viaje que entonces no sabías cuánto duraría y que hoy lo sabe, te ocupó gran parte de tu vida; un viaje del que tal vez nunca pudiste volver del todo”.

 

Hasta aquí la cita del texto de Callejas. El párrafo sugiere el tono del texto. El momento del encuentro entre Alfonso Reyes y Victoriano Huerta, me parece crucial. Momento encrucijada, instante crucificado en el recuerdo. Aunque el joven Reyes tenía en mente una decisión, no era seguro que ésta se diese, ni que hubiese podido dominar la situación y salirse con la suya. Probablemente el recuerdo de ese episodio, desde el hipotético punto de vista del joven Reyes, hubiese podido ser algo más inquietante que la recreación presentada por Callejas. No sabemos si Reyes durmió la víspera. Tampoco qué pensó al salir. Sólo se puede suponer por los documentos escritos y publicados que la vida siguió su surco por la letra de molde…

XI.

Una fantasía narrativa, una novela, no es, insistamos en ello, un libro de historia ni tampoco una biografía rigurosa; de ahí que el lector no le pueda reclamar al autor que soslaye la presencia y acción de Pedro Henríquez Ureña en Argentina en los preparativos de la recepción intensa, fina y bien orquestada que hizo el dominicano para su amigo el embajador Alfonso Reyes, cuyas cartas se daba el lujo de leer en público, en los salones literarios de Nieves Gonnet de Rinaldini. Ese reproche solamente lo podría hacer un lector, un compañero de taller literario capaz de señalarle a su condiscípulo Callejas que quizá por falta de paciencia renunció sin saberlo a enriquecer su propio texto. El lector, consciente de que una novela no es una biografía tampoco sabría reprocharle al texto de Callejas, o más bien al narrador del texto de Callejas y no al autor de carne y hueso, la omisión del ascendiente de Juan Ramón Jiménez y Enrique Díez-Canedo con quienes Reyes compartiría tantas sabrosas aventuras literarias. Llama la atención del lector académico que en este libro, tan pulcramente editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León, no aparezcan mencionados dos géneros literarios que Alfonso Reyes practicó intensamente y que se encuentran relacionados entre sí y en los que, en cierto modo, se cristaliza y hace forma la dialéctica entre el YO y el TÚ que diría Martin Buber. Me refiero al Diario en proceso de publicación (7 tomos) y al Epistolario. Reyes es uno de los pocos escritores mexicanos que día a día durante décadas se desdobló, transitó de la primera persona en singular del YO vivido a esa otra primera persona del YO escrito, uno de los pocos que supo pasar del SÍ de la experiencia vivida al SÍ de la conciencia pensada y escrita para evocar a Paul Ricoeur. Reyes sostuvo correspondencia, es decir, practicó el TÚ durante casi toda su longevidad y se han publicado más de medio centenar de epistolarios. En esta recreación no aparecen mencionados ni el uno ni la otra. Tal vez esta omisión hace perder al libro en profundidad o, si se quiere en probabilidad. Hubiese sido interesante que César Benedicto Callejas se diese a sí mismo mayores libertades y que hubiese practicado en su gimnasio verbal una mayor intertextualidad entre la obra, el Diario y las correspondencias de y hacia Alfonso Reyes. No lo hizo, es cierto. Su libro resulta legible, no  tanto en  cuanto instrumento  histórico  sino  como elaboración  literaria.

Palabras de autor en la presentación de Los minutos de Ulises, de César Benedicto Callejas

Si no pudo acompañarnos, o si nos obsequió con su presencia y quiere conservarlas, aquí las palabras que pronuncié en la presentación del la Novela Los Minutos de Ulises, ayer en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México.

 

Quisiera comenzar con una frase que me parece icónica para designar los sentimientos que me llenan el día de hoy, como dijo María Zambrano: “para salir del laberinto de la perplejidad y del asombro, para hacerme visible y hasta reconocible, permitidme que recurra, una vez más a la palabra luminosa de la ofrenda: Gracias”

Muchas gracias a la Universidad Autónoma de Nuevo León y a su editorial y con ella a José Celso Garza Treviño, a Antonio Ramos sin cuya atingencia y buena voluntad este momento no sería posible.

A la Secretaría de Cultura y al Instituto Nacional de Bellas Artes por su difusión y acogida.

A Alicia Reyes que me reveló no solo la obra sino la vida de Alfonso Reyes.

A Tatiana Nogueira, a don Adolfo Castañón y a don Eduardo Langagne, por su presencia en este momento, su aprecio y amistad.

A Adriana Salmerón, mi esposa, que a estas alturas de la vida sabe mucho más de Alfonso Reyes a fuerza de soportar mis obsesiones.

A todos ustedes por su presencia y lectura.

Gracias.

Alfonso Reyes decía que su tarea de escritor se concretaba en una función básica de su existencia, como comer o dormir, que de muchas maneras escribir era la “válvula de su moral” y el refugio de su pensamiento. Harán ya unos buenos treinta años que crucé por primera vez la puerta de la Capilla Alfonsina, en ese momento, desde luego, no tenía idea que iba a cambiar mi vida por completo; harán pues tres décadas que la presencia de Reyes se ha vuelto un parámetro para medir mi compromiso con la vocación de escribir y un termómetro para consultar mi facultad de disfrutar de la vida y la cultura. Diez mil novecientos cincuenta días después, aquí estamos para hablar no sólo del escritor y el diplomático, sino del hombre.

Desde la primera vez que ocupé una silla como discípulo de Alicia Reyes en su taller de creación literaria, una cama que se ubica a escasos metros del escritorio donde don Alfonso escribió durante las últimas décadas de su vida, llamó mi atención; la imaginaba como el puente de mando de un barco que iba y venía de tierras remotas; después supe que, en efecto, Reyes había iniciado su viaje final en ese lugar. El destino de la novela estaba sellado.

Friedrich Nietzsche decía que no se le puede creer a alguien que se sienta y dice: “voy a escribir un libro”, porque los libros son depósitos de vivencias que uno se va encontrando, tamizando y expresando a lo largo de la vida; un buen día, cuando uno siente que el peso del texto, de la historia o de la reflexión es ya insoportable, el libro nace abandonando a su autor para vivir su propia vida; coleccionando escenas de la vida de don Alfonso, que se me figuraban salidas de un libro de intrigas de palacio, de novelas de la picaresca española y de historia de aventuras, pensé en el momento final del escritor, traté de colarme en su mente en ese momento y asentir con él el último sí, el de la partida. El resultado está ahora a la vista.

Existe una tradición en casi todas las culturas cuya veracidad no podemos corroborar pero de la que tenemos asomo cuando nuestra vida corre un peligro real y eminente: el que cree que va a morir mira su vida pasar en breves segundos; así, el sustrato de la historia estaba dado, como no quería hacer una biografía – para abonar la cuenta de los trabajos académicos sobre don Alfonso – sino una novela protagonizada por el propio Reyes – para ofrecer una lectura tan vital como fuera posible -, me aventuré a la narrativa en segunda persona, minuto a minuto Alfonso se enfrenta al recuerdo y como la muerte es descomposición del cuerpo y del pensamiento en la marcha a la purificación del alma, el viajero se va confundiendo con la personalidad y hechos de otro grande entre los itinerantes: el mítico Ulises.

Recordaría Reyes datos duros, análisis filológicos, no lo creí asi; recordaría sus trabajos y sus días, la grata compañía, la junta de sombras, trataría de aferrarse a la vida hasta que vencido se diera al viaje como en los primeros días, su búsqueda del placer en todas sus manifestaciones, sus relaciones con el arte y la comida, con el vino y las mujeres; consigo mismo y la más grande de las aficiones, la amistad.

Sus textos, tal vez no los más famosos, pero sí los más íntimos serían la moneda para pagar el peaje en la Laguna Estigia, en algún momento, por ejemplo, recordaría a alguna de las mujeres que lo marcaron en su vida:

Y así, soñando, te construiste ese mundo que, como el sol de Monterrey, viajó siempre contigo; así, soñando te hiciste de todo cuanto fue bueno y agradable para ti: el espíritu de la psicología de Proust, los vinos de Francia, – especialmente el Médoc – y la imagen y el recuerdo de Kikí de Montparnasse. De ella no logró engañarte el halo en que la envolvía la cercanía de Modigliani, de Soutine y de Kieslign, que era su atractivo para turistas, pero te embrujó su belleza morena de borgoñona casi española, su forma dulce de estar y de no estar, de disminuir juguetona el espacio para aniquilarse luego en esa autocontemplación que hacían de ella la modelo perfecta. El secreto que compartió contigo: haber trabajado como ayudante de un panadero durante la Gran Guerra cuando todos los jóvenes partían a las trincheras, la hacía a tus ojos tan apetecible como un bocadillo de crema; porque amaste los cuerpos Alfonso, tanto como los espíritus y las voces, amabas los cuerpos porque materializaban y daban vida y movimiento a todo aquello deseable que tenían las almas; nunca fuiste un ángel Alfonso, por más que fueras un hombre que bien entendía el llamado de lo divino, nunca te volviste místico, porque siempre fuiste humano, acaso terriblemente humano y así soñando, escribiste para Kikí:

Y ya que, de andar en harina

sin amores, sin amores ¿eh?

se enmascaraba de abajo arriba

y tan blanca como un pastel,

¡aquella vaga sensualidad

de salir y hacerse ver!

Y le pedía a la patrona

dos o tres encargos que hacer.

¡Maligna cosmética blanca

del tocador del marmitón!

La travesura se le asoma

por los ojos al balcón.

Y era, en la pena de París,

bajo el trueno gris de la guerra,

pan del cielo, y Alicia en tierra,

y entre los poetas, Kikí.

Las palabras de don Alfonso volverían a la vida en el paradójico instante de la muerte y a mí, como autor y como lector, me dejaría cubrir una deuda de gratitud que llevo igual que él, en el bolsillo del chaleco, para toda la vida.

Muchas gracias.

Imagginación

Meditación Divertida con Maggie

Disappearing Thoughts

clicks and clips

Tablaturas de mis pasos

Unas cuantas palabras y fotos para los lugares que me hacen feliz.

NOUS LES FEMMES

Aller au delà de nos limites à travers le monde. J'en suis capable, pourquoi pas toi? Pourquoi pas nous? Ensemble nous sommes invincibles "Je suis femme and i can".

Rosie Blog

A garden of wild thoughts. Feeling thoughts and dilemmas

Un Loco Anda Suelto

Entra en mi mente...déjame entrar en la tuya...

umaverma12

Inner-peace is necessary to overcome of all the pain.

El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

La poesía, eso decían

Como plasmar la idea natural.

Cynthia Briones

Letras en el mar.

Polisemia Revista cultural

En cada edición proponemos una palabra para indagar sus posibles significados desde distintas áreas.

www.casasgredos.com

Alojamientos rurales en Avila y Provincia. Tlf.920206204/ 685886664

A %d blogueros les gusta esto: