Palabras de autor en la presentación de Los minutos de Ulises, de César Benedicto Callejas

Si no pudo acompañarnos, o si nos obsequió con su presencia y quiere conservarlas, aquí las palabras que pronuncié en la presentación del la Novela Los Minutos de Ulises, ayer en el Palacio de las Bellas Artes de la Ciudad de México.

 

Quisiera comenzar con una frase que me parece icónica para designar los sentimientos que me llenan el día de hoy, como dijo María Zambrano: “para salir del laberinto de la perplejidad y del asombro, para hacerme visible y hasta reconocible, permitidme que recurra, una vez más a la palabra luminosa de la ofrenda: Gracias”

Muchas gracias a la Universidad Autónoma de Nuevo León y a su editorial y con ella a José Celso Garza Treviño, a Antonio Ramos sin cuya atingencia y buena voluntad este momento no sería posible.

A la Secretaría de Cultura y al Instituto Nacional de Bellas Artes por su difusión y acogida.

A Alicia Reyes que me reveló no solo la obra sino la vida de Alfonso Reyes.

A Tatiana Nogueira, a don Adolfo Castañón y a don Eduardo Langagne, por su presencia en este momento, su aprecio y amistad.

A Adriana Salmerón, mi esposa, que a estas alturas de la vida sabe mucho más de Alfonso Reyes a fuerza de soportar mis obsesiones.

A todos ustedes por su presencia y lectura.

Gracias.

Alfonso Reyes decía que su tarea de escritor se concretaba en una función básica de su existencia, como comer o dormir, que de muchas maneras escribir era la “válvula de su moral” y el refugio de su pensamiento. Harán ya unos buenos treinta años que crucé por primera vez la puerta de la Capilla Alfonsina, en ese momento, desde luego, no tenía idea que iba a cambiar mi vida por completo; harán pues tres décadas que la presencia de Reyes se ha vuelto un parámetro para medir mi compromiso con la vocación de escribir y un termómetro para consultar mi facultad de disfrutar de la vida y la cultura. Diez mil novecientos cincuenta días después, aquí estamos para hablar no sólo del escritor y el diplomático, sino del hombre.

Desde la primera vez que ocupé una silla como discípulo de Alicia Reyes en su taller de creación literaria, una cama que se ubica a escasos metros del escritorio donde don Alfonso escribió durante las últimas décadas de su vida, llamó mi atención; la imaginaba como el puente de mando de un barco que iba y venía de tierras remotas; después supe que, en efecto, Reyes había iniciado su viaje final en ese lugar. El destino de la novela estaba sellado.

Friedrich Nietzsche decía que no se le puede creer a alguien que se sienta y dice: “voy a escribir un libro”, porque los libros son depósitos de vivencias que uno se va encontrando, tamizando y expresando a lo largo de la vida; un buen día, cuando uno siente que el peso del texto, de la historia o de la reflexión es ya insoportable, el libro nace abandonando a su autor para vivir su propia vida; coleccionando escenas de la vida de don Alfonso, que se me figuraban salidas de un libro de intrigas de palacio, de novelas de la picaresca española y de historia de aventuras, pensé en el momento final del escritor, traté de colarme en su mente en ese momento y asentir con él el último sí, el de la partida. El resultado está ahora a la vista.

Existe una tradición en casi todas las culturas cuya veracidad no podemos corroborar pero de la que tenemos asomo cuando nuestra vida corre un peligro real y eminente: el que cree que va a morir mira su vida pasar en breves segundos; así, el sustrato de la historia estaba dado, como no quería hacer una biografía – para abonar la cuenta de los trabajos académicos sobre don Alfonso – sino una novela protagonizada por el propio Reyes – para ofrecer una lectura tan vital como fuera posible -, me aventuré a la narrativa en segunda persona, minuto a minuto Alfonso se enfrenta al recuerdo y como la muerte es descomposición del cuerpo y del pensamiento en la marcha a la purificación del alma, el viajero se va confundiendo con la personalidad y hechos de otro grande entre los itinerantes: el mítico Ulises.

Recordaría Reyes datos duros, análisis filológicos, no lo creí asi; recordaría sus trabajos y sus días, la grata compañía, la junta de sombras, trataría de aferrarse a la vida hasta que vencido se diera al viaje como en los primeros días, su búsqueda del placer en todas sus manifestaciones, sus relaciones con el arte y la comida, con el vino y las mujeres; consigo mismo y la más grande de las aficiones, la amistad.

Sus textos, tal vez no los más famosos, pero sí los más íntimos serían la moneda para pagar el peaje en la Laguna Estigia, en algún momento, por ejemplo, recordaría a alguna de las mujeres que lo marcaron en su vida:

Y así, soñando, te construiste ese mundo que, como el sol de Monterrey, viajó siempre contigo; así, soñando te hiciste de todo cuanto fue bueno y agradable para ti: el espíritu de la psicología de Proust, los vinos de Francia, – especialmente el Médoc – y la imagen y el recuerdo de Kikí de Montparnasse. De ella no logró engañarte el halo en que la envolvía la cercanía de Modigliani, de Soutine y de Kieslign, que era su atractivo para turistas, pero te embrujó su belleza morena de borgoñona casi española, su forma dulce de estar y de no estar, de disminuir juguetona el espacio para aniquilarse luego en esa autocontemplación que hacían de ella la modelo perfecta. El secreto que compartió contigo: haber trabajado como ayudante de un panadero durante la Gran Guerra cuando todos los jóvenes partían a las trincheras, la hacía a tus ojos tan apetecible como un bocadillo de crema; porque amaste los cuerpos Alfonso, tanto como los espíritus y las voces, amabas los cuerpos porque materializaban y daban vida y movimiento a todo aquello deseable que tenían las almas; nunca fuiste un ángel Alfonso, por más que fueras un hombre que bien entendía el llamado de lo divino, nunca te volviste místico, porque siempre fuiste humano, acaso terriblemente humano y así soñando, escribiste para Kikí:

Y ya que, de andar en harina

sin amores, sin amores ¿eh?

se enmascaraba de abajo arriba

y tan blanca como un pastel,

¡aquella vaga sensualidad

de salir y hacerse ver!

Y le pedía a la patrona

dos o tres encargos que hacer.

¡Maligna cosmética blanca

del tocador del marmitón!

La travesura se le asoma

por los ojos al balcón.

Y era, en la pena de París,

bajo el trueno gris de la guerra,

pan del cielo, y Alicia en tierra,

y entre los poetas, Kikí.

Las palabras de don Alfonso volverían a la vida en el paradójico instante de la muerte y a mí, como autor y como lector, me dejaría cubrir una deuda de gratitud que llevo igual que él, en el bolsillo del chaleco, para toda la vida.

Muchas gracias.