Palabras de Adolfo Castañón en la presentación de Los Minutos de Ulises, de César Benedicto Callejas

Gracias a la generosidad, bonhomía y gentileza de don Adolfo Castañón, ofrecemos a ustedes las palabras que pronunció en la presentación de la novela, Los Minutos de Ulises, el pasado 12 de octubre en el Palacio de Bellas Artes.

Muy agradecidos con el maestro

In articulo mortis.

Últimos minutos de Alfonso Reyes, según César Benedicto Callejas

 Adolfo Castañón

 

I.

Aunque no se sabe cuándo y cómo el héroe homérico Ulises, dejó su cuerpo físico y rindió su último suspiro, se puede conjeturar que, en los momentos finales de su vida, repasó sus aventuras y, por así decir, se brindó a sí mismo una versión en miniatura de su propia odisea. César Benedicto Callejas ha dado a la estampa no hace mucho una obra titulada Los minutos de Ulises. El texto busca reconstruir a través de una narración tan ficticia como armoniosa los últimos momentos de un lector de Homero y acaso émulo del propio Ulises: Alfonso Reyes (1889-1959), el autor caudaloso y legendario cuyo nombre se estampa tantas veces en la ciudad de Monterrey que el crítico inglés George Steiner me preguntó cuando la visitó “¿quién diablos es Alfonso Reyes?”. Buena pregunta. Con toda seguridad Reyes se la hizo a lo largo de los alrededor 51,290 días o sea 70 años siete meses y 10 días que duró su longevidad que contrasta con las más de 13,000 páginas de sus Obras completas sin contar los por lo menos 50 volúmenes de correspondencia, los 7 del Diario y el baúl de asombros que todavía resguarda como un tesoro escondido la Capilla Alfonsina, custodiada por la admirada y admirable Alicia Reyes, maestra de generaciones y de este César al que hoy decimos: “Ave Callejas”.

II.

Alfonso Reyes murió a las 7:30 de la mañana del 27 de diciembre de 1959, según consta en el apunte hecho por su hijo Alfonso Reyes Mota ese mismo día, quince minutos después del fallecimiento. La última anotación asentada por el puño y letra de Alfonso Reyes Ochoa fue la del 25 de diciembre. Los editores del Diario, Fernando Curiel y Belém Clark, anotan que: “Los altibajos de la salud de don Alfonso se refleja en las variaciones de la letra manuscrita.” La última anotación asentada dice:

“Amanecí mal pero me compuse con medicinas Cesarman. Meche McGregor agradece por teléfono el artículo sobre Genaro [muerto el día 22 y sobre el cual Reyes escribió su último artículo ‘El férreo Genaro’: publicado en Excélsior] Fernando Benítez, el rey viejo me mataron” [T-VII, p. 774].

Podría imaginarse que los doce capítulos del monólogo a dos voces de Los minutos de Ulises de César Benedicto Callejas transcurren entre las horas contadas que van desde el 25 de diciembre en que Reyes escribió su último artículo hasta la fecha de su muerte. Esas horas postreras, esos minutos finales o terminales son el espacio literario en el que se mueve la narración. Dada la dimensión y la riqueza de la obra y la vida de Reyes hay que agradecerle a Callejas, a su musa y a sus editores que se hayan apiadado del lector y que no lo hayan castigado con una novela, proyecto historiográfico o biografía novelada al estilo monumental de las de Michael Holroyd sobre Lytton Strachey, la de Leon Edel sobre Henry James o bien la de Jean-Paul Sartre sobre Gustave Flaubert-El idiota de la familia.

III.

¿Y por qué estoy yo aquí? En diciembre de 1959, Adolfo Castañón, tenía 7 años. No conoció a Alfonso Reyes. Sin embargo, Jesús Castañón Rodríguez su padre, nacido en 1916, no sólo lo conoció, sino que tomó en 1942 el curso que dictó Reyes en ese invierno, según consta en el diploma que así lo acredita, fechado el 15 de febrero de 1942 con la  firma  del  Rector  Mario  de la  Cueva. Algunos amigos de don Jesús como José Rojas Garcidueñas, Manuel Calvillo o Ernesto Mejía Sánchez estuvieron cerca del autor de Visión de Anáhuac. Adolfo, Adolfito como dice Alicia, debe precisamente a Ernesto Mejía Sánchez, a José Luis Martínez, a Jaime García Terrés y a José Emilio Pacheco el haberlo guiado para llegar hasta aquí. Castañón también le debe su lectura de Alfonso Reyes a Carlos Monsiváis, Octavio Paz, Alejandro Rossi, Gabriel Zaid y a la propia Alicia Reyes el haberse adentrado más profundamente en este océano. A César Callejas y a la Universidad Autónoma de Nuevo León le debe Castañón el haberlo invitado a este acto de saludo en voz alta de Los minutos de Ulises.

IV.

Si siempre es bienvenido un nuevo libro sobre Alfonso Reyes, éste lo es quizá más pues encara las experiencias o vivencias, las vividuras que diría María Zambrano del regio-regio Reyes. Los minutos de Ulises es una máquina del tiempo o más bien un experimento, un laboratorio en marcha que aspira a condensar o a sintetizar en doce capítulos, doce horas la vida más que la obra del “inabarcable, y a veces, también invisible” gran abuelo para decirlo con las palabras que éste aplicó a su modelo poético, humano y político: J. W. Goethe.

V.

Con Los minutos de Ulises el escritor regiomontano Cesar Benedicto Callejas Hernández rinde tributo a su cuna al proponer una fantasía narrativa que consta de doce capítulos en 188 páginas. No es el primer libro del autor sobre Alfonso Reyes, antes había dado a la estampa Fosforo va al cine. Alfonso Reyes y la crítica cinematográfica. Las frases expedidas desde el escritorio de César Benedicto Callejas no se presentan como una biografía de Alfonso Reyes al estilo del ejemplar Genio y figura publicado por Alicia Reyes y muchas veces reeditado, ni de la tesis monumental de Paulette Patout Alfonso Reyes y Francia ni del estudio sobre Alfonso Reyes and Spain a los cuales debe no poco este ejercicio literario que por cierto tiene ciertas correspondencias con otro ensayo de aproximaciones biográficas de Fernando Curiel El cielo no se abre. Tampoco es la primera elaboración narrativa de que ha sido objeto el autor de Visión de  Anáhuac y la vida literaria que lo rodeó. Recuérdese, por ejemplo, la novela de Sealtiel Alatriste En defensa de la envidia. Calumnias de amor y sexo inspirada en la correspondencia de su tío abuelo Uriel Eduardo Alatriste. Ciertamente podría decirse que la recreación literaria de las vidas literarias está en el aire como consta por la novela de Elena Poniatowska Dos veces única sobre Guadalupe Marín, Lupe Marín, la esposa de Diego Rivera y de Jorge Cuesta.

VI.

Los momentos de Ulises arma una tensa cadena crónica en torno a los últimos momentos de Alfonso Reyes, antes de desfallecer el 27 de diciembre de 1959. La eternidad se juega en unos instantes en los que es posible recapitular la historia del universo como sabía Jorge Luis Borges, amigo de Reyes. La trama de Callejas se enfoca en esos momentos infinitamente divisibles que son los del articulo mortis, artículo abismal, vertiginoso instante en el curso del cual el sujeto ni está vivo del todo ni del todo muerto, inasible estado donde el ser y el ahí se fugan, intermitencia inconcebible y misteriosa que hace exclamar al Hijo en la cruz porque el Padre lo ha abandonado… Reyes por cierto tuvo presente al General Bernardo en sus últimos días.

VII.

La idea de recrear la vida de alguien a través de la evocación de sus minutos terminales recorre como un Lázaro fantasmal el cuerpo mismo de la literatura. Los ejemplos modernos van desde la narración de Thomas de Quincey, Los últimos días de Emmanuel Kant, los monólogos dramáticos del poeta Robert Browning hasta La última tentación de Nikos Kazantzakis, La muerte de Virgilio de Herman  Broch, El último mundo de Chrsitoph Ransmayr (Seix Barral, 1989) sobre la muerte de Ovidio  pasando por las novela de William Faulker, Mientras yo agonizoLa muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes o El general en su laberinto de Gabriel García Márquez o incluso el Guillaume le Marechal del historiador Georges Duby. El árbol de la tradición asiática da como frutos los breves poemas de despedida a la vida que dictan los monjes budistas Zen antes de desfallecer. Sean bienvenidos Los minutos de Ulises, vienen a añadirse al caudal de las obras con que los lectores de Alfonso Reyes enriquecen su memoria.

Los minutos de Ulises aspira a concentrar en su exposición una docena de estampas en torno a la vida supuestamente contada por un “sí mismo” que diría Paul Ricoeur. El libro podría haber sido presentado editorialmente como un Alfonso Reyes par lui même o por sí mismo a la manera de aquella colección francesa publicada en París por el sello de Seuil en la colección Microcosme y que por cierto fue parcialmente traducido en México por la Compañía General de Ediciones.

Los minutos de Ulises tiene una forma: no se da como una exposición impersonal en tercera persona desde un narrador neutro, tampoco como un monólogo de la conciencia desordenada al estilo del Ulyses de James Joyce; se brinda más bien como una lección forense pronunciada en vocativo, o sea, en segunda persona, de tú a tú, en el tú por tú, tan caro a cierta elocuencia latina. Esto plantea ciertas preguntas: ¿es posible aproximarse a un clásico desde adentro, como quería Ortega y Gasset al pedir un Goethe desde dentro, o como lo intentó con mayor fortuna el mismo Alfonso Reyes en su Trayectoria de Goethe? Parafraseando a Ortega y Gasset sobre Goethe, podríamos decir que “estamos un poco fatigados” de la estatua de Reyes. Por ese motivo, quizá Callejas ha intentado adentrarse o más bien aproximarse a Alfonso Reyes para tratar de restituir su itinerario, su hacer. En ese intento, se ha encontrado no tanto con un hacer como con las acciones de Reyes, con la estela de episodios y anécdotas que fue dejando su vida.  Desde luego ese gesto literario e incluso retórico está movido por la sana intención de buscar apoderarse o apropiarse, empoderarse para decirlo con una voz feminista. El gesto responde a un movimiento saludable y a un afán de instalarse no frente al objeto sino en su seno, desde dentro del sujeto elocutorio para poder decir desde ahí el armazón de las reconstrucciones propuestas. Responde desde luego este gesto al deseo de desmitificar al personaje, de bajarlo del altar o del pedestal, de hacerlo próximo, acariciarlo con el aliento y ponerlo, por así decir, en una primera persona o más bien en una segunda que resulta interpelada en este monólogo a dos voces. Como decía Reyes en la introducción a su Trayectoria de Goethe fechada el 12 de junio de 1954, esta inclinación de los que “han fingido un Goethe por dentro, que luego había de volcarse luego afuera, un jinete anterior a la cabalgadura” equivale en cierto modo a condenarlo a su propio destino consabido, lo cual implica para el lector una renuncia a esa incertidumbre del propio protagonista, en este caso Alfonso Reyes, que vivía su vida no como una leyenda sino quizá como una zozobra.

VIII.

¿Los minutos de Ulises finge una exposición biográfica que quizá podría subtitularse Alfonso Reyes desde adentro? Afortunadamente para él y para el lector, el abogado Callejas sólo ha caído en esta tentación de la biografía absoluta para salir por la otra puerta con un ejercicio literario, más próximo a una fantasía en el sentido musical de la palabra —a una fuga— que a un conjunto de juicios históricos, aunque en rigor la forma misma que él propone sea justamente la del tribunal de la conciencia. El recurso participa de lo teatral; la supuesta voz interior comporta sin duda no poco de forense sobre todo por sus enunciados en segunda persona, aunque aspira a ceñirse tan ajustadamente al sujeto en este infatigable tú por tú que en ocasiones corre el riesgo de estrangular su odisea en los meandros de la vida pública y política a la cual Reyes sin duda supo hurtarse tanto y tan bien a través de su Constancia poética. Por eso esta intimidad reformulada resulta más plausible, amena y agradable cuando se eleva o desciende al firmamento de la política de lo histórico y aún de la guerra. Cierto: Callejas no pierde el surco lírico y su libro es también un florilegio poético.

IX.

El recurso del vocativo sostenido e intenso o de la segunda persona ha sido empleado en la literatura mexicana en distintas ocasiones. Por ejemplo, en esa Crónica de un instante que es la ¿novela? fragmentaria de Salvador Elizondo: Farabeuf. Este deseo de apropiarse a un autor —en este caso Alfonso Reyes— por así decir en forma absoluta ya no tanto mirándolo a los ojos desde afuera, sino instalándose dentro de él casi como una facultad o potencia interior puede ser fecundo, pero también riesgoso. ¿Es posible disfrazarse de Alfonso Reyes? Cuando en 1969, a diez años de la muerte de don Alfonso, se puso en escena la opereta Landrú escrita por el regiomontano, Juan José Gurrola, el director, amigo de doña Manuela Mota de Reyes quien le había cedido una copia del manuscrito, se propuso disfrazarse de don Alfonso. La obra salió bien y fue un éxito, Gurrola era un buen actor y un buen director: pasaron la prueba la puesta en escena y la actuación. No sé si Cesar Benedito Callejas, el autor de Los minutos de Ulises logrará pasar la prueba, no de fuego sino de juego, es decir, si logra seguir el juego de Reyes, logra ser por un momento, ay, Alfonso Reyes. No lo creo. En cualquier caso, Alfonso Reyes sí logra pasar la prueba y saltar por encima de estos minutos para salir fortalecido. Los minutos de Ulises de César Benedicto Callejas asume honradamente los riesgos del tuteo, apenas amortiguados por los velos de la evocación homérica y helénica que arropan y pautan el libro con leves gasas textuales.  Véase el inicio del capítulo IV:

“De pronto lloras, Ulises, te consumes dejando ir el llanto por ambas mejillas, Como llora la esposa estrechando en el suelo al esposo que en lucha cayó ante los muros a vista del pueblo para salvar de ruina a su patria y sus hijos: le mira que se agita perdiendo el respiro con vómitos de muerte y abrazada con él grita y gime; la hueste contraria le golpea por detrás con las lanzas lo hombros y, al cabo, se la lleva cautiva a vivir en miseria y en pena con el rostro marchito de tanto dolor. Así, Ulises, de los ojos dejas caer un misérrimo llanto; ojalá París huera sido siempre para  ti noche de fiesta y de  Champagne rebosando en las copas, ojalá siempre hubiera sido el mercado de Les Halles, donde los pescados frescos, apilados en fantásticas pirámides servían de escenografía para el juego de la vida.”  (p. 78)

Lo minutos de Ulises se suma a los textos inspirados por la vida de este escritor y lector mexicano que además de dejar un conjunto macizo de obras particulares supo legar una escritura y, más todavía, una leyenda, una cosa legible que forma parte indisociable de la cultura hispánica y no sólo mexicana, gracias a la prodigiosa convivencia de poesía, ensayo, ficción, diarios, cartas. El título de esta fantasía es provocador: sugiere entre líneas que Alfonso Reyes es el Homero mexicano, es decir, el autor de una obra en verso y en prosa, que cabría ser comparada, toda geometría guardada, con el oceánico fantasma del griego. Callejas con su libro acaso busca salir al paso a un “eclipse de Reyes”, del mismo modo que éste buscó adelantarse con sus estudios al “eclipse de Goethe” denunciado por T.S. Eliot. El bibliotecario se limita a tomar nota.

X.

En la carátula de este reloj de horas vividas de Alfonso Reyes propuesto por el escritor César Benedicto Callejas destaca el encuentro con Victoriano Huerta —El Chacal como lo llamaban en clave Alfonso Reyes y Pedro Henríquez Ureña: ese momento de intensidad metálica es uno de los mejores tramos de esta composición:

“Esa fría mañana llegaste temprano, a Huerta había que hablarle muy de mañana, a las doce del día era ya demasiado tarde y estaría ya tan ebrio que la brutalidad se le habría subido a la cabeza y entonces hubiera sido completamente imposible entenderse con él. Desde que supiste que quería verte trataste de indagar todo cuanto fuera posible, te aventuraste a preguntar aún  a riesgo de parecer inoportuno o sospechosos y hasta equivocado; nadie sabía nada o nadie quiso decirte lo que sabía. ¿Qué sentimientos te despertaba Huerta?; primero antes de la desgracia, una sensación indefinible cuyos límites eran el desprecio y la indiferencia; después del golpe de Estado, repugnancia, asco y sobre todo miedo, mucho miedo. A partir de aquella primera cita, nunca, a pesar de los años que todavía pasaron nunca dejaste de sentir el miedo que te causó su primer ofrecimiento y todavía hoy, en el lugar donde te encuentras, libre de todo peligro, muriendo así, como lo estás haciendo, tranquila y serenamente sin ninguna amenaza, no deja de causarte temor y sorpresa que te pidiera ser su secretario particular; ¿así terminaban las cosas? Aunque no acepto tu primera negativa y te citó al día siguiente, a las seis de la mañana en el Colegio Militar de Popotla, sabías que tus horas en México estaban contadas; claro, eso si tenías suerte y salías vivo de la entrevista. Ese día los malos astros se eclipsaron; ante tu negativa reiterada, Huerta te llamó insolente, te dijo que tu postura se hacía insostenible. Y tú, Alfonso, el hombre que ya había emprendido sin retorno el camino de los libros, el joven padre y esposo que anhelaba vivir para darle a su hijo ese sueño secreto que te trajiste entre manos siempre y que hoy mismo abandonarás sin ver cumplido: construir un mundo donde, como querían los griegos, se conjugara lo bueno, lo hermoso y lo útil; tuviste que soportar la soberbia del poderoso y te atreviste a pedirle, como tabla  de salvación y acaso como ruta de expiación por la muerte de tu padre, el exilio honroso de la segunda Secretaría de la Legación en Francia. Te fue concedido, no podía el chacal permitir que anduviera por ahí alguien que pudiera presumir de haber rechazado uno de sus ofrecimientos. Tenías que marcharte pronto, no fuera ser que en uno de sus ataques de dipsómano trocara esa caricatura de magnanimidad por su auténtico rosto de asesino; no ibas a dejar que te mataran de bala perdida.

Descansa, Alfonso, mira que todo ha pasado ya, estás, solo, solos tú y tu conciencia con la que siempre te has llevado tan bien y con la que, para estar tranquilo, haces cuentas con el pasado. No lo intentes, no vale la pena, no te leventes, no mires al reloj que no ha querido marcar todavía el minuto veintidós. Así, respira despacio, hondo, con la misma serenidad y esperanza con las que una vez resignado, aspiraste el aire de Veracruz aquella mañana del once de agosto de mil novecientos trece, justo antes de embarcarte en el Espagne, del que tantos recuerdos tendrías en tantas épocas distintas de tu vida, para partir a un viaje que entonces no sabías cuánto duraría y que hoy lo sabe, te ocupó gran parte de tu vida; un viaje del que tal vez nunca pudiste volver del todo”.

 

Hasta aquí la cita del texto de Callejas. El párrafo sugiere el tono del texto. El momento del encuentro entre Alfonso Reyes y Victoriano Huerta, me parece crucial. Momento encrucijada, instante crucificado en el recuerdo. Aunque el joven Reyes tenía en mente una decisión, no era seguro que ésta se diese, ni que hubiese podido dominar la situación y salirse con la suya. Probablemente el recuerdo de ese episodio, desde el hipotético punto de vista del joven Reyes, hubiese podido ser algo más inquietante que la recreación presentada por Callejas. No sabemos si Reyes durmió la víspera. Tampoco qué pensó al salir. Sólo se puede suponer por los documentos escritos y publicados que la vida siguió su surco por la letra de molde…

XI.

Una fantasía narrativa, una novela, no es, insistamos en ello, un libro de historia ni tampoco una biografía rigurosa; de ahí que el lector no le pueda reclamar al autor que soslaye la presencia y acción de Pedro Henríquez Ureña en Argentina en los preparativos de la recepción intensa, fina y bien orquestada que hizo el dominicano para su amigo el embajador Alfonso Reyes, cuyas cartas se daba el lujo de leer en público, en los salones literarios de Nieves Gonnet de Rinaldini. Ese reproche solamente lo podría hacer un lector, un compañero de taller literario capaz de señalarle a su condiscípulo Callejas que quizá por falta de paciencia renunció sin saberlo a enriquecer su propio texto. El lector, consciente de que una novela no es una biografía tampoco sabría reprocharle al texto de Callejas, o más bien al narrador del texto de Callejas y no al autor de carne y hueso, la omisión del ascendiente de Juan Ramón Jiménez y Enrique Díez-Canedo con quienes Reyes compartiría tantas sabrosas aventuras literarias. Llama la atención del lector académico que en este libro, tan pulcramente editado por la Universidad Autónoma de Nuevo León, no aparezcan mencionados dos géneros literarios que Alfonso Reyes practicó intensamente y que se encuentran relacionados entre sí y en los que, en cierto modo, se cristaliza y hace forma la dialéctica entre el YO y el TÚ que diría Martin Buber. Me refiero al Diario en proceso de publicación (7 tomos) y al Epistolario. Reyes es uno de los pocos escritores mexicanos que día a día durante décadas se desdobló, transitó de la primera persona en singular del YO vivido a esa otra primera persona del YO escrito, uno de los pocos que supo pasar del SÍ de la experiencia vivida al SÍ de la conciencia pensada y escrita para evocar a Paul Ricoeur. Reyes sostuvo correspondencia, es decir, practicó el TÚ durante casi toda su longevidad y se han publicado más de medio centenar de epistolarios. En esta recreación no aparecen mencionados ni el uno ni la otra. Tal vez esta omisión hace perder al libro en profundidad o, si se quiere en probabilidad. Hubiese sido interesante que César Benedicto Callejas se diese a sí mismo mayores libertades y que hubiese practicado en su gimnasio verbal una mayor intertextualidad entre la obra, el Diario y las correspondencias de y hacia Alfonso Reyes. No lo hizo, es cierto. Su libro resulta legible, no  tanto en  cuanto instrumento  histórico  sino  como elaboración  literaria.