Hubo un sueño llamado Sophiatown

(B.+W. 50th Book pg31.)

Al nacimiento del sistema de segregación del Apartheid quedaban algunos lugares habitados por africanos y británicos donde no se cumplían los mandatos de la ley; así, como suspendida en el tiempo, quedó Sophiatown, cerca de Johannesburg. Un pastor británico rebelde a la jerarquía afrikáner mantuvo la congregación de Sophiatown como un reducto racial en el que ls artes y, en particular la música cumplían una misión de cohesión social multiétnica y cosmopolita; convocados por el espíritu de la Misión del Pastor Hudleston, Makhalipile -el intrépido – como recuerda Carmen Márquez Bouza que lo llamaba la comunidad – llegaron para asentarse pintores y escritores, actores y muchos jazzistas que fundaron locales donde podía escucharse el mejor jazz del continente.

Sophiatown había sido fundada como una granja, su nombre fue el obsequio de Herman Tobianskhy a su esposa, en la medida que la granja se convirtió en barrio y que en él, como un raro olvido, la población africana no fue privada de su derecho a poseer una vivienda la población blanca, alentada por Hudleston, no quiso abandonar sus hogares y prefirió convivir con negros y mestizos, se fue creando un movimiento de resistencia la racismo y a la segregación en cuyo corazón, en los patios de las casas, y en las bodegas de los negocios floreció un estilo que, con los años iba a dar origen a la música africana moderna: el Marabi.

Nadie sabe a ciencia cierta cuál es el origen de la palabra Marabi, lo más aceptado es considerarlo una variación de Marabastad, un suburbio de Pretoria de donde eran originarios un buen número de los primeros músicos y urbanizadores que poblaron Sophiatown, pero en realidad nada se sabe con precisión salvo, tal vez, que un día había nacido una palabra que designaba los bailes y las noches interminables de jazz en los patios traseros de las casa donde, además de beber cerveza y mover los cuerpos, se encontraban los que fuera del barrio debían ser irreconciliables y ahí, en la intimidad de Sophiatown se entregaban a la liturgia del sonido y la danza; casi nada se puede afirmar de su comienzo sino que en algún momento el Marabi era un signo de identidad, una forma peculiar de aspirar a la libertad y de olvidar la represión que reinaba más allá del barrio.

Atraída tanto por el sueño de libertad como por la magia de su música, Makeba dirigió sus pasos a ese rincón aún olvidado por el odio y la exclusión. Cuando llegó, a comienzos de 1950, Sophiatown tenía ya quince años como capital de un nuevo estilo musical; los bailes del traspatio aún seguían y se mantendrían mientras que al barrio se le permitiera mantenerse con vida, pero los grupos, las rudimentarias orquestas, algunas con unos pocos elementos europeos, se habían mudado a locales entre cuyo encanto figuraba su estilo soterrado y un poco patibulario; también el jazz norteamericano había dejado ya sentir su influencia en la formación evolución del jazz africano; en la radio y en los discos sonaban Satchmo, Duke Ellington y Count Bessie; con ellos llegó también el cine musical hollywoodense que hizo su aparición marcando el gusto de los habitantes del barrio que se transformaba en un centro de cultura y de resistencia a la opresión; en 1943 se filmó Storm Weather – Morena oscura la llamaron en español – un musical con todo su elenco formado por actores, bailarines y músicos afroamericanos, dirigida por Andrew L. Stone, contó con el talento de Lena Horne, Bill Robinson, Cab Calloway y su entonces ya célebre Cotton Club Orchestra, el filme causó un enorme impacto en la población negra de Sudáfrica y contribuye a formar las bases de una identidad comunitaria sobre la base de la convivencia urbana y no sólo sobre la herencia tribal, lo mismo sucedió con Cabin in the Sky, del mismo año y dirigida por Vincent Minelli y protagonizada por Ethel Waters, Eddie Rochester Anderson y – una vez más – Lena Horne. Así entendida, esta nueva identidad permitió a los músicos locales desarrollar su propio estilo y evolucionar desde el ancestral marabú hacia un espacio musical creativo e interpretativo propio al que se llamó Tsaba-Tsaba, al que Mirmian se mantuvo fiel, de una manera u otra, a lo largo de toda su vida. Tsaba-Tsaba combinaba las melodías tradicionales de algunas tribus africanas y los ritmos de swing y el jazz americanos; se trataba de música proletaria y marginal destinada a bailar hasta el agotamiento como un bálsamo un anestésico contra la violencia a la que los africanos debían enfrentarse fuera del barrio.

Si la música había creado un fuerte sentido de unidad y de pertenencia, la literatura de Sophiatown presentaba rasgos más combativos y apelaba a la inteligencia de los lectores – blancos y negros – para aceptar y dialogar con esa exhibición del músculo intelectual de la comunidad africana; una de las bases dogmáticas del apartheid era la supuesta inferioridad intelectual de los africanos frente a los europeos y ofrecía como falsas comprobaciones empíricas – como sucedió con la pseudo ciencia étnica de los nazis – el hecho de que las tribus africanas no habían podido generar expresiones culturales sofisticadas y monumentales según los parámetros de la cultura occidental – omitiendo desde luego el análisis etnográfico y geográfico de su desarrollo histórico – y también que los nativos tampoco habían producido ningún producto cultural apreciable desde la llegada de los europeos aunque, según los teóricos del sistema segregacionista, ya disponían de todos los elementos modernos para crear arte y cultura como cualquier civilización superior del mundo – en ello también omitían que la exclusión, la miseria, la ignorancia y la violencia eran administrados de manera deliberada para impedir el desarrollo de la población negra y mestiza reduciéndola al más estricto régimen de sobre vivencia -. Todos estos hechos señalan el nexo paterno filial entre el nazismo y el régimen racista de Pretoria, si bien con algunas diferencias sustanciales; por una parte, el apartheid no puede considerarse como un sistema totalitario – fascista en estricto sentido, su perfil liberal abierto económicamente, aunque sólo para los blancos, distaba de las manipulación económica del nacional socialismo alemán; por otra, el apartheid no esta un sistema totalitario para ninguna de las etnias que coexistían bajo su dominio y aunque se basaba en la negación del principio de igualdad entre los individuos y entre los grupos humanos, estaba bajo la organización de un régimen constitucional de limitaciones y derechos; por último, el apartheid no se propuso en ningún momento el exterminio de la población negra pues la racionalidad de ambos sistemas criminales era distinta; el apartheid no podía prescindir de la población africana que superaba tres cuartas partes de la población total, tampoco podía suprimir un parado económico destinado a que aquella mayoría sometida produjera ingentes márgenes de riqueza para la minoría blanca a través del uso extensivo de mando de obra que bien podía considerarse gratuita, privada de cualquier derecho fundamental y que podía, en momentos críticos, ser extirpada mediante la ejecución ilegal o el asesinato callejero sin ningún tipo de consecuencia ética, política o jurídica; por eso, la actividad literaria de Sophiatown fue perseguida con vehemencia mientas que la música era más bien tolerada, el régimen de Pretoria no alcanzó a comprender el poder del discurso y resistencia de la música popular y de sus compositores e intérpretes; en cambio, los escritores fueron perseguidos como delincuentes comunes, trabajaron desde la clandestinidad y muy pronto fueron obligados a exiliarse. Para las autoridades, los escritores de Sophiatown eran criminales y se les acusaba de ser gestees y de perpetrar delitos violentos contra individuos europeos.

El sueño de Sophiatown fue, sin embargo, efímero; cuando en 1954 el apartheid tomó su forma definitiva dentro del marco legal sudafricano, Sophiatown se convirtió en uno de los primeros objetivos de los afrikaaners que se habían hecho con el poder absoluto; por un lado, al considerar al barrio como la muestra de la degradación moral y social a la que conducía la convivencia interétnica y, por el otro, al considerarlo también el ejemplo de lo que los anglos podían hacer en Sudáfrica si se les cedían algunas parcelas de poder aún fuera de las estructura del gobierno, el ejemplo de Huddleston era por completo inaceptable; en ambos casos la destrucción de la pequeña urbe debía ser ejemplar y aleccionadora. La ley establecía que entre los barrios blancos y los negros debían mediar quinientas yardas de terreno desierto; para lograrlo toda la población fue desalojada, a los blancos se les otorgaron varios días para reubicarse, a los negros se les expulsó en una especie de deportación hacia el oeste donde debieron edificaron barrio precario, sin servicios y desde luego sin música ni cultura; aquel South West Township fe conocido como Soweto y durante décadas fue el signo de la marginación, la violencia y el oprobio que prohijaba y nutría el régimen de la segregación.