El debut de Lupe Velez

Lupe Velez-1942

De regreso a casa la realidad se le vino encima; debía contribuir al sostenimiento de una familia en la que convivían Lupe, su madre, tres hermanas – Mercedes, Josefina y Reyna – y un hermano – Emigdio -; así, comenzó a trabajar como vendedora en alguna de las incipientes tiendas departamentales de la Ciudad de México; en ese ámbito descubrió dos cosas que incorporaría en su carácter, la capacidad de ganarse la vida sin el patrocinio de ningún hombre y el valor de su belleza. No se puede perder de vista que Lupe provenía de una pequeña ciudad provinciana donde su familia era muy conocida, que había pasado casi dos años interna en un colegio femenino y religioso y que a ello se reducía su conocimiento del mundo, así que expuesta a una ciudad que con todas sus limitaciones era la capital de la República y en un empleo en el que el encanto podía ser la clave del éxito, supo hasta dónde era importante ser dueña de su belleza y utilizarla como arma y bastión.

Muy pronto también, se dio cuenta que su salario no era suficiente para cubrir las necesidades de su familia; de alguna manera que no resulta del todo clara, su madre se las ingenió para que la célebre María Conesa recibiera a Lupe y a Josefina; la famosa tiple quedó prendada de Guadalupe y le ofreció que cantara en el intermedio de una de sus apariciones en el Teatro Principal. Del Palacio recuerda que en su debut había renunciado al apellido de su padre, en parte por los rencores naturales de la hija abandonada pero, sobre todo, porque Villalobos resultaba poco eufónico y demasiado largo para un nombre artístico. Al nacer Lupe Vélez tenía 17 años, medía 1.52 metros y apenas alcanzaba los cincuenta kilos de peso; con un vestuario viejo y hecho en casa – en 1929 declaró a Screen Gems que lo había creado a partir de retazos de ropa en desuso de su madre – sin haber cantado o bailado nunca en público pero armada con un cuerpo envidiable, una sonrisa pícara y encantadora, e impulsada por un hambre – real y simbólica – que rondaba la desesperación.

De alguna manera, Lupe tenía la extraña facultad de atraer circunstancias y sucesos que le permitían imponerse y que a la larga, fueron los ladrillos con los que construyó la fortaleza de su leyenda. El día de su estreno, presionado por algunas veteranas del entretenimiento, el Secretario del Sindicato de Actores quiso impedirle el paso al escenario pretextando que no podía, como novata, actuar en una presentación de la Conesa habiendo otras artistas más experimentadas que merecían mejor que ella, esa oportunidad  y, desde luego ese ingreso; así que Lupe, como lo haría siempre, calculó con inusitada rapidez sus posibilidades, confió en su intuición e ignoró al sindicalista y se dirigió al público suplicando una oportunidad; ante ese novedoso espectáculo, el respetable rugió a favor de la debutante y se lanzó contra el que pretendía privarlo de la grata presencia de Lupe y aunque aquello casi termina en motín, la jovencita tuvo que retirarse; el asedio de la prensa y de los habituales del Principal que eran muchos y algunos poderosos, duró varios días y terminó con una victoria para la Vélez que no sin recriminaciones y amonestaciones, había logrado no un permiso para actuar sino un contrato como tiple a la sombra de María Conesa. La nueva artista había comenzado su carrera como transgresora y había encontrado la fórmula de su éxito; había comenzado a ser dueña de sí misma.

Para su debut, la Conesa le había encargado, a sugerencia de la propia Lupe, que interpretara en inglés un shimmy que hacía furor entonces: “Charly, my boy”; la elección era perfecta; se trataba de una canción escrita por Gus Kahn y Ted Florito en 1924 y publicada en una partitura para voz y piano; su letra, fácil y pegajosa la hacía ideal aún para un público que no entendía media palabra en inglés.

Charly, my boy; oh, Charly, my boy

you thrill me, you chill me, with shivers of joy.

And when we dance, I read in your glance

Whole pages and ages of love and romance.

They tell me Romeo was some lover, too

But boy, he should have taken lessons from you.

Aunque Eddie Cantor la había grabado ese mismo año para la Columbia Records, Bill Murray tenía su propia versión con otra casa disquera, algo común en aquella época en la que los compositores actuaban como agentes libres que contrataban con distintos cantantes y orquestas así como con varias casas grabadoras en un mercado con una incipiente distribución y un público limitado pero hambriento – la versión de Murray resultaba más atractiva pues se prestaba más al baile y por lo tanto, al lucimiento de Lupe; la debutante siguió el modelo de Gilda Gray, “The Shimmy Queen”, una cantante y bailarina norteamericana, nativa de Cracovia, cuyo verdadero nombre era Marianna Mishalska y que causaba furor en Estados Unidos con el “shimmy”, un baile similar al Charleston y al fox-trot que se basaba en el frenético movimiento de las caderas y los hombros; Lupe había tenido conocimiento de Grey en su tiempo escolar en Texas y por las revistas del espectáculo a las que era muy aficionada, tenía un fonógrafo en el que reproducía su limitada colección de discos con los que ensayaba hipotéticas presentaciones; llegado el día de su debut, Lupe se presentó con un diminuto vestido de Charleston, acompañada de un ukulele que reventó una cuerda al segundo acorde; fiel a su instinto lanzó el instrumento tras bambalinas, dio la espalda al público y comenzó a moverse al estilo shimmy mientras entonaba su canción; de pronto, Vélez estaba sumida en una danza frenética, fuera de control, sensual y seductora; el público había enloquecido y la aclamó como si fuera una de las consagradas. La mezcla de la sensualidad de su cuerpo ofrecido al baile y la inocente expresión de su rostro la hicieron irresistible para hombres y mujeres; junto a las viejas reinas del espectáculo cuyos actos se repetían con pequeñas variaciones desde finales del siglo XIX y que habían saciado a un público que anhelaba nuevos rostros y nuevas expresiones, Lupe representaba sensaciones inéditas, había entrado al mundo del espectáculo con un estilo que perfeccionaría  a lo largo de su vida; sincero, abierto y al mismo tiempo, voraz, sensual y transgresor; la crisálida de la estrella que algún día llegaría a ser nació en aquella su primera temporada en el Principal; la leyenda cuenta que una noche tuvo que repetir su baile quince veces ante el enloquecido aplauso de un público que no dejaba de aclamarla.

La intuición de Lupe había resultado infalible. En aquella época, el mundo del espectáculo tenía sus bastiones en los conciertos de música popular, acompañados de bailes al aire libre, rigurosamente diferenciados por clases sociales, y por los jardines, plazas y salones donde se realizaban de los distintos rumbos de la Ciudad; poco antes del debut de la Vélez había abierto sus puertas el Salón México y el Salón Rojo. Otra fuente de entretenimiento eran las corridas de toros; en el mismo año en que debutó Lupe, anunció su retiro el célebre Rodolfo Gaona, dejaba una cauda de toreros que atraían multitudes y eran auténticos héroes e ídolos populares como Fermín Mendoza, Armillita; Joaquín Rodríguez, Cagancho; David Liceaga, Alberto Balderas, Lorenzo Garza, Luis Castro y José González, Carnicerito; en la misma época la popularidad de la fiesta brava había permitido que fueran construidas nuevas plazas en la Ciudad de México de modo que los carteles competían tanto en matadores como en ganaderías para ofrecer los mejores espectáculos; la Plaza Chapultepec “La Lidia”, homónima de una anterior derruida en 1908, tenía capacidad para 10,000 personas, fue el hogar de los triunfos de José García Rodríguez, Alcalareño y el lugar de formación de Pepe Ortiz; la plaza “Circo México”, tenía un aforo de 6,000 localidades, ubicada en el histórico barrio de Tepito, unos años después, migró hacia el box y a la lucha libre; la “Merced Gómez” tenía capacidad para 10,000 taurinos y en su arena se educaron en el arte matadores como Carmelo Pérez, el Soldado; Heriberto García, Félix Guzmán, Carnicero; David Liceaga, Silverio Pérez y Luciano Contreras; más pequeña era la plaza “La Rosa”, con carteles más modestos y precios más accesibles para acoger 6,000 personas y se ubicaba en Tacuba. Pero el auténtico imperio taurino tenía su sede en el Toreo de la Condesa, inaugurado en 1906 con capacidad para 20,000 espectadores y donde se escribieron las páginas más memorables de la tauromaquia en la capital antes de la inauguración de la Plaza México.

A esta variedad de opciones debe añadirse un nuevo género de espectáculo que florecería hasta la década de 1940 pero que en la de 1920 ya comenzaba a preocupar al teatro de revista y a la zarzuela: el cabaret. Era natural, en un escenario así, que los empresarios teatrales se esmeraran en renovar su repertorio y encontrar opciones con las cuales competir en el arduo mercado del entretenimiento, abriendo una guerra campal entre los diferentes teatros. En el año del debut de Lupe, el Teatro Esperanza Iris trajo de París un espectáculo revolucionario: el Bataclán de Madame Rasimi, que poco antes había triunfado en Buenos Aires y tenía en su elenco parisino a Maurice Chevalier, Madame Dubas, Raismu, Cécile Sorel y Mistinguetti; mientras que en la capital argentina había encumbrado a Tita Merello, Carmen Lamas, Iris Marza y Consuelo Mayandía. En México el Bataclán no incluía actrices o bailarinas mexicanas, únicamente francesas, que danzaban y hacían pasarela sin medias y parcialmente desnudas, la respuesta del público fue enloquecida y la contraofensiva del Principal no podía esperar y ofrecieron dos propuestas: “Mexican Rataplán” y “No lo tapes”, ambas en tono de sátira y ambas también protagonizadas por Lupe Vélez, que lucía vestuarios espectaculares y cantaba tonadas subidas de tono mientras recurría a bailes aún más provocativos que su primer shimmy; una vez más, en unos cuantos meses, había alcanzado un éxito inusitado; de esta manera, se enfrentó presentando propuestas novedosas, a la tiples consagradas como Celia Padilla que había debutado dos años antes; Celia Montalbán con siete años más de experiencia  y que trabajó con ella en el “Rataplán” y Delia Magaña, coetánea de Lupe, había debutado dos años antes luego de una carrera de bailarina de reparto, también había participado en el Rataplán y como Lupe, emigró a Hollywood de donde tuvo que volver al no poder adaptarse. La Vélez había cambiado el rostro del espectáculo en México.

A una velocidad inimaginable Lupe integraba los elementos de su personalidad,  fue aquel un proceso educativo intenso en el que aflorarían los rasgos de su estilo; al mismo tiempo comenzó a tener conciencia del poder que constituía su atractivo y de como su conducta provocativa y a contracorriente despertaba la admiración del público y de algunos hombres en particular; muy pronto cosechó la devoción de hombres como José Gorostiza; Rufino Tamayo recordaba que en aquella época se reunía con Salvador Novo, el propio Gorostiza, Villaurrutia y Torres Bodet para juntos ir al Lírico a admirar a Lupe y que todos ellos en un carnaval creativo, escribieron “Café Negro”, una obra teatral para la que Tamayo hizo la escenografía y Gorostiza tradujo una canción llamada Rose Marie. Pero Gorostiza no era el tipo de hombre que atrajera a Lupe aunque su capacidad intelectual la deslumbraba; de la cohorte de Gorostiza surgieron otros devotos de la belleza de Lupe como Ponciano Guerrero, Renato Leduc, Juan Bustillo Oro, Jesús Flores Aguirre, José Valenzuela Rodríguez y Ermilo Abreu Gómez, todos ellos miembros de la segunda generación del Ateneo de la Juventud y algunos de la generación de los Contemporáneos. Jules Ettiéne recuerda como el 30 de agosto de 1925 publicaron un manifiesto sobre su culto a Lupe:

Lupe Vélez

Pequeña coribante de núbiles caderas

maravillosamente capciosas, como el jazz;

tú enseñas a los hombres las Fórmulas Primeras

con tus piernas exactas y finas de compás.

Tu cuerpo en que la gracia se vuelve hiperestesia

-Oh, flapper, arquetipo de un libro de Platón-

tu cuerpo hubiera sido la flor del Satyricón…

Sintéticas manzanas del árbol de la Ciencia

tus senos, deleznables como una sugerencia,

transforman en pecado la rígida virtud…

Los hombres te perdonan el mal que les hiciste

con tal que tú les digas de que país viniste:

¿Hawaii o Samarkanda? ¿París o Hollywood?”