Grecia de mujeres y diosas

Ten siempre en la mente a Ítaca

Kavafis

Medea, hija de Eetes, el Rey de Cólquide y de la ninfa Idía, hija de Océano; Circe, hija de Helios, titán preolímpico, y de la océanida Perseis, hermana de Eetes, tía de Medea, hermana también de Pasifae; Calipso, hija de Atlas, que se apoderó de Ulises al que sedujo y agasajó por siete años Y al que no pudo poseer para siempre, porque el tuvo constante en mente a Itaca. María Amalia Merkouris, nieta de Spyros y Stamatis Merkoúris, artista de talento, exiliada durante la dictadura, parlamentaria, ministra de cultura y precursora de la devolución de las esculturas del Partenón de Atenas; ella como Ulises siempre tuvo en la mente a Itaca. Todas ellas mujeres de una cultura tan antigua como la civilización; todas ellas imbatibles, dueñas de si mismas, todas ellas constructoras de la grandeza de Grecia.

La historia de María Amalia Mercury, Melina Mercury para el mundo, comenzó hace 2500 años. Pericles, el rodeado de gloria, había vencido a los persas a los 26 años; a los 54 había acumulado todo el poder de Atenas reunión toda la riqueza para crear las obras más opulentas de la cultura occidental. La cuna de todo lo que consideramos hermoso; los Propíleos, la Acrópolis de Atenas, la escultura de Atenea Promacos Y de entre de ellos, el Partenón. El templo en un exvoto, el agradecimiento de su pueblo por una victoria que parecía imposible; el combate, más que dos pueblos, de dos maneras de comprender la vida del universo; aquella montaña que domina Atenas es, así, la lámpara votiva no de la antigua Grecia sino de toda nuestra cultura.

En el año 447 a. C., Pericles hizo traer del monte Pentélico, a kilómetros de distancia Noreste de Atenas Y al sureste del maratón, Y donde, aún hoy se tiene un precioso mármol blanco con el que se restaura el Acrópolis. Su materiales de una blancura uniforme tan perfecta que luce dorada cuando el sol poniente le ilumine, desde tiempo inmemoriales fue consagrado a crear el arte de imperecedera belleza; nuestra propina de perfección humana hermana de aquellos 2170m², se elevan en nuestro imaginario colectivo desde los  once metros de sus columnas. A las órdenes del político y militar estuvieron los más grandes artistas de su época, los arquitectos Ictinio y Calícrates, arquitectos cuyo trabajo es hoy, como entonces, nuestro modelo de armonía y perfecta proporción; Fidias, epónimo de los escultores, creador de los frisos y capiteles, de miles de estatuas y, de entre ellas, la colosal imagen de Atenea Partenos, con sus trece metros en marfil y oro que más de dos milenios después, desaparecida para siempre, es la idea que conservamos de la belleza y la riqueza.

La propia concepción del centro ceremonial es la semilla de la idea occidental de cultura y civilización, toda la belleza puesta servicio de lo que podemos llamar los bienes superiores, aquellos que solo en común se desean y solo en común se alcanzan, aquellos que consideramos sagrados pero que son tan frágiles que merecen todo nuestro cuidado y protección, nos queremos hacer constar emolumentos inscripciones, en leyes y novelas, los que creemos necesarios de generación en generación desde hace miles de años. El templo principal estaba consagrado al más querido de sus valores, aquel que nos permite admirar, contemplar y comprender todos los demás, la inteligencia. La colina de Acrópolis, la ciudad toda y su templo eran en el hogar de Atenea Partenos, la pura, la virgen; la principal de sus advocaciones.

Los occidentales tenemos una peculiar relación con inteligencia, la adoramos y admiramos, también la tenemos y a veces la repudiamos pero siempre consideramos como una de las características que nos hacen humanos; casi podríamos afirmar que procuramos cierto cariño pues vemos en ella la gracia de la contemplación, la sabiduría de la adaptación Y el poder de acción. La representación de Atenea es una muestra de cómo los occidentales nos relacionamos con el pensamiento; es de la escultura griega de donde nace la concepción occidental del arte en tres dimensiones, rompió la rigidez e inmovilidad del canon egipcio y babilónico; en su ciudad – nos recuerda Alfonso Reyes – Atenea abre los ojos y “arriesgó un discreto paso con el pie izquierdo y ensayó una sonrisa”; al decir que inteligencia nos sonríe queremos decir tanto como que podemos dominar el universo. La historia de la diosa es terrible nos lleva hasta antes de comenzar el camino por el cual las mujeres perdieron la parte del poder y comenzaron la larguísima noche la cual se perciben ya los albores pero que aún termina; para los griegos la inteligencia es una mujer.

Atenea era la hija de Zeus, el más grande poderoso de todos los dioses, la gente de su primera esposa, Metis – la prudencia pero también la intriga, digamos, las funciones más primitivas del pensamiento – a la que el padre de los dioses devoró mientras gestaba a su hija. Llegado el tiempo del alumbramiento el padre comenzó experimentar atroces dolores de cabeza que lo haría sentir un pequeño esbozo de la condición humana, por lo que tuvo que pedir a Hefestos que partiera su frente con una hacha de donde nació la diosa adulta y con arreos guerreros. Atenea era una diosa armada, reverenciada y querida dulcemente por su pueblo; Homero le llama Palas – la joven – la ojizarca que es también ojos de búho y miles de años después – también lo trae a cuento Alfonso Reyes – Ruskin la invoca diciendo “una Atenea en el cielo, una Atenea en la tierra y una Atenea en el corazón”. Se trata de la deidad a la que se debe toda protección en cada momento, no es diosa de la guerra – porque la guerra por sí misma es irracional Y aunque lo sabemos desde hace milenios la seguimos practicando – pero siempre esta vestida como una guerrera y jamás se la puede ver sin su casco, su lanza y su escudo porque la inteligencia nos protege. Atenea es la batalladora que administra las presas ganadas en batalla, a ella recurre su padre, según la Ilíada, para expulsar a Ares como una metáfora del poder superior de la razón sobre la fuerza. Los atenienses amaban a Atenea porque, para ganarse patronazgo de la ciudad la diosa del regaló uno de los dones más preciados para aquel pueblo y para nuestra cultura: el olivo, del cual tomamos el amargo placer del aceituna, el aceite que es óleo de consagrar y el ramo que es símbolo universal de la paz y la gloria. A diferencia de otros dioses Atenea se conduele de los humanos, los entiende y goza de su compañía por eso desciende del Olimpo en amable coloquio con Aquiles Y Diómedes y guarda especial cariño por Ulises al que acompaña, en forma de golondrina, en la matanza de los pretendientes e impone silencio a las tropas para que presten atención a su arenga. Como guerrera comprensiva, su templo en Egea era casa de refugio político y en Éfeso hospicio para los esclavos heridos.

Andando los siglos el Partenón no conservo su carácter sagrado y aún hoy, cuando los dioses se han marchado, la Acrópolis y su templo principal siguen cubiertos por un aura solemne y devocional que hemos guardado lo más profundo de nuestro corazón; en 394 Teodosio declara el cristianismo como religión oficial del imperio, en consecuencia suprimió los Juegos Olímpicos de tradición milenaria, arrasó el oráculo de Delfos y prohibió el culto en los templos paganos; el Partenón entra en una primera aunque breve etapa de abandono, las manos del buen pueblo de Atenas, sin embargo, se niegan a olvidar su casa y procura su cuidado, carece ya de culto pero se conserva intacto; el furor cristiano, por otra parte, acometa contra el arte y la belleza del templo y muchas de sus obras son destruidas o robadas; de aquella época es la última noticia que se tiene de la colosal escultura de Atenea Partenos