El libro nuestro de cada martes: Hojas de Hierba, de Walt Withman

No pretendo que nos desentendamos del momento histórico, hay que estar atentos de lo que sucede en el mundo, en particular en Estados Unidos; hay algo ahí que no está marchando bien y es el desdecirse de una larguísima tradición cultural, humanista y liberal que llevó a esa Nación mucho más lejos de lo que sus fundadores pudieron imaginar. Más allá de las coyunturas políticas, el dilema es si Estados Unidos destruirá su legado negándose a sí misma.

Hay una Norteamérica distinta a la que se nos presenta hoy, desequilibrada y rabiosa; una de puertas abiertas, de entendimiento e inteligencia; una que soñó con la libertad y con el derecho de todos a la felicidad. A esa es a la Norteamérica a la que cantaron hombres como Walt Withman y Henry David Thoreau; es la de escritores gigantescos como Hemingway y como Capote, como Poe y como Faulkner. Un país que miraba hacia el sur y hacia otros países buscando sus propias raíces. Esa Nación es la que hay que honrar y mantener viva en la memoria mientras pasa la sombra de Donald Trump.

Claro que en el mundo estamos preocupados, pero deben estarlo más dentro de los Estados Unidos, no sólo por el terrible momento político que viven, sino por el mantenimiento de los ideales que pese a todos los momentos históricos difíciles, al imperialismo y al autoritarismo permitía la existencia de personas como Martin Luther King o como Maya Angelou.

En 1855 Walt Withman dio a la imprenta sus Hojas de Hierba, además de su belleza monumental, es un canto por la grandeza de la condición humana y por la esperanza de su tierra en un futuro para todos, algo que no debemos olvidar antes de caer en la histeria y el odio; en una de sus principales partes, El Canto a mi mismo, dice:

Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también. 
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
para ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también. 
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta. 
Y con mi aliento puro
comienzo a cantar hoy
y no terminaré mi canto hasta que muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos.
Atrás. A su sitio.
Sé cuál es su misión y no la olvidaré;
que nadie la olvide.
Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,
dejo hablar a todos sin restricción,
y abro de para en par las puertas a la energía original de la naturaleza 
desenfrenada.

Hay que añadir que esta es una traducción de León Felipe, poeta con el que mantuvo un diálogo creativo que trascendió al tiempo.

Leer Hojas de Hierba es ahora tanto una sensación estética de enorme belleza, como una obligación moral.

En 1989, año de una tensión histórica mundial que sobrevivimos como sobreviviremos a esta, Peter Weir, filmó la Sociedad de los Poetas Muertos, en cuya base estaba el poema que  Withman dedicó a Lincoln y que es una de las joyas de la literatura universal:

¡Oh, capitán! ¡mi capitán! nuestro terrible viaje ha terminado,
el barco ha sobrevivido a todos los escollos,
hemos ganado el premio que anhelábamos,
el puerto está cerca, oigo las campanas, el pueblo entero regocijado,
mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
¡oh rojas gotas que caen,
allí donde mi capitán yace, frío y muerto!

Esta es la parte genial de esa película:

 

Una estupenda edición es la bilingüe que ofrece Galaxia Gutenberg:

http://www.galaxiagutenberg.com/libros/hojas-de-hierba.aspx

Yoyes, la mujer que dirigió ETA. Los primeros pasos

María Dolores nació el 14 de mayo de 1954; era viernes, Luis ya tenía un hijo, al final fueron nueve como se usaba en las familias de aquella época; me acuerdo que era viernes por la cantidad de amigos que nos reunimos en su casa para dar la bienvenida a la cría y de la fecha también me acuerdo con precisión porque Yoyes tenía ocho años cuando en el día de su cumpleaños se casó el rey Juan Carlos con la Reina Sofía, así que, en adelante, cada aniversario de la niña le preguntaba a Luis si iba a festejar otra vez el aniversario nupcial del Borbón; y claro, el chiste no le hacía ninguna gracia; los González eran una familia muy conocida, durante décadas tuvieron una tienda muy popular y eran apreciados por muchos, por eso, sobre todo por eso, el asesinato de Yoyes fue tan doloroso para el pueblo.

Dolores, de muchas maneras era una chica distinta de las de su edad y no sólo por el aspecto político, su hermano también estaba relacionado con ETA, tampoco porque fuera valiente o arriesgada, muchos la recodarán más bien como una chica tranquila pero tenía siempre en mente una particular sensación de querer ayudar, como si servir fuera su vocación; en algún momento los amigos de la familia pensamos que iba a entrar en religión; ensimismada y discreta lo fue siempre; claro, eso le facilitó su ingreso en la banda; de hecho me acuerdo bien cómo aún siendo una cría de quince o dieciséis años comenzó a interesarse en la izquierda del movimiento, abertzale como se le llama, nuestro nacionalismo radical de izquierdas por oposición al conservador, de derechas y más bien tradicionalista; Yoyes pudo haberse interesado tanto porque era algo que se respiraba en su familia, por la influencia de los curas obreros que en aquella época los teníamos un poco por aquí, pero cada vez me convenzo más que Yoyes buscaba darle un sentido, ¿cómo decirlo?, superior a su existencia, a su vida y como para nosotros Euskadi es parte fundamental de nuestro ser como individuos y como comunidad, pues ahí encontró algo muy íntimo que estaba buscando, creo yo; fue en aquel tiempo cuando comenzó a involucrarse con los nacionalistas, primero de manera abierta pero legal; a veces iba a nuestra casa para hablar con mis hijas, no diría que las aleccionaba, más bien les contaba sus sueños, sus deseos, imaginaba que teníamos un país propio donde, a diferencia de la España en la que entonces en realidad vivíamos, un Euskadi sin privilegios, dictadura, desaparecidos y todo aquello con que Franquito nos obsequiaba cada día; si no es extraño que haya nacido, en esas circunstancias, un engendro como ETA; no quisiera que se confunda, pero era natural que los más jóvenes, en particular los que no vivieron la guerra o que los pillara siendo aún muy pequeños, se hartaran más rápido que quienes sí que la vimos y aprendimos a vivir con el miedo dentro de los huesos, si a eso se le añade toda la situación de las dictaduras en América y las independencias en África y en Asia, pues el cóctel era de lo más explosivo. Ahora, tampoco hay que olvidar que eran terroristas y no guerrilleros; vaya, no quiero que piense que se los veía como héroes o como revolucionarios, las cosas como son y eso es lo que eran, lo mismo Yoyes que tuvo lo suyo claro, pero que tampoco se merecía que la mataran así, de la mano de su hijo y cuando ella se había rendido y ya estaba haciendo otra vida.

Mire, cuando surgió ETA Yoyes tendría unos nueve años, así que cuando se convirtió en la mujer que muchos conocieron, la banda había dejado de ser un movimiento libertario o revolucionario, si así lo prefiere, se habían convertido en una banda asesina que, sin la represión, no entendían las reglas de la democracia; si todo fue una especie de larga decadencia; Ekin, la organización de donde nacieron, era una asociación cultural y mire dónde fueron a parar. Ya le digo, una de las cosas que no pudieron entender es porqué los vascos y los demás españoles no los recibieron como en Cuba a los barbudos; hicieron su propia guerra y fue la violencia la que los devoró sin que pudieran ni quisieran evitarlo; fueron muy machos, por eso Yoyes les estorbaba, era mujer y era madre.

Las cosas cambiaron cuando Yoyes salió de casa para estudiar magisterio en Donostia; en cierta manera, la libertad que garantizaba la ciudad, aún en la España de Franco, le permitió relacionarse con otros chicos con los que compartía ideas y que estaban más adoctrinados que ella, lejos de la vigilancia de su familia podía adentrarse y comprometerse con la organización, aunque no lo pueda creer, algunas escuelas como Magisterio estaban muy politizadas y con el ingenio y el valor de los chicos, desarrollaron redes de clandestinos muy efectivas. Con Dolores pasó que tenía una vena pasional muy encendida, verá, había en ella, como ya le dije, una necesidad y un impulso de entrega muy poderoso; así que no dudo que en ETA fuera muy pronto reconocida como un elemento eficaz y seguro; además, como a los diecinueve años le vino el amor y se hizo novia de un chico como tres años mayor que ella, José Echevarría se llamaba, algún día lo trajo de visita y a todos nos pareció un chaval agradable aunque un tanto reservado; cuando a Echevarría, que le llamaban Beltza, le ocurrió su desgracia fue cuando la familia y los amigos nos dimos cuenta que Yoyes ya iba demasiado lejos en lo de sus ideas abertzale. El 28 de noviembre de 1973 al pobre muchacho le estalló en las manos una bomba que debía colocar en algún lugar; ya ve usted, hay caras que no puedo reconocer aunque me esfuerce, pero con las fechas y los nombres no tengo competencia; además, no sabe usted cuanto queríamos a Dolores; en fin, aquellos eran días muy agitados, un par de días antes de la muerte de Echevarría hubo un atentado horrendo, habían puesto bombas que incendiaron el Club Marítimo de El Abra en Getxo, en Bilbao; murió mucha gente, todos civiles y todos vascos, unas horas después a Beltza y a un colega suyo les estalló en las manos otra bomba, supongo que les había quedado del atentado anterior y que debían transportarla a otro objetivo; era el novio de Yoyes, así que luego del asunto no supimos más nada de ella por unos días, supongo que cuando esas cosas pasaban la instrucción era ocultarse, pero ya ve, la pobre traía la mala fortuna o la inexperiencia de sus primeras operaciones, lo cierto es que a finales de aquel año, detuvieron a uno de sus hermanos, a José Luis, creo, que lo llamaban Txito y a ella la pillaron robando una máquina multicopista de un colegio de Zumárraga, así que ya no quedaban dudas sobre sus actividades; ya se imaginará usted, su familia bajo vigilancia continua, a los amigos cercanos también, Yoyes logró escapar en aquella ocasión no sé como, pero luego, unas semanas después nos enteramos que había logrado pasar a Francia y la pusieron a trabajar como secretaria de una revista, también abertzale, pero legal, que se editaba en Bayona, se llama Enbata y me parece que todavía se publica; eran tiempos muy difíciles para ellos y para nosotros, ya sabe, en ese año se cargaron a Carrero Blanco y la revista la suspendió el gobierno francés por una temporada, así que cuanto pudimos saber de Yoyes, por mucho tiempo, desde 1974, eran notas esporádicas que los clandestinos hacían llegar a su familia o por que los diarios daban a conocer algo sobre ella.

Desde luego, para nadie era fácil aquello, es cierto que algunos chicos los veían como bandoleros de tebeo y hasta los admiraban, aunque no pudieran manifestarlo en público; en la medida que Yoyes ascendía en el escalafón de la banda se tejía en torno suyo una leyenda que poco o nada tenía que ver con una realidad que debía ser, por necesidad, más sórdida de lo que los chicos del pueblo querían imaginar y mucho más dura de lo que sus padres estaban dispuestos a aceptar. Se trataba además de una familia, ya lo ve, muy comprometida con el nacionalismo pero claro, a ningún padre le gusta ver a sus hijos en semejante follón. Yoyes tenía un estilo muy particular, de lo contrario no hubiera llegado en la banda hasta donde llegó ni hubiera tenido el valor de abandonarla y luego, por si no fuera suficiente, regresar a España para seguir viviendo; la recuerdo bien, sobre todo porque en los últimos tiempos, conforme se van alejando los años duros, fuimos enterándonos de más cosas, de la forma en que ella los vivió y los enfrentó. Yoyes era una chica sociable, tenía el don de atraer la atención de los demás, tal vez porque ella misma le  gustaba interesarse en los otros; hace poco su hermana Isabel publicó parte de los diarios de Dolores, le pusieron “Yoyes desde su ventana”, ahí escribió ideas más que hechos; también se escribió durante algún tiempo con una prima, Arancha, por parte de su padre y que vivía en Otero de Escarpizo, de donde salió su abuelo; hace tiempo se publicó una de las cartas que Dolores le dirigió a su prima, aquí la traigo por si le interesa, mire esta parte:

Tiene que crecer en ti, tiene que desarrollarse en una vida que está un poco así como un niño en feto, existiendo pero sin nacer y que es lo más importante en una persona, porque no muere la vida inmaterial.

El libro nuestro de cada martes: La primavera romana de la Señora Stone, de Tennessee Williams

Algunos libros son así, retratos de los seres humanos en momentos claves de nuestra vida. La maduración, la juventud, la infancia, todos son instantes tan diversos que pudiera decirse que se trata de una sucesión de distintas personas encarnadas en un solo camino histórico. Enfrentarnos a los hechos e ideas de cada uno de esos tiempos significa retar nuestra propia conciencia de sujetos que vivimos en el tiempo, que nos construimos todo el tiempo y que, también, nos vamos descomponiendo conforme los años pasan.

Este es uno de los libros que retratan el debate entre juventud y madurez, entre belleza y sabiduría y es, ante todo, una metáfora sobre la soledad que acompaña a cada quien desde que nace.

La primavera romana es un texto fundamental de la posguerra; fascinó a toda una generación y vale la pena rescatarlo. Su escenario es complejo, la Italia ocupada por los norteamericanos al final de la segunda guerra mundial, los excesos y beneficios del plan Marshall y en ellos el enfrentamiento entre dos maneras de ver el mundo; es también la historia de una mujer madura en su camino por romper la soledad y encontrar el amor; de un joven en la búsqueda de su ruta y las batallas por el aprendizaje.

Como a pocos, este libro ha sufrido la fama de la película que en su momento lo hizo famoso. Sin embargo, como es natural, sus narrativas son distintas y su resultado es, en ambos casos excelente.

Disfrute con la prevención de que no saldrá indemne de su lectura, uno de esos libros que, de verdad, valen la pena.

http://www.edicionesb.com/catalogo/libro/la-primavera-romana-de-senora-stone_688.html

En 1961 José Quintero realizó la versión cinematográfica con Vivien Leigh y Warren Beatty, para el actor constituyó su boleto a la fama. Aquí el trailer:

El día que Alfonso Reyes conoció París (Fragmento de la Novela los minutos de Ulises)

Por fin la Ciudad Luz es tuya, tuyo por un momento el cuarto sencillo y limpio de aquel pobre hotel de la Rue Trévisse, a donde te envió  Modesto Puigdelvall, que había sido mozo de don Bernardo en París y luego, en México, dueño del Restaurante Sylvain; a quien hace apenas quince días visitaste en su local para charlar de las viejas modas parisinas. Ahí, antes de que te venza el sueño, haces el recuento de la jornada y caes, con la cabeza abierta en pedazos, al recibir el golpe de maza de París. ¿Es aquella Ciudad de tus anhelos como la imaginaste? No, es muy superior, más grande y más vital que en las descripciones de Zola y de Dumas, más intensa que en los mejores pasajes de Proust y de Victor Hugo. Esa es la primera lección que te depara la Ciudad Luz: que la literatura, con todo lo que la amas y la veneras, no alcanza a suplir la vida; es cierto que la mejora y la estabiliza en algunos sentidos y en otros, como cuando Goethe, hace a Fausto gritar al instante que ya se retira: “detente, eres tan hermoso”, pero no la sustituye.

Igual que el Sol de Monterrey, París se te mete por los ojos, te suda por los poros y se queda dentro y fuera de tu humanidad, con aromas del Río Sena y de las cocinas de Saint-Germain-des-Près; de modo tal que así pasen cuarenta años, una caja que se abra, un perfume que se disuelva en el aire o una mujer que se te aproxime te harán suspirar melancólico: ¡esto huele a París! Imagina que dentro de muchos años, alguien caminará como tú por primera vez las calles de París y sentirá igual que tú, que la ciudad lo esperaba desde que era la Lutetia Parisiorum y que como amante complaciente, le irá revelando sus rincones y espacios mientras lo va seduciendo y enamorando; imagina que mientras escriba una líneas sobre el papel y escuche una grabación de canciones francesas, así como tú un día, él tampoco podrá dejar de recordar con una tristeza dulce y especiada, un momento en que son las cinco de la tarde, le sirven un expreso en la terraza de un café y ve pasar la vida en Champs  Elysées; y entonces ambos, tu fuera ya del mundo y el desplazándose hacia la muerte, habrán violado el secreto del tiempo y habrán estado juntos, un instante en el espacio de la memoria y la literatura.

Aquella primera vida en París fue acaso demasiado breve. Te habías imaginado una estancia no sólo más larga sino también más fructífera, pero el destino es cosa de ver querido Alfonso; te pareció inverosímil que una buena mañana de agosto, unos días apenas después de tu primer aniversario en París, un único telegrama te notificara que Venustiano Carranza, ese antiguo reyista que entonces era ya el hombre fuerte en México, de un plumazo había destituido en masa a todo el cuerpo diplomático. Sí Alfonso, a todo el cuerpo diplomático. La instrucción era clara y desde luego no admitía interpretación alguna; quisiste pensar que tal vez se tratara de un error, que habría excepciones y consideraciones personales, que después de las muestras de afecto y lealtad que Carranza había prodigado siempre al general Reyes, no habría podido olvidarse de que ese oscuro segundo secretario era el hijo de su amigo. Pero bien sabías que no había error y muy claro te quedó que a partir de entonces, desde México y quién sabe durante cuánto tiempo, no te llegaría sino la nostalgia y el recuerdo. Mientras fuiste guardando en el baúl de viaje los pocos efectos personales que tuviste en tu precaria oficina de diplomático novato, escuchaste las sirenas y a poco te acercaste a la ventana, con la claridad de un sueño o mejor, de una pesadilla, pudiste ver las cruces debajo de las alas de los aviones; eran aeroplanos alemanes de reconocimiento, tal vez fueran bombarderos; los periodistas se habían equivocado o más seguramente, los habían engañado; la guerra estaba más cerca de lo que se pensaba y ella tampoco hacía excepciones. Una vez más había que marchar. Esa vez, sin embargo, no hubo comité de despedida, nadie en el andén para despedir a tu pequeña tribu y sí un mar de gente huyendo del París condenado al sufrimiento que no podía darse el lujo siquiera de un taxi porque todos estaban requisados para llevar voluntarios al frente. ¿A dónde podrías ir? Impensable volver a México, aún era demasiado pronto; Europa estaba a punto de arder y la única ruta posible era cruzar el Pirineo y adentrarse en las tierras de España.

El libro nuestro de cada martes: La verdadera historia de la muerte De Francisco Franco de Max Aub

Hay temas a los que sólo puede uno acercarse mediante el humor; cosas así, ya se sabe, en las que la amargura o el dolor pueden ser tan intensas que destroza los fusibles de nuestros sentimientos y nos exhibe, queramos o no, ante las miserias que integran una parte de la condición humana. Reír libera, ayuda a sobre llevar la adversidad y es otra forma de aprendizaje.

El exilio republicano español en México es ahora una leyenda; asociado a  él figuran nombres enormes como León Felipe entre los que llegaron o Alfonso Reyes entre quienes los recibieron; pero en realidad es todo un universo social, histórico y humano que ha quedado entrelazado con otras fibras de ese tapiz colosal al que llamamos historia de México y claro, también de España.

Max Aub es uno de los miembros de ese transtierro que merecería ser más conocido y más leído; su combinación de sentido del humor, negro, ácido y no siempre fácil y su capacidad de observación, hacen que su pluma – volátil y ligera – nos diga cosas que a veces no queremos escuchar pero nos las dice de tal manera que tenemos que torcer un poco la boca para esconder la sonrisa que luce apenada por convivir con hermana, la lágrima.

En 1960 Seix Barral publicó en México «La verdadera historia de la muerte De Francisco Franco y otras historias», ese libro no pudo ver la luz en España sino hasta que el camarada se fue para siempre; en 2014 Cuadernos del vigía, de Granada, publicó una hermosa edición individual de la peculiar historia. De ella sólo quiero decir que es una de las más puras expresiones de aquellos años en que los exiliados no sabían que se quedarían para siempre, un retrato de aquel México y de aquella España, que la anécdota es suculenta y sabrosa y que la expresión bien merece dejarse perder en los extremos de dos países que se hermanaron en la desgracia y la esperanza y que lo hicieron constar en una literatura dotada de magníficos momentos. Quien se avenga con este libro, no quedará en modo alguno defraudado.

En 2002 Arturo Ripstein dirigió «La virgen de la Lujuria», basada en el cuento de Aub, se trata de una versión que enriquece o que, más bien, narra historias paralelas a lo que Aub dejó escrito. Aquí el tráiler… aunque me resisto a llamarlo así e insistiré en llamarlo, como antaño, el corto.

59,000 veces, ¡Gracias!

Una vez más, gracias a su amistad, diálogo y lectura, Cisterna de Sol ha recibido mil visitas más; hasta ahora son 59,000 encuentros, formas de platicar y de entendernos en uno de los placeres más íntimos, más sociales y más profundos: la lectura.

Como es nuestra tradición, la palabra luminosa de la ofrenda: Gracias, acompañada de una imagen original para su uso y disfrute. Se agradecerá citar la fuente.

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Melina Mercouri y la lucha por la devolución de los Mármoles del Partenón

Se puede decir que Melina Mercouri es la creadora de la Acrópolis tal y como hoy la conocemos, una genial reconstrucción histórica basada en un diseño urbanístico y arquitectónico que da paso en un área de cuatro kilómetros uniendo templos y barrios integrando la ciudad y su historia, no era raro verla supervisando personalmente los trabajos, interpelando a los arquitectos y confraternizando con los trabajadores. Fue en una tarde de primavera cuando el sol tornaba de oro los blancos muros del Partenón cuando se dio cuenta que su obra carecía de sentido si no intentaba lo imposible, si no se enfrentaba con la misma pasión con la que había combatido el sometimiento de su pueblo a las fuerzas y las inercias que parecían invencibles e inveteradas al grado de parecer incuestionables; supo que no podría honrar el cargo que había recibido ni afirmar que había intentado recuperar para siempre el resplandor de su pueblo si no se atrevía a soñar con toda la nación un sueño común que demostrara aquella continuidad e identidad milenarias. Al contemplar el derruido templo de Atenea lo imaginó intocado y grandioso, contempló los restos lanzados por las bombas y las explosiones, admiró los vacíos dejados por siglos de saqueo y despojo, le vino a la memoria la imagen de Elgin y sus esclavos griegos desmontando metopas y cariátides y se dio cuenta, al fin, que debía obligar a los británicos a devolver el robo purificado por el tiempo; traer a casa lo que había sido exiliado por el engaño y la corrupción. Si su exilio había terminado también debía terminar el de los decorados y las esculturas que Elgin había robado más de cien años antes. No se hacía ilusiones, había vivido y padecido lo suficiente como para dejarse engañar  por los espejismos de su propio deseo, pero estaba segura de iniciar una lucha que excedía lo que quedaba de vida pero que otros seguirían hasta un día vencer; se había sostenido siempre de duras esperanzas como para no estar segura.

Cuando la Ministra de Cultura le planteó la idea por primera vez a Papandreu, el Premier no pudo asentir de inmediato, una petición de esa naturaleza podría, de manera casi gratuita, enrarecer las relaciones políticas con los ingleses; durante más de un siglo Grecia se había conformado con la situación y no era seguro que el Museo Británico, luego de tanto tiempo, no tuviera algún tipo de derecho sobre las esculturas y sobre todo, si valía la pena aventurarse en una batalla cuyo resultado era fácil de anticipar; Melina estaba preparada para eso y más; después de todo, aunque el entusiasmo original no era el que ella hubiera deseado, tampoco nadie había externado una negativa; como bien sabía, el movimiento despertaría la simpatía internacional, en especial entre los grupos de opinión y los círculos culturales, lo que permitiría atraer las miradas hacia la transformación que Grecia había iniciado; incluso en Inglaterra contaría con aliados y de ningún modo pretendería un enfrentamiento con el gobierno inglés, se trataría de una lucha por la buena voluntad, algo en lo que ella era especialista. No sin reservas Papandreu dio su asentimiento, sabía que de cualquier manera Mercouri dedicaría todas sus fuerzas a ese empeño.

En realidad, no era la primera vez que alguien reclamaba la devolución de los mármoles, desde que las piezas fueron llevadas a Inglaterra hubo quienes pusieron en duda la legitimidad del expolio y en adelante nunca faltaron grupos o individuos que cuestionaban la posesión y en consecuencia, pedían la devolución; cuando Elgin ofreció en venta las piezas y el Parlamento tuvo que aprobar la compra para el Museo Británico, Lord Babington denunció que aquella adquisición era lo más parecido al despojo que había visto en toda su vida; Lord Hammersley secundó la opinión y, fuera del Parlamento, Thomas Hardy publicó un poema en el que los mármoles lloraban sus secuestro y añoraban Atenas, a su lamento se unieron Percy Shelley y John Keats que escribió “Al ver los mármoles Elgin”:

Mi alma es demasiado débil; sobre ella pesa,

como un sueño inconcluso, la espera de la muerte

y cada circunstancia u objeto es una suerte

de decreto divino que anuncia que soy presa

de mi fin, como un águila herida mira al cielo.

Pero es un delicado murmullo este lamento

por no tener conmigo una nube, acaso un viento

que hasta abrir su ojo el alba me dé tibio consuelo.

Estas borrosas glorias que imagina la mente

prestan al corazón un territorio escondido

y un extraño dolor cuyo prodigio silente

mezcla la helénica grandeza con el sonido

del Tiempo ya pasado o de un mar inclemente,

con el solo la sombra de un ser desconocido.

En 1941, Thelma Cazalet, diputada a la Cámara de los Comunes presentó una moción para la devolución de las escultura, el primer ministro Attlee, con la mayor ligereza, decidió ignorarla. Con buen tino político, Melina optó por buscar una campaña de convencimiento en lugar de una batalla diplomática o un enfrentamiento entre gobiernos; aún así, para oficializar la campaña se dirigió a Margaret Tatcher. No puede decirse que a la Dama de Hierro no le simpatizara Melina, por el contrario, le parecía una mujer interesante y una artista excepcional, pero fiel a su política, evadió el golpe e informó a la ministra griega que había un aspecto técnico que no se podía omitir, aunque el gobierno de Su Majestad era dueño del museo británico, era esa institución la propietaria de los Mármoles Elgin, que en el siglo XIX el Parlamento había autorizado la adquisición de las piezas para que se integran al patrimonio del Museo y en ese sentido el gobierno no era propietario de lo que Grecia reclamaba; así, no podía dar una respuesta hasta que no se siguieran los cauces adecuados. La respuesta de gobierno británico no representaba una negativa y significaba el inicio de la batalla y el reconocimiento de la existencia de la reclamación, era mucho más de lo que Grecia había obtenido en siglos, aunque aún fuera sólo el comienzo.

El gobierno de Grecia, a través de Melina, buscó a los grupos que podrían estar interesados y los proveyó de información; Melina viajó por todo el mundo procurando aliados y abriendo foros; desde el Ministerio de Cultura diseñó una estrategia que buscaba, primero, generar comprensión, solidaridad y entendimiento respecto de los intereses griegos y sobre esa base, derruir uno a uno los argumentos británicos, y abordar después el punto desde la perspectiva jurídica y diplomática; aunque no estaba segura de poder llegar hasta ese momento, puso todo su  corazón y abrió un debate universal no sólo sobre la diáspora del patrimonio helénico, sino sobre la posesión de los bienes culturales extraídos de otras naciones.

En 1986, la campaña había dejado de ser un proyecto y Melina había sido invitada a la Oxford Union para exponer los puntos de vista del gobierno griego; hizo mucho más que eso, se propuso describir la permanencia e identidad del pueblo griego y su relación moral y espiritual con las piezas que le habían sido robadas.

Para Melina, del mismo modo en que había encarado su guerra personal contra la dictadura, estableció un nexo de unidad entre las aspiraciones griegas y la universalidad de la cultura, había logrado que los líderes de ambas casas del Parlamento británico reconocieran la necesidad de discutir la reclamación; había logrado, contra cualquier pronostico, que los ciudadanos ingleses se interesaran por el tema, incluso que se formara un Comité Británico para la Restitución de los Mármoles del Partenón; sin duda, para una etapa inicial era más que suficiente y desde luego, era mucho más de lo que Papandreu y el Parlamento Helénico se habían atrevido a pronosticar.

Durante décadas, Melina Mercouri había marcado el canon en la representación del teatro clásico griego y junto con Eirene Papas, había redefinido sus formatos haciéndolo, de nuevo, una manifestación dramática en diálogo con el público, eso había generado en Melina una conciencia muy profunda sobre el valor de las palabras y el poder de los símbolos, así que nunca se refirió a los “Mármoles Elgin” y procuró que en  los debates se extinguiera esa expresión y se hablara sólo de los “Mármoles del Partenón”; la legitimidad de su reclamo debía comenzar con el nombre de lo reclamado, es decir, desde el nombre del conjunto de esculturas debía aceptarse su lugar en el mundo, si existían el David de Miguel Ángel, la Gioconda de Leonardo o el Pescador en el mar de Turner, debía aceptarse que no existía algo así como los Mármoles de Elgin, lo que no había creado ni patrocinado, sino de los que sólo se había apoderado, hacer legítimo aquel nombre equivalía a reconocer la posibilidad de la permanencia de las esculturas en territorio británico.

Una vez identificado el objeto de la batalla, Melina debía dejar clara la procedencia ilegítima que detentaba el Museo Británico sin concesiones de ningún tipo atacando de manera frontal tanto la conducta de Elgin como la legalidad de los títulos y las maniobras a través de las cuales había despojado al pueblo griego; para retratar la personalidad del Conde, Mercouri gustaba de contar cómo fue que el diplomático no pudo llevar consigo a Turner en su viaje a Atenas; contaba que la primera opción para Elgin al momento de elegir un pintor para su séquito, pensó en Turner, como él pareciera interesado el diplomático expuso dos condiciones, que cualquier pintura, dibujo y hasta los bocetos que realizara Turner durante el viaje serían considerados propiedad de Elgin, no del pintor, no de la representación diplomática ni tampoco del gobierno de su Majestad pese a ser quien pagaba todo el costo del viaje del noble y que, en sus ratos libres, diera clases de pintura a su mujer; Turner sólo puso una condición, solicitó un sueldo de £400 al año – si consideramos que al final Elgin logró vender al museo su colección por £35,000  el sueldo de Turner no habría significado más allá del cuatro por ciento de la ganancia – pero como al diplomático le pareció demasiado caro, prefirió no contratarlo y optó por emplear a un pintor italiano de mucha menor fama – y honorarios más baratos que finalmente nunca pagó -, Giovanni Lusieri. Para el Ministerio de Cultura griego ésta era la parte menos difícil; en realidad Mercouri no necesitaba descubrir cómo habían sido sustraíais de modo ilegal las piezas del Partenón, eso estaba demostrado desde que habían llegado a Inglaterra, pero sí podía tanto insistir en la insuficiencia del falso firman como en los actos de corrupción y exceso sobre lo que le habían autorizado al diplomático y a su equipo; dio a conocer, por ejemplo, que Elgin solía pagar £5 por cada vez que lo dejaban ingresar a la Acrópolis sin ningún tipo de vigilancia – de esta manera los griegos demostraban como el desleal diplomático había engañado a griegos, otomanos y británicos, para apoderarse de aquello a lo que, de ninguna manera tenía derecho -. De este modo la diplomacia helénica tendría una oportunidad adicional si por cualquier motivo no pudiera declararse la ilegalidad de la sustracción de los Mármoles del Partenón.

A Melina le preocupaban otros argumentos menos objetivos y mucho más dirigidos al aspecto emocional, ético e histórico de la cuestión; para muchos sectores con los que Melina había tenido contacto, una opinión generalizada era que los griegos habían provocado la situación que los mármoles vivían, que durante siglos no habían intentado recuperarlos, que carecían – hoy como en la época en la que el despojo se había verificado – de los medios suficientes para salvaguardar la integridad de los monumentos y que, en comparación con ingleses o franceses, sufrían de una especie de minoría de edad en cuanto a cultura y desarrollo se trataba; en una palabra, los griegos se lo merecían y era demasiado tarde para remediarlo; ese punto era uno de los enemigos que Mercouri debía vencer, otros cubrirían los aspectos jurídicos y políticos, pero ella se encargaría de no dejar la menor duda en los sentidos ético, moral y cultural.

Tanto en la Oxford Union como en todos los foros donde fue leída y escuchada, Melina expuso cómo, durante siglos, pese a los distintos imperios que los sometieron, los griegos habían impulsado y mantenido no sólo las muestras físicas de su cultura sino su idioma, sus expresiones folclóricas y de alta cultura y que incluso, cuando fue necesario arriesgaron sus propias vidas para defenderlos; más de mil años eran muchos y ahí seguían los monumentos para dar testimonio de la civilización que los había creado; ¿no era acaso verdad que en la culta Inglaterra las piedras del muro de Adriano habían servido en algunos segmentos para construir casas de aldeanos y ello no autorizaba a nadie para desmontar la histórica muralla y llevarla hasta el Mediterráneo de donde era originaria la cultura que la haba hecho posible?; la Ministra solía, al hablar sobre este punto, de cómo los soldados otomanos, en alguna batalla contra los independentistas griegos, al verse extinguido su parque habían comenzado a disparar contra las columnas para producir guijarros que utilizar como balas; los patriotas helenos les enviaron cajas con munición y un mensaje: “aquí tienen balas, no toquen las columnas” y ¿no había sido Byron, uno de los más grandes poetas del imperio  que ahora se negaba a restituir los mármoles, quien había cantado el amor, la devoción y la entrega del pueblo griego por defender las huellas de su pasado? De hecho, resultaba incontrovertible que la primera ley promulgada por la Grecia independiente era un acta para la defensa y protección de sus monumentos nacionales y que prohibía expresamente su salida del territorio griego. Pensar que los griegos no eran capaces o no querían defender su patrimonio no sólo era falso, sino también una afirmación de mala fe.

Aquél era el argumento que más preocupaba a Melina, que se pudiera pensar que que los griegos actuales no merecieran resguardar sus propios tesoros o que no fueran ellos los indicados para hacerlo; sin embargo, la manera en que los tesoros de la antigüedad  griega habían sobrevivido y la identidad de su pueblo eran pruebas que sólo la fuerza podía pasar por alto. Había, es cierto, otros argumentos menores a los que la Ministra prestó menos atención porque se trataba de detalles técnicos que el tiempo y el trabajo del Ministerio se encargarían de resolver; temas como la contaminación del aire en Atenas que dañaría de manera irremediable los mármoles si se devolvían a la Acrópolis; este argumento resultaba en especial curioso cuando los monumentos habían sido resguardados en una de las ciudades más contaminadas del planeta; con la finalidad de preservarlos, Melina – sin saber cómo iba a lograrlo pero segura de que así sería – ofreció la construcción de un museo de sitio con todas las garantías técnicas necesarias para su exhibición y conservación, el museo tardó más de veinte años en construirse, su eje principal es un gran salón donde algún día volverán las piezas sustraídas, uno de sus muros es de cristal desde donde puede contemplarse el Partenón, logrando así un efecto visual de unidad y aunque la conservación y exhibición de los mármoles era uno de los requisitos exigidos por los ingleses para la devolución, aún superado el problema ellos no han devuelto las piezas.

Desde el principio de las reclamaciones Melina se cuidó muy bien de dejar en claro que la petición era extraordinaria y que refería solo a los Mármoles del Partenón; muy pronto las autoridades de Museo Británico adujeron que consentir los deseos de Grecia constituiría un antecedente muy peligroso que podía implicar que los museos de Europa, en buena parte provistos por rapiña y despojo, se vaciaran en un eventual alud de reclamaciones; con independencia de la discusión sobre si los museos imperiales tenían derecho sobre las piezas expoliadas a las culturas que sometieron, Mercouri expresó una y mil veces que la petición se basaba en la recomposición de un monumento mutilado único en el mundo y que además, resultaba representativo de la identidad nacional helénica y no de una solicitud generalizada; visto de esa manera, Mercouri quería dejar claro que su gobierno – y ella misma – lo que buscaban era una reparación histórica para la identidad nacional y cultural griega sacudida con dureza por las intervenciones durante muchos siglos, que la devolución pudiera simbolizar, mucho más allá de la reparación de un daño, la gratitud y el reconocimiento del mundo occidental a su cuna de origen; en Londres, los mármoles sólo eran anécdota y una manifestación de lo más puro y perfecto del arte occidental, pero sólo en Atenas, al lado del lugar para el que fueron creados podían alcanzar su verdadera y completa dimensión, la de un monumento fundacional del sentimiento nacional que había hecho posible el nacimiento de la cultura occidental con todos sus valores.

No hubo éxito, al menos no en el sentido de que las piezas fueran devueltas, sin embargo, hoy su ausencia en Atenas resulta más luminosa que su presencia en Londres, la batalla aún no termina y mantiene vivo el debate sobre la legitimidad de su alojamiento; Melina sabía que se enfrentaba a una misión casi imposible pues la mística de cualquier imperio radica en su sentimiento de superioridad, de impunidad y ella lo había cuestionado y de muchas maneras, lo había derribado; como ella tenía claro, debían ser otros los que culminaran la hazaña.

Cuando su partido perdió las elecciones legislativas, Melina se encontraba ya fatigada por tantos años de lucha, seguía de pie aunque el cáncer pulmonar había minado sus fuerzas y ella peleaba su nueva guerra peregrinando en hospitales de Grecia y de Estados Unidos, martirizada por las operaciones volvía a casa sonriendo y con el cigarrillo entre los dedos.

En 1993 volvió a su Ministerio cuando su partido ganó de nuevo las elecciones, pero era ya demasiado tarde; terca y obstinada se negó a dejar el tabaco tanto por la magnitud de su adicción como porque para ella representaba su nexo con los placeres de la vida a los que había dedicado toda su existencia.

Melina Mercouri murió lejos de Itaca. Falleció en un hospital de Nueva York en marzo de 1994. Cuando salió de casa por última vez camino de su encuentro con la muerte, dijo a los periodistas, “no quiero que me lloren, pero si muero escriban que tenía miedo porque nadie lo creerá”. Y Melina volvió; como Ulises, regresó a casa y se le rindieron honores de héroe; la sepultaron en su amada Atenas y su pueblo, enamorado y agradecido, cubrió su tumba con cientos de cajetillas de sus cigarrillos favoritos; ya se sabe, su  pueblo siempre supo comprenderla.

Círculo de Lectura en El Péndulo Polanco. Un viaje a la Literatura Iberoamericana

Gracias a la generosidad de El Péndulo Polanco, vamos por otra serie de sesiones de nuestro círculo de lectura sobre literatura iberoamericana.

Acompáñenos a mirarnos en el espejo de nuestras letras, a un grato encuentro con nuestro idioma, nuestra historia a través de autores, títulos y movimientos.

Disfrute de un par de horas a la semana olvidándose de los pormenores del mundo y dedicados a la satisfacción de la lectura por el placer de leer.

Nuestra cita es todos los jueves de 18:00 a 20:00 en El Péndulo Polanco; Alejandro Dumas 81, Polanco.

Comenzamos el próximo Jueves 19 de enero.

Información con Gabriela Hernández: gabriela.hernandez@pendulo.com, Tel. 52804111

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El libro nuestro de cada martes: Nadie acabará con los libros de Umberto Eco

Hace algunos años los amantes de los libros entramos en una especie de pánico suspendido, una feroz máquina amenazaba los reductos del papel y de inmediato se formaron clanes a favor  y en contra. La maquinilla tenía ciertas ventajas, sobre todo en cuanto se refiere a ocupación de espacios – tortura inevitable para quien tiene o desea una biblioteca -, había superado algunos detalles técnicos y la tinta electrónica parecía tenerlas todas consigo. Pero los libros de papel no desaparecieron.

Hace más años todavía, mi padre llegó a casa con un regalo fantástico, una videocasetera VHS, nos la entregó como si nos diera la mortaja de algún antepasado, no se le veía alegre de que contáramos con tan brillante invento, escuché que alcanzó a decir mientras me ponía a leer el instructivo: «es el fin del cine». Y el cine no desapareció. Lo mismo habrán dicho los primeros que se enfrentaron a la pantalla de plata cuando pensaban en el teatro y sin embargo, seguimos yendo al teatro.

El libro de papel es un invento perfecto, no le falta ni le sobra nada; es un objeto entrañable que es archivo y documento, objeto que se convierte en fetiche y también caja de ensueños y pronunciamientos. Podrá mejorar el papel, los procesos para imprimirlo, pero seguiremos teniendo libros de papel porque así estamos hechos, a su modo, en nuestra cultura.

Umberto Eco, en medio de la histeria de los bibliófilos escribió esta correspondencia dimensionando las cosas de manera correcta; cada formato un mercado y un uso distinto, una larga convivencia para deleite de los lectores y para utilidad de quienes tienen ciertos requerimientos prácticos, pero vaticinó, con fortuna, que el libro de papel no desaparecería, y no lo hizo.

A veces temo por otros formatos, como las revistas o los diarios, pero bueno, ellos también tienen su dinámica; en algunos países como en Francia, el libro digital no ha tenido ningún impacto mayor y en México, aunque tuvo algún momento de fulgor se volvió cosa de todos los días con sus aficionados y fieles. Yo mismo que me hice de un Kindle y un Nook, cada vez los uso menos, pero sigo siendo creyente en el papel.

No se pierda esta reflexión que no sólo habla sobre el libro de papel, sino sobre nuestro lugar en la cultura de lo escrito y sobre la manera en que la abordamos.

Algo más sobre el libro:

http://www.letraslibres.com/mexico-espana/libros/nadie-acabara-los-libros-umberto-eco-y-jean-claude-carriere-metamorfosis-la-lectura-roman-gubern

 

De cómo el Partenón perdió sus esculturas

El siglo XVIII el de las luces, comenzaba a apagar sus bujías, nuevas maneras de pensar se enseñoreaban por el mundo y donde Francia había querido instalar a Europa como corazón del mundo por la razón, la ciencia y el arte, Inglaterra propuso el tiempo de los nuevos imperios a través de la conquista de los mercados y la explotación colonial; en ese empeño nació una especie peculiar, el coleccionista con ínfulas intelectuales pero motivaciones económicas, hay una mutación interesante entre Vivant Denon -el ojo de Napoleón – y Thomas Bruce – Séptimo Conde de Elgin -. Ambos tomaron como piezas de caza lo mejor de las culturas que sus amos conquistaron; Denon acompañó a los ejércitos imperiales como un soldado armado de plumas y papel, sus presas iban directo a embellecer París y a enriquecer el Louvre; Elgin tomó cuanto pudo para engrosar su fortuna y sólo una operación comercial permitió que las esculturas del Partenón fueran a parar al Museo Británico, algo que su gobierno no planeó y que careció de interés para el peculiar diplomático hasta que los reveses económicos se conjugaron con la oportunidad.

Thomas Bruce tenía treinta y tes años cuando el rey Jorge III lo nombró embajador ante el Imperio Otomano; Byron tenía entonces once años y Grecia llevaba cuatrocientos años bajo el dominio de la Sublime Puerta. Elgin, aunque gozaba de validos ante del rey de Inglaterra, con dificultad diríamos que también disfrutaba de la confianza del monarca y aunque el imperio Otomano era una fuerza política considerable, los británicos tenían puestos sus ojos en el incómodo Bonaparte por lo que la embajada en Estambul no formaba parte de la agenda principal del Rey Jorge; así, quien presentó sus respetos ante Selim III que gobernaba el Islam desde Irak hasta el norte de África, desde el sur del Danubio hasta el archipiélago griego y la Anatolia entera, distaba mucho de hombres como Cottington, Crowe, Parish o Johnston; pero era hábil y logró hacerse con la gratitud o que otros habían labrado en favor de Inglaterra.

Napoleón había invadido Egipto un año antes, venciendo a los mamelucos – vasallos del Sultán – en la batalla de las Pirámides, aquella en la que acuñó la célebre frase “desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos nos contemplan” y aunque venció no fueron los oficios del embajador los que lo retuvieron largo tiempo en las riberas del Nilo, sino el poder de Nelson; en cambio Elgin cosechaba los éxitos de su compatriota en la Sublime Puerta; querido y mimado por la familia del Sultán, lo veían como el representante de un gobierno para el que había buenas razones de guardar gratitud.

Desde cien años antes, viajeros, aventureros, intelectuales, diplomáticos y militares habían sentido la llamada romántica sobre la belleza clásica y habían llevado a diversos países de Europa las presas de un largo expolio sin control ninguno; así que Elgin se dedicó – con un séquito de artistas con magníficas credenciales – a recorrer Grecia para constituir una formidable colección particular; su itinerario comenzó en donde suponía debía estar Troya, aunque el emplazamiento supuesto por Elgin, distaba mucho del lugar que unas décadas después descubriría Schliemann; ahí, como hipotética prueba, el embajador encontró dos relieves en mármol que antes un francés, Choiseul Gouffier no había logrado adquirir, lo que resultó suficiente para que el pueblo los obsequiara al inglés. Entusiasmado por la facilidad de su éxito extendió una fina red de adulación y sobornos hasta que obtuvo un firman del Sultán – una especie de decreto imperial inapelable – con la finalidad de que se le permitiera el ingreso a la Acrópolis de Atenas y a otros monumentos; hoy, ese decreto está perdido aunque sabemos que fue ignorado, en el más olímpico de los sentidos, pues la ciudad se preparaba para un nuevo asedio francés que nunca tuvo lugar; parece que Elgin estuvo a punto de rendirse pero que la ambición de su mujer y de sus suegros – curioso aliciente que hizo de Maximiliano emperador de México – lo llevaron a insistir ante la corte de Estambul para obtener, mediante las artes que la experiencia ya había consagrado, un nuevo firman que le permitiera ya no hacer moldes de las esculturas sino llevarlas fuera del Imperio. En realidad el ansiado decreto nunca llegó, pero una nueva andanada de regalos y sobornos le permitieron hacer pasar como un firman del Sultán lo que en era una simple carta de recomendación firmada por un alto funcionario del imperio pero no por el soberano; el documento había sido otorgado por Maimmakam Seyid Abdullah Pasha, ministro del Gran Visir; el firman era un documento en el que se combinaban elementos jurídicos, políticos y religiosos, en ese sentido debía comenzar por las invocaciones necesarias a Dios y estar sellado y firmado por el Sultán en persona; todos esos elementos faltan en el documento con el que Elgin legitimó su robo; aunque el texto original se ha perdido, la traducción al inglés que el diplomático ofreció al Parlamento como prueba de la legalidad de su colección es bien conocida. La carta dirigida al Cadí de Atenas lo introduce como representante de Inglaterra ante la Sublime Puerta y lo muestra como un amigo muy conocido en las cortes europeas que desea ampliar su conocimiento sobre las antigüedades griegas y en particular sobre las obras de arte que subsistían en Atenas; que se hacía acompañar de ocho artistas ingleses para copiar todo cuanto quisieran en la Acrópolis, incluso realizar excavaciones en busca de piezas olvidadas, contemplarlas, medirlas, copiarlas y estudiarlas a voluntad, todo ello como una deferencia a su persona y como un deber de hospitalidad con su aliado británico, en cambio, ni una sola palabra de la que pudiera inferirse que las piezas pudieran ser desmontadas y menos aún que se aceptara llevarlas fuera del territorio griego u otomano; es más, la carta está redactada a modo de una amable petición – cuidado que el Sultán no necesitaba, pero del que un ministro no podía prescindir – . Elgin como buen corsario, basado en su dudoso documento, ablandó voluntades y aún se valió de la intimidación presionando al nuevo Disdar – Guardián de la Acrópolis – cuyo viejo padre había muerto poco antes, para llevarse cuanto pudo de las esculturas que adornaban el Partenón. El expolio de la Acrópolis tomó tres años y hubiera sido peor todavía si no se hubiera firmado la paz con los franceses y el Conde no hubiera sido retirado de la embajada.

Cuatrocientos ciudadanos griegos tuvieron que  trabajar en el despojo, desmontar las piezas, embalarlas y llevarlas hasta el puerto para su embarque; abandonaban Grecia – tal vez para siempre – las esculturas del frontón oriental, el antepecho del sagrado templo de Atenea Niké, una de las Cariátides del Erecteion, casi la totalidad de las Panateneas y quince metopas. Doscientas cajas realizaron el camino de Eneas y recalaron unas semanas en Roma, cuando trataron de hacer el camino del imperio desde la capital hasta Londres tuvieron que hacerlo sin su amo que, hecho prisionero en Francia durante dos años, enfrentó cargos de espionaje; los agentes del emperador no podían perdonarle habérseles adelantado en el secuestro de las piezas y aunque trataron de incautarlas aquello hubiera sido imposible porque estaban sumergidas en el Mediterráneo cerca de la isla de Khytira, lugar de culto de Afrodita, la isla que es mecida por las olas y que mana leche y miel, la misma que el barroco imaginó como sede de todos los placeres ilícitos y a la que Watteau dedicó una de sus mejores obras; Afrodita y sus ninfas que proveían de placeres a quienes habitaban la isla trataron de hacer lo que los mortales no pudieron, aunque sólo lo lograron por un tiempo, pues las ciento noventa y seis cajas que un naufragio había enviado al fondo del mar fueron encontradas cuando Elgin fue puesto en libertad en 1807. A partir de ese momento las piezas fueron llegando a Londres donde el antiguo diplomático acondicionó un museo privado; cuando estuvieron todas reunidas, hacia 1812, Elgin las trasladó a su solar familiar en Escocia, donde languidecieron durante algunos años; contra lo que el corsario pensaba, las esculturas no fueron recibidas en la Gran Bretaña como una posesión ansiada y valiosa, como la que los franceses prodigaban a las grandes adquisiciones de Napoléon, por el contrario, se vio asediado por quienes señalaban la ilegalidad del despojo y quienes se negaban a reconocer su calidad y autenticidad, argumentado, con crasa ignorancia, que no eran griegas ni obras de Fidias, sino romanas de la época de Adriano.

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